Benedetta Perazzo, estilista, sobre la influencia de las royals de Mónaco en cómo vestimos en verano de 2026: "Grace Kelly es una referencia inevitable"


El vestir de Montecarlo está de moda: piezas clásicas, colores neutros y accesorios que acompañen el look sin dominarlo.


Carlota Casiraghi en el desfile de Chanel en julio de 2025© Getty Images
27 de junio de 2026 a las 18:02 CEST

Tiene Mónaco un cierto efecto Cenicienta. Una llega y se queda tan maravillada por todo lo que define el segundo país más pequeño del mundo -un linaje histórico lleno de sangre azul, el jaleo de coches de precio prohibitivo que atascan las calles del Principado, las piezas de alta joyería que brillan desde los escaparates...-, que cuando regresa a casa se siente descalza, pequeña. Quizás por eso Grace Kelly nunca volvió a ese lugar “irreal, triste y confundido” que era Hollywood, según ella misma reveló tras casarse con el príncipe Rainiero III y quedarse para siempre en su palacio de “La Roca”. Todo en Montecarlo es lujoso, resplandeciente, ruidoso, monumental, majestuoso. 

Monte Carlo Wardrobe© Getty Images. Collage de Juan Pablo Chipe
Monte Carlo Wardrobe

Todo, en definitiva, es más. Esa es la reflexión de la periodista francesa Ségolène Cazenave Manara en el libro que Assouline dedicó a la capital y que radiografía cómo es este pequeño pero inmenso territorio. “Las princesas son más bellas, el cielo, más azul y los rascacielos, más altos”, escribe en sus páginas. Es tal la convivencia con la hipérbole de quien vive o visita la zona -se estima que tiene unos 38.000 residentes pero que hasta 57.000 personas se desplazan a trabajar a diario y el turismo alcanza los 7 millones de visitantes anuales-, que a la hora de vestirse eligen la vía más elemental y purista. Lejos de lo que puede pensarse, el ‘bling-bling’ y la logomanía explícita (y estridente) es cosa de turistas de paso y lo que de verdad corre por las venas fashionistas de los monegascos es el lujo discreto de toda la vida, que solo concibe el buen gusto. Porque cuando cesa el ruido, los casinos bajan la persiana y el horizonte logra colarse entre yates aparece una clase exquisita que ya estaba ahí mucho antes de que aterrizaran los beach clubs y la Fórmula 1. 

Grace Kelly© Getty Images
Grace Kelly.

Grace Kelly y una maleta que lo cambió todo

Por supuesto que Mónaco existía antes de que Grace Kelly entrara a formar parte de su historia, pero con ella todo cambió. La actriz partió de Nueva York para no volver un 4 de abril de 1956. Lo hizo a bordo de un transatlántico y arropada por su familia, seis damas de honor, su caniche Oliver y ochenta -¡ochenta!- maletas y baúles. En ellos viajaba el futuro de la moda monegasca y el origen de lo que, setenta años después, se convertiría en la estética old money que el mundo entero replicaría.

La trascendencia de Kelly en la moda es mayúscula y, además, de sobra conocida -un bolso de Hermès con su nombre, vestidos icónicos...-, pero merece la pena detenerse en cómo configuró y mejoró los códigos del vestir veraniego. La princesa funciona hoy como representante de toda una generación de mujeres que se toma muy en serio su imagen y no descuida sus estilismos ni en verano, ni de viaje, ni de vacaciones. “Fue ella quien convirtió la elegancia en parte del ADN visual del Principado”, asegura la estilista Benedetta Perazzo. 

Alexandra de Hanover© Getty Images
Alexandra de Hanover

Del legado generacional al palco vip

La herencia que la princesa dejó a sus hijos y nietos, de Carolina a Carlota pasando por Alberto y por Andrea, es una atención (y una conciencia) impecable hacia su imagen. Gestos, joyas, firmas, colores... Nada en la elegancia de la Familia Real de Mónaco es casualidad, sino una virtud que pasa de generación en generación y que tiene en la sutileza un pilar. Lo vemos en las “nuevas” royals Alexandra de Hanover o Pauline Ducret, cuyo manejo de los códigos de vestimenta de su estirpe es excelente y su capacidad de actualizarlo divirtiéndose y manteniendo su esencia, notoria. “Carlota aporta una dimensión intelectual y cultural que trasciende la moda, mientras que Alexandra encarna una elegancia más espontánea”, reflexiona Perazzo.

Pauline Ducret© Getty Images
Pauline Ducret

Beatrice Borromeo, casada con Pierre Casiraghi, ha logrado no solo adaptarse al lenguaje estilístico del linaje de su marido, sino destacar y sentar cátedra entre tanta sangre azul. Pero no hace falta entrar en el árbol genealógico de los Grimaldi para alinearse con su sensibilidad estética. Chicas influyentes como Alexandra Leclerc, Laila Hasanovic o la española Carmen Montero-Mundt -todas ellas parejas de pilotos o tenistas de alto nivel- están logrando que el estilo depurado, neutro y sobrio que tan bien caracteriza el lujo monegasco llegue -y arrase- en todo el mundo. 

Porque Mónaco solo ocupa 2km², pero puede cobrar presencia en cualquier parte, especialmente donde se celebre alguna competición deportiva importante. Especialmente relevantes son disciplinas como el golf, el polo o la hípica, típicamente relacionadas con familias adineradas y cuyos protocolos de vestimenta abogan (y, en muchos casos, exigen) por colores apagados y siluetas recatadas. También los paddocks y las pistas de tenis son escenarios perfectos para evocar ese estilo old money “grimaldesco” que repele cualquier signo de ostentación. Ahí entran las WAG’s, musas invitadas de esta corriente.

Laila Hasanovic en el torneo de Montecarlo.© Getty Images
Laila Hasanovic en el torneo de Montecarlo.

Un armario clásico: un valor seguro

El apellido más importante del país funciona como espejo para quien quiere integrarse en el paisaje clásico de Montecarlo -o de escenarios pudientes del mundo como podrían ser Los Hamptons, Capri o Saint-Jean-Cap-Ferrat- y ve en su indumentaria una vía para mimetizarse y sentirse parte de una sociedad distinguida. Eso sí, a pesar de que el origen de esta estética esté muy ligado al elitismo y a la riqueza “de cuna” -nada de fortunas azarosas y meteóricas-, vestir inspirándonos en el Principado depende más de la actitud que de la tarjeta de crédito. También del criterio, algo que, como insiste Perazzo, el dinero no puede comprar. “El buen gusto tiene más que ver con la capacidad de elegir que con la de adquirir. Las personas más elegantes suelen ser aquellas cuya ropa es lo último que notas de ellas. Se reconoce en la forma en que seleccionan lo que realmente representan y visten con naturalidad y coherencia. Quien tiene verdadero gusto utiliza la moda como una forma de expresión y no de demostración de estatus”, zanja la estilista.

Carmen Montero-Mundt© Getty Images
Carmen Montero-Mundt

El Montecarlo Wardrobe no está ligado al apellido que figure en nuestro carnet de identidad sino a un vestidor muy mediterráneo con piezas, tejidos y colores muy concretos. Tiene un fondo de armario conservador que gira en torno a la dupla cromática del blanco y el azul marino -aunque también acepta toques de verde oscuro, de tonos empolvados y de beige- y que incluye polos, bermudas, camisas blancas, faldas de tablas o de largo midi y pantalones de pinzas. Cobran peso telas como el lino o el algodón, todas livianas en línea con esa ligereza visual que transmiten los estilismos.

Ese “lienzo” impoluto va adaptándose no solo a la situación -no es lo mismo una jornada en alta mar que un St-Germain Spritz a media tarde en la terraza del Café de Paris-, sino también con la personalidad y el presupuesto de cada una. Los accesorios, más o menos prototípicos, importan: un pañuelo atado a lo Grace Kelly, unas sandalias tipo pala, un capazo con detalles de piel, un collar de perlas, un buen reloj... “Accesorios que acompañen el look sin dominarlo”, insiste Perazzo.

Carlota Casiraghi© Getty Images
Carlota Casiraghi

El Principado, con su capital como referencia, representa la serenidad, la estabilidad, la permanencia. Fijarse y emular su vestimenta es perseguir esos valores en un mundo dominado por la saturación, la inmediatez y la velocidad. Cobijarse tras un vestido bien confeccionado es una demostración de valores y, en definitiva, estar y sentirse a salvo.