Los ojos del príncipe Federico se han humedecido en más de una ocasión a lo largo de la ceremonia bautismal
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Mary Donaldson ha estado durante toda la ceremonia muy atenta a su hijo
21 ENERO 2006
Ni tan siquiera las bajas temperaturas, ni el tópico que corre sobre la frialdad escandinava, ha logrado poner hielo en una ceremonia caracterizada por la calidez en cada gesto. No es la primera vez. El príncipe Federico, el 14 de mayo de 2004, cuando Mary Donaldson se acercaba al altar y estaban muy cerca de darse el "sí, quiero", ya mostró que es hombre de emociones desbordadas y que las lágrimas no le están vedadas, ni siquiera en público. El bautizo de su hijo primogénito ha sido algo así como una prolongación de aquel día. La princesa Mary ha multiplicado los detalles tiernos: ya no era sólo la mano entrelazada a la de su esposo, sino la constante atención a su pequeño que, durante toda la ceremonia, se ha mostrado inquieto y con el llanto a flor de piel. El príncipe Federico, que también se volcaba en dar ternura a su mujer y a su pequeño, ha vuelto a "invitar" a un acto público algo tan privado como las lágrimas. En más de una ocasión, en la ceremonia bautismal, el Príncipe Heredero ha mostrado sus ojos humedecidos. Y el orgullo constante en la mirada. Orgullo hacia su mujer y hacia su hijo.
Ternura contagiosa
Pero no eran sólo los Príncipes Herederos protagonistas en ternuras. La reina Margarita, ha acercado su rostro al de su marido, y ha compartido confidencias y algún cariñoso beso robado. Se les veía como dos abuelos que, felices, viven intensamente el crecimiento de su familia. No ha faltado un pañuelo secando lágrimas de los ojos de la Reina. Por otro lado, Haakon de Noruega y Mette-Marit, dos de los ocho padrinos del pequeño Christian Valdemar Henri John, se prodigaron atenciones a lo largo de la ceremonia. Y sus manos, también, permanecieron unidas. Por su parte, Victoria de Suecia seguía muy atenta las complicadas maniobras de Federico de Dinamarca para volver a colocar el gorrito a su pequeño. Y la heredera sueca no pudo evitar, en algún momento, acariciar al primogénito danés con gran cariño.
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