A los 75 años, Paloma San Basilio no habla de despedidas, sino de transformación. Tras cerrar en Miami la gira Gracias, con la que puso fin a más de 50 años de grandes conciertos, la artista vive una de las etapas más íntimas y creativas de su vida desde su refugio en el valle navarro de Baztán: un caserío del siglo XVII donde ha reconstruido su historia personal después de la muerte de su hermana Maite. Lejos del ruido, escribe, pinta, pasea entre montañas y prepara Dulcinea, la obra con la que ha regresado al teatro en un formato mucho más emocional.
En esta conversación, habla con honestidad sobre el duelo, la soledad, la libertad, el paso del tiempo y el vínculo profundamente creativo que mantiene con su única hija, Ivana. También se emociona al hablar de sus nietos, Leo y Alma, a quienes define como brillantes, sensibles y profundamente curiosos, y con quienes mantiene largas conversaciones sobre filosofía, política o ciencia. Cantante, actriz, escritora y mujer profundamente libre, reivindica una vida sencilla, alejada de artificios, y una idea del amor basada en la independencia y la autenticidad. Una artista que demuestra que la verdadera reinvención no tiene edad.
Un lugar donde respirar
Después de tantas mudanzas, Baztán parece haberse convertido en un lugar muy especial para ti. ¿Qué tiene este valle para que acabaras sintiéndolo como un refugio?
Yo siempre he sido muy de campo. Crecí entre Sevilla y un cortijo familiar en Carmona, en El Viso, rodeada de naturaleza, animales y una vida sencilla que me marcó profundamente. Aunque en mi familia había una parte más urbanita, yo siempre me sentí más cercana a mi padre y a mi hermano, Carlos, muy ligados al campo. Desde pequeña aprendí a valorar esa libertad de lo sencillo, de vivir conectada con la naturaleza. De hecho, siempre he tenido esa necesidad de escapar a lugares tranquilos, escuchar los grillos, merendar al aire libre, como si la paz fuera algo imprescindible para mí. Con el tiempo, las ciudades empezaron a agobiarme cada vez más y esa búsqueda se hizo todavía más evidente.
¿Y cuándo sentiste que este lugar era el que estabas buscando?
Fue un proceso vital muy fuerte. Me fui a Cádiz intentando encontrar equilibrio, pero todo cambió con el Alzheimer de mi hermana Maite y su fallecimiento en la pandemia. Era mi sostén y sentí que perdía el suelo bajo los pies. En ese momento entendí que necesitaba un lugar donde poder respirar de verdad. Y ese lugar fue el valle de Baztán. La casa la compré en 1999: un caserío del siglo XVII que rehabilité con muchísimo respeto, conservando su esencia, sus piedras y sus maderas.
¿Qué te hizo imaginar una vida en esta casa?
Pues, sencillamente, vi mi vida. Poco a poco se convirtió en el lugar donde todo terminaba encontrándose. Empecé trayéndome los muebles de mi casa de Cuernavaca, de México, y eso hizo que el caserío adquiriera una personalidad muy especial. Tiene mucho del país mexicano en sus colores, en esos tonos mandarina y azules que rompen con la imagen más tradicional del caserío blanco. Después fui subiendo muebles familiares antiguos, piezas francesas y objetos que habían formado parte de distintos momentos de mi vida.
¿Se puede decir que tu hogar es también una forma de autobiografía?
Totalmente. Empiezas por la planta de abajo y es como si fueras recorriendo mi historia, pero también la de mis padres y la de mi tío, que era un gran coleccionista de antigüedades. En esta casa hay auténticas joyas, piezas con muchísima vida detrás. Luego están los recuerdos: cosas que te han ido regalando, objetos que pertenecieron a personas importantes para mí. Todo con alma. Por eso me siento aquí tan cómoda.
La has reconstruido a tu manera. ¿También tuvo algo de reconstrucción personal este proyecto?
Sí, de hecho está totalmente ligado a lo que yo vivía en ese momento. Hay algo de lo que te he contado que se refleja incluso en mi tercera novela, Uxoa, el secreto del valle. En la portada aparece precisamente este caserío, porque forma parte de esa historia. La empecé a escribir cuando fallece Maite y decido venirme aquí a refugiarme. Es una novela que se mueve entre distintas épocas, desde el siglo XVIII hasta el XXI, y en ella hay una especie de reconstrucción del caserío familiar que va en paralelo con mi propia reconstrucción emocional.
