A casi 50 kilómetros de la costa más masificada del Mediterráneo emerge un archipiélago que durante siglos apenas tuvo visitantes que lograran quedarse en sus tierras. Territorio de paso para navegantes que preferían rodearlo antes que acercarse, pero también escondite ideal para piratas que buscaban un lugar sin testigos, se convirtió más tarde en un destino casi punitivo para un puñado de faroleros condenados a la soledad más extrema de la costa española. Ninguno de ellos se quedó por gusto, como era de esperar por las condiciones del aislamiento, pero fue esa reticencia una de las razones de que hoy se mantenga prácticamente igual. La inaccesibilidad del enclave lo ha convertido en una rareza dentro del Mediterráneo occidental, un espacio donde la fauna evolucionó sin depredadores terrestres, donde los fondos marinos llevan más de tres décadas sin ver una red de pesca y donde solo un puñado de personas puede desembarcar cada día bajo la vigilancia de un guarda del parque.
Fondear en la boca de un volcán, una experiencia única
El archipiélago de les Illes Columbretes está formado por cuatro grupos de islotes: Illa Grossa, la Ferrera, la Foradada y el Carallot. Juntos suman apenas 19 hectáreas de tierra emergida, la mayor parte concentrada en la primera de ellas, la isla principal. Lo que a simple vista parece una isla cualquiera es, en realidad, el borde superviviente de un cráter, que dibuja una forma semicircular de casi 800 metros de diámetro, resultado de varios cráteres encadenados que colapsaron parcialmente bajo el mar, dejando abierta hacia el norte una bahía de 340 de ancho por la que hoy entran los barcos.
Algunos geólogos no dudan en compararla con Santorini por esa misma forma de caldera semisumergida que delata a simple vista su origen. Sin embargo, fondear en la Illa Grossa es otra historia. Hacerlo aquí es, literalmente, echar el ancla en la boca de un volcán, que forma parte de un campo volcánico submarino mucho más extenso, de 90 por 40 kilómetros, situado entre los 80 y los 90 metros de profundidad frente al margen de la plataforma continental.
Esta isla emergió en su fase final de actividad, datada entre hace un millón y trescientos mil años, con basanitas y fonolitas de geoquímica alcalina como materiales dominantes. El islote del Carallot, un pilar de roca de apenas 32 metros que asoma solitario junto a Illa Grossa, es todavía más elocuente sobre ese pasado, pues pertenece a los restos fosilizados de la chimenea central de un volcán, lo único que el mar no logró derribar con el paso de los milenios.
De las islas serpiente a los piratas
Mucho antes de que nadie hablara de volcanes, griegos y romanos ya conocían el lugar y lo evitaban en sus rutas por un motivo bien distinto. Estrabón y Plinio el Viejo dejaron escrito que estas islas estaban infestadas de serpientes, hasta el punto de llegar a bautizarlas Ophiusa y Colubraria, que en griego y en latín significan ni más ni menos que "islas de serpientes". La tradición local cuenta que los primeros pobladores, a diferencia de los temerosos antecesores, resolvieron el problema a su manera, prendiendo fuego a la vegetación hasta acabar con la plaga, aunque esta no quedó definitivamente extinguida hasta finales del siglo XIX.
Sin serpientes, pero también sin agua dulce ni ninguna razón para quedarse, el archipiélago pasó los siglos siguientes como refugio ideal para quien no quería ser encontrado. Aquel fue el turno de piratas y contrabandistas, que aprovechaban la lejanía de la isla respecto a la costa peninsular para escapar de cualquier persecución tras sus incursiones, conscientes de que nadie iba a molestarse en perseguirlos hasta un peñasco perdido en mitad del Mediterráneo, sin puerto, sin agua y sin ley aparente.
De los hombres del faro a su reconocimiento como Reserva Marina y Natural
La seguridad marítima fue la primera en “colonizar” estas tierras en las que nadie había querido vivir. Las obras del faro arrancaron en octubre de 1856 con la dificultad que presentaba la isla al ser un peñasco sin puerto ni caminos. El traslado del material, además, debía hacerse por mar, de lo cual se encargó el vapor Destellos. A pesar de las dificultades, se inauguró tres años después con una óptica francesa capaz de proyectar su luz 21 millas mar adentro, y desde entonces tres torreros y sus familias fueron los únicos habitantes permanentes de un lugar sin apenas vegetación ni cobijo natural.
La luz se fue modernizando con el tiempo, hasta que las placas solares, en 1975, hicieron innecesaria la presencia humana. La vida allí tenía fama de ser de las más duras de todo el cuerpo de fareros español, y el pequeño cementerio de la isla, con solo cinco lápidas, es el testimonio más visual de aquella condición. La marcha de la última familia de faroleros puso fin a más de un siglo de presencia humana continuada, y durante los siete años siguientes las islas vivieron su episodio más oscuro, pues las marinas española y estadounidense las convirtieron en polígono de tiro, hasta que la presión social forzó su prohibición en 1982.
Aquella misma indignación ciudadana fue la que, apenas seis años después, llevó a declarar el archipiélago parque natural en 1988, la primera figura de protección de toda la provincia de Castellón, seguida poco después por su reconocimiento como Reserva Marina y, ya en los años 90, por su recalificación como Reserva Natural y la acumulación de varias etiquetas europeas de protección adicionales, entre ellas zona de especial protección para las aves y lugar de importancia comunitaria.
Guardianes minúsculos de otro mundo
El aislamiento y la dureza de las condiciones de las islas permitieron su aislamiento y, con este, la proliferación y evolución de ciertas especies durante generaciones. La más célebre es un reptil diminuto, de apenas cinco o seis centímetros de cuerpo y una cola que puede duplicar esa longitud, que solo existe en estos islotes y que los pescadores locales conocen como sargantana. Su historia científica ha dado más de un giro, pero el nombre popular de lagartija de Columbretes ha sobrevivido a todos los cambios de etiqueta. Sus poblaciones sobreviven repartidas y aisladas entre distintos islotes de superficie mínima, algunos de apenas media hectárea, lo que explica la curiosa costumbre del canibalismo cuando la comida escasea.
Sobre su cabeza sobrevuelan otras rarezas del Mediterráneo occidental. El halcón de Eleonora, la gaviota de Audouin, la pardela cenicienta y el cormorán moñudo anidan en los acantilados a un paso del sendero, convirtiendo el archipiélago en uno de los pocos puntos de cría de aves marinas amenazadas de toda la región, además de un punto de paso clave en las rutas migratorias entre Europa y África.
Bajo el agua, la ausencia de pesca durante más de tres décadas ha dejado fondos marinos entre los mejor conservados del Mediterráneo, con presencia constante de meros de gran tamaño que apenas muestran el recelo habitual hacia el buceador.
¿Cómo se visitan?: el cupo que protege el paraíso
De los cuatro grupos de islotes, solo Illa Grossa admite visitantes. Los acantilados verticales del resto hacen geográficamente imposible cualquier desembarco, y aun en la Illa Grossa el acceso está lejos de ser libre, ya que la Generalitat organiza las visitas por temporadas altas, medias y bajas, con cupos mensuales y diarios que en pleno verano se agotan con facilidad (visitaislascolumbretes.com).
El pequeño centro de visitantes de la isla (parquesnaturales.gva.es/es/web/pn-illes-columbretes), además, cierra por completo en diciembre, enero y febrero, y el resto del año alterna entre un guía en temporada estival y los propios guardas naturalistas de la reserva el resto del año. Las excursiones y las salidas privadas comparten también la condición de que el desembarco dependerá siempre del estado del mar y del visto bueno de los guardas en el momento de fondear.
Quien consigue plaza desembarca siempre en la escala de Puerto Tofiño, donde espera el guarda que acompañará al grupo, nunca numeroso, por el único sendero empedrado que existe en la isla. El ascenso de pocos metros de desnivel entre lagartijas, colonias de aves e insectos endémicos llega hasta el faro, con parada en el centro de visitantes que recorre la historia humana y pesquera del archipiélago.
El buceo con botella tiene su propia normativa, todavía más estricta, que limita el número de embarcaciones simultáneas a ocho en toda la reserva, con un máximo de doce buceadores por barco y un reparto de cupo fijado por zonas entre los distintos islotes. Ni siquiera el buceo a pulmón, libre de permisos, se libra de la prohibición tajante de tocar o pisar el fondo marino.











