De las calles de Málaga a los grandes escenarios de la música nacional, la historia de José Zapata es el relato de una resistencia inquebrantable. Con más de 17 años de trayectoria, Zapata no es solo una voz; es el integrante con mayor permanencia en la historia de La Década Prodigiosa, la formación que redefinió el pop de versiones en España y que grabó su nombre en la memoria colectiva tras su paso por Eurovisión. Su carrera vivió un antes y un después en 2006, cuando el grupo conquistó el Festival de Benidorm con el himno A ti, catapultándolos a una gira vertiginosa de más de 150 galas en un solo año. Hoy, tras sobrevivir a las transformaciones radicales de la industria y al auge de la era digital, Zapata lidera El regreso de La Década. En esta etapa de madurez artística, el artista malagueño demuestra que la verdadera magia reside en la reinvención: convertir la nostalgia en un espectáculo vibrante que sigue uniendo a abuelos, padres e hijos bajo el mismo foco.
Veinte años después de aquel triunfo en el Festival de Benidorm, ¿recuerdas el instante exacto en el que pensaste: “esto me ha cambiado la vida”?
Con La Década Prodigiosa he estado 17 años, hasta convertirme en el cantante que más tiempo ha permanecido en todas sus formaciones. No fui fundador —ya sabes, estaban Cecilia, Paco Morales, Mikel y otros—, pero sí viví una etapa muy marcada por las preselecciones televisivas, en las que éramos habituales: Misión Eurovisión, ¡A por la canción!… Íbamos a todos los programas porque teníamos un directo sólido que nos mantenía siempre en circulación. En ese contexto, cuando en 2006 nos presentamos al Festival de Benidorm, lo viví como una promoción más, algo dentro de la rutina del grupo. Por eso, cuando ganamos con A ti, el impacto fue absoluto: no me lo creía. Estuve varios minutos en shock, porque venía de muchos intentos previos sin haberlo conseguido. Esa victoria marcó un antes y un después. A partir de ahí volvimos a grabar con Vale Music, en un momento en el que la industria ya había cambiado, con más discográficas independientes y menos peso de las grandes como Sony. Y lo más sorprendente llegó inmediatamente después: ese mismo año hicimos más de 150 galas. De repente, todo se aceleró y volvimos a estar en plena actividad, casi sin tiempo para asimilar lo que estaba ocurriendo.
Si tuvieras que describir al José Zapata de entonces en tres palabras, ¿cuáles serían y en qué se diferencia del de hoy?
El José Zapata de entonces era un chico contratado, muy joven y lleno de ilusión. Yo soy de Málaga y me fui a Madrid con el sueño de triunfar en la música, así que entrar en un grupo como La Década Prodigiosa era, para mí, empezar a hacer gira nacional después de haberme movido solo por Andalucía. Hoy todo es distinto. Ahora, con El regreso de La Década, me he quedado con el legado del grupo y seguimos en gira, pero la música ha cambiado muchísimo y nosotros nos hemos ido adaptando. Siempre hemos sido un proyecto pensado para unir generaciones: aunque cantemos temas de los 60, 70, 80 o 90, lo importante es conectar públicos muy distintos. De hecho, desde el principio ya funcionábamos así. Cuando La Década triunfó, Mecano llevaba apenas dos años en el mercado y ya hacíamos popurrís de sus canciones. Esa ha sido siempre nuestra esencia: actualizar la música del recuerdo según cada época. Ahora seguimos en la misma línea, pero con una actualización en sonido y formatos, manteniendo el repertorio de siempre pero adaptado a hoy. Es otra manera de hacerlo, sin perder la esencia de entonces.
Volver con El regreso de La Década no es solo una decisión artística, también emocional. ¿Qué ha removido en ti este proyecto?