¿Cómo son los días cuando te refugias aquí y desaparecen los focos y el personaje público?
Una maravilla. Además, ahora estoy con la gira de «Dulcinea», que es un regalo del universo. Estoy recorriendo teatros pequeños, un circuito que nunca había hecho, y estoy disfrutando muchísimo con la respuesta del público. Regreso con el corazón lleno y con la sensación de que, después de tantos años, sigo aprendiendo y de que la gente es increíblemente generosa conmigo. Y luego llego aquí y encuentro el silencio. Siempre hay algo que hacer: calentar la voz, ir al vivero, plantar algo, mover plantas. Si no es eso, estoy recolocando cajas de la mudanza de noviembre, porque todavía hay muchas cosas por ordenar. Si no es un armario nuevo que compro y que luego pinto con buganvillas en las puertas, estoy dando de comer a los ponis o paseando con la perra por el monte. Me doy caminatas de dos horas por unos paisajes espectaculares. A veces también voy a un gimnasio que tengo cerca, en la carretera hacia Francia. En general, es una vida muy activa pero muy tranquila a la vez, muy natural.
"Todo cambió con el Alzheimer de mi hermana y su fallecimiento en la pandemia. Era mi sostén y sentí que perdía el suelo bajo los pies. En ese momento entendí que necesitaba un lugar donde respirar de verdad"
Has dicho alguna vez que no le tienes miedo a la soledad porque siempre tienes un libro cerca. ¿La lectura ha sido también una forma de compañía a lo largo de tu vida?
Es mi gran compañera de viaje desde que era muy jovencita. Yo creo que la soledad, bien entendida, es muy edificante. Hay una frase que me gusta mucho, atribuida a Schopenhauer, que dice que "quien no ama la soledad, no ama la libertad", porque solo cuando uno está consigo mismo es verdaderamente libre. Quien le tiene miedo, en el fondo, se tiene miedo a sí mismo.
'No me interesa la vida en blanco y negro'
Baztán terminó entrando también en tu literatura. ¿Por qué este paisaje necesitaba convertirse en novela?
En este caso, fue fundamentalmente por la pérdida de Maite, la pérdida de mi hogar emocional fue lo que me empujó a buscar un nuevo lugar físico que también estuviera lleno de emociones. Y ahí nace El secreto del valle, con un personaje que tiene mucho de autobiográfico.
También la pintura es una de tus grandes pasiones. ¿Qué encuentras en pintar que no encuentras en cantar o escribir?
La pintura también está muy ligada a las emociones. Yo soy una enamorada del color. En mi casa lo verás por todas partes; no me interesa la vida en blanco y negro, necesito el color como forma de expresión. Todo empezó en mi casa de Zahara de los Atunes, frente al mar, con ese ventanal enorme de cristal donde veía los amaneceres, los atardeceres y el movimiento constante del agua. Era como vivir dentro de una paleta en movimiento. Y en ese entorno, algunos amigos pintores me animaron a retomarlo.Yo pintaba desde niña, pero un día me dijeron: "Venga, coge un lienzo y empieza". Y lo hice. Recuerdo perfectamente que lo apoyé en la hierba y empecé a trabajar con aguadas, casi sin pensar.
¿Sigues exponiendo?
Lo tengo que retomar, pero para eso necesito mucha tranquilidad y ahora estoy yendo y viniendo. Además, me hace falta un espacio propio, un taller, una zona donde poder pintar con calma. Yo trabajo con lienzos grandes y aquí todavía no tengo ese espacio del todo organizado.
"Empiezas por la planta de abajo y es como si fueras recorriendo mi historia pero también la de mis padres y la de mi tío, que era un gran coleccionista de antigüedades"
Recientemente cerraste en Miami la gira 'Gracias' y con ella una etapa de 50 años sobre los escenarios.
