La violencia obstétrica deja en muchas mujeres huellas profundas que no siempre se ven, pero que muchas de ellas cargan durante años. La matrona Laia Casadevall lo sabe bien, pues ha acompañado a cientos de mujeres en el parto, un momento que queda grabado para siempre. Su libro No estás sola, publicado por Vergara, nace precisamente con el objetivo de dar visibilidad a este problema real, pero muchas veces silenciado, romper el aislamiento y recordar a cada mujer que su experiencia importa y merece ser escuchada.
¿Qué te llevó a escribir ‘No estás sola’ y a quién va especialmente dirigido?
Me llevó algo profundamente personal y también profundamente profesional: la violencia obstétrica me ha atravesado en distintos momentos de mi vida. Primero, incluso en mi propio nacimiento; después, durante mis prácticas como estudiante de enfermería y más tarde como matrona, donde fui testigo de situaciones que me hicieron cuestionar muchas cosas. Más adelante, acompañando a mujeres desde el activismo y escuchando sus relatos, entendí que aquello no eran casos aislados, sino una realidad compartida y muchas veces silenciada.
También me atravesó en mi propia experiencia de maternidad, en mi primer embarazo, que terminó en una pérdida gestacional. Ahí comprendí aún más profundamente la vulnerabilidad con la que muchas mujeres transitan estos procesos y la importancia de sentirse acompañadas, escuchadas y respetadas.
A mí, como mujer y como matrona, la violencia obstétrica me ha interpelado de forma directa, y quizá por eso siento una sensibilidad especial hacia las mujeres que la han sufrido. Este libro nace precisamente de ahí: de la necesidad de dar voz a todas esas historias, de nombrar lo que tantas veces se calla y de decirles a esas mujeres que no están solas. Está dirigido especialmente a quienes han vivido estas experiencias, pero también a familias, profesionales sanitarios y a toda la sociedad, porque esto no es un problema individual, sino colectivo.
El título ya es por sí mismo una declaración de intenciones. ¿Piensas que las mujeres que están en esta situación se sienten solas?
Muchísimo. Y esa soledad es una de las heridas más profundas. Muchas mujeres sienten que si su bebé está bien, no deberían quejarse. O escuchan frases como “lo importante es que todo salió bien”, invalidando completamente su vivencia. El título nace precisamente de ahí: de romper ese aislamiento. Cuando una mujer descubre que lo que sintió también lo vivieron otras, empieza a sentir un alivio en el alma que forma parte del proceso de reparación, de reconocimiento y de reconciliación con su propia historia.
Me han enseñado que muchas veces la herida más profunda no es el procedimiento en sí, sino cómo se sintieron: ignoradas, humilladas, infantilizadas o invisibles
¿Por qué crees que ciertas prácticas continúan normalizadas pese a no estar avaladas por la evidencia científica?
Porque durante décadas se ha medicalizado el parto hasta convertirlo en un proceso donde la mujer pierde protagonismo. Muchas prácticas se sostienen por inercia, por cultura hospitalaria y por estructuras muy jerárquicas donde cuestionar cuesta. Se trata de una mezcla de factores que incluyen también la falta de actualización profesional, una formación que muchas veces carece de perspectiva de género y protocolos desactualizados que siguen sosteniendo intervenciones innecesarias o poco respetuosas.
Y esto no es justo, porque todos los profesionales deberíamos trabajar bajo las mismas guías actualizadas, basadas en la evidencia científica más reciente, garantizando una atención segura, respetuosa y centrada en la mujer.
¿Qué cambios estructurales piensas que serían urgentes para avanzar hacia una atención verdaderamente respetuosa?
Primero, formación obligatoria en derechos reproductivos, consentimiento informado y perspectiva de género. Segundo, protocolos basados en evidencia. Tercero, más tiempo y más recursos para una atención menos mecanizada y más humana. Pero, para mí, lo más importante es invertir en más matronas. Sabemos que cuando hay más matronas, mejora la salud materna e infantil, disminuyen intervenciones innecesarias y la experiencia de las mujeres durante el embarazo, el parto y el posparto es mucho más positiva. Invertir en matronas e invertir en derechos de las mujeres en su vida sexual y reproductiva.
¿Qué te han enseñado los testimonios que recoges en el libro sobre el impacto emocional de estas experiencias?
Me han enseñado que muchas veces la herida más profunda no es el procedimiento en sí, sino cómo se sintieron: ignoradas, humilladas, infantilizadas o invisibles. Y no hablo solo de los testimonios recogidos en el libro, sino de los centenares de mujeres a las que llevo años acompañando y escuchando en consulta, en el activismo y en distintos espacios de acompañamiento. Hay mujeres que recuerdan cada palabra que les dijeron años después, porque no olvidemos que el parto es un proceso trascendental que queda grabado para siempre en nuestro cerebro. Merecemos recordar esa experiencia con lágrimas de felicidad y no de dolor.
Muchas mujeres tardan años en poner nombre a lo que vivieron. ¿Por qué cuesta tanto reconocer la violencia obstétrica?
Porque nadie nos prepara para pensar que algo así puede ocurrir en un espacio que asociamos con el cuidado. Además, existe mucha culpa: muchas mujeres se preguntan si exageran, si malinterpretaron o si deberían sentirse agradecidas. También es una violencia muy normalizada, tan integrada en determinados discursos y prácticas que a veces cuesta incluso identificarla como tal. Y socialmente todavía cuesta aceptar que la violencia puede existir también dentro del sistema sanitario.
