Visto desde el aire, el casco histórico de esta ciudad dibuja con una precisión algo cómica la silueta de un corcho de champán, trazada por los árboles y canales que lo delimitan. Las calles medievales, iglesias góticas y casas con entramado de madera que se inclinan unas hacia otras llenan ese espacio central a poco más de 150 kilómetros al sureste de París. Entre todas las ciudades de Francia que han conservado construcciones en madera, esta es la que posee el conjunto más importante, mejor preservado y más valorado y, sin embargo, la mayoría de los viajeros que pasan por Champaña se detienen en Reims y no llegan hasta aquí.
Lo que el visitante percibe aquí como medieval es, en gran medida, renacentista. Se habla todavía del «Beau XVIe siècle», la época que vio nacer a toda una generación de escultores de talento y florecer magníficos palacetes construidos en ladrillo y creta, el llamado damero champañés. La razón de ser de este estilo es un incendio en 1524 que destruyó una cuarta parte de la ciudad, cuya reconstrucción se hizo con materiales más resistentes, de ahí esa combinación de casas de madera y palacetes de piedra que convive en las mismas calles.
El mercado que inventó Europa
En los siglos XII y XIII, Troyes fue simultáneamente el eje del comercio internacional y el centro financiero más activo de Europa occidental. Comerciantes procedentes de Flandes, Italia, la península y territorios germanos acudían a sus ferias para cerrar transacciones que abarcaban desde telas de lujo hasta especias orientales. Los condes de Champaña, que habían convertido Troyes en su capital, instituyeron un sistema de seguridad —el conduit des foires— que garantizaba la integridad física de los mercaderes y la legalidad de sus transacciones.
Seis grandes ferias se distribuían a lo largo del año por las ciudades del condado: dos en Provins, una en Lagny, una en Bar-sur-Aube y dos en Troyes, la «Feria Caliente» de San Juan y la «Feria Fría» de San Remigio. El barrio de Saint-Jean-au-Marché era el corazón de todo ese movimiento, y las casas que hoy se visitan conservan todavía en sus sótanos y bodegas abovedadas los almacenes donde los mercaderes guardaban sus mercancías. Hoy sirven de bodega para el vino o de comedor en los restaurantes del centro.
Troyes: una ciudad de madera, piedra e historia
El recorrido por el Bouchon —así llaman los troyeses a su casco histórico, por la forma del corcho— dibuja casi sin quererlo una espiral que avanza desde las callejuelas más estrechas hasta los grandes monumentos. El punto de partida natural es la ruelle des Chats, la calle más fotografiada y más estrecha de la ciudad. Las casas se inclinan la una hacia la otra hasta casi tocarse, y unos puntales evitan que vuelquen del todo. A pesar de su perpetua penumbra permite ver su pavimento del siglo XIII, con una rigola central por la que corría el agua. Su nombre esconde además un error tipográfico de siglos: debería haberse llamado ruelle des Chas —calle del ojo de una aguja—, que habría descrito con más precisión su angostura.
Al salir de la ruelle aparece la iglesia de la Madeleine, y en los alrededores inmediatos se concentra buena parte de la oferta de restaurantes del centro. Es el momento de la primera parada gastronómica y de la primera decisión difícil: la andouillette de Troyes, la salchicha de tripa de cerdo que tiene incluso su propia asociación de entusiastas. Para los que prefieran explorar primero y comer después, la prunelle, un licor de endrinas que se destila aquí desde 1840, es un remate digno de cualquier comida, y el Cellier Saint-Pierre un lugar perfecto para conocer su elaboración y su sabor.
Siguiendo hacia el corazón del antiguo barrio se llega a la iglesia de Saint-Jean-au-Marché, testigo de uno de los episodios más intensos de la historia de Francia. El 21 de mayo de 1420, el rey francés Carlos VI firmó en la catedral de Troyes el tratado por el que desheredaba a su propio hijo, el Delfín, y cedía la corona de Francia a Enrique V de Inglaterra. El acuerdo se selló dos semanas después con el matrimonio entre el monarca inglés y Catalina de Francia, celebrado en esta misma iglesia. El hijo que nacería de esa unión, Enrique VI, estaba llamado a reinar sobre las dos coronas. Solo la irrupción de Juana de Arco —que nueve años después conduciría al Delfín a coronarse en Reims como Carlos VII— devolvería el curso de la historia a su cauce.
Un desvío corto conduce al antiguo barrio judío, conocido hoy como Saint-Frobert, cuyas calles conforman lo que fue uno de los focos intelectuales más activos de Europa medieval. A pocos pasos, el Hôtel de Mauroy muestra uno de los mejores ejemplos de palacete renacentista del centro, con la Maison de l'Outil et de la Pensée Ouvrière en su interior, que exhibe más de 12.000 herramientas artesanales de los siglos XII al XIX. El edificio ganó también cierta notoriedad cuando el director Martín Bourboulon eligió la ciudad para rodar las dos entregas de Los tres mosqueteros (2023) y estableció aquí su cuartel general.
Unas manzanas más adelante, el Hôtel de Vauluisant, suntuoso palacete del siglo XVI reconvertido en museo, alberga la historia de la otra gran industria de Troyes: el tejido. Desde la Edad Media la ciudad fue sede de tejedores, draperos, tintoreros y lavanderos, y a principios del siglo XX esa tradición cristalizó en marcas de renombre mundial como Dim, Lacoste o Petit-Bateau. Cuando la industria decayó, las antiguas fábricas se reconvirtieron en tiendas outlet, y Troyes es hoy una de las capitales europeas de las compras en centros de marcas.
La catedral tuerta, el gran monumento de Troyes
El recorrido culmina en el gran monumento de la ciudad, la catedral de Saint-Pierre-et-Saint-Paul, cuya construcción se prolongó durante más de 400 años sin llegar a terminarse del todo, algo visible en la fachada: una de las dos torres nunca se construyó por falta de fondos. El edificio que puede contemplarse hoy es una catedral tuerta cuya imperfección forma parte de su identidad. Su interior es, sobre todo, una lección de luz, con 1.500 metros cuadrados de vidrieras que constituyen uno de los conjuntos más importantes de Europa, con obras que van del siglo XIII al XVII.
En el coro, los vidrios más antiguos representan a María, a San Juan y episodios de la Biblia; en la nave puede admirarse el Árbol de Jesé, de hacia 1500; y en el lateral norte, el Cristo en el Lagar, firmado en 1625 por Linard Gonthier, el maestro vidriero más célebre de Troyes. El tesoro de la catedral, con 260 piezas entre las que figuran relicarios, esmaltes mosanos y objetos sagrados que van del siglo IX al XIX, es uno de los más importantes de Francia.
A pocos pasos, el antiguo Hôtel-Dieu-le-Comte alberga hoy la Cité du Vitrail, donde pueden verse vidrieras a corta distancia y comprender cómo se fabrican. Junto a la catedral, el Museo de Arte Moderno, creado en 1982, alberga la colección privada de Pierre y Denise Lévy, una pareja que hizo fortuna en la industria textil local y la gastó con muy buen gusto en obras de Ernst, Dufy, Millet, Rodin, Degas, Courbet, Gauguin, Matisse y Braque, entre otros.











