Los movimientos que realiza el bebé no solo son una prueba de su habilidad motora, sino un claro indicativo de su desarrollo neurológico. Por tanto, es fundamental estar atentos a lo que va siendo capaz de hacer, como levantar y sostener la cabeza por sí mismo, por ejemplo, y cuándo lo hace. Por eso hemos hablado con el Dr. Eduardo Hevia Sierra, especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología, quien nos explica en detalle qué ha de tenerse en cuenta acerca de los movimientos y las posturas de todo bebé. También da a conocer de qué manera pueden los padres fomentar el desarrollo de su pequeño, así como los errores más comunes en muchas familias que, lejos de apoyar ese desarrollo, lo perjudican.
¿Por qué es tan importante la manipulación del bebé y promover en él determinadas posturas durante los primeros meses de vida?
Los primeros meses de vida son una etapa fundamental para el desarrollo del bebé. En este periodo, su cuerpo, su cerebro y también su desarrollo emocional tienen una enorme capacidad de adaptación y aprendizaje.
La forma en que lo cogemos, lo movemos o favorecemos determinados cambios de postura influye directamente en su desarrollo motor y neurológico. Gracias a esas experiencias, el bebé empieza a organizar el tono muscular, coordinar movimientos e integrar reflejos que más adelante le permitirán sostener la cabeza, girarse, sentarse, gatear y caminar.
Además, los cambios de posición estimulan sistemas esenciales para su desarrollo, como el sistema vestibular, relacionado con el equilibrio; el sistema propioceptivo, que le ayuda a tomar conciencia de su cuerpo; y el sistema táctil, que influye en la percepción corporal y la coordinación futura.
Pero no todo es físico. La manipulación respetuosa también tiene una dimensión emocional muy importante. Hablar al bebé, anticiparle los movimientos o interactuar con él mientras lo cogemos favorece el vínculo afectivo, le aporta seguridad y le ayuda a comprender poco a poco lo que ocurre a su alrededor.
La forma en que lo cogemos, lo movemos o favorecemos determinados cambios de postura influye directamente en su desarrollo motor y neurológico.
¿Cuáles son esas posturas y movimientos que hay que procurar en el bebé y cómo hacerlo?
Lo más importante es ofrecer al bebé oportunidades variadas de movimiento y evitar que pase demasiado tiempo en una misma postura. Una de las actividades más recomendables es el conocido tummy time o tiempo boca abajo. Siempre debe realizarse cuando el bebé está despierto y bajo supervisión. Puede comenzarse con pocos minutos al día e ir aumentando progresivamente. Esta postura fortalece el cuello, los hombros y el tronco.
También es recomendable cambiar con frecuencia su posición, alternar los brazos con los que lo cargamos, variar la orientación en la cuna o el cochecito y permitir que experimente distintas formas de relacionarse con el entorno.
Llevarlo en brazos en diferentes posiciones, favorecer que gire la cabeza hacia ambos lados mediante juguetes o estímulos visuales y permitirle moverse libremente sobre una manta o alfombra segura son otras estrategias muy útiles. A medida que crece, es importante favorecer que alcance objetos, apoye las manos y los antebrazos, explore el espacio y llegue a sentarse o gatear de forma progresiva, sin forzar ninguna etapa.
En definitiva, más que enseñar movimientos concretos, se trata de crear un entorno seguro que permita al bebé descubrir y desarrollar sus propias capacidades.
Muchos de los movimientos del bebé marcan hitos en su desarrollo y no solo físico, sino que dicen mucho también de su desarrollo neurológico. ¿Cuáles son esos movimientos y por qué?
Exactamente. Los movimientos del bebé son mucho más que simples logros motores. En realidad, son una auténtica ventana a su desarrollo neurológico.
Cada nueva habilidad refleja cómo madura el sistema nervioso, cómo se integran los reflejos primitivos y cómo el cerebro aprende a coordinar y controlar el cuerpo. Por ejemplo, cuando un bebé lleva las manos al centro del cuerpo o a la boca está demostrando que ambos hemisferios cerebrales empiezan a trabajar de forma coordinada. Cuando se gira sobre sí mismo, está poniendo en marcha complejos mecanismos de planificación motora y control corporal.
Más adelante, sentarse sin apoyo exige una integración muy sofisticada del equilibrio y de la musculatura postural. Y el gateo es uno de los hitos más ricos desde el punto de vista neurológico porque favorece la coordinación entre ambos lados del cuerpo, la integración sensorial y la percepción espacial.
Caminar, finalmente, representa la culminación de muchos sistemas trabajando juntos: equilibrio, visión, propiocepción, control muscular y planificación motora.
