Hubo un tiempo en el que Tomás Páramo tomó distancia, firmemente convencido de que la religión se basaba en un inventario de miedos, imposiciones, normas y, no pocas veces, algún castigo. Necesitó alejarse de eso que sentía como una prohibición para poder regresar con la convicción de la libertad más absoluta. Y, en ese personalísimo camino de retorno, descubrió a un Dios que no juzgaba, sino que era, sencillamente, amor infinito. Hoy, lejos del cliché de lo que podría indicarnos su éxito en las redes, Tomás arranca su día dejando a los niños en el cole y robando(se) diez minutos de él a solas con el Santísimo, antes de que el móvil empiece a arder otra vez con miles de notificaciones.
Esa es su coraza frente a los espejismos del mundo exterior y más aún, del ciberespacio. Eso es lo que le ayuda a gestionar sus alegrías, sus dolores y sus batallas cotidianas. Sin miedo a enseñar las cicatrices de la fama, Tomás se nos muestra sin ambages ante la llegada de León XIV. A él le preguntaría cómo logra sonreír con el peso del mundo sobre sus hombros, pero antes, reflexiona sobre la inmensa paz de no tener que demostrar nada a nadie porque ante Dios, todos somos perfectos, y el alivio que supone perdonarse a uno mismo.
Con él, está la mujer con la que comparte vida, familia, proyecto vital y fe: María García de Jaime. María no necesita de imponente catedrales de piedra para encontrarse con lo divino. Para ella, Dios se cuela de puntillas en la maravillosa y caótica banda sonora de su día a día: le basta con cantar al volante, meterse bajo la ducha o hacer malabares en la cocina, los horarios del cole de los “enanos” y, sus obligaciones laborales. La empresaria ha despojado a sus creencias de cualquier artificio para convertirlas en su refugio, en ese antena a tierra que la sujeta cuando las métricas, los likes y las pantallas amenazan con nublar lo importante y desdibujar la verdadera realidad.
María dinamita ese mito de que creer es cosa de otros tiempos o generaciones o que la fe está reñida con ser moderno, vestir a la última, divertirse y, en definitiva, disfrutar de la juventud. El matrimonio se sienta con nosotros para contarnos cómo sobreviven al caos diario y cómo, a veces, los mejores planes aunque insospechados (como por ejemplo acercarse a la Plaza de Lima a ver escuchar al Papa) empiezan con un "¿por qué no?".
Si tuvierais que definir vuestra a alguien que jamás ha oído hablar de Dios, ¿qué le diríais?
María: Para mí, la fe es el camino hacia la plenitud del corazón. Dios es padre, es amigo y, sobre todo, es paz. Es bondad y es amor. Es difícil explicarlo con palabras, pero si tuviera que resumirlo en una sola sería hogar. Consuelo. Paz. Yo encuentro a Dios en las cosas cotidianas (en una sonrisa, en la persona que necesita que la escuches) porque, para mí, el está presente en lo pequeño del día a día.
Tomás: Para mí, mi fe ha sido un camino de búsqueda y de encuentro. Tener la disposición de querer dejar entrar a Dios en mi vida. A partir de ahí, no hay vuelta atrás. Es un amor infinito que me hace sentir plenamente amado y me lleva a amar el doble a los demás. Vivir de la mano de Dios es vivir en paz y con la seguridad de que nunca estaré solo.
¿Qué os aporta Cristo en vuestro día a día?
M: Para mí, Dios es esperanza. Es saber que me cuida siempre, aunque no siempre pueda verlo, porque quien cree en Dios sabe que hay momentos en que esa relación se siente más cercana y momentos en que parece más distante, como cualquier relación verdadera.
T: Confianza, sobre todo. Un lugar seguro en el que sé que puedo parar. La paz de sentirme amado y, sobre todo, perfecto a los ojos de Dios, frente a un mundo que constantemente te hace dudar de ti mismo. Prácticamente cada día empiezo en el Santísimo: dejo a mis hijos en el colegio y paso diez minutos allí, ante Él. Le cuento mi vida, mis planes, mis alegrías y mis sufrimientos, y dejo todo en sus manos.
¿Lo de tener fe os ha hecho sentiros alguna vez como “bichos raros”?
M: Honestamente, no. Porque es algo en lo que creo de verdad y lo siento así —y cuando algo forma parte de ti de ese modo, deja de importarte lo que los demás puedan pensar. Dios es parte de mi vida igual que mi familia. Hablar de Él no me parece que pueda molestar a nadie. De hecho, me ha sorprendido gratamente. En redes sociales es fácil sentirse atacada por cualquier cosa (la gente a veces critica sin pensar que detrás de un perfil hay una persona real) pero con este tema nunca me he sentido así. Creo que la gente tiene más tolerancia de la que pensamos cuando se trata de fe. Y hay algo que me llena especialmente: noto en los jóvenes una sed de Dios cada vez mayor. Y eso me hace feliz.
