Nacido en Madrid el 11 de noviembre de 1984, Mauro Caffaratto Grandes creció entre la literatura y la imaginación como herencia cotidiana. Hijo de la escritora Almudena Grandes, encontró desde muy pronto una relación íntima con los relatos, aunque su camino profesional lo llevó durante años por otro territorio: el de la tecnología, donde ha trabajado como consultor y “artesano del software”, habituado a pensar en sistemas, estructuras y lógica. Esa misma forma de pensamiento, sin embargo, ha terminado filtrándose en su escritura.
En El sauce oscuro, su debut literario, construye un mundo complejo y coherente —Elenda, el Valle del Cuervo— donde la fantasía oscura convive con la investigación criminal, y donde cada pieza narrativa parece responder a una arquitectura precisa, casi programada, pero cargada de atmósfera, tensión y sombra. Con su primera novela publicada, se enfrenta ahora al otro lado del proceso: el de ver cómo ese mundo cuidadosamente construido deja de pertenecerle para empezar a existir en la mirada de los lectores.
Acabas de publicar tu primera novela, 'El sauce oscuro'. ¿Qué sensación te produce ver el encuentro del libro con los lectores?
Me produce un sentimiento irreal, al que me cuesta poner nombre. Lo que hay, desde luego, es mucha alegría, una enorme curiosidad y no poco vértigo.
Si miras atrás, ¿en qué momento te diste cuenta de que esta historia no era solo una idea suelta, sino una novela que tenías que escribir?
Fue durante el confinamiento. La empresa en la que estaba trabajando en ese momento se acogió a un ERE, así que tenía mucho tiempo libre y una buena cantidad de historias sobre Elenda y sobre Kendarian que había ido pergeñando a lo largo de unos pocos años. Por aquel entonces vivían únicamente en mi cabeza y en alguna pequeña anotación, hasta que un día me planteé que podía darle forma a una novela y empecé a escribir.
¿Qué fue lo más difícil del proceso de escritura: empezar, sostener la historia o cerrarla?
Empezar fue dificilísimo; tardé cerca de un año en tener apenas entre veinte y cincuenta páginas. Dudaba todo el tiempo: no sabía cuánto espacio dedicar a cada escena o a cada descripción, y todos los diálogos me parecían mecánicos y carentes de sabor. Me pregunto cuánta gente con una gran historia que contar y el talento para darle forma se queda atascada en esa fase del proceso y no consigue llevarla a término. Luego, desechar los primeros borradores también fue muy duro. Más que empezar de cero, que se sentía casi liberador, lo complicado era decidirme a prescindir del callejón sin salida en el que se había convertido la historia en ese punto; era un paso muy difícil a nivel anímico.Cerrarla, en cambio, fue lo más sencillo del proceso, dentro de que tampoco diría que fue fácil.
¿Cómo cambia tu relación con el libro ahora que ya no depende solo de ti, sino de la mirada de otros?
Pues enormemente, porque ya no puedo modificarlo. Tengo la obsesión de cambiar siempre todo lo que escribo; era incapaz de trabajar en él sin cambiar alguna coma, algún adjetivo o cualquier detalle que, de repente, por el motivo que fuera, me parecía que no cuadraba. Ahora eso se acabó, y me causa, he de decirlo, cierta frustración. Menos mal que tengo la continuación para entretenerme.
¿Qué te da más vértigo en este momento: que lo lean o que no llegue a leerse como tú lo imaginabas?
No sé, ¡las dos son horribles! Si a alguien le va a aburrir o no le va a gustar, casi prefiero que se ahorre el mal rato. Yo, desde luego, he hecho todo lo que he podido para que no sea el caso.
El protagonista, Kendarian Molino, vuelve a un lugar del que se fue siendo niño. ¿Te interesaba especialmente esa idea de retorno, incluso en un sentido personal?
Me interesaba presentar el contraste entre el chico que se va, tras un evento traumático que marca a todo el pueblo, del que él es el protagonista, y su vuelta tantos años después como un agente de la autoridad —si bien caído en desgracia—. El contraste en la percepción de sus paisanos, los rumores y la forma en que Kendarian experimenta el lugar en el que un día vivió, tantos lustros después. Pero no diría que sea algo personal, porque yo nunca me he ido de donde soy y sigo viviendo en el mismo barrio en el que nací.
