Sue Stuart-Smith, psiquiatra: "La belleza de las flores activa en el cerebro los mismos circuitos que el amor romántico"


Hablamos con la psicoterapeuta, autora del libro 'La mente bien ajardinada' y que lidera, junto a su marido, el paisajista Tom Stuart-Smith el proyecto 'Serge Hill Project' sobre sus inicios y, sobre todo, cómo la jardinería puede cambiar nuestras vidas


Sue Stuart-Smith en su jardín© Claire Nathan
27 de octubre de 2026 a las 21:48 CET

Es una de las psiquiatras y psicoterapeutas más prestigiosas del mundo. Quizá, te suene su nombre porque su libro, La mente bien ajardinada, se convirtió en un best seller que arrasó en ventas, pero antes de alcanzar ese éxito, Sue Stuart-Smith ya llevaba tiempo hablando de cómo la jardinería puede cambiar nuestra vida por completo. "Hay una certeza absoluta: estar en contacto con una naturaleza apacible —no hablo de una selva, sino de un paisaje verde, un parque o un jardín— desencadena un efecto fisiológico antiestrés inmediato", nos cuenta en un momento de nuestra entrevista por videollamada.

En aquel momento nos confesaba estar entusiasmada. Iba a participar en el Festival Flora, que del 12 al 22 de octubre celebraba su novena edición en Córdoba. "Ya estuve una vez en la ciudad, pero fue hace unos 30 años… He estado en España varias veces… ¡Este es mi cuarto evento!", nos adelantaba. 

Sue Stuart-Smith en un primer plano© Claire Nathan
Sue Stuart-Smith en un retrato

De la literatura a la psiquiatría: el relato vital como herramienta terapéutica

La conocemos como psiquiatra, pero estudió antes Literatura inglesa. ¿Por qué eligió esa carrera? 

Fui a la Universidad de Cambridge a estudiar Literatura Inglesa. En el colegio me encantaba la literatura, era mi asignatura favorita; pero también me gustaban la biología y la química. Sin embargo, no me lo permitieron: a diferencia del bachillerato de otros países, en el sistema británico tienes que elegir entre ciencias o letras. Me empujaron hacia las humanidades, así que estudié francés y geografía junto con literatura inglesa, que era la principal. Echaba de menos las ciencias y siempre sentí cierta tristeza por ello. Durante mi último año de carrera, mi padre se estaba muriendo, lo que obviamente fue una época durísima y muy triste. Entraba y salía del hospital para visitarlo, hablaba con sus médicos, y creo que eso reavivó mi interés por las ciencias y mi deseo de ayudar a la gente.
Empecé a sentir que quería hacer algo distinto. Me encantaba mi carrera, pero me habría llevado al mundo editorial, al periodismo o a la televisión, donde iban muchos de mis amigos. Sin embargo, sentía que no quería limitarme a relatar lo que ocurría en el mundo, sino intervenir activamente en él, así que solicité plaza en Medicina, pero tuve que preparar los exámenes de acceso científico, volviendo a estudiar química y biología de nivel superior durante un año. Me fue bien porque siempre se me habían dado bien ambas ramas, no mucho con los idiomas (se ríe) ¡Es mi punto débil! Hice toda la formación médica, no sé cómo lo llamáis en España, en Gran Bretaña lo llamamos Foundation, pasando por cirugía, medicina interna y distintas especialidades. Siempre supe que me apasionaba la psiquiatría y que quería dedicarme a ella. Para mí, el mundo de la psiquiatría une la literatura inglesa y la ciencia: cuando recibes a un paciente por primera vez y repasas su historial vital en detalle, estás trabajando con el relato de su vida e intentando ayudarle a comprenderlo. Cuando estás trabajando con la mente humano, pienso que se combinan arte y ciencia.

El origen de una vocación: cómo un campo de trigo se convirtió en 40 años de jardín

¿Y cuándo descubrió su pasión por la jardinería? ¿Era algo que hacía de niña?

No especialmente. Cuidé alguna planta con mi padre, pero su gran afición era navegar, así que pasábamos más tiempo en el agua. Siempre he amado la naturaleza y estar al aire libre. Descubrí la jardinería realmente a través de mi marido, Tom. Nos casamos cuando yo tenía 25 años y tuvimos esta oportunidad de mudarnos cerca de su casa familiar, a un granero, que estaba rodeado de un campo de trigo. No había ningún jardín en ese momento. Empezamos a crearlo desde cero. Para él, que empezaba como paisajista y diseñador, era un lienzo en blanco maravilloso. En aquella época —lo cuento en el libro— yo veía la jardinería un poco como las tareas del hogar, pero al aire libre; aunque si hacía sol, prefería estar fuera.
Tuvimos tres hijos bastante seguidos. Convertir un campo de cultivo en un jardín es un trabajo durísimo: había muchísimo barro, piedras y la tierra era de mala calidad. Nos sentíamos casi como pioneros levantando setos y pequeñas vallas para proteger las plantas del viento. Hoy es muy diferente, es un jardín maduro de casi 40 años. Cuando mi hijo menor empezó el colegio a los cinco años, yo trabajaba a tiempo parcial como médica psiquiatra, pero sentí el deseo de tener mi propia parcela dentro del jardín. Siempre me ha gustado cocinar, vengo de una familia muy aficionada a la gastronomía, y mi puerta de entrada a la jardinería fue cultivar hierbas culinarias poco comunes, de esas que no se encuentran en el supermercado. Poco a poco empecé a cultivar verduras y me encantó. A día de hoy, mi papel principal en nuestro jardín sigue centrado en los alimentos y, cada vez más, en flores anuales para corte.

Sue con su marido, el paisajista Tom Stuart-Smith© Jooney Woodward
Sue con su marido, el paisajista Tom Stuart-Smith, con el que puso en marcha 'The Serge Hill Project', y con su perro Rocket en brazos
Con su perro Rocket© Jooney Woodward

¿Y cómo descubrió que la jardinería puede ayudar al bienestar de las personas?

Es una buena pregunta, porque al principio no lo viví así de forma consciente. Diría que fue unos diez años después, cuando asumí más responsabilidades profesionales y dirigía un departamento. Tenía mucho estrés, especialmente por los recortes en los servicios sanitarios. Empecé a notar que, si llegaba un lunes al trabajo sin haber pasado tiempo en el jardín el fin de semana, era como si cargara sobre los hombros todo el peso acumulado (de estrés) de la semana anterior. En cambio, si había pasado horas en el huerto, inmersa en las tareas de la tierra, empezaba el lunes completamente renovada. Podía haber hecho otras actividades de ocio, pero la jardinería marcaba una diferencia real reduciendo el estrés.
Con el tiempo pensé en escribir sobre ello y recordé la historia de mi abuelo. Mi madre aún vivía —murió pocos años después de publicarse el libro, pero me alegra que llegara a verlo editado—. Crecí escuchando que mi abuelo había sido prisionero de guerra en Turquía durante la Primera Guerra Mundial siendo muy joven. Sobrevivió de milagro, traumatizado y desnutrido, y fue la jardinería lo que le devolvió la vida. Esas historias familiares las asumes de niña sin cuestionarlas, pero de pronto sentí la necesidad de profundizar. Como muchos supervivientes de guerra, él apenas habló de ello en vida, pero conseguí recopilar recortes de prensa de entrevistas que concedió y un pequeño diario que conservaba sobre sus primeros meses de cautiverio. Parte de la investigación del libro consistió en reconstruir su historia y documentar ese periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, que fue el germen de la terapia hortícola: entonces no la llamaban así, sino rehabilitación para reincorporar a los hombres al trabajo, pero en el fondo era terapia pura. Tras una catástrofe de semejante magnitud, la gente regresó a la tierra en busca de regeneración.

Neurociencia y naturaleza: qué le ocurre al cerebro al estar contacto 30 minutos con plantas

Hoy en día muchísima gente sufre ansiedad y depresión. ¿De qué manera puede ayudarles la jardinería?

El estrés y la ansiedad actuales tienen causas distintas, pero hay una certeza absoluta: estar en contacto con una naturaleza apacible —no hablo de una selva, sino de un paisaje verde, un parque o un jardín— desencadena un efecto fisiológico antiestrés inmediato. Las investigaciones son rotundas: a los pocos minutos de estar inmersos en la naturaleza, el ritmo cardíaco y la presión arterial disminuyen. En torno a los 30 minutos, los niveles de cortisol comienzan a bajar. Además, hacer una pausa de 20 o 30 minutos al aire libre restaura la función cognitiva, especialmente si trabajas frente a pantallas. Ese beneficio no se obtiene descansando con otra actividad: es el contacto con lo natural lo que marca la diferencia.
Evolucionamos en praderas abiertas; nuestros cerebros y cuerpos están preparados para responder a esos estímulos naturales. El color verde resulta enormemente relajante para el sistema visual porque es el que menos energía requiere para ser procesado por el cerebro.

