A 19 kilómetros de Aranda de Duero, río arriba, casi donde acaba Burgos y empieza Soria, se alza desde mediados del siglo XII un monasterio magnífico, tremendo. Se le conoce como 'El Escorial de La Ribera del Duero' por su gran tamaño y porque en él viven y se forman agustinos, al igual que ocurre en el gigantesco cenobio de la sierra madrileña. El prior, Agustín Alcalde –un nombre estupendo para ser agustino y mandar–, ha tenido el detalle de acompañarnos durante la visita para que no perdamos detalle y contemos a los lectores de hola.com todo lo que se puede ver y se debe saber. Es como recorrer un pueblo con su alcalde –nunca mejor dicho–: cicerone más experto no lo hay. En cualquier caso, un agustino guía siempre a los visitantes del monasterio de Santa María de la Vid, que así se llama. Antes de ir, se debe consultar la web monasteriodelavid.org, donde figuran horarios, teléfonos, dirección y mapa de acceso.
TRES KILÓMETROS DE ANAQUELES Y 175.000 LIBROS
El prior nos recibe puntual en la puerta de la hospedería monacal, que es un hotel de tres estrellas con cosas que muchos de cinco ya quisieran, y lo hace con una sonrisa de oreja a oreja, señal de que no le importunan las visitas, sino todo lo contrario. Le agrada la compañía de los jóvenes novicios, de quienes vienen a hacer ejercicios espirituales, de los viajeros… “Necesitamos de los otros” –dice citando al santo de Hipona– “para ser nosotros”. Agustín insiste en que lo tuteemos y en enseñarnos, antes que nada, la biblioteca. Nos advierte que es muy grande, a la medida del monasterio, pero nada nos prepara para descubrir los casi tres kilómetros de anaqueles en los que descansan ordenadamente 175.000 volúmenes. Entre ellos, 22 incunables: ocho que fueron impresos antes de 1490 y seis que son ejemplares únicos en bibliotecas españolas. Hay también manuscritos increíbles, como un Corán caligrafiado sobre pergamino en el año 528 de la hégira, 1134 de los cristianos. Es una obra deslumbrante en la que el copista utilizó, junto al oro, tintas de varios colores: azul, rojo, negro, verde… El prior nos enseña los tesoros de la biblioteca descorriendo los paños que los protegen del sol heridor y, al llegar a la vitrina del fondo, la que encierra los ejemplares más valiosos, retirando solo un piquito, como si debajo estuviese acostado el conde Drácula. El que está acostado, en realidad, es el Bestiario de don Juan de Austria, que consta de 484 páginas con descripciones de maravillas y de animales, iluminadas con multitud de dibujos llenos de colorido e ingenuidad. El bestiario más ilustrado de la historia del libro y el único en lengua castellana del mundo fue manuscrito y ornado en 1570 para que el hijo bastardo de Carlos V “descanse un rato de los muchos que en la guerra a trabajado”: así dice la dedicatoria. Pero como comenta Agustín, tampoco es que pudiera descansar mucho Juan de Austria, porque enseguida fue la batalla de Lepanto.
UNAS COLUMNAS TORSAS COMO LAS DE SILOS
Después de recorrer la biblioteca, Agustín nos conduce al claustro gótico, deteniéndose junto a uno de los ventanales que comunican este con la sala capitular para que admiremos las cuatro columnas torsas del parteluz. Imposible no recordar aquí otras columnas de fustes retorcidos: las del cercano y más famoso de todos los claustros de España, el de Silos. En la iglesia, del mismo estilo que el claustro, donde se para nuestro guía experto, es frente a la bellísima imagen de Santa María de la Vid, para contarnos que estuvo un tiempo velada por deseo de Felipe IV –“tal beldad no debería ser mostrada ante cualquiera”, había dicho el rey–, hasta que diez ángeles recogieron de noche la fina gasa y aparecieron estas letras luminosas delante de la Virgen, como si las hubiera escrito ella: “La faz de una madre no debe ocultarse a los ojos de sus hijos”. La imagen, de finales del siglo XIII, parece nueva, como todo en el monasterio. Las rejas que dividen la iglesia han sido restauradas hace poco y las piedras de paredes y suelos están inmaculadas, como recién cortadas. Se ve que los agustinos tienen patronos con posibles. Agustín nos dice que la última rehabilitación la pagó Dragados.