¿Qué papel juega el entorno de la madre, cómo puede ayudarla ante una situación como esta?
Un papel fundamental. Pero, sobre todo, la validación. Necesitamos que se nos escuche sin juicio, sin prisas y sin minimizar el dolor. Acompañar no es decir “olvídalo” o “lo importante es que el bebé está bien”, sino reconocer que esa experiencia ha dejado una huella y que merece ser atendida. Escuchar sin justificar y sin apresurarse a pasar página es muchas veces el primer paso para la reparación. Comprender que una mala experiencia de parto muchas veces no se supera sola, sino que requiere sostén, escucha y acompañamiento, tanto familiar como profesional.
¿Cuáles son los derechos básicos que toda mujer debería conocer antes de entrar en un paritorio?
Las mujeres estamos protegidas por la Ley de Autonomía del Paciente, que reconoce nuestro derecho a un consentimiento informado adecuado. Esto significa que los profesionales deben explicar de forma clara, con información veraz, objetiva y basada en evidencia científica, todas las opciones disponibles durante el embarazo, el parto y el posparto.
Cuando se propone una prueba o una intervención, la mujer debe conocer los beneficios, los riesgos y también las alternativas posibles, para poder decidir con verdadera libertad. Tenemos derecho a aceptar o rechazar cualquier procedimiento. Es importante decirlo claramente: no hay absolutamente nada obligatorio; es la mujer quien decide siempre sobre su cuerpo y sobre su proceso.
Los hospitales y los profesionales trabajan con protocolos y recomendaciones clínicas, pero por encima de esos protocolos está la Ley de Autonomía del Paciente, que garantiza el derecho a elegir, incluso cuando nuestras decisiones no coinciden con la recomendación profesional.
Porque también es fundamental entender que cada mujer es única, cada parto es distinto, y lo que puede ser adecuado para una no tiene por qué serlo para otra. Hablar de respeto a los derechos de las mujeres es, precisamente, poner sobre la mesa que la individualización de los cuidados y el respeto a las decisiones de cada mujer deben ser siempre una prioridad.
Cuando se propone una prueba o una intervención, la mujer debe conocer los beneficios, los riesgos y también las alternativas posibles, para poder decidir con verdadera libertad.
¿Qué líneas rojas nunca deberían cruzarse en la atención obstétrica?
Nunca debería haber humillación, coerción, infantilización ni procedimientos sin consentimiento. Nunca se debería utilizar el miedo para imponer decisiones. Y jamás se debería olvidar que las mujeres somos las protagonistas de nuestra propia historia y tenemos derecho a vivirla de forma informada, libre y respetada. Los profesionales estamos para acompañar, orientar y ofrecer la mejor información posible, pero no para decidir por las mujeres, porque además de no ser ético, tampoco es legal.
¿Cuáles son, para ti, las principales secuelas físicas y psicológicas pueden dejar estas experiencias si no se atienden adecuadamente?
Físicamente, en la madre, puede haber cicatrices, dolor persistente, complicaciones en la recuperación, problemas en la lactancia o miedo a futuros embarazos. Psicológicamente hablamos de ansiedad, depresión posparto, estrés postraumático, culpa, desconexión emocional e incluso dificultad para vincularse con el bebé o con la propia maternidad.
En el bebé también puede haber consecuencias importantes: lesiones físicas derivadas de ciertas intervenciones, ingresos en cuidados intensivos, dolor, llanto persistente o dificultades en el inicio de la lactancia y del vínculo temprano. Por eso hablar de violencia obstétrica no es solo hablar del parto en sí, sino del impacto profundo que puede dejar en toda la experiencia de maternidad y nacimiento.
¿Qué señales deberían alertar a una mujer de que necesita apoyo emocional tras el parto?
Cuando el recuerdo del parto genera angustia constante, cuando evita hablar del tema o, por el contrario, necesita hablar continuamente de lo que pasó, cuando aparecen culpa intensa, llanto frecuente, insomnio, irritabilidad, sensación de fracaso o miedo persistente. También cuando siente que no logra reconocerse a sí misma o siente que no puede cuidar de su criatura.
Poner palabras a lo que pasó junto a una profesional en una consulta de debriefing puede ser profundamente reparador. Buscar apoyo en una psicóloga perinatal y rodearse de otras mujeres con quienes compartir la experiencia también puede salvarnos. Pedir ayuda no es debilidad, muchas veces es el primer acto de reparación.
¿Qué mensaje te gustaría que recibieran las mujeres que aún sienten culpa o duda sobre lo que vivieron?
Que su dolor es válido. Que si algo las hizo sentirse vulneradas, merece ser escuchado. Que no necesitan justificar su experiencia para que sea real. Y, sobre todo, que no fue su culpa. Quien falló fue el sistema, que no estuvo a la altura para acompañarlas como merecían.
¿Piensa que hay esperanza y estamos avanzando en España hacia un modelo más respetuoso o seguimos lejos de ese horizonte?
Hay avances, y sería injusto negarlo. Cada vez hay más conciencia, más profesionales comprometidos y más mujeres que alzan la voz. Pero todavía queda mucho camino. Mientras siga habiendo mujeres que salen del parto sintiéndose rotas en lugar de acompañadas, no podemos conformarnos. La esperanza existe, pero necesita voluntad, cambios reales y valentía institucional.






