El secreto no es regar menos, sino regar mejor: las pautas esenciales para proteger tus plantas este verano


¡Cada cuenta gota! El secreto no está en regar menos, sino en hacerlo con inteligencia. Descubre medidas sencillas para reducir el consumo de agua.


El granado no es un árbol especialmente demandante de agua de riego, en los meses más cálidos bastará con regar dos veces por semana© Kaboompics.com / Pexels
8 de julio de 2026 a las 15:21 CEST

El agua es un bien escaso, por ello, cada gota cuenta. En el jardín o en la terraza esa idea se traduce en un reto muy concreto: regar lo justo para que ninguna planta pase sed, sin desperdiciar recursos hídricos. No se trata de regar menos, sino de regar mejor. Y estas son las claves para lograrlo. 

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No conviene regar al mediodía ni por la tarde, es mejor hacerlo a primera hora de la mañana© Ralph / Pixabay

1. El riego, mejor al comenzar el día  

En los meses en los que las temperaturas son altas, el horario de riego influye tanto como la cantidad de agua que se aporta. Es mejor regar las plantas cultivadas en exterior a primera hora de la mañana, ya que realizan la fotosíntesis con la luz diurna y disponen del agua cuando comienza su periodo de mayor actividad fisiológica. Además, el agua tiene tiempo de infiltrarse en el suelo antes de que aumente la temperatura, se reduce la evaporación y el follaje se seca con rapidez, disminuyendo el riesgo de enfermedades fúngicas.

Regar en pleno mediodía, con el sol en su punto más alto, es de las prácticas menos eficientes que existen: buena parte del agua se pierde antes de llegar a las raíces. En verano, este pequeño ajuste de horario puede suponer un ahorro notable sin renunciar a la salud de las plantas.

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Acolchado orgánico para las flores del jardín© Katlinwagner / Pixabay

2.  El truco para que la tierra no se seque

Uno de los aliados más eficaces contra el derroche de agua es el acolchado o mulching. Esta capa de material orgánico (como corteza de pino o paja) o inorgánico (grava o roca volcánica) se coloca sobre el sustrato y actúa como una barrera natural: reduce la evaporación, protege las raíces del calor directo y ayuda a conservar la humedad durante más tiempo. Como resultado, el suelo necesita menos riegos para mantenerse en condiciones óptimas.

El acolchado se utiliza sobre todo en jardines, huertos y parterres. Además de reducir la pérdida de agua, ayuda a mantener una temperatura más estable en el suelo, limita el crecimiento de las malas hierbas y, cuando se emplean materiales orgánicos, estos se descomponen lentamente y aportan materia orgánica y nutrientes al terreno, mejorando su estructura y favoreciendo la actividad de los microorganismos beneficiosos.

Aunque suele asociarse a los jardines, también es una técnica muy recomendable para las plantas en maceta. Basta con cubrir la superficie del sustrato con una capa de entre 2 y 5 centímetros de corteza de pino, fibra de coco, gravilla o arcilla expandida, procurando dejar libre la base del tallo. De este modo, el sustrato permanece húmedo durante más tiempo, se amortiguan las oscilaciones de temperatura que sufren las raíces (especialmente en balcones y terrazas expuestos al sol) y se reduce la frecuencia de riego.

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Riega la base de la planta para que el agua llegue a las raíces, no es eficiente mojar hojas y flores© Jane Thomson / Unsplash

3. El error (muy común) de mojar lo que no toca

Regar mal también es regar de más y no conviene, el objetivo es no derrochar. Dirigir el chorro de agua sobre hojas y flores es un clásico error de principiante. No solo se desperdicia agua que nunca llega a las raíces (que es donde realmente se absorbe), sino que además puede favorecer la aparición de hongos y, en determinadas circunstancias, aumentar el riesgo de daños en hojas sensibles expuestas al sol intenso.

El riego eficiente apunta siempre a la base de la planta, dejando que el agua penetre en el sustrato hasta la zona radicular. Esta simple corrección reduce considerablemente el consumo de agua. 

