La tierna imagen de Garbiñe Muguruza, con su bebé y su perro: claves para una convivencia segura según una experta


Hablamos con Tamara Hernán, educadora canina, sobre todo lo que tenemos que tener en cuenta cuando llega un recién nacido a una casa donde también vive una mascota


La extenista Garbiñe Muguruza
10 de mayo de 2026 a las 13:04 CEST

Garbiñe Muguruza está viviendo un gran momento personal. El pasado 26 de enero se convertía en madre por primera vez, con el nacimiento de su hijo Marcos. Recientemente, la tenista ha compartido imágenes de sus primeras semanas como mamá, y en alguna de ellas aparece con el pequeño, acompañada de su perro, un carlino que es un miembro más de la familia que también vive esta nueva etapa. Detrás de esa tierna estampa, hay un proceso complejo que va mucho más allá de “presentar” al perro al recién nacido.

La llegada de un bebé transforma rutinas, espacios y emociones, y los perros lo perciben todo: la tensión, los cambios de ritmo, la falta de disponibilidad. Preparar esa convivencia no va de trucos ni de escenas perfectas, sino de entender su comunicación, anticipar sus necesidades y crear un entorno seguro y flexible para todos. Sobre todo ello hemos tenido la ocasión de hablar con Tamara Hernán, educadora canina y creadora de la metodología Crianza Multiespecie, autora del libro Creciendo entre perros (Ed. La Esfera de los Libros).

Garbiñe Muguruza, sentada en el porche de su jardín con su bebé y su perro© garbimuguruza
Garbiñe Muguruza, sentada en el porche de su jardín con su bebé y su perro

¿Hay algún cambio que debería empezar a introducirse en casa durante el embarazo para preparar al perro para cuando llegue el bebé?

Sí, pero no desde la idea de “preparar al perro para el bebé”, sino desde preparar el contexto para facilitar su adaptación al cambio. Durante el embarazo conviene revisar rutinas, espacios, tiempos de descanso, necesidades cubiertas y pequeñas modificaciones del día a día para que no todo cambie de golpe cuando el bebé ya esté en casa. Las claves están en asentar una mejor relación de apego que le dará mayor autonomía y seguridad, entender -de verdad- su comunicación y no romantizar, y saber cubrir sus necesidades reales cuando la disponibilidad hacia él baje. Enfocarse en la flexibilidad del día a día y en la capacidad de tolerar la frustración del perro serán claves para anticiparse con respeto y realismo.

¿Cuál es la manera más adecuada de presentar al perro y al bebé por primera vez?

No existe una manera universal. Hay tantas presentaciones válidas como modelos de familia multiespecie. Más que pensar en “la presentación perfecta”, yo hablaría de proceso, en el que sí debe haber unos criterios mínimos. Por ejemplo, el primer encuentro no debería forzarse ni plantearse como una escena emocionante que hay que provocar. No hace falta poner al perro delante del bebé, ni llamarle para que se acerque, ni buscar una interacción directa porque sí. Lo importante es que el perro pueda vivir ese primer momento sin presión, con distancia si la necesita y con libertad para observar, acercarse o retirarse. Una regla de oro sería que el primer encuentro no dure más de 10 segundos. Y es que la convivencia se construye en cómo se acompaña ese momento y todo lo que viene después. Otra cuestión importante es darle al perro el tiempo que necesite para saludar a mamá/papá antes. Una vez esté el ambiente en calma, ya sea en casa o paseando al aire libre, darle la oportunidad de centrarse en el bebé si es que tiene ese interés. Nada de darle un pañal a olfatear o ponerle comida cerca del bebé.

Tamara Hernán, educadora canina y creadora de la metodología Crianza Multiespecie, autora del libro Creciendo entre perros© Cedida
Tamara Hernán, educadora canina y creadora de la metodología Crianza Multiespecie, autora del libro Creciendo entre perros

¿Qué señales de estrés o incomodidad debemos observar en el perro durante los primeros días?

Aquí está una de las claves más importantes. Muchas familias esperan una señal “muy evidente”, como un gruñido, y entonces llegan tarde. Antes suelen aparecer señales más sutiles (y a menudo ambivalentes y opuestas) como evitación, tensión corporal, hipervigilancia, necesidad de irse o de no poder separarse, quedarse inmóvil o mostrarse excesivamente alerta. Aprender a leer esa comunicación permite intervenir mucho antes de que haya un problema. El perro no pasa de estar bien a reaccionar “de repente”: normalmente lleva tiempo comunicándose.

¿Es mejor permitir que el perro huela al bebé desde el principio o hacerlo de forma progresiva?

No hay que convertir el olfateo en una obligación ni en una prueba de aceptación.
Que el perro huela al bebé puede formar parte del proceso de que lo conozca, y que mediante el olfato va a captar mucha información orgánica y emocional, pero no debería forzarse ni usarse como indicador de que “todo va bien”. La clave no es dejarle o no, es hacerlo con calma y seguridad, priorizando una supervisión activa en un entorno de calma a nivel de estímulos y emociones.