Pues mira, después de tantos años en La Década Prodigiosa, dejé el grupo en un momento bastante complicado. Se llegaron a crear tres formaciones distintas al mismo tiempo, dirigidas por la misma persona, cuando mi jefe ya estaba cerca de la jubilación y el proyecto empezó a perder coherencia. Todo aquello generó un desgaste importante y, de hecho, empezamos a perder mucho trabajo. En ese contexto, incluso me planteé cambiar de rumbo. Valoré la posibilidad de irme a la Orquesta Expresiones, volver a Almería —donde había pasado muchos años— y continuar mi carrera en el mundo de las orquestas, porque la situación ya era insostenible. Sin embargo, en ese momento muchos representantes a nivel nacional, que me conocían bien, comenzaron a decirme lo mismo: que yo era quien llevaba las riendas de La Década, el espíritu del grupo. Yo estaba cansado, pero aquellas llamadas me hicieron replanteármelo todo y, finalmente, decidí seguir. Así nació El regreso de La Década, el proyecto que llevo desde entonces, ya más de 15 años, recorriendo el país con el grupo y recuperando también a gente con la que ya había trabajado. Al final, fue una decisión más emocional que estratégica: dar continuidad a un proyecto que, de una forma u otra, siempre ha estado ligado a mi manera de trabajar y de entender el escenario.
Yo soy de Málaga y me fui a Madrid con el sueño de triunfar en la música
La nueva versión de A ti que más te da tiene algo de homenaje y algo de reinvención, ¿qué parte pesa más para ti?
Hay un poco de todo. Hemos mantenido la esencia del tema original —el compositor es el mismo, el de David Villar—, pero lo hemos actualizado para que encaje con el sonido actual, que es algo que ya veníamos buscando desde hace tiempo. Al final, es una canción que la gente ya conocía desde que ganamos Benidorm, así que hay una parte muy clara de homenaje a aquel momento. Pero también hay una reinvención, porque ahora se canta de otra manera y se le ha dado una nueva vida al tema. De hecho, lo curioso es la reacción del público: mucha gente nos dice que incluso le gusta más esta versión actual que la original. La de entonces estaba muy bien, pero ahora sentimos que la canción respira de otra forma. Tiene más recorrido y más vida sobre el escenario.
¿Ha cambiado tu forma de interpretarla?
Sí, ha cambiado un poco. De hecho, hay coros que se han planteado de otra manera y también algunas métricas han variado respecto a la versión original. Incluso el final es distinto: ya no termina con el clásico Mi vida sin ti…, sino que cierra únicamente con la música. Es un final más abierto, más actual. Eso es lo que más ha sorprendido al público, porque no se lo espera. Es una versión que mantiene la esencia, pero que respira de otra forma sobre el escenario.
A lo largo de tu trayectoria has vivido distintas etapas dentro del grupo, ¿qué has aprendido de convivir artísticamente con diferentes compañeros?
En estos 17 años han pasado muchas formaciones y cambios, pero yo he sido quien ha tirado del grupo, manteniendo el espíritu, la imagen e incluso la parte creativa. Ha sido una etapa muy movida y de desgaste, por la constante rotación, aunque la gente siempre me ha identificado como la cara visible del proyecto, lo que permitió que el grupo siguiera adelante conmigo al frente y acabara consolidándose, pese a que al principio no creyeran demasiado en nosotros a nivel discográfico. Ahora, con El regreso de La Década, he recuperado a muchos compañeros de distintas etapas y me quedo sobre todo con lo positivo: el buen ambiente, el respeto y lo compartido en la carretera, aunque las giras sean duras. Al final, me quedo con una idea muy clara: con 20 años quieres comerte el mundo, y ahora, con mi edad, lo que quiero es disfrutar de la música, porque siempre la he entendido como una forma de compartir, no de competir.
En una convivencia tan intensa como la de una gira, ¿qué es lo más importante para que todo funcione dentro del grupo?
Lo más importante para mí es que todos rememos en la misma dirección, con respeto y dando el 100% cuando nos subimos al escenario, cada uno con su forma de interpretar. Pero, más allá de lo artístico, lo fundamental es la convivencia: el día a día, los viajes y saber disfrutar tanto de las galas fáciles como de las más complicadas. Al final, en este trabajo hay muchos imprevistos —escenarios pequeños, condiciones difíciles— y yo intento tomármelo siempre con sentido del humor, porque todo suma experiencia. También es un mundo con mucho ego y saber gestionarlo es clave: cuando está trabajado, todo fluye; cuando no, puede complicar la dinámica del grupo y ahí hay que tomar decisiones para que el proyecto siga adelante.