El jardín de Tom y Sue Stuart-Smith© CORTESÍA
El espectacular jardín de Tom y Sue Stuart-Smith© CORTESÍA

La química de la belleza: por qué contemplar flores activa los mismos circuitos que el enamoramiento

Hay gente que vive en el campo, pero muchos otros en grandes ciudades...

Incluso viviendo en el campo se puede padecer estrés. El valor radica en el contraste: si pasas horas en un edificio bajo luz artificial, esa pausa es oro. Sabemos que los sonidos naturales, como el viento en los árboles o el agua fluyendo, inducen ondas alfa cerebrales, un estado de alerta relajada que favorece la producción de neurotransmisores que queremos promover como la serotonina.
Además, un jardín, en cualquier época del año, pero particularmente, cuando hay flores, ofrece una dosis constante de belleza natural. En mi libro analizo a fondo la neurociencia de la belleza: cuando experimentamos belleza, en cualquier forma, nos sentimos transportados, desconectamos de las preocupaciones inmediatas y se activan los centros emocionales profundos de forma muy parecida a lo que ocurre con el amor romántico. Se estimulan las vías de recompensa y placer mediante la liberación de dopamina —que aporta energía y motivación—, serotonina y endorfinas, en respuesta a esa belleza, nuestros opioides naturales
Y eso solo contemplando; si pasamos a la acción con las manos en la tierra, el efecto se multiplica. En el momento en que siembras una semilla, tu mente viaja hacia el futuro: proyectas cuándo florecerá o cuándo cosecharás los tomates o las calabazas. La jardinería siempre mira hacia delante; el jardinero siempre está planificando la siguiente estación. Para una persona con depresión, ansiedad o trauma, el futuro suele vivirse con angustia, pesadez o miedo. Cuidar plantas es una vía accesible para volver a mirar hacia adelante. Por eso es tan valiosa también en la vejez: cuando muchas cosas empiezan a apagarse, el jardín te mantiene invirtiendo en el porvenir.

Les devuelve la esperanza

Sí, es esperanza, pero creo que la esperanza puede venir en tantas formas distintas. Pienso que lo que te da esa orientación de futuro es un sentimiento de motivación y un sentido de propósito, no sólo esperanza. Creo que la esperanza a veces suena a concepto abstracto. Otra de las cosas que experimentan las personas que hacen jardinería es estar presentes en el momento, porque es una actividad inmersiva, y eso es muy importante si la vida te está resultando difícil, te da un respiro de todo eso. 

Sue Stuart-Smith en su jardín© Claire Nathan
"Descubrí la jardinería realmente a través de mi marido, Tom", nos confiesa Sue. "Nos casamos cuando yo tenía 25 años y tuvimos esta oportunidad de mudarnos cerca de su casa familiar, a un granero, que estaba rodeado de un campo de trigo. No había ningún jardín en ese momento. Empezamos a crearlo desde cero"
Tom Stuart-Smith con su mujer, Sue© Jooney Woodward
Otra vista del jardín de Serge Hill Project© Clive Nichols/ Cortesía

Sembrar para mirar adelante: la jardinería como antídoto contra la desesperanza y el trauma

Muchas personas con depresión toman psicofármacos. ¿Cree que la jardinería puede combinarse con ellos o llega a sustituirlos?

No creo que deba sustituir a la medicación si esta es clínicamente necesaria. Soy médico: si un paciente necesita tratamiento farmacológico, debe recibirlo sin duda. No son excluyentes, ¿por qué no probar la jardinería también? No sé qué sucede en España, si, cuando hay una leve depresión, se da medicación de inmediato, pero diría de explorar primero sobre el estilo de vida. En el Reino Unido existe la 'prescripción social' y su vertiente verde: los médicos de atención primaria pueden recetar la participación en un coro, un taller de arte, un grupo de senderismo o un grupo de jardinería.
En el proyecto comunitario que creé con mi marido desarrollamos un grupo de prescripción social semanal para personas que atraviesan o acaban de superar tratamientos contra el cáncer, que están intentando recuperarse pero también luchando. Todos ellos toman medicaciones diversas; la jardinería no sustituye su tratamiento, es un complemento potentísimo. Un fármaco puede ayudarte de diferentes maneras, pero difícilmente puede devolverte el propósito vital ni mitigar la soledad; un grupo de jardinería, sí. Al compartir una tarea física al aire libre, sin estrés, la gente se abre más y se combate el aislamiento social. Estoy segura de que en España también. Los grupos de jardinería son fantásticos para aliviar el aislamiento social. A menudo, la gente viene y se pone a cocinar también. Pienso que la conexión entre la comida y la jardinería es muy fuerte. He estudiado muchos proyectos, y también en el nuestro, que recolectar calabazas juntos, preparar una sopa comunitaria y sentarse a compartir eso que han producido y compartirlo es algo profundamente reparador.