Sí, quedan todavía dos o tres países pendientes que probablemente hagamos en octubre, pero la gira como tal ya se cerró. Fueron más de 50 conciertos y ha sido muy bonita porque, en el fondo, era eso: cerrar un ciclo muy importante y dar gracias a toda la gente que ha estado siempre conmigo. También ha sido muy emocionante comprobar que, después de tanto tiempo, el público sigue ahí. Y al mismo tiempo ha sido una manera de tener la valentía de abrir otra etapa, otra aventura, porque esto no se acaba nunca. Se termina solo cuando uno deja de tener ganas o deja de tener imaginación. Para mí el teatro es una escuela constante de aprendizaje y yo quiero seguir aprendiendo.
Una belleza especial
¿Cómo fue emocionalmente aquella última noche?
Fue preciosa, porque aquello estaba lleno. La gente sigue incluso compartiéndolo en redes, todavía se sigue sintiendo como algo muy vivo. Y además hay algo muy importante: mi hija Ivana estaba conmigo. Es la primera vez que se incorpora también desde la producción, porque el proyecto lo hicimos juntas. De hecho, ella fue quien me dijo: "Si quieres hacer otra cosa, tienes que decírselo a la gente, tienes que despedirte de las giras, de los conciertos". Y a partir de ahí lo organizamos. Gracias ha sido también eso: un trabajo compartido, muy íntimo, muy nuestro. Y ha tenido una belleza especial porque, después de tantos años viviendo en lugares distintos, con tanto movimiento, con etapas en las que durante la infancia de Ivana no pudimos estar juntas todo lo que nos habría gustado, esta gira ha sido un reencuentro. Hemos compartido los viajes, los hoteles, el coche, las comidas y también el escenario. Incluso cantamos juntas una canción que ella compuso, Te encontraré. Más allá del cierre profesional, ha sido una experiencia profundamente emocional.
"Qué suerte poder llegar a los 75 sintiéndome así, con ilusión, con energía, con salud. subiéndome a un escenario y enfrentándome a textos complejos"
¿Hubo algún instante durante ese concierto en el que sintieras de verdad que algo terminaba?
Sí, pero no desde la tristeza ni desde la ruptura. Yo creo que en la vida todo es transición. No hay finales absolutos: una cosa te va llevando a la otra. Todo lo que hice antes desembocó en Gracias y Gracias me ha llevado ahora a Dulcinea.
¿Qué encontraste en 'Dulcinea' para involucrarte de una manera tan profunda?
Precisamente el hecho de que no existe como personaje real dentro de la novela. Y eso, para una actriz, es maravilloso, porque te deja un espacio enorme para crear. Solo existen las pinceladas que Cervantes va dejando a lo largo del Quijote: referencias a su belleza, a su presencia… pero todo es casi imaginado, casi simbólico. Había muchísimo por construir. Cuando Juan Carlos Rubio me propuso "ponerle voz" a Dulcinea, me pareció una idea fascinante.
¿Sientes que hay algo de ti misma en esa revisión del personaje?
Sí, totalmente. Yo suscribo casi todo lo que dice. Me divierto muchísimo en la parte más irónica, cuando hago esa Dulcinea ingenua, casi caricaturesca, que parece no entender nada y vive en un mundo fantasioso.
Manías, ritmos, espacios
En esta etapa artística, como me decías, hay además una presencia fundamental: tu hija. ¿Cómo ha cambiado vuestra relación al compartir proyectos y escenario?
Muchísimo. Aunque nunca hemos estado realmente separadas, porque hablamos todos los días y siempre he ido y venido, hay algo que solo te da la convivencia: descubrir cómo es hoy la otra persona y permitir también que ella descubra cómo eres tú realmente. Y eso, entre padres e hijos, es un ejercicio complejo pero muy necesario. Al principio incluso puede ser difícil, porque compartíamos absolutamente todo: los hoteles, la suite, los viajes y, claro, cada una tiene sus manías, sus ritmos y sus espacios. Pero llega un momento en el que entiendes que eso da igual, que lo importante es estar juntas. Entonces empiezas a ceder, a adaptarte y a intentar hacer feliz a la otra persona. También aprendes a valorar las diferencias. Hay cosas en las que somos muy distintas y otras en las que nos parecemos muchísimo. Tenemos un lenguaje muy parecido, hablamos de todo: de filosofía, de física, de la vida. La verdad es que mi hija es un ser maravilloso, una mujer con una mente privilegiada. La admiro muchísimo porque ha pasado toda su vida superando retos, sacando adelante carreras —ya lleva tres— y ahora está terminando un máster dificilísimo. He aprendido mucho de ella y, vocalmente, es mi coach. Cuando estamos de gira, es quien me ayuda a calentar la voz.
