"Por fin, ¡la tercera vez que nos casamos…! ", exclamó Bill Saad mirando a Nieves Álvarez y arrancando las sonrisas de todos los presentes el pasado 11 de julio en París. El empresario libanés pronunció esta frase durante la bendición católica que sirvió para rubricar su boda con la top model madrileña, después del obligatorio trámite civil ante notario y la posterior ceremonia por el rito ortodoxo que los contrayentes celebraron un mes antes en la catedral griega de St. Étienne, también en la capital francesa.
A imagen y semejanza de una ‘manor’ inglesa
Esta tercera celebración tuvo lugar en el Château de Ferrières, a las afueras de París, que está considerado el último castillo francés y que ha sido escenario de legendarios acontecimientos.
Construido entre 1855 y 1859 por el arquitecto británico Joseph Paxton por orden del barón James de Rothschild —de la dinastía de banqueros vitales para la historia económica de Europa de los últimos tres siglos—, se diseñó a imagen y semejanza de las Torres Mentmore, la casa de campo que Paxton levantó para un primo del barón en Inglaterra. Se dice que al contemplar el edificio de la campiña de Buckinghamshire, el poderoso banquero ordenó al arquitecto: “Constrúyame un Mentmore, pero dos veces mayor”.
Un tren subterráneo para la comida
Y, desde luego, se lo hizo a lo grande. Rodeado por 30 kilómetros cuadrados de bosques, el edificio cuenta con 80 habitaciones para invitados, además de alojamiento para 100 trabajadores. El techo artesonado de la sala principal está sostenido por unas maravillosas columnas de atlas y cariátides esculpidas por Charles Cordier y, como detalle de su sofisticación, la cocina estaba separada del edificio principal; para que la comida llegara caliente al comedor, había un tren subterráneo que la transportaba hasta el château.
De Napoleón III a cuartel general de los nazis
El majestuoso château fue inaugurado en 1862 por Napoleón III y su esposa, Eugenia de Montijo, que pasearon por sus jardines de estilo inglés y por sus estancias, entre ellas el hall central, desde el que se puede ver el cielo gracias a la gran claraboya de cristal o el salon blanc, adornado con frescos de Eugène Lami y una formidable araña de cristal.
Sede de grandes recepciones, también fue testigo de algunos dramas de la historia de Francia. En sus salones se celebró en 1870, en vísperas de la derrota francesa con Prusia, la famosa entrevista entre Bismarck y el ministro de Exteriores francés Jules Favre, en la que el primero exigió la entrega de Alsacia y Lorena. Durante la Segunda Guerra Mundial, el castillo fue ocupado por los nazis. Un paréntesis que los herederos de Rothschild decidieron borrar tapiando tras la contienda el ala ocupada.
El Baile Proust
La baronesa Marie-Hélène, casada desde 1957 con Guy de Rothschild, recuperó el espíritu festivo de este coloso de estilo neorrenacentista con sonadas recepciones. En sus magníficos salones, como el grandioso espacio de paredes enteladas en rojo bermellón, con los muros repletos de retratos, bodegones y arcadias pastoriles de los siglos XVII y XVIII, celebró en 1971 una fiesta con motivo del centenario del famoso escritor francés Marcel Proust.
El baile, al que acudieron invitados como la princesa Gracia de Mónaco, Audrey Hepburn, Brigitte Bardot, Marisa Berenson y Elisabeth Taylor con Richard Burton, encarnó a la perfección el glamour y la elegancia de la época, combinando el homenaje literario con la vida de la alta sociedad y de la aristocracia francesa. El fotógrafo de la velada no fue otro que Cecil Beaton, uno de los más célebres del siglo XX, ante cuya cámara desfilaron las asistentes vestidas de Yves Saint-Laurent, Dior y Valentino.
Cabezas surrealistas
Al año siguiente, el 12 de diciembre de 1972, la baronesa Marie-Hélène y el barón Guy de Rothschild orquestaron el celebérrimo Diner de Têtes Surrealiste (Cena de cabezas surrealistas). Una noche que pasaría a los libros de Historia del Arte porque Salvador Dalí diseñó algunos de los tocados de las damas de entonces, como Audrey Hepburn, que se puso una jaula en la cabeza, o el de la propia anfitriona, que recibió a sus invitados con una impresionante máscara de ciervo, de cuyos ojos manaban lágrimas hechas con diamantes.
Tres años después de realizada la fiesta, el matrimonio Rothschild donó el castillo a la Universidad de París y se fue a vivir a una casona que había construido en el bosque circundante. Pero los ecos de la celebración se prolongaron durante años y años y hoy se sigue recordando el baile Dalí como una de las reuniones más exquisitas y extravagantes de la alta sociedad.