Ya que menciona el proyecto Serge Hill Project, ¿cuándo y por qué lo pusieron en marcha?

Empezó formalmente en junio de 2024, aunque lo planeamos durante bastante tiempo. Mi libro se publicó en el Reino Unido a principios de 2020, coincidiendo con el confinamiento. El proyecto se ubica en un antiguo huerto frutal muy cerca de nuestra casa. Durante la pandemia abrimos parte del terreno para cultivar verduras y lo ofrecimos a los vecinos como huerto comunitario. Se convirtió en una comunidad de jardinería durante la pandemia durante un año más o menos. Fue muy bueno porque nuestros vecinos conectaron con la idea total del proyecto, que era una comunidad. La gente de nuestra zona suele desplazarse fuera a diario y apenas se conocía; de repente tuvieron un espacio al aire libre, con distancia de seguridad, donde verse y cultivar alimentos. Después, mi marido Tom quiso trasladar su estudio de paisajismo fuera de Londres, tras treinta años. Tiene a muchos empleados jóvenes y la mayoría no se pueden permitir tener un jardín en Londres. Están trabajando en el diseño de jardines, pero nunca han tenido la oportunidad de aprender bien sobre las plantas, así que él tuvo esa idea. Pensó que tener la oficina, sería más fácil para su equipo aprender de jardines y de plantas.  Al traer el estudio aquí y con el impulso de mi libro, unimos ambas ideas. Hay muchos proyectos que me inspiran, pero hubo uno en particular que conocí en Chicago, para jóvenes en riesgo de exclusión, podías ver cómo les daba una perspectiva totalmente distinta de la vida y ayudaba a aumentar su autoestima. Eran niños que fracasaban en el sistema escolar, y también los mantenía fuera de las calles. Volví con la idea de que podía hacer algo así. Aunque vengo del sector de salud, sentí que lo primero que quería hacer en este proyecto era llegar a los colegios y conseguir que la gente joven viniese porque pienso que, dada la crisis planetaria que estamos viviendo, a menos que consigas que los chicos se acerquen a la naturaleza, que la entiendan, que descubran su belleza... Estamos perdidos, ¿no? La próxima generación necesita aprender a amar la naturaleza. Así que todo esto se juntó y fue lo que propició poner el diseño en práctica. Invertimos en ello, pero eso fue lo que nos permitió montarlo, y después, en los últimos dos años, tenemos dos empleados: Rachel, que coordina las visitas escolares y apoya huertos educativos locales; y Becky, que gestiona las actividades y colabora conmigo en el área de salud. Además del grupo oncológico, trabajamos mensualmente con asociaciones locales de personas sin hogar, reinserción de exreclusos y pacientes con demencia y sus cuidadores. Aunque estamos en un entorno verde, vivimos a unos 30 kilómetros del centro de Londres y tenemos unas 350.000 personas en un radio de 15 kilómetros.

Sue y Tom en su jardín© Jooney Woodward
Sue y Tom
Una niña en el jardín de Tom y Sue Stuart-Smith© Cortesía
"La próxima generación necesita aprender a amar la naturaleza", nos dice Sue

¡Eso es muchísima gente!

Muchísima, estamos pegados a ciudades como Watford, St Albans y Hemel Hempstead, junto a la autovía de circunvalación M25.

Su libro, La mente bien ajardinada (The Well Gardened Mind), ha sido un gran éxito de ventas...

Sí, es apasionante. Es algo con lo que un autor nunca se atreve a soñar. Me encanta la edición en español; el libro se ha traducido a 19 idiomas, pero España es de los pocos países donde el juego de palabras del título original se tradujo de forma tan acertada y la portada es bellísima. En alemán, por ejemplo, se tituló Vom Wachsen und Werden (Del crecer y el llegar a ser).

¿Le han escrito lectores contándole que el libro les cambió la vida?

Muchísimos, a menudo con testimonios muy conmovedores. Personas que cambiaron de rumbo vital, que empezaron a cultivar un huerto propio o vecinal, o que encontraron en él un ancla de esperanza. También me han escrito personas inspiradas por la obra para crear proyectos sociales en Sudamérica, como en Perú o Colombia. Escribir un libro es como esparcir semillas: nunca sabes cuáles van a germinar. Otro país con el que mantengo un vínculo estrecho es Ucrania; se tradujo al ucraniano y, ante el enorme trauma provocado por la guerra, he ofrecido conferencias y asesoramiento para proyectos de apoyo allí.