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Planta de pimiento con riego por goteo © Elvis Kambire / Pexels

4. Goteo, microaspersión o ambos sistemas: así no se escatima agua en el jardín

En jardines de cierta extensión, el riego por goteo es uno de los sistemas más eficientes para ahorrar agua. Al suministrarla directamente en la zona de las raíces, reduce las pérdidas por evaporación y evita regar superficies que no lo necesitan. Además, mantiene una humedad más constante en el suelo y favorece un desarrollo saludable de las plantas.

La microaspersión, por su parte, distribuye el agua en forma de una lluvia fina y uniforme. Resulta una buena opción para arriates, cubresuelos o zonas con plantaciones de alta densidad donde el goteo no ofrece una cobertura homogénea. Para mejorar su eficiencia, es recomendable utilizar la microaspersión a primera hora de la mañana. Así se reduce la evaporación y se evita que las hojas permanezcan húmedas durante toda la noche.

Lejos de ser sistemas excluyentes, ambos sistemas de riego pueden convivir en un mismo jardín. El de por goteo es ideal para árboles, arbustos, setos y macizos de plantas, mientras que la microaspersión puede reservarse para áreas que requieren una distribución más amplia del agua. Adaptar la solución a las necesidades de cada zona es una de las estrategias más eficaces para reducir el consumo de agua sin renunciar a un jardín saludable.

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Jardín con niveles altos, es decir, árboles© Paula Paula / Pixabay

5. Bajo tierra: la fórmula perfecta para raíces profundas

El riego subterráneo, mediante tuberías o goteros enterrados, suministra el agua directamente en la zona radicular, donde la planta puede aprovecharla con mayor eficacia. Al permanecer bajo la superficie, el agua apenas queda expuesta al sol o al viento, por lo que disminuyen las pérdidas por evaporación y el terreno mantiene una humedad más estable.

Este sistema resulta especialmente interesante para árboles, arbustos y setos ya establecidos, aunque también puede emplearse en otras zonas ajardinadas. Además de favorecer un desarrollo más profundo de las raíces, mantiene la superficie del suelo más seca, lo que dificulta la aparición de malas hierbas y evita mojar el follaje durante el riego. 

La instalación del riego subterráneo requiere una planificación mayor que otros sistemas, pero, una vez en funcionamiento, ofrece un aporte de agua muy preciso y de bajo mantenimiento, especialmente en jardines donde se busca optimizar al máximo cada litro de agua.

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Terraza con plantas en jardineras y macetones© Amar Preciado / Pexels

6. Lo que nadie te cuenta sobre regar en maceta  

Las plantas en maceta (y jardineras) tienen necesidades distintas a las que crecen directamente en tierra: al estar en un volumen limitado de sustrato, requieren más riego que cuando se cultivan en el jardín. Aun así, el objetivo sigue siendo el mismo: aportar lo justo.

Como ya hemos comentado, una capa de acolchado sobre el sustrato (corteza de pino, tierra volcánica) ayuda a frenar la evaporación, mientras que el material del contenedor también influye: evita el plástico y el metal. 

Comprobar el sustrato con el dedo antes de regar (si sale húmedo, toca esperar) evita encharcamientos y ahorra agua en el día a día de terrazas y balcones

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Programador de riego© Gardena

7. Programadores y sensores: aliados silenciosos del ahorro

No hace falta un jardín ultraconectado para regar mejor, pero la tecnología ayuda, y mucho. Existen programadores de riego equipados con sensores que facilitan enormemente esta tarea, ajustando el suministro según la humedad real del suelo o la previsión meteorológica, en lugar de regar por rutina (incluso cuando ha llovido). 

Una buena planificación de los tiempos de riego es fundamental para el éxito del sistema, ya sea con un temporizador sencillo o con un dispositivo más sofisticado. Incluso sin domotizar todo el jardín, un programador básico evita los dos errores más comunes: olvidarse de regar y, sobre todo, regar de más por costumbre. 