Con el equipo actual, ¿dirías que estás en un momento especialmente bueno?
Sí, la verdad es que estamos en un muy buen momento. Siempre hay pequeños roces, porque nos conocemos mucho y convivimos intensamente, pero lo importante es que hay cariño y eso hace que todo fluya. Además, no me ven como un jefe, sino como un amigo y ese ambiente es clave. Eso sí, cuando hay que tomar decisiones, las tengo claras y marco el rumbo; ese equilibrio es fundamental para que el proyecto funcione.Además, estamos en una etapa muy ilusionante. Más allá del tema de Benidorm, hemos lanzado una canción nueva, Tú tú tú bang bang, que está teniendo mucha repercusión, sobre todo en TikTok. La compusimos junto a Constan, el mánager de Raúl —el mismo que hizo Sueño su boca—, y la estrenamos en Madrid durante el 20 aniversario, rodeados de prensa y público. Fue increíble porque, sin que nadie la conociera, gustó muchísimo desde el primer momento. Estamos muy contentos.
Con 20 años quieres comerte el mundo, y ahora, con mi edad, lo que quiero es disfrutar de la música, porque siempre la he entendido como una forma de compartir, no de competir
¿Qué lado tuyo saca esta canción?
Hoy en día la vida va muy rápido, casi sin freno, y muchas veces la gente se lanza a proyectos o decisiones sin tener muy claro hacia dónde va. En ese contexto, las redes sociales tienen mucho que ver en esa sensación de “locura” constante, aunque también hay que quedarse con su parte positiva. Y es que, al final, se han convertido en una herramienta fundamental de promoción en un momento en el que ya no hay tantas discográficas que apuesten por artistas nuevos, y el mercado está muy saturado de tributos y propuestas similares. Las redes permiten precisamente eso: llegar directamente al público, sin tantos intermediarios y darte a conocer de una forma más inmediata. En nuestro caso, además, nos ayuda mucho porque la gente nos sigue desde hace años, nos tiene cariño y eso hace que vayamos sumando público de manera constante. Es una nueva realidad del sector, pero también una oportunidad para seguir creciendo y mantenerse presente.
¿Cómo se decide dentro del grupo hacia dónde evolucionar musicalmente sin perder la esencia que os define?
Bueno, nosotros tenemos un espíritu bastante conservador en lo musical, en el sentido de que llevamos muchos años trabajando con la misma línea y con los mismos productores y eso te marca mucho. Por eso, si de repente alguien plantea cambiar radicalmente de estilo, por ejemplo irnos a un reguetón puro, yo personalmente me niego, porque no encaja con lo que somos ni con lo que representamos como grupo de generaciones.Ahora bien, otra cosa es evolucionar. Si hablamos de un reguetón elegante, más clásico o incluso fusionado con el sonido original del género, ahí sí me parece interesante. En ese caso, lo que hacemos es buscar una fusión entre ese toque urbano y nuestro estilo más melódico, más de popurrí o de balada, por así decirlo, sin perder la esencia de siempre.Esa es, al final, la clave para seguir encima del escenario y que el público nos siga respetando: actualizarte, pero sin dejar de ser tú.
¿Sientes que hoy tenéis más libertad creativa que en otras etapas?
Me encanta que me hagas esa pregunta, porque cuando entré en La Década Prodigiosa yo siempre defendía que había que “interpretar” más que cantar en el sentido clásico. Si hacíamos un tema de Nino Bravo, había que ponerse en su voz, recrearlo. Por eso el grupo siempre tuvo ese sello tan característico de popurrí y de homenaje, más que de autoría propia. Al principio, de hecho, era un proyecto muy televisivo, casi de sesión, Luego, con el éxito, el grupo se consolidó como tal e incluso llegó a Eurovisión en los 80. Con el tiempo, intentamos incluso sacar temas originales, pero no funcionó: la gente quería lo de siempre, el recuerdo, el “baúl de los recuerdos”. Y eso nos hizo entender muy bien qué esperaba el público de nosotros.Ahora, sin perder esa esencia, sí tenemos algo más de espacio para la autoría. Hemos ganado seguridad como artistas y podemos incluir temas propios, aunque el grueso del repertorio siga siendo el de siempre. Al final, en un concierto de dos horas, hacemos lo que la gente espera, pero reservamos un pequeño espacio para nuestras canciones, que también nos da aire y nos oxigena como grupo.