Por eso suele decirse que durante el primer año de vida el movimiento es el lenguaje del cerebro. Antes de que el niño pueda hablar, sus movimientos ya están mostrando cómo madura y se organiza su sistema nervioso.
Uno de los primeros movimientos o posturas que se consideran un hito es la capacidad de sostener la cabeza. ¿En qué momento empiezan a hacerlo?
La capacidad de sostener la cabeza aparece de forma progresiva durante los primeros meses de vida y no de manera repentina. Al nacer, la cabeza necesita prácticamente apoyo constante porque la musculatura cervical todavía es inmadura. Entre las dos y las cuatro semanas muchos bebés ya son capaces de levantarla durante unos segundos cuando están boca abajo.
Hacia las seis u ocho semanas suelen mantenerla elevada durante más tiempo, y entre los dos y los tres meses el control mejora de forma evidente. Es alrededor de los tres o cuatro meses cuando la mayoría de los bebés consiguen mantener la cabeza estable y alineada con el tronco durante buena parte del tiempo. Este es uno de los hitos más importantes del desarrollo motor porque indica que el sistema nervioso está empezando a organizar el movimiento de forma eficaz y voluntaria.
Además, el desarrollo motor sigue una dirección céfalo-caudal: primero se controla la cabeza, después el tronco, más tarde la pelvis y finalmente las piernas. Por eso, sostener la cabeza constituye la base sobre la que posteriormente se construirán habilidades tan importantes como sentarse, gatear o caminar.
Antes de que el niño pueda hablar, sus movimientos ya están mostrando cómo madura y se organiza su sistema nervioso.
¿Pueden los padres en casa fomentar que el bebé consiga sostener la cabeza?
Sí, los padres pueden favorecer el desarrollo del control de la cabeza, aunque la clave no está en entrenar al bebé ni en forzar posturas para las que todavía no está preparado, sino en ofrecerle oportunidades de movimiento y exploración.
Una de las herramientas más útiles es el tiempo boca abajo o tummy time, siempre cuando el bebé está despierto y supervisado. Puede comenzarse con periodos cortos varias veces al día e ir aumentando progresivamente según lo vaya tolerando. Colocarse frente a él, hablarle o mostrarle juguetes puede animarle a levantar la cabeza y fortalecer la musculatura del cuello, los hombros y la espalda.
También ayuda llevarlo en brazos en posición vertical, apoyado sobre el pecho o el hombro del adulto. En estas situaciones el bebé intenta levantar la cabeza para observar el entorno y aprende poco a poco a estabilizarla.
Además, es importante ofrecerle tiempo para moverse libremente en una superficie firme y segura, evitando que pase demasiadas horas en hamacas, sillitas o dispositivos de contención que limitan sus movimientos.
Por el contrario, ¿qué movimientos conviene evitar cuando el bebé todavía no controla la musculatura cervical?
Durante los primeros meses de vida, especialmente antes de los tres o cuatro meses, conviene evitar cualquier movimiento que haga que la cabeza quede sin apoyo o se desplace bruscamente. Hay que recordar que el cuello todavía es inmaduro y que la cabeza representa una proporción muy importante del peso corporal del bebé. Por ello, no es recomendable levantarlo tirando de las manos o de las muñecas, incorporarlo rápidamente desde una posición tumbada o realizar movimientos bruscos de balanceo o sacudidas. Tampoco conviene mantenerlo sentado durante largos periodos si aún no tiene la fuerza suficiente para controlar la cabeza y el tronco.
Otro aspecto importante es evitar dispositivos que lo coloquen en posiciones para las que todavía no está preparado, ya que pueden favorecer compensaciones posturales y no ayudan a que el desarrollo siga su curso natural. La regla práctica es sencilla: mientras el bebé no controle la cabeza por sí mismo, los adultos deben asumir ese control cada vez que lo levantan, trasladan o cambian de posición.
Si ven que ha pasado el tiempo en el que se supone que los bebés son capaces de sostener la cabeza y su hijo no lo ha conseguido, ¿qué hacer? ¿Cómo ayudar al niño? ¿A qué puede deberse?
Lo primero es recordar que existe una variabilidad normal entre bebés. Algunos adquieren el control cefálico unas semanas antes y otros unas semanas después. Sin embargo, si alrededor de los cuatro meses el bebé sigue teniendo muchas dificultades para sostener la cabeza o entre los cinco y los seis meses no muestra una evolución clara, es recomendable comentarlo con el pediatra.
El especialista valorará aspectos como el tono muscular, los reflejos, la fuerza, la simetría de los movimientos y el desarrollo global del niño. En muchos casos simplemente se trata de un ritmo de maduración más lento dentro de la normalidad, pero es importante comprobarlo.
