Podemos dedicar un buen rato a comparar geles, leches y cremas limpiadoras y, después, abrir el grifo sin pensarlo dos veces. Por la mañana, un chorro frío parece la mejor forma de despertarnos; por la noche, uno calentito ahora que empieza a hacer frío... Mientras tanto, seguimos escuchando que el agua caliente abre los poros y la fría los cierra. Pero, ¿cuánto de todo esto le viene bien a la piel? ¿Estamos prestando atención al producto y pasando por alto la forma de retirarlo?
Un estudio publicado el 10 de septiembre en la revista científica International Journal of Cosmetic Science ha vuelto a poner el foco en esa parte de la rutina. Sus resultados invitan a revisar el uso de agua templada. Ponemos el foco en cómo llevarlo a nuestro baño con la ayuda de la doctora Cristina Corredera, dermatóloga del Instituto Médico Ricart, y la doctora Cristina de Hoyos, dermatóloga y directora médica de Clínica Ceta. Las dos especialistas dan importancia a la temperatura, pero también a cómo queda el rostro después de lavarlo.
Lo que ocurre en tu piel con el agua
La barrera cutánea ayuda a conservar la hidratación y nos protege frente al exterior. Cuidarla también forma parte de la limpieza. La doctora Corredera explica que el agua muy caliente puede eliminar parte de los lípidos que contribuyen a mantenerla, favorecer la pérdida de agua y dejar sequedad, tirantez o irritación, sobre todo cuando repetimos el gesto a menudo. Esa sensación de piel que tira al salir del baño.
¿Significa eso que debamos pasarnos al agua helada? La dermatóloga hace una distinción que nos ahorra algún mal rato frente al lavabo. "El agua muy fría tampoco es necesariamente la mejor opción, sobre todo en pieles sensibles, porque puede generar molestias o desencadenar respuestas vasculares". Su consejo general es utilizar agua templada o ligeramente fresca y evitar los extremos.
La doctora De Hoyos coincide y recuerda que el agua fresca y la excesivamente fría son cosas distintas. La primera puede resultar agradable; a la segunda no tenemos por qué atribuirle beneficios extra. "No hay evidencia suficiente para afirmar que el agua muy fría aporte beneficios adicionales a la piel", señala.
Presta atención a cómo notas la piel
Para acertar no hace falta llevar un termómetro al baño. "No existe un rango exacto en grados establecido científicamente para la limpieza facial que debamos aplicar a todas las personas", aclara Corredera. La referencia es una temperatura que resulte agradable sobre el rostro, sin calor ni frío intensos. Si acaso, "ligeramente más fresca, pero próxima a la temperatura corporal", concreta Corredera. De Hoyos ofrece unos 25-35 °C como orientación práctica, pero el número no sustituye a la tolerancia de cada piel. Si una temperatura resulta incómoda, toca ajustarla.
El estudio publicado en International Journal of Cosmetic Science, tampoco encontró diferencias en la retirada del maquillaje entre el agua fresca y la caliente. Con esta última sí aumentó la pérdida de agua a través de la piel. Aunque De Hoyos recuerda que fue un trabajo breve, por lo que sus resultados no permiten recomendar una temperatura para todas las pieles.
Corredera propone fijarnos en lo que ocurre después. "Si al lavarnos la cara notamos que la piel se enrojece, se calienta o queda tirante, probablemente estamos utilizando una temperatura inadecuada o realizando una limpieza demasiado agresiva". La temperatura puede ser parte del problema, pero también conviene revisar el limpiador y la forma de usarlo. Ojo con usar fórmulas que no sean suaves y, sobre todo, ojo con frotar. "La limpieza debe ser breve y delicada. No necesitamos mantener el rostro bajo el agua durante mucho tiempo ni utilizar temperaturas elevadas para conseguir una higiene eficaz", subraya de Hoyos.
La frase que seguimos repitiendo sobre los poros
Lo de abrir los poros con calor y cerrarlos con frío parece un consejo de belleza de esos de toda la vida, pero las dos dermatólogas lo desmienten. "Los poros no se abren y se cierran como si fueran pequeñas puertas", resume De Hoyos. El calor puede modificar su aspecto y facilitar la salida del sebo, pero eso no equivale a una apertura real.
Corredera añade que aunque existe musculatura asociada al folículo piloso, no funciona como un esfínter que regule la apertura y el cierre del poro. El frío puede provocar una contracción transitoria de los vasos sanguíneos y cambiar por un momento el aspecto del rostro. De ahí a reducir el tamaño de los poros queda un salto que ese último aclarado no consigue dar.
¿Y si nos gusta terminar con agua fresca? Podemos hacerlo si la piel la tolera, sin convertirlo en un paso obligatorio. "Terminar la limpieza con agua fría no aporta un beneficio demostrado sobre la limpieza ni consigue cerrar los poros", explica Corredera. Esa sensación de frescor puede ser agradable, pero no necesitamos perseguirla para dar el lavado por terminado.
Cuando la piel necesita más cuidado
Si tenemos rosácea, Corredera aconseja evitar tanto el agua caliente como la muy fría, porque ambas pueden desencadenar enrojecimiento. De Hoyos también insiste en evitar el calor y los cambios bruscos de temperatura. En pieles con dermatitis o mucha sensibilidad, la prioridad es conservar la barrera cutánea con un limpiador suave, un lavado breve y un secado sin frotar.
En el acné, "la temperatura del agua no es un tratamiento", recuerda De Hoyos. Subir el grifo para intentar eliminar más grasa puede resecar e irritar sin resolver la causa. Corredera recomienda una limpieza suave, adaptada a esa piel, y advierte de que excederse puede empeorar la tolerancia a los tratamientos.
Las dos piden el mismo cuidado si utilizamos retinoides o ácidos exfoliantes, que pueden aumentar la sequedad y la sensibilidad, sobre todo al principio. Corredera aconseja evitar el agua caliente, elegir limpiadores suaves y reforzar la hidratación.