Un lugar en el que hay que parar sí o sí, porque hay mucho que ver, es en el museo. La antigua despensa del monasterio, del siglo XVIII, almacena ahora deliciosas obras de arte sacro, como lienzos de los talleres de Velázquez y Murillo y esculturas del de Gregorio Hernández. Las salas de numismática atesoran cerca de 14.000 monedas, desde las íberas hasta las acuñadas por las dinastías imperiales chinas. La visita al monasterio se acaba poco después, subiendo la escalera Imperial, así llamada por su tamaño exagerado, pues no consta que ningún emperador haya subido por ella desde que se construyó en el siglo XVII. Hay, eso sí, una silla majestuosa, digna de un emperador, para reposar en el segundo descansillo, a media subida, donde Agustín no nos deja que lo retratemos en actitud prioral. No es amigo de los tronos ni de las poses.
PASEO POR EL PUEBLO DE LA VID
Si se visita la biblioteca a las 10.00 y el resto del monasterio a las 11.30, hay tiempo de sobra antes de comer para pasear por las calles rectilíneas del pueblo que se encuentra justo al lado. La Vid –oficialmente, Linares de La Vid– ganó en 2005 el segundo premio del Concurso Provincial de Conservación del Patrimonio Urbano Rural. Eso dice una inscripción en la Plaza Mayor. Es un lugar de sencillas casas blancas y de trazado ortogonal, pero no especialmente bonito. En realidad, lo que debería haber ganado este pueblo es un premio a la resiliencia, porque fue construido a mediados del pasado siglo por el Instituto Nacional de Colonización para alojar a los habitantes de Linares del Arroyo, cuyas casas y tierras fueron anegadas por el embalse homónimo del río Riaza, afluente del Duero, en la vecina provincia de Segovia No hay reparación suficiente para quien es expulsado de su tierra, pero acabar al lado de los agustinos y de uno de los monasterios más grandes y bellos de España, no es pequeño consuelo. Lo más antiguo del pueblo es una cruz de piedra muy historiada que hay en la Plazuela del Crucero. Podría pensarse que la rescataron de Linares del Arroyo cuando las aguas del embalse subían amenazadoramente. Sería una buena historia para entretener a los turistas mientras se hace la hora de comer. Pero no: la trajeron de Galicia –por eso es de granito, en vez de roca caliza, la propia de esta comarca– los del Instituto Nacional de Colonización. A saber de qué otro pueblo inundado o abandonado salió…
COMER Y DORMIR CON LOS MONJES O CON LAS BARONAS
Pulquérrimos, como todo en el monasterio, son la hospedería (hospederiamonasteriodelavid.org) y su restaurante Tolle Lege. La primera tiene hasta piscina de verano. El segundo, una decoración moderna y una cocina de raíces castellanas –no falta el lechazo asado al estilo arandino– con algún guiño a la filipina, como los baos de panceta en adobo filipino, recuerdo de las misiones de los frailes agustinos en aquel archipiélago. Barato no es, pero sí más que el asador El Lagar de Isilla (lagarisilla.es), que está en la misma orilla del Duero, al otro lado de la carretera N-122, y también es hotel.
Otro buen lugar para comer y para descansar es el hotel rural Las Baronas (lasbaronas.es), en Santa Cruz de la Salceda, a 13 kilómetros del monasterio. El escudo de la fachada cuenta a quienes saben de heráldica que esta fue la casa de los Varona, tataranietos de aquella doncella castellana que, disfrazada de guerrero, venció a Alfonso I de Aragón. Tras el desigual combate –o no tan desigual–, el rey le dijo admirado: “Habéis obrado, no como débil mujer, sino como fuerte varón, y debéis llamaros Varona vos y vuestros descendientes y en memoria de esta hazaña usaréis las armas de Aragón”. Nuria Leal, la dueña de Las Baronas, es otra mujer inquieta y peleona que ha transformado esta severa casa de piedra de finales del siglo XVII en un hotelito cálido y encantador, el mejor de la Ribera del Duero Burgalesa, y que, lejos de encerrarse en la cocina para hacer lo de siempre, prepara exquisiteces como la oreja rellena con salsa alegre o las crestas de gallo a la zamorana.
Suyo es también el Museo de los Aromas (museodelosaromas.com), que está justo enfrente y es el único de Europa dedicado enteramente al olfato. Por él hay que moverse como un sabueso curiosón, jugando a adivinar con los ojos cerrados a qué huelen los efluvios que emanan de 92 objetos y que han sido recreados con aromas sintéticos: los olores de la escuela, del ropero, del tocador, de la iglesia, de la basura… Bueno, además de oler, también hay que leer. Como el poema de Francisco de Quevedo que decora una pared de la primera sala, dedicada a los aromas de la naturaleza. ¿Aquel poema en que el amante ofrece a Lisi la primera flor del año? No, el poema al pedo: “El pedo es vida, el pedo es muerte…”.