La gira Sirenita de Oro promete ser muy visual, ¿qué parte del espectáculo te emociona más personalmente?
Trabajamos un recorrido musical que va desde los años 60 hasta la actualidad y lo planteamos casi como una experiencia emocional para el público. Hay momentos muy especiales, como cuando interpretamos Un sorbito de champan, tema de los 60, con las luces apagadas y entrando entre el público con linternas de colores, intentando recrear esa calidez de la época con nuestra voz y nuestra imagen actual. En esos instantes la reacción es preciosa: la gente se levanta y aplaude. También ocurre con temas de Mocedades, donde llegamos incluso a sentarnos en el borde del escenario, con la caseta en silencio absoluto y el público completamente entregado. Cuando termina, se ponen en pie y lo viven con mucho respeto y emoción. A mí esa parte más romántica es la que más me motiva, porque aunque yo no viví los 60 o los 70 —soy más de los 80 y los 90—, al interpretarlos conecto mucho con las caras del público. Es un registro distinto al de los temas más cañeros, de baile y energía, que también hacemos, pero que requieren otro tipo de dinámica, más rápida y de impacto. Además, todo lo reforzamos con visuales que ayudan a viajar en el tiempo: si, por ejemplo, salimos en televisión hace años, lo proyectamos mientras interpretamos el tema de aquella época. Esa combinación hace que el público no solo escuche, sino que recuerde y vuelva a vivir esos momentos con nosotros.
Después de tantos años de escenarios, ¿sigues teniendo ese momento de vértigo justo antes de salir?
Siempre, antes de subir al escenario, hay nervios, vértigo, esa inseguridad de pensar si va a gustar o no. Pero al final, casi siempre, la idea funciona. El público es muy variado y eso también te obliga a estar muy atento. En nuestro caso, solemos preparar un repertorio adaptado a cada noche: a veces nos dicen que habrá gente más joven, de los 2000 en adelante, y otras veces público más de los 60 o 70, y eso lo vamos ajustando. Pero luego, una vez estás en directo, si ves las caras del público al entrar en la caseta municipal, puedes incluso cambiar sobre la marcha. Yo ahí tengo lo que llamo “ojo clínico”: puedo decidir en ese momento meter un tema que no estaba previsto si veo que encaja mejor. Y eso es lo bonito, porque al final te das cuenta de que hay gente joven que no nos conocía y nos ve en primera fila, pidiendo fotos o autógrafos. Somos un grupo con muchos años, sí, pero renovado, y eso hace que también nos sintamos como si empezáramos otra vez. Nos quita años de encima, por así decirlo.No es fácil contentar a todo el mundo, pero esa capacidad de adaptación es clave. Y cuando sale bien, se crea algo muy especial: una noche mágica, casi como un guateque donde todo fluye.
¿Qué haces hoy para cuidarte —física y mentalmente— y mantener el ritmo de una gira?
La música, para mí, es vida. Empecé con solo seis años en Málaga como pianista, algo que hoy incluso estaría prohibido, pero entonces ya estaba estudiando y tocando en conciertos a esa edad tan temprana. Con los años he entendido que la música te rejuvenece. Aunque tenga mi edad, subirme al escenario me mantiene activo, y por eso también me cuido mucho: hago deporte, bailo, ensayo constantemente y vigilo la alimentación. Es una carrera de fondo, porque no se trata solo de actuar, sino de estar en forma para cantar, bailar e interpretar. Es verdad que hay épocas más tranquilas, sobre todo en invierno, cuando baja la actividad de giras, pero nunca se desconecta del todo: siempre estamos preparando cosas nuevas, grabando o ensayando. La motivación no se pierde nunca, siempre está ahí. También ha cambiado mucho la música desde que empecé. Antes las canciones se cuidaban mucho más, se componían con tiempo, casi como un proceso artesanal. Hoy todo va mucho más rápido, hay muchísima producción y una gran saturación de mercado. Eso tiene cosas positivas, pero también hace que muchas canciones sean más efímeras. Por eso creo que, con el tiempo, muchas de las canciones actuales no tendrán la misma permanencia que otros clásicos como Un rayo de sol o Eva María, que siguen sonando décadas después. Al final, la gente quiere lo mismo de siempre: divertirse, desconectar y revivir esos guateques que forman parte de la memoria colectiva.
¿Crees que hoy la música se consume más rápido pero se siente menos?
Claro, y además ahora todo caduca mucho más rápido. Con todo el respeto a los artistas de hoy, hay canciones que escucho porque suenan constantemente, pero no siempre sabes ni quién está detrás. La escuchas, te suena, pero no le pones cara al artista. Antes era distinto. Tú escuchabas un tema de Los Bravos o Los Brincos, o de Jeanette, y sabías perfectamente quién estaba detrás. Lo mismo pasaba con grupos internacionales como The Rolling Stones o con bandas nacionales como La Guardia: había una identidad clara, una conexión directa con el artista. Hoy en día eso se ha diluido bastante y con el fenómeno de los tributos todavía más. Hay mucha oferta, mucho contenido, pero a veces cuesta más identificar qué hay detrás de cada canción.
Siempre, antes de subir al escenario, hay nervios, vértigo, esa inseguridad de pensar si va a gustar o no
¿Qué te dice el público joven que descubre ahora vuestra música por primera vez?
El público joven, como todas las generaciones, es totalmente respetable. Al final, van a los conciertos a pasarlo bien, a disfrutar. A veces te piden cosas más actuales, incluso reguetón, aunque nosotros no lleguemos a ese estilo como tal; pero luego el DJ pone algo en esa línea y ves a esa misma gente saltando y disfrutando en primera fila. Y eso, la verdad, es muy bonito. También ocurre que hay canciones que para ellos no son tan conocidas, pero que les recuerdan a sus padres o a otras generaciones, y ahí es donde se crea algo muy interesante. Porque, al final, lo que hacemos es una especie de noche de disfrute en la que, sin darse cuenta, están recibiendo cultura musical. Cada generación suele pensar que lo suyo es lo mejor, pero yo no lo veo así. Cuando entré en La Década Prodigiosa tenía mi propia generación musical, pero tuve que documentarme y aprender canciones de los 50, los 60 o los 70 que yo no había vivido. Y eso, precisamente, me ha enriquecido muchísimo a nivel musical.
Si miras tu carrera con perspectiva, ¿qué dirías que ha sido más importante: el talento, la constancia o el equipo?
La constancia, para mí, es lo más importante en la música. Es una carrera con altibajos, con momentos buenos y otros más difíciles, incluso “inviernos” en los que cuesta más seguir adelante. Pero también tiene etapas en las que todo vuelve a brillar. Por eso creo que el éxito real de un artista está en la perseverancia, en el esfuerzo y en no dejar de luchar. Hay mucha gente que tira la toalla demasiado pronto, y yo creo que es un error, porque en este sector hay espacio para todos. Yo mismo me fui de Málaga a Madrid por La Década Prodigiosa, pero he vivido etapas más tranquilas del grupo en las que no podía dedicarme solo a esto. Aun así, nunca lo dejé: siempre estuve ahí, peleando por el proyecto mientras compaginaba otras cosas para poder seguir adelante.Con el tiempo, todo vuelve a moverse. A veces por premios, otras por festivales o simplemente porque el público te vuelve a situar. Esto va un poco así, como una rueda que gira constantemente: a veces estás arriba, otras más abajo, pero siempre acaba abriéndose otra puerta.Por eso siempre le digo a la gente que empieza que no abandone. Y, de hecho, ahora mismo estoy incluso inmerso en algo muy especial: me han propuesto hacer un documental sobre mi vida y llevo ya dos años grabándolo.