T: La verdad es que yo tampoco me he sentido nunca así. Tampoco me siento valiente por hacerlo. Me sentiría raro si defendiera algo en lo que no creo de verdad. Para mí, hablar de Dios es como hablar de mi mujer, de mis hijos o de mi familia. Es un amor más en mi vida, y sería egoísta no compartirlo. Lo vivo como un regalo, y siento la necesidad de compartirlo para que otros, desde su libertad, puedan experimentarlo o al menos planteárselo.
A veces da la sensación de que el mundo está al revés o que los valores tradicionales están bajo sospecha, cómo es eso de no dejarse llevar por la corriente…
M: Desde el principio tuve claro que quería ser fiel a mí misma. Ser tú, evitar todo lo que te quita la paz, vivir en coherencia con lo que crees. Para mí, eso es el éxito —no lo que está de moda, no lo que está bien visto, sino lo que eres de verdad. Para no dejarte llevar por la corriente es importante saber qué quieres para tu vida. Cuando lo tienes claro de verdad, no te planteas dudar.
T: En mi caso, intento ser muy fiel a lo que me da paz. Si algo me da paz, sé que viene de Dios. Y cuando, aun sabiéndolo, elijo lo contrario, normalmente me equivoco. Vivimos rodeados de ruido y tentaciones, y es fácil dejarse llevar. Al final es una cuestión de prioridades: saber qué te hace bien y qué no.
Tenéis miles de seguidores en redes, osis protagonista de noticias en HOLA… ¿Sentís alguna responsabilidad añadida?
M: Las redes son un instrumento a través del cual llegas a miles de personas, y eso conlleva una responsabilidad real. Desde el principio lo tuve presente: lo que publicas importa, porque impacta en mucha gente. Me siento una persona que comparte su vida, y a través de eso la gente puede percibir a Dios —porque forma parte de nuestra vida y tiene un papel muy importante en ella. Lo que más me gusta es la diversidad de personas que me siguen: quienes creen, quienes no creen, quienes nunca se lo habían planteado. Y hay algo que me emociona especialmente: saber que hay personas que no creían y que a través de algo que vieron en nuestro perfil sintieron que querían acercarse a Él. Al final, cuando algo te hace feliz de verdad, compartirlo es casi un impulso natural. Y ver que además ayuda a otros lo hace todavía más especial. En el mundo cabemos todos, y ser diferentes es lo que nos enriquece —nos enseñamos unos a otros sin apenas darnos cuenta.
T: Prefiero que mi ejemplo hable por mí. Creo que es desde ahí desde donde realmente llegas a las personas.
Hay un cliché que asocia a los jóvenes católicos con ser 'mojigatos'. ¿cómo desmontáis ese tópico?
M: Creo que Dios está en todas partes y nos ha creado exactamente como somos —con nuestras alegrías, nuestras aficiones, nuestra forma de vivir. La fe no te hace menos tú; te hace más tú. En la Iglesia cabemos todos, y Dios nos quiere felices. Yo disfruto de la moda, de los viajes, de una cena con amigos, de bailar en una boda. Y también rezo cada mañana y doy gracias cada noche. No hay contradicción. El problema es que a veces se reduce la fe a una lista de prohibiciones, y no tiene nada que ver con eso. También muchas veces se tiende a encasillar. Y creo que cerca de Él podemos estar todos.
T: Yo creo que hay que salir de ahí. Se puede creer en Dios y vivir con normalidad. Y eso se demuestra en la vida, relacionándote con todo tipo de personas, compartiendo puntos de vista y aprendiendo unos de otros. Lo fácil es rodearte solo de gente que piensa como tú. Lo difícil —y lo bonito— es llevar ese mensaje a otros lugares. Porque al final, para Dios no hay imposibles.
¿Cómo os ayuda la fe a la hora de que la fama o el 'glamour' os haga perder la antena a tierra?
M: La fe te da perspectiva. Cuando sabes que lo que eres no depende de los likes ni de las portadas, es mucho más difícil perderte. Yo tengo muy claro quién soy, la misma hija de mis padres, amiga de mis amigas, familia de mi familia, novia de mi marido y madre de mis hijos. El éxito es bonito y lo disfruto, pero no me define. Lo que me define es cómo trato a las personas, cómo soy con mis hijos, cómo estoy cuando nadie me está mirando. En lo sencillo, en lo que me hace feliz. Y en eso, Dios me ancla mucho.
T: A mí me ha pasado. La fama a veces es un conjunto de cosas efímeras que te elevan mucho… y de pronto caes. Desde fuera parece todo muy atractivo: los sitios, la gente, la vida de focos… y sí, en momentos lo es. Pero eso no es la vida. La vida es lo que pasa cada día. Tu casa, tus amigos, tu familia, lo que eres cuando nadie te ve. Dios ha llenado en mí espacios que antes intentaba llenar con otras cosas. Ese “globo” ya no se pincha, porque cuando sube demasiado, Él mismo me devuelve a tierra.