¿Qué has aprendido de ella como creadora?
Muchísimas cosas. Ivana compone muy bien. Tiene una formación musical muy sólida y eso se nota en cómo construye sus canciones. Pero, además de la música, lo que más me impresiona son sus textos. Sus letras tienen mucha profundidad, mucha sensibilidad y un uso muy hermoso del lenguaje y de la metáfora. Y luego hay algo que yo admiro enormemente en ella: la disciplina. En eso es muchísimo más rigurosa que yo. Tiene una capacidad de trabajo tremenda, una tenacidad impresionante. Estudia las cosas hasta el fondo y además necesita hacerlas bien, sobresalir, no se conforma nunca. Por eso consigue todo lo que se propone, con matrículas y reconocimientos. Yo, en cambio, soy más intuitiva, más "picaflor", me cuesta mucho esa rutina de repetir todos los días lo mismo. Y ahí aprendo de ella constantemente. La voz maravillosa que tiene ahora, esa soprano tan bonita, es fruto precisamente de esa disciplina: todos los días calienta, estudia, toca el piano. Y claro, cuando estoy con ella, me contagia también esa exigencia. A veces me recuerda: "Mamá, tienes que calentar la voz", y ahí me ves, haciendo mis gorgoritos antes de salir.
"Siempre he sido bastante libre, un poco verso suelto. Ni he sido solamente cantante, ni solo actriz, ni únicamente pintora o escritora. Soy una mezcla de muchas cosas"
¿Cómo es escuchar canciones escritas por ella?
Maravilloso, de verdad. Me ha escrito temas preciosos, cada uno más bonito que el anterior. El que ha creado para Dulcinea, por ejemplo, es una auténtica joya. Es la canción que cierra la obra. Tiene muchísimo gusto musical y una sensibilidad muy especial. Sus letras son profundas, delicadas y muy honestas. Por eso, para mí, cantar algo suyo tiene un valor añadido, porque sé que detrás hay mucho corazón. De hecho, estamos pensando en hacer un pequeño proyecto de varios temas, incorporar la canción de Dulcinea y quizá trabajar alguna más junto a Julio Awad, que también es un músico extraordinario.
Vida de Anacoreta
Tus nietos ya son adultos jóvenes, con personalidades muy marcadas y muy creativas según has contado. ¿Qué te gusta descubrir en ellos?
Bueno, mis nietos son la bomba. Son muy especiales los dos, pero completamente distintos entre sí. Leo, por ejemplo, tiene una mente muy científica. Desde pequeño siempre ha querido entender la verdad de las cosas, nunca se conforma con la primera respuesta que le das. Tiene mucha curiosidad y una forma muy profunda de mirar el mundo. Y luego, al mismo tiempo, es muy sensible, muy disfrutón de las pequeñas cosas. Nosotros seguimos yendo todos los años a Disney y para él sigue siendo algo importantísimo. Tiene mucho corazón.
"Puedo estar sola en el sentido físico de la palabra, pero no tengo una sensación de vacío ni abandono. Estoy rodeada de familia y de amigos"
¿Y Alma?
Alma es tremenda (ríe). Se parece muchísimo a su madre en la tenacidad. Es resolutiva, práctica, enseguida encuentra la manera de solucionar cualquier problema. Está trabajando y estudiando al mismo tiempo, preparándose para ser enfermera, y le apasiona ayudar a los demás. Es muy estudiosa, muy trabajadora y tiene una enorme vocación de servicio. La verdad es que los dos son brillantes y los echo muchísimo de menos.
En varias entrevistas has dicho que no sientes la edad como un límite. ¿Qué significa para ti tener 75 años hoy?
