Basta asomarse al lago Galvé en una mañana de primavera, cuando la niebla se alza sobre el agua y el sol empieza a iluminar los tejados del castillo, para entender por qué Trakai lleva siglos cautivando a quienes tienen la suerte de contemplar su estampa.
La ciudad se encuentra a apenas 28 km al oeste de Vilna, la vibrante capital lituana, pero su atmósfera parece pertenecer a otro tiempo. Construida sobre una estrecha península rodeada por cinco lagos –la región cuenta con más de doscientos–, Trakai tiene el aire de un decorado de un cuento medieval a la espera de una hueste de caballeros con armadura reluciente, prestos a combatir algún temible dragón.
Un origen de leyenda
La historia de Trakai arranca, como tantas grandes historias, por un capricho del azar. Cuenta la tradición que el Gran Duque Gediminas, unificador del país, partió un día de su capital, Kernavė, para disfrutar de una jornada de caza en los bosques del oeste. Cuando se internó entre los robledales y las colinas del paraje que hoy ocupa Trakai, quedó tan hechizado por la belleza del lugar que decidió fundar allí una nueva capital. Así nació Trakai, hacia 1322, como primer episodio de un relato que concluiría con la fundación de Vilna –la definitiva capital del ducado– apenas unos años más tarde.
Si hay un símbolo que resume el espíritu de Trakai, ese es, sin duda, su castillo. La fortaleza de la isla –construida entre los siglos XIV y XV sobre un grupo de pequeñas islas del lago Galvé– es una de las construcciones medievales más espectaculares del norte de Europa, y el único castillo levantado sobre el agua en toda Europa del Este.
Fue el Gran Duque Kęstutis, hijo de Gediminas, quien puso la primera piedra de la fortaleza, aunque fue su hijo, Vytautas el Grande –quizá el personaje más importante de la historia lituana–, quien la terminó, la modernizó y la convirtió en residencia y símbolo de poder. Vytautas vivió y murió entre estos muros, tras una vida de batallas, diplomacia y ambición –nunca llegó a coronarse rey de Lituania, pese a haberlo intentado con ahínco–.
La silueta del castillo es severa, en el mejor espíritu del gótico báltico: ladrillo rojo, torres circulares coronadas por tejados cónicos y muros que se reflejan en las aguas del lago. Cuando el cielo se nubla y el viento arruga la superficie del Galvé, la fortaleza adquiere un aire sombrío y amenazante. Cuando el sol brilla y el agua está en calma, el espejo del lago devuelve la imagen de torres rojizas que parecen flotar en el aire, y el castillo se convierte en una postal de ensueño.
Para acceder a él hay que cruzar dos puentes de madera que comunican la orilla con la isla. Al otro lado se despliegan el patio exterior, la imponente Torre del Homenaje y los edificios del palacio, donde se halla el Museo de Historia de Trakai. Sus salas guardan una colección notable: monedas medievales, mapas antiguos, armaduras de caballero y pinturas al óleo que evocan la vida en el Gran Ducado. En las estancias del ala norte es posible aprender a tensar una ballesta, forjar metal o crear joyas al estilo báltico. Y si la visita coincide con agosto, el castillo se transforma en un mercado medieval bullicioso y alegre, con juglares, alfareros, artesanos y cocineros que dan vida a recetas de hace cinco siglos en antiguos hornos de barro.
Coloridas casas de madera en el barrio caraíta
Si el castillo es el alma visible de Trakai, la comunidad caraíta es su corazón más íntimo. A finales del siglo XIV, Vytautas el Grande regresó de una campaña militar en Crimea trayendo consigo cerca de cuatrocientas familias caraítas. Los caraítas son una pequeña minoría étnico-religiosa de habla turca con raíces en Oriente Próximo cuya fe –basada en una interpretación propia del Antiguo Testamento– los distingue tanto de los judíos rabínicos como de los musulmanes. Vytautas los instaló en Trakai como guardia personal, comerciantes y artesanos, y durante siglos fueron el sostén de la economía local.
Las guerras, el hambre y las pestes fueron diezmando a la comunidad hasta límites dramáticos: en 1765 tan solo quedaban trescientas personas de esta etnia en Trakai. Hoy son apenas unas sesenta las que aún conservan esta identidad única en el mundo.
Sin embargo, su presencia se percibe en cada esquina del barrio caraíta: en las coloridas casas de madera con tres ventanas hacia la calle –una para Dios, una para el Gran Duque y otra para la familia, según la tradición local–, en la kenesa, la pequeña sinagoga de estilo turco única en Europa, y, sobre todo, en la gastronomía. Los kibinái son las estrellas del firmamento culinario de Trakai: unas empanadillas de masa hojaldrada rellenas de cordero o ternera picada con cebolla, doradas en el horno hasta adquirir un color ambarino irresistible. Se comen recién hechas, casi quemando los dedos, mojadas en un cuenco de caldo caliente. El restaurante Kybynlar, en la calle Karaimų, regentado por una familia de origen caraíta, es el templo laico de este manjar, pero los kibinái se venden también en puestos junto al lago, un bocado perfecto para un tentempié en la orilla.
Lagos, barcas y el arte de no hacer nada
Más allá de la historia y la gastronomía, Trakai seduce también por una dimensión puramente sensorial: la del agua. El lago Galvė, con sus 21 islas, es el eje sobre el que gira la vida de la ciudad. En verano, sus orillas se llenan de bicicletas, picnics improvisