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4 JUNIO 2002
De azul celeste y con gesto de satisfacción en la cara por tantos años de deber cumplido como regente de su país, la Reina acompañada por su esposo, el duque de Edimburgo encabezó, en una maravillosa carroza de oro, una multitudinaria procesión desde el palacio de Buckingham hasta la catedral de Saint Paul, donde finalmente se celebró, con motivo de su Jubileo, una solemne misa ofrecida por el arzobispo de Canterbury, George Carey.
Junto al resto de la Familia Real
A su paso, volvieron a sonar las salvas de los viejos cañones de la Artillería. Por tercera vez, en cincuenta años, desde que subiera al trono en 1952, la Soberana hacía uso de esta magnífica carroza. A su lado, montados sobre dos preciosos alazanes negros, desfilaban sus hijos el príncipe Carlos de Inglaterra y la princesa Ana, vestidos con trajes militares de época.
Siguieron a la Soberana en el primer coche sus nietos: Guillermo, Harry y Beatriz y su hijo el príncipe Andrés; en el segundo, su nieta Eugenia y los Condes de Wessex; y en el tercero, sus otros nietos Zara, que llevaba un sombrero negro con una vistosa flor blanca, y Peter con su padrastro, Timothy Laurence.
Un emotivo desfile
Más de veinte mil ingleses se congregaron en las inmediaciones de Buckingham para presenciar, después del extraordinario concierto que tuvo lugar ayer en los jardines del palacio, este emotivo desfile. Al son de la banda y las melodías que entonaba el coro, sus conciudadanos agitaron emocionados las banderillas nacionales y dedicaron sentidos vítores a su querida Reina, quien, pese a lo señalado del día, no renunció a su broche, su collar de perlas, su reloj de pulsera y sus guantes blancos de siempre.
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