La muerte de Marjane Satrapi, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2024 y autora de la aclamada novela gráfica Persépolis, ha conmocionado al mundo de la cultura y ha reabierto una pregunta que muchos se hacen cuando conocen historias similares. La escritora y cineasta iraní, fallecida en París a los 56 años, habría muerto "de tristeza" poco más de un año después del fallecimiento de su marido, Mattias Ripa, según recoge el comunicado difundido por su familia a través de la agencia AFP. Ripa, actor, guionista y productor, murió en abril de 2025 a los 53 años. Desde entonces, Satrapi había compartido en sus redes sociales mensajes en los que expresaba el profundo dolor que estaba atravesando, entre ellos uno especialmente desgarrador: "He perdido al amor de mi vida".
No ha sido la única que ha fallecido por tristeza. Esta expresión se escuchó de igual manera cuando murió Antonio Flores y pensar en él ayuda a entender el caso de Marjane Satrapi. Tras la muerte de Lola Flores, su madre y gran figura de sostén, el artista falleció apenas dos semanas después.
Más allá del impacto emocional de este tipo de noticias, el caso ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que la ciencia lleva años intentando responder: ¿puede una persona morir de pena? Aunque no existe un diagnóstico médico con ese nombre, los expertos reconocen que algunas pérdidas tienen un gran impacto que puede afectar tanto a la salud mental como a la física.
¿Podemos morirnos de tristeza?
"No morimos literalmente de pena, pero una pérdida puede rompernos por dentro de una forma tan profunda que el cuerpo también empieza a apagarse", explica Juan Nieto, psicólogo y director académico del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP).
Pero ¿qué ocurre exactamente en el cerebro y en el cuerpo cuando perdemos a alguien que ocupaba un lugar fundamental en nuestra vida? ¿Por qué algunas personas parecen perder las ganas de cuidarse o de seguir adelante? ¿Y hasta qué punto el dolor emocional puede afectar a la salud física? Los expertos explican qué hay de cierto detrás de una de las expresiones más repetidas cuando hablamos del duelo.
Qué ocurre en el cerebro y en el cuerpo cuando perdemos a alguien fundamental
La pérdida de una figura de apego importante supone una de las experiencias más estresantes que puede vivir un ser humano. Por eso, el duelo no se limita a la tristeza. También tiene efectos sobre el cerebro y sobre el organismo.
A nivel emocional, es habitual que aparezcan:
- Tristeza profunda
- Sensación de vacío
- Añoranza intensa
- Incredulidad o sensación de irrealidad
- Miedo al futuro
- Soledad
- Rabia o culpa en algunos casos
Pero el impacto también se deja notar en el plano físico. Según explica Juan Nieto, el organismo activa mecanismos similares a los que intervienen cuando percibe una amenaza.
Entre los cambios más habituales se encuentran:
- Aumento del cortisol y otras hormonas del estrés
- Alteraciones del sueño
- Cambios en el apetito
- Fatiga intensa
- Disminución de la respuesta inmunológica
- Mayor inflamación sistémica
- Alteraciones cardiovasculares
Además, el psicólogo señala que el cerebro tiene que adaptarse a una nueva realidad para la que no estaba preparado. "El cerebro experimenta una especie de 'síndrome de abstinencia' emocional, porque desaparece una persona que formaba parte de la rutina, la identidad y la sensación de seguridad".
Por qué algunas personas parecen perder las ganas de seguir adelante
Hay duelos que transforman por completo la vida de quien los atraviesa. Pero no todas las pérdidas tienen el mismo impacto ni todas las relaciones ocupan el mismo lugar en nuestra historia.Según explica Nieto, las consecuencias de una pérdida hablan también del vínculo que existía con la persona fallecida.
El duelo es un proceso de adaptación a una vida en la que esa persona ya no está. Y esa adaptación no implica únicamente afrontar la ausencia física. También supone aprender a vivir sin proyectos compartidos, sin determinadas rutinas y, en ocasiones, sin una parte importante de la propia identidad.
Por eso algunas personas sienten que la vida ha perdido significado, especialmente cuando existía una relación muy estrecha, una fuerte dependencia emocional o cuando la persona fallecida era la principal fuente de apoyo afectivo y social.
A ello se suma el agotamiento emocional que acompaña a muchos procesos de duelo. Algo tan cotidiano como comer, dormir, hacer ejercicio o relacionarse con otras personas puede convertirse en una tarea difícil. "No significa necesariamente que quieran morir, sino que durante un tiempo pueden sentirse incapaces de imaginar una vida satisfactoria sin esa persona".
El dolor emocional también puede afectar a la salud física
La idea de que el sufrimiento emocional tiene consecuencias sobre el cuerpo no es una metáfora. La investigación científica lleva años mostrando que un duelo intenso puede aumentar el riesgo de determinados problemas de salud.
Según explica el especialista, este riesgo suele ser mayor en personas mayores porque con frecuencia existen enfermedades previas, una menor reserva fisiológica y una mayor dependencia de la persona fallecida. Sin embargo, los jóvenes tampoco son inmunes.