El perdón es uno de los pilares del cristianismo, pero en la era de la 'cultura de la cancelación' parece haber desaparecido. ¿Cómo aplicáis el perdón en un mundo que juzga tan rápido?
M: El perdón lo tengo muy presente desde pequeña. Creo que es tan importante perdonar sin rencor como saber pedir perdón —y las dos cosas son difíciles. Pero la paz que te deja cuando lo haces merece siempre la pena. Yo perdono cada día. Perdono a quien critica sin conocernos. Perdono a mis hijos cuando me piden perdón. A mi marido cuando discutimos por las tonterías normales del caos de una familia numerosa. El perdón no es algo extraordinario que reservas para los grandes momentos —es algo que ejercitas en lo pequeño, y con la práctica se vuelve cada vez más natural.
T: Para mí, el amor y el perdón van de la mano. Todo empieza por aprender a perdonarte a ti mismo. Muchas veces pensamos que el perdón es algo que damos a otros, pero es imposible hacerlo si antes no hemos sanado por dentro. Perdonar no es olvidar, es mirar la herida y ver que ya no duele. Yo he sufrido críticas que me hicieron dudar de mí mismo. Pero hoy ya no. Porque, más allá de lo que yo piense, sé que para Dios soy amado. Perdonar libera. No hacerlo, aunque no lo parezca, nos llena de algo que nos pesa por dentro.
El Papa León XIV visita Madrid, Barcelona y Canarias. ¿Qué esperáis de este encuentro?
M: Que el Papa venga a España, que haya una vigilia con jóvenes, una misa en Cibeles, el Bernabéu lleno de personas que creemos en lo mismo…para mí eso es muy emocionante. A nivel personal espero encontrarme con algo que te recuerda que formas parte de algo mucho más grande que tú misma. Esa sensación de ver que somos millones creyendo en lo mismo, es muy reconfortante. Y espero vivirlo con mis hijos, que puedan ver eso y que algo de ello les quede para siempre. Todavía recuerdo ir con mis padres a ver pasar al Papá Juan Pablo II por una calle de Madrid. Fue muy emocionante y un recuerdo que guardo para toda la vida.
T: Espero que esta visita sea una fiesta de alegría y de encuentro. Y es un orgullo que España forme parte de los primeros viajes de este pontificado.
¿Qué es lo que más os atrae o os inspira de su mensaje?
M: su cercanía y su claridad. No habla desde la distancia —habla desde lo concreto, desde la gente real, desde los que están en los márgenes. Eso me parece muy de Jesús. Y al mismo tiempo tiene una firmeza en los valores que creo que la sociedad necesita, aunque a veces nos cueste escucharla. Un papa que va a un centro de personas sin hogar el mismo día que llega a Madrid dice mucho de dónde pone el foco.
T: El Papa León llega después de un pontificado muy fuerte como el de Francisco, al que personalmente tenía mucho cariño. Aún es pronto, pero me transmite paz. Creo que puede hacer mucho bien en un momento complicado para el mundo. Me gusta que haya hablado de paz sin entrar en ideologías. Al final, todo se resume en una pregunta: ¿qué haría Jesús? Y la respuesta siempre pasa por el amor.
Si tuvieras una audiencia de un minuto con él ¿qué le diríais?
M: Le daría las gracias. Por su valentía, por su coherencia, por seguir poniendo a las personas en el centro cuando el mundo va en otra dirección. Y le pediría que rezara por las familias jóvenes —por nosotros, que estamos intentando construir algo bonito en medio del ruido, criando hijos en un mundo muy complicado y tratando de transmitirles algo que valga la pena.
T: Qué difícil… Tendría mil preguntas. Pero quizá le preguntaría si, con el peso de un mundo tan roto sobre sus hombros, es capaz de ser feliz y de sentir a Dios con fuerza. Creo que desde ahí saldría una conversación muy bonita.
Para aquel joven que está dudando en acercarse el papa…
M: Le diría que tiene que ir. Que no tiene nada que perder y puede llevarse algo que no esperaba. Siempre que tenemos la mínima duda hay que ir, porque nunca sabes que te puedes encontrar. No hace falta tenerlo todo claro ni creer con certeza absoluta —la duda también es parte del camino. Lo único que hace falta es escuchar, mirar y estar abierto a lo que pueda pasar. Y si de esos días te llevas, aunque sea una pregunta nueva, una emoción, una sensación de que hay algo más… ya ha valido la pena. La vida es demasiado corta para no explorar lo que puede llenarte de verdad. Y confió en que va a ser una experiencia preciosa.
T: Aunque suene egoísta, que piense en sí mismo. Puede ser un fin de semana más… o el primero del resto de su vida. Que se deje llevar, que abra el corazón y que no tenga miedo. Nunca.