En la novela hay desapariciones, criaturas como los 'Invitados' y el misterio del Sauce Oscuro. ¿Qué te atrajo de mezclar investigación criminal con lo sobrenatural?
Bueno, es más bien al revés: mezclé el mundo fantástico con lo criminal. Es decir, desde que empecé con El sauce oscuro, mi proyecto era crear un mundo fantástico, con un lenguaje y un tono grimdark, pero con tintes de fantasía épica. Eso era innegociable. Una vez que di, por así decirlo, con la paleta de colores adecuada para el mundo de Elenda y el Valle del Cuervo, usarla para esbozar una historia detectivesca fue un paso ulterior, que cayó por su propio peso, por lo muy aficionado que soy a la novela negra.
¿Cómo lograste que todo eso funcionara como un solo universo y no como piezas separadas?
Yo creo que la clave es ser muy cuidadoso con la parte fantástica y sobrenatural del asunto. Tienes que dotar a tu mundo de una fuerte coherencia y ofrecerle al lector una anticipación que permita que, cuando la investigación se mezcle con temas sobrenaturales, las deducciones del detective se sientan lógicas, sin utilizar los aspectos sobrenaturales de la trama para sacarte conejos de la chistera ni deus ex machina. Que el lector pueda pensar: Sherlock Holmes habría hecho lo mismo que Kendarian
En tu proceso de escritura, ¿eres más de planificar la historia con antelación o de descubrirla mientras la estás escribiendo?
Bueno, hay un poco de ambas cosas. Yo creo que, en una novela detectivesca, con una trama que está muy centrada en el descubrimiento de pistas y secretos, es muy difícil improvisar. Pero en lo que respecta a temas como el ethos de los personajes, el lenguaje empleado en la novela o el aire general del Valle del Cuervo, que es la localización geográfica en la que sucede la acción, ahí sí hay mucho de improvisación.
¿Tienes algún ritual o costumbre cuando te pones a escribir: horarios, música, lugares concretos o algo que necesites para entrar en el modo narrativo?
Tengo la voluntad de intentar escribir por las mañanas, prontito, como un buen chico, y la mala costumbre de avanzar con contundencia únicamente a horas intempestivas de la noche. Nunca me pongo música, porque me distrae demasiado, y eso es todo. Para todos los rituales macabros que hay en mi novela, yo no tengo ninguno como escritor.
¿Eres de los que escriben mucho de seguido y luego revisan, o vas corrigiendo constantemente mientras avanzas?
Pues depende mucho del momento. He tenido momentos frenéticos, como cuando empecé el último borrador, en los que conseguí escribir medio libro del tirón en unos días de vacaciones sin casi mirar atrás. Pero, generalmente, todos los días, cuando termino de escribir o cuando empiezo al día siguiente, siempre reviso lo que he hecho en la sesión anterior. No ya para corregirlo o mejorarlo, que también, sino para refrescar la memoria.
¿Cómo gestionas los momentos en los que una escena no funciona: insistes, la dejas reposar o la reescribes desde cero?
Salgo a pasear a mi perro o me doy una buena ducha, y le doy vueltas en la cabeza hasta que entiendo qué es lo que no funciona. Dependiendo de cómo vaya de ideas, sigo con la siguiente parte del libro y lo dejo reposar, o le doy de cabezazos a la escena hasta que funcione o se destruya, lo que suceda primero.
La editorial menciona temas como la burocracia del poder, la religión degenerada o el trauma heredado. ¿Cuál de esos temas sentiste más 'urgente' al escribir?
¡Uy! No sabría qué decir. La burocracia, con su aleatoriedad y su ineficiencia, pero también su poder, permea todo el libro de principio a fin y dota al mundo de Elenda de mucha coherencia y, aunque esté feo que yo lo diga, de un punto de originalidad, además de dar pie a escenas bastante divertidas. Pero si hay un tema de la novela que yo definiría como “urgente”, sería el de la lucha contra la soledad: Kendarian vuelve al Valle del Cuervo después de veinte años, está solo, y la vergüenza asociada a su pasado reciente le dificulta entablar relaciones sociales con sus paisanos. Gran parte de la esencia de la novela consiste en cómo él se enfrenta a esta situación.
En tu día a día trabajas como consultor tecnológico y 'artesano del software'. ¿Qué parte de ese trabajo crees que se ha colado en tu forma de escribir?