Mientras se realiza esa valoración, los padres pueden favorecer oportunidades de movimiento libre, incrementar progresivamente el tiempo boca abajo, estimular el juego en el suelo y reducir el tiempo que el bebé pasa en dispositivos de contención.
Las causas pueden ser muy variadas. En ocasiones se trata simplemente de un retraso madurativo leve. En otras puede haber alteraciones del tono muscular, dificultades neuromusculares o problemas neurológicos que requieran una valoración más específica. Lo importante es no esperar durante meses con la esperanza de que todo se resuelva solo. En desarrollo infantil, la detección precoz es muy valiosa porque el cerebro tiene una enorme capacidad de adaptación y aprendizaje durante los primeros años de vida.
¿Qué papel desempeña el gateo en el desarrollo del bebé?
El gateo es uno de los hitos más interesantes del desarrollo infantil porque no solo implica movimiento, sino también la integración de múltiples sistemas neurológicos, sensoriales y cognitivos. La mayoría de los bebés comienzan a gatear entre los siete y los diez meses, aunque existe una gran variabilidad. Antes suelen pasar por etapas previas como girarse, apoyarse sobre manos y rodillas, balancearse o desplazarse reptando.
Desde el punto de vista neurológico, el gateo tiene un enorme valor. El patrón cruzado que utiliza —brazo derecho con pierna izquierda y viceversa— favorece la coordinación entre ambos hemisferios cerebrales y ayuda a desarrollar la comunicación entre distintas áreas del cerebro. Además, fortalece la musculatura del tronco, mejora el control postural, estimula la integración sensorial y contribuye al desarrollo de la percepción espacial. Mientras gatea, el bebé aprende a calcular distancias, superar obstáculos, orientarse en el espacio y relacionar su cuerpo con el entorno.
También suele ser la primera forma de desplazamiento autónomo, lo que favorece la exploración, la curiosidad y la confianza en sus propias capacidades. Ahora bien, es importante aclarar que no todos los niños gatean de la misma manera. Algunos reptan, otros se desplazan sentados y otros pasan prácticamente de forma directa a caminar. La evidencia científica actual no permite afirmar que un niño vaya a tener problemas de desarrollo simplemente por no haber gateado. Lo verdaderamente importante es que exista progresión motora, interés por explorar y una evolución adecuada de sus habilidades.
La clave no está en entrenar al bebé ni en forzar posturas para las que todavía no está preparado, sino en ofrecerle oportunidades de movimiento y exploración.
¿Podemos 'enseñar' a un niño pequeño a gatear?
No exactamente. No podemos enseñar a gatear del mismo modo que enseñamos una palabra o una operación matemática. El gateo aparece cuando el sistema nervioso, la musculatura, el equilibrio y la coordinación han alcanzado un determinado grado de maduración. Lo que sí pueden hacer los padres es crear las condiciones adecuadas para que el bebé tenga oportunidades de desarrollar esta habilidad por sí mismo.
Para gatear necesita haber adquirido previamente una serie de capacidades, como un buen control de la cabeza, estabilidad del tronco, apoyo eficaz sobre las manos y capacidad para coordinar brazos y piernas. Si alguna de estas bases todavía no está madura, intentar que gatee antes de tiempo suele resultar poco útil y, en ocasiones, frustrante para el propio niño.
La mejor forma de favorecerlo es ofrecer mucho tiempo de juego libre en el suelo, permitir que ruede, se gire, alcance objetos y experimente con su cuerpo. También ayuda colocar juguetes a cierta distancia para despertar su curiosidad y motivarlo a desplazarse.
Lo importante es entender que los padres no enseñan a gatear; más bien actúan como facilitadores. Cuando coinciden la maduración neurológica, las oportunidades de movimiento y las ganas de explorar, el gateo suele aparecer de forma espontánea.
¿Y a andar? ¿Son adecuados los andadores para ello?
La respuesta corta es no. No podemos enseñar a un bebé a caminar antes de que esté preparado neurológica y físicamente, y los andadores no se consideran una herramienta adecuada para aprender a andar.
Caminar es el resultado de una larga cadena de aprendizajes previos: controlar la cabeza, sentarse, desplazarse, ponerse de pie, mantener el equilibrio y explorar el entorno. Cuando el cerebro, la musculatura y los sistemas de equilibrio alcanzan la madurez suficiente, el niño comienza a dar sus primeros pasos.
Los padres pueden favorecer este proceso ofreciendo espacios seguros para moverse, tiempo de juego libre y oportunidades para ponerse de pie y explorar, pero no pueden acelerar significativamente la maduración biológica.