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Cabaña ecológica que aprovecha las aguas pluviales, las grises y hasta las negras© Adrià Goula para IAAC Valldaura Labs

8. Lluvia y aguas grises: dos recursos que solemos desaprovechar

No toda el agua destinada al riego tiene que proceder de la red. Siempre que la normativa lo permita, pueden utilizarse recursos alternativos como el agua de lluvia o las aguas grises procedentes de la ducha, el lavabo o la lavadora. Estas pueden reutilizarse mediante sistemas de recogida y tratamiento, mientras que las aguas negras requieren procesos mucho más complejos. 

La recogida de agua de lluvia mediante depósitos conectados a los canalones es una solución sencilla para regar macetas o jardines, aunque su eficacia depende de la cantidad de precipitaciones. En zonas lluviosas puede cubrir las necesidades durante semanas, mientras que en regiones secas suele ser solo un complemento. 

También puede aprovecharse parte del agua ya utilizada en la vivienda, como la que sale fría de la ducha mientras se calienta. Si se reutiliza agua de otras tareas domésticas, conviene evitar que contenga lejía, suavizantes o detergentes agresivos. 

Otra posibilidad son los sistemas de reutilización de aguas grises, que recogen el agua de duchas o lavabos, la filtran y desinfectan para destinarla al riego u otros usos no potables.

Un ejemplo real de esta filosofía es ‘The Voxel’, una pequeña cabaña ecológica construida en madera levantada en el Parque Natural de Collserola (Barcelona) por el Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña (IAAC), dentro de su campus Valldaura Labs. Su sistema hídrico combina precisamente estos tres frentes: recoge el agua de lluvia desde una cubierta vegetal, recicla las aguas grises de la ducha y el lavabo, y trata las aguas negras del inodoro mediante un sistema de biogás autónomo, que además genera combustible para cocinar y abono como subproductos. Una prueba, a pequeña escala, de hasta dónde puede llegar un sistema de agua bien diseñado.

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Selección botánica del jardín centrada en plantas de baja demanda de agua de riego, especialmente de fragantes aromáticas y olivos© Adobe Stock

9. La mejor forma de ahorrar agua empieza antes de plantar

Antes de pensar en sistemas de riego, conviene dar un paso atrás: planificar correctamente el espacio exterior y elegir especies con bajos requerimientos hídricos. Las plantas adaptadas a la sequía han desarrollado estrategias para aprovechar al máximo el agua disponible: raíces profundas, hojas pequeñas o coriáceas, tejidos capaces de almacenar agua o superficies cubiertas de pelos o ceras que reducen la transpiración. Aromáticas mediterráneas como el romero, la lavanda o el tomillo, junto con jaras, santolinas o muchas gramíneas ornamentales, son algunos ejemplos. 

Además, conviene conocer la climatología de la zona y las características del suelo antes de plantar, agrupando después las especies según sus necesidades hídricas y evitando la competencia por este recurso. Un jardín diseñado con criterios de xerojardinería puede reducir de forma muy significativa el consumo de agua sin perder valor ornamental.

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Aspersor regando un jardín doméstico© Sóc Năng Động / Pexels

Bonus: los estragos del exceso de riego (y cómo solucionarlos)

Puede parecer contradictorio, pero pasarse con el riego puede ser tan perjudicial para las plantas como la sequía, o incluso más. El agua en exceso ocupa el espacio que debería ocupar el aire entre las partículas de tierra, y las raíces acaban asfixiándose. Los síntomas (marchitamiento, hojas amarillentas, caída de flores) se confunden fácilmente con los de la falta de agua, lo que lleva a regar todavía más y agravar el problema. La observación es, en este punto, la mejor herramienta: comprobar la humedad del sustrato antes de regar, y ante la duda, esperar un día más. Es siempre preferible pecar de moderación que de abuso

Al final, regar bien no es una cuestión de cantidad, sino de atención. Las plantas agradecen el agua justa, ni una gota de más ni una de menos.