Cuando era niño, un día fui con un amigo mío de visita a casa de mi tío José. Nos ayudó a hacer los deberes y nos explicó muy serio que, desde su punto de vista, no había mucha diferencia entre la lengua y las matemáticas. Cuando nos fuimos de allí, mi amigo me dijo que le parecía una chorrada; pero yo, en cambio, quedé bastante convencido: no creo que haya tanta diferencia entre escribir una buena historia y escribir un buen programa. Tienes que ser coherente, expresivo y atento a los detalles. Lo que pasa es que es mucho más fácil saber cuándo un programa falla y por qué, que cuándo lo hace una novela.
¿Te resulta fácil desconectar del modo 'lógico' del trabajo cuando pasas al modo narrativo?
Para mí no hay tal cosa; supongo que eso es un sí.
Además de la escritura, te interesan los juegos de rol, la programación o los puzzles. ¿Dirías que todas esas cosas tienen algo en común en tu manera de pensar?
Sí, ciertamente, hay un hilo conductor que también entronca con la novela negra y con la figura del detective que pierde el aliento haciendo encajar todas las pistas y forzando nuevas deducciones.
De niño, tu madre te leía cada noche fragmentos de 'La historia interminable'. ¿Qué recuerdas de aquel ritual?
Recuerdo lo mucho que me gustaba, la anticipación que tenía durante toda la tarde para que llegase ese momento y el mosqueo que me cogí la primera vez que me dijo que tenía que seguir leyendo yo solo; pero claro, luego se lo agradecí.
Le preguntaste por qué no escribía 'historias que molasen', es decir, con magia y dragones. ¿Qué recuerdas de aquella conversación y qué crees que querías decir realmente con esa idea de que una historia 'molara'?
Pues esencialmente eso es lo que quería decir: con magia y dragones, espadas, monstruos, maldiciones y encantamientos. Yo creo que el hilo conductor es la habilidad, la capacidad de alguien de imponer su voluntad mediante la astucia y el acero, como Íñigo Montoya. Recuerdo que estábamos en el salón de la casa de la calle Quiñones y que se rió mucho de mi ocurrencia, y me dijo que ya se me pasaría. Y bueno, pues tampoco se me ha pasado tanto.
Entre tus lecturas importantes están 'Malena es un nombre de tango' y 'Los pacientes del doctor García'. ¿Qué encuentras en esos libros que te sigue acompañando?
Bueno, en el caso de Malena es un nombre de tango, pues una conexión muy fuerte, porque el hijo de Malena, Jaime, es mi alter ego en la novela y tiene los mismos problemas de salud tras el parto que tuve yo (lo que, de forma muy indirecta, me da derecho a decir con orgullo que, de alguna manera, soy el hijo de Monica Bellucci en una dimensión paralela, ¡ja!), aparte de que hay algunos personajes de la novela fuertemente inspirados en personas de mi familia. En cuanto a Los pacientes del doctor García, simplemente es una novela que me gusta mucho y que tuve la ocasión de leer antes de que mi madre se la diera a la editorial. También le ofrecí mi punto de vista sobre varios aspectos de la trama.
¿Tu madre llegó a leer algún texto tuyo antes de fallecer o a conocer tus primeras tentativas como escritor?
Al final de sus días le comenté que estaba escribiendo una novela, porque sabía que eso le haría mucha ilusión, y le enseñé lo que llevaba hecho, pero estaba tan débil que no pudo realmente leerlo. Es una de las cosas que más rabia me dan.
¿Hubo un momento en el que dejaste de pensar 'yo no voy a ser escritor' y empezaste a permitirte la idea de que sí podías serlo?
Bueno, yo, más que “soy escritor”, lo que digo es que “he escrito un libro”. Luego, ya veremos. Escribir un libro es difícil; incorporar a tu vida durante años y años la rutina de describir y completar varias obras lo es en mucha mayor medida. Lo que sí me pasó fue que hubo un momento, cuando empecé el último borrador de la novela, en el que supe que la iba a terminar, aunque estuviera empezando de cero una vez más. Ese convencimiento interno me llevó en volandas a terminarla muy rápido, después de varios intentos incompletos.
Si tuvieras que definirte ahora mismo sin hablar del libro, ¿qué tres cosas dirías que te representan mejor?
Que soy guapo, rico y juego bien al fútbol. Bromas aparte, prefiero que hablen otros, aunque sí resaltaré que soy una persona muy tranquila, o eso dice todo el mundo que me conoce.