Pues, sobre todo, significa una enorme suerte. Qué suerte poder llegar a los 75 sintiéndome así, con ilusión, con energía, con salud, subiéndome a un escenario, enfrentándome a textos complejos y moviéndome con la misma curiosidad de siempre. Todavía disfruto muchísimo de las cosas pequeñas: de mirar las hojas de los árboles desde el balcón, de leer, de estudiar, de seguir aprendiendo. Y creo que eso tiene mucho que ver con la actitud. La edad, muchas veces, está más en la cabeza que en otra parte.
"Mi hija, Ivana, es un ser maravilloso, una mujer con una mente privilegiada. La admiro muchísimo porque ha pasado toda su vida superando retos"
Después de tantos escenarios, premios y reconocimientos, ¿qué cosas son hoy las que realmente te hacen feliz?
Yo cada vez necesito menos artificio. Mi casa, por ejemplo, es lo menos tecnológico que te puedas imaginar. Todo funciona de manera muy sencilla, muy humana. Las contraventanas se sujetan con ganchos, no hay automatismos ni complicaciones. A veces siento que nos hemos complicado demasiado la vida. De hecho, ni siquiera tengo televisión en casa; la tengo guardada en el garaje (ríe). Aunque tampoco hace falta llegar a esos extremos. Pero sí es verdad que cada vez me siento más cercana a una vida tranquila, casi de anacoreta, donde lo importante pasa por otro sitio.
Dijiste una vez que no crees en 'el mito platónico de la media naranja'. ¿Hoy sigues pensando igual?
Sí, absolutamente. Yo creo que una de las grandes lecciones que deberíamos aprender desde pequeños es que cada persona ya es completa en sí misma. Eso no significa que no necesitemos a los demás, pero emocionalmente creo que uno debe sentirse entero antes de compartir su vida con alguien. Para mí, las relaciones más sanas nacen precisamente de ahí: de dos personas que son capaces de sostenerse por sí mismas y que, aun así, deciden caminar juntas. Cuando la relación se construye desde la carencia o la dependencia absoluta, corres el riesgo de perderte, de diluir tu propia identidad en la del otro. Por eso sí creo en la pareja, pero en una pareja formada por dos personas libres y suficientemente desarrolladas emocionalmente. Compartir desde la plenitud, no desde la necesidad.
¿La libertad ha sido siempre tu gran prioridad?
Sí, siempre he sido bastante libre, un poco verso suelto. Nunca me ha gustado sentirme encasillada. Ni he sido solamente cantante, ni solo actriz, ni únicamente pintora o escritora. Soy una mezcla de muchas cosas y quizá ahí es donde me reconozco más: en ese mestizaje constante, en la posibilidad de seguir cambiando y descubriéndome.
"Mis nietos son la bomba. Son muy especiales los dos, pero completamente distintos entre sí. Leo, por ejemplo, tiene una mente muy científica"
¿Y el amor? ¿Ahora estás sola?
Bueno, yo no me siento nunca sola, porque estoy yo. Puedo estar sola en el sentido físico de la palabra, pero no tengo una sensación de vacío ni de abandono. Estoy rodeada de familia y de amigos. También de afectos, de intereses, de proyectos, de animales. Mi idea del amor siempre ha sido muy transversal. Para mí, no se limita únicamente a la pareja. Tiene que ver con las personas a las que quieres, con los vínculos, con los afectos cotidianos, incluso con los lugares y con los animales. Y hace muchísimo tiempo entendí algo sobre mí misma: que probablemente yo no he nacido para vivir una relación de pareja en el sentido más convencional. Nunca he sentido esa necesidad de completarme a través de otra persona.
Después de cerrar una carrera tan extraordinaria en los escenarios musicales, ¿qué sientes que permanece intacto en ti?
La ilusión, las ganas de aprender, de trabajar, de seguir imaginando. Para mí la imaginación ha sido siempre algo fundamental. Muchas veces alguien podría pensar: "¿Cómo se te ocurre eso? Eso es inviable". Pero precisamente ahí ha estado el motor que ha hecho posibles muchas de las cosas que luego he terminado viviendo o creando.
"Alma es tremenda. Se parece muchísimo a su madre en la tenacidad. Es resolutiva, práctica, enseguida encuentra la manera de solucionar cualquier problema"





