Lo importante es que el perro siga teniendo cubiertas sus necesidades y que siga encontrando seguridad en su familia

Tamara Hernán, educadora canina

¿Qué rutinas ayudan a que el perro no sienta que “pierde su lugar” en la familia?

En Crianza Multiespecie vamos a la contra de lo que dicen los libros y las teorías de la modificación de conducta: Si la ciencia sostiene que la inseguridad se estabiliza con rutinas, para nosotros la flexibilidad es lo que convierte en sostenibles los procesos con un perro sobrepasado y un bebé que lo dirige todo. Obviamente, con matices. Más que mantener exactamente la vida de antes, que muchas veces no es realista con un bebé, lo importante es que el perro siga teniendo cubiertas sus necesidades y que siga encontrando seguridad en su familia. Eso incluye descanso real, paseos o salidas adaptadas, momentos de conexión sin forzar y una estructura lo bastante predecible como para no vivir el posparto como un caos absoluto. El objetivo es sostener el vínculo desde un nuevo equilibrio posible y no cargar con más tareas a las familias. Eso siempre acaba en culpa.

¿Cómo gestionar los espacios de la casa para que ambos, bebé y perro, se sientan seguros?

Me encanta esta pregunta porque la gestión de espacios es una de las herramientas más importantes de prevención. Y no se resuelve solo con poner una valla. Hace falta crear contextos claros: zonas de descanso del perro que se respeten, rutas de salida para que no se sienta atrapado, recursos valiosos en lugares estratégicos fuera del alcance de los peques móviles, espacios compartidos bien pensados y con supervisión real (posturas, elementos naturales de barrera…). El entorno tiene que permitir que ambos estén seguros, no obligarles a convivir demasiado cerca demasiado pronto. Tengo un protocolo específico al que llamé “Operación Suelo” para preparar a las familias con bebés de 2-6 meses para esas escenas que serán el pan de cada día a partir de que su peque gane en motricidad gruesa.

¿Qué riesgos son reales cuando conviven perros y bebés y cuáles suelen estar sobredimensionados?

El riesgo real suele ser no entender su comunicación, no supervisar bien o confiar demasiado porque nunca ha pasado nada. El problema muchas veces no está en una agresividad repentina, sino en el malestar acumulado, la invasión constante, la falta de escapatoria o los errores de interpretación por parte de los adultos. Algo de lo que se habla muy poco son de esas caricias espontáneas de bebés muy pequeños (menores de 24 meses) que, sin ninguna mala intención, terminan dando palmadas, pellizcando o tirando del pelo porque su motricidad fina y control de impulsos aún no está lo suficientemente desarrollada. Esto es un verdadero peligro porque la mayoría de adultos ven este encuentro como algo tierno y es muy molesto para el animal.

También hay riesgos sobredimensionados por discursos alarmistas generales, como no dejar que un perro tenga contacto con el bebé por si le hace enfermar. Esto provoca que muchos perros acaben cedidos en otras casas o desterrados a otro lugar de la casa, lo cual dificulta mucho la posterior adaptación tras haberse visto comprometidas las necesidades de apego y pertenencia del animal.

¿Qué tipo de perros o comportamientos requieren una vigilancia especial?

Más que hablar de “tipos de perro”, yo hablaría de historias individuales. Nunca he hablado de razas favoritas ni a evitar. Obviamente, en el caso de una agresión, cuanto más grande sea el perro y mayor potencia de mordida tenga, más daño puede hacer. En ellos, se suele poner mucha atención y sin embargo, en razas o mestizos medianos/peques o de carácter afable, se confía demasiado hasta que todo explota. Requieren especial atención los perros con miedo, inseguridad, hipervigilancia, dolor, dificultades para gestionar el estrés, baja o nula tolerancia a la frustración, dificultad de autorregulación, apegos inseguros (el ansioso dependiente es el que más veo) y mala socialización. También aquellos que parecen “demasiado pendientes” del bebé, porque eso muchas veces se interpreta como cariño o protección cuando puede ser un estado de alerta. Pero en realidad, cualquier perro necesita supervisión, sostén y acompañamiento cuando convive con un bebé.

Una madre con su recién nacido en la cama, junto con su perro© Getty Images/Tetra images RF

¿Qué beneficios emocionales y de desarrollo puede aportar un perro a un bebé desde los primeros meses?