Respecto a los andadores, actualmente la mayoría de sociedades pediátricas y especialistas en desarrollo infantil no recomiendan su uso. Por un lado, no enseñan a caminar correctamente porque el bebé utiliza patrones de movimiento distintos a los de la marcha real. Por otro, pueden reducir el tiempo dedicado a actividades fundamentales como gatear, ponerse de pie por sí mismo o aprender a recuperar el equilibrio tras una caída.
Además, existe un motivo añadido: aumentan el riesgo de accidentes, ya que permiten al bebé desplazarse más rápido y acceder a zonas o elementos potencialmente peligrosos. Por eso, el mejor lugar para aprender a caminar sigue siendo el suelo. Puede parecer una respuesta sencilla, pero es la más respaldada por la evidencia científica.
Además de los andadores, ¿qué papel tienen elementos como hamacas, portabebés o determinadas posturas mantenidas?
Estos elementos tienen un papel importante en el cuidado diario del bebé, pero su influencia sobre el desarrollo motor depende sobre todo del tiempo de uso y de cómo se utilicen. La idea fundamental es que el desarrollo neuromotor necesita movimiento libre. Cualquier dispositivo que limite ese movimiento durante periodos prolongados puede reducir oportunidades importantes de aprendizaje.
Las hamacas, sillitas y otros sistemas de contención pueden ser útiles en momentos concretos porque aportan seguridad, permiten el descanso de los cuidadores o facilitan determinadas rutinas. El problema aparece cuando el bebé pasa demasiado tiempo en ellos. En esas circunstancias disminuye el movimiento espontáneo, se reduce el trabajo muscular contra la gravedad y se limitan experiencias fundamentales para el desarrollo motor.
En cuanto a los portabebés, utilizados correctamente pueden ser muy beneficiosos. Favorecen el vínculo afectivo, ayudan a regular al bebé y permiten libertad de movimiento al cuidador. Sin embargo, también conviene que se alternen con periodos de juego y exploración en el suelo.
Más que hablar de dispositivos concretos, quizá lo más importante es evitar las posturas mantenidas durante demasiado tiempo. El cerebro del bebé aprende a través de la variedad, los cambios de posición y la experiencia sensorial. Si siempre está colocado de la misma manera, tiene menos oportunidades para desarrollar todas esas capacidades. Por eso, una regla sencilla sería priorizar mucho tiempo de juego libre y exploración, utilizar los portabebés de forma razonable y reservar hamacas y sistemas de contención para momentos puntuales.
¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometen los padres sin darse cuenta y que pueden afectar al correcto desarrollo de la columna vertebral y del aparato musculoesquelético del bebé?
La mayoría de estos errores no se producen por falta de cuidado, sino precisamente por todo lo contrario. Muchas veces aparecen por exceso de protección, comodidad o desconocimiento. Uno de los más frecuentes es que el bebé pase demasiado tiempo en dispositivos de contención como hamacas, sillitas o columpios. Esto reduce las oportunidades de movimiento libre, que es precisamente lo que necesita para desarrollar fuerza, coordinación y control postural.
Otro error habitual es sentarlo antes de que sea capaz de hacerlo por sí mismo. Aunque se haga con la mejor intención, la columna todavía puede no estar preparada para mantener esa postura durante largos periodos y se limitan experiencias importantes para el aprendizaje del equilibrio.
También es frecuente mantener siempre la misma postura o favorecer siempre el mismo lado al cogerlo, alimentarlo o colocarlo en la cuna. Esto puede contribuir a la aparición de asimetrías posturales. Muchos padres, además, tienden a ayudar demasiado. Colocan al bebé directamente sentado, de pie o en posiciones que todavía no ha alcanzado por sí mismo. Sin embargo, el desarrollo motor se basa en el ensayo, el error y la experimentación. El niño necesita descubrir por sí solo cómo pasar de una postura a otra.
Por último, conviene recordar que el desarrollo suele seguir una secuencia natural: primero el control de la cabeza, después los giros, la sedestación, el gateo, la bipedestación y finalmente la marcha. Intentar saltarse etapas puede hacer que el bebé pierda experiencias importantes para su desarrollo.
Si tuviera que resumirlo en una sola idea, sería esta: la columna y el sistema musculoesquelético no se fortalecen mediante la inmovilidad o las posturas forzadas, sino a través del movimiento libre, la exploración y los cambios constantes de posición. El mayor riesgo no suele ser hacer algo mal, sino impedir sin querer que el bebé se mueva lo suficiente y de forma variada.