En cualquier etapa de la vida pueden aparecer:
- Problemas cardiovasculares
- Trastornos del sueño
- Ansiedad y depresión
- Consumo problemático de alcohol u otras sustancias
- Conductas de riesgo
- Ideación suicida en los casos más graves
La diferencia es que las personas jóvenes suelen contar con una mayor capacidad de recuperación física, aunque el impacto psicológico pueda ser igual de intenso.
Cuándo el duelo deja de ser un proceso saludable
Muchas personas se preguntan cuánto tiempo es normal sufrir tras una pérdida o cuándo conviene preocuparse. En este sentido, Juan Nieto insiste en que la intensidad del dolor no es la mejor referencia.
Un duelo saludable puede ser profundamente doloroso. Durante meses es normal experimentar tristeza intensa, añoranza, dificultades de concentración o una pérdida de interés por actividades que antes resultaban gratificantes.
La diferencia está en que, poco a poco, la persona suele recuperar funciones básicas, reconstruir rutinas y comenzar un proceso de adaptación a la nueva realidad. Lo que preocupa a los especialistas es cuando el sufrimiento parece quedarse congelado.
Por ejemplo, cuando la persona no consigue reengancharse a su vida cotidiana, mantiene una angustia igual de intensa durante muchos meses, vive atrapada en la culpa o es incapaz de aceptar la ausencia de quien ha fallecido.
También conviene prestar atención cuando aparecen problemas como depresión, ansiedad, adicciones o un deterioro importante de la salud física.
"El objetivo del duelo no es olvidar. Es aprender a vivir tras la pérdida". Según explica el psicólogo, sabemos que el proceso avanza cuando la persona puede recordar a quien ha fallecido con cariño, aunque siga sintiendo tristeza, y poco a poco vuelve a invertir energía emocional en su propia vida y en sus relaciones.
Qué ayuda realmente a superar una pérdida
Durante mucho tiempo se pensó que superar un duelo consistía en desprenderse emocionalmente de la persona fallecida. Sin embargo, las investigaciones actuales apuntan en otra dirección.
Como comentaba, "lo que más ayuda no es dejar de sufrir, sino poder integrar la pérdida en la propia historia de vida". Hoy sabemos que suele ser más saludable encontrar una nueva forma de mantener el vínculo con quien ya no está.
Para ello, es importante permitirse sentir emociones como la tristeza, la rabia o la añoranza sin intentar bloquearlas. Pero también dar espacio a las emociones positivas cuando aparecen. Reír, disfrutar de un momento agradable o sentir gratitud no significa querer menos a la persona que hemos perdido.
Desde las técnicas narrativas, puede resultar útil reconstruir la historia de la relación y de la pérdida. Actividades simbólicas como escribir una carta a la persona fallecida, expresar asuntos pendientes o reflexionar sobre el legado que dejó ayudan a muchas personas a avanzar.
El objetivo no es olvidar, sino encontrar un lugar para esa persona dentro de la propia biografía.
Además, la Psicología Positiva ha demostrado que mantener los vínculos sociales, conservar algunas rutinas, recuperar progresivamente actividades que aporten bienestar y reconocer los recursos personales que ayudaron a superar dificultades anteriores favorecen la recuperación.
Muchas personas también encuentran consuelo manteniendo un vínculo simbólico con quien ha fallecido, recordando sus enseñanzas, incorporando sus valores o preguntándose qué consejo daría ante una situación concreta.
Cuándo conviene pedir ayuda profesional
Aunque el duelo es un proceso natural, hay momentos en los que puede ser necesario contar con apoyo especializado. El experto en psicología recomienda buscar ayuda cuando:
- El sufrimiento resulta insoportable
- La persona no puede desempeñar sus actividades cotidianas
- Aparecen síntomas depresivos intensos
- Existen pensamientos de muerte o suicidio
- Hay abuso de alcohol o medicamentos
- El aislamiento es muy marcado
- Han pasado varios meses y el dolor sigue siendo igual de intenso o incluso aumenta
También es aconsejable consultar cuando familiares o amigos perciben un deterioro importante de la salud física o emocional. "Pedir ayuda no significa que el duelo sea patológico; significa que la persona necesita más recursos para atravesarlo".
El tratamiento del duelo no consiste en olvidar
El experto recuerda que actualmente el duelo no se entiende como una enfermedad que haya que curar, sino como un proceso de adaptación que necesita ser acompañado.
Gran parte del trabajo terapéutico consiste en ayudar a la persona a realizar las llamadas tareas del duelo: aceptar la realidad de la pérdida, permitirse experimentar el dolor emocional, aprender a vivir en un mundo en el que la persona fallecida ya no está presente y encontrar una forma saludable de mantener el vínculo con ella mientras se continúa invirtiendo energía emocional en la propia vida.
Esto implica reconstruir la historia de la pérdida y darle un nuevo significado. Desde la Psicología Positiva, también se trabaja para identificar fortalezas, apoyos sociales y fuentes de bienestar que permitan seguir construyendo una vida valiosa.
Cuando aparecen complicaciones como depresión, ansiedad, trauma o riesgo para la salud física, puede ser necesario complementar este acompañamiento con intervenciones psicológicas más específicas y, en algunos casos, con apoyo psiquiátrico. Pero el objetivo sigue siendo el mismo: "ayudar a la persona a adaptarse a la pérdida sin quedar atrapada en ella", concluye.