Puede haber beneficios muy interesantes a nivel emocional, cognitivo, físico e incluso de salud… pero es importante decir que no ocurren por el simple hecho de convivir con un perro, sino por cómo se construye esa convivencia y por el bienestar real de todos los miembros de la familia. Usar al perro como “herramienta de desarrollo” sería un error. A partir de ahí, cuando esa convivencia está bien acompañada, sí podemos hablar de beneficios como:

  • A nivel emocional: La presencia de un perro puede actuar como regulador emocional. Su compañía, el contacto (cuando es adecuado) y su forma de estar pueden ayudar a generar calma y seguridad. Además, desde muy pequeños, los bebés empiezan a construir experiencias al interaccionar, observación emocional y conexión con otro ser vivo, lo que sienta bases importantes para el desarrollo de la empatía.
  • A nivel cognitivo y social: Aunque el bebé no interactúe directamente al principio, está observando constantemente. Ver cómo el adulto se comunica con el perro, cómo respeta sus tiempos o cómo interpreta sus señales es aprendizaje puro. Esa convivencia favorece la capacidad de leer el entorno, anticipar conductas y entender que existen otras formas de comunicación más allá de la verbal, algo clave en el desarrollo social. Y una que me fascina: respetar los límites del animal apoya la idea del autoconcepto a la hora de ponerle límites al otro, lo cual es un factor protector brutal contra el acoso y el bullying.
  • A nivel físico y sensorial. El entorno multiespecie suele ser más rico a nivel sensorial, sobre todo si es una familia primeriza: sonidos, movimientos, ritmos diferentes… Todo eso estimula al bebé. Más adelante, cuando el bebé crece, la presencia del perro facilita el interés por el movimiento, la curiosidad y la exploración del entorno.
  • A nivel de salud. Algunos estudios han observado que convivir con animales desde etapas tempranas puede estar relacionado con un sistema inmunológico más estimulado y menor incidencia de ciertas alergias o enfermedades respiratorias por la exposición a una mayor diversidad microbiana en el entorno y a una mejor microbiota por el contacto con patógenos.
  • A nivel de valores y desarrollo a largo plazo. Aunque esto no se ve en los primeros meses de forma directa, es una base muy potente. Crecer en una familia donde hay un perro y se le trata con respeto ayuda a integrar valores como la empatía, el cuidado, la responsabilidad y la comprensión de las necesidades de otros seres. Convivir con perros mayores y despedirse, puede ser la primera experiencia de duelo para los peques. Una gran oportunidad para integrar la muerte como un proceso esencial de la vida.

    Ahora bien, aquí está el matiz importante: hablar solo de beneficios sin hablar de gestión es lo que lleva a idealizar la convivencia. Un perro no está para estimular, entretener o “aportar” algo al bebé. Tiene necesidades propias. Y cuando eso se olvida, es cuando empiezan los problemas.

    Por eso, más que pensar en lo que el perro le da al bebé, el enfoque debería ser: ¿cómo creamos una convivencia en la que ambos estén bien? Porque cuando eso ocurre, los beneficios llegan como consecuencia… no como objetivo.

Que un perro siga constantemente al bebé, controle quién se acerca o parezca no separarse nunca no siempre significa que esté encantado. Puede estar en alerta

Tamara Hernán, educadora canina

¿Qué hacer si el perro muestra señales de celos?

Lo primero es revisar si realmente son celos o si estamos poniendo esa etiqueta a algo que en realidad es estrés, inseguridad o dificultad de adaptación. Muchas conductas que se interpretan así son formas de pedir información, buscar regulación o expresar malestar. Si solo pensamos en “celos”, corremos el riesgo de corregir el síntoma y no entender lo que hay debajo. El foco debería estar en qué necesita ese perro para sentirse más seguro en esta nueva etapa. Vamos, exactamente igual que lo que puede aconsejar un terapeuta a una familia con un reciente hermano mayor que está “comportándose” de forma inadaptativa.

¿Cómo actuar si el perro intenta proteger en exceso al bebé?

La hipervigilancia o la sobreprotección no deberían romantizarse. Que un perro siga constantemente al bebé, controle quién se acerca o parezca no separarse nunca no siempre significa que esté encantado. Puede estar en alerta. Y realmente, no es la función del perro proteger al bebé. Si el perro siente que es su deber, algo está fallando. Además, un perro en alerta no está bien. En estos casos hay que bajar activación, revisar gestión del entorno y no reforzar esa conducta como si fuese algo bonito o deseable.

¿Cómo evoluciona la relación entre perro y niño a medida que el bebé crece?

La relación no evoluciona sola ni siempre a mejor por el simple paso del tiempo. De hecho, una de las etapas de mayor riesgo es cuando el bebé empieza a moverse.
Entre los 6 y 24 meses cambia todo: aparece la imprevisibilidad, el contacto inesperado, la invasión de espacios y de recursos…y el perro puede empezar a vivir situaciones que antes no existían. Por eso aunque “los primeros meses hayan ido bien”, hasta los 18-24 meses, solo irán acumulando interacciones, que dependiendo de si son mayoritariamente negativas o positivas, darán paso a la creación de patrones que definen una relación hasta aproximadamente los 4 años de edad del niño. A partir de ahí, si la cosa ha ido bien y el beneficio e interés de esa relación es mutuo, podríamos comenzar a ver cómo se asienta lo que llamamos vínculo, cuyo factor imprescindible entre otros, es que los peques tengan capacidad de empatía. Por eso es importante en cada etapa, desarrollar e implementar nuevas medidas de supervisión, comunicación, juegos, adaptación del espacio y lectura de la comunicación.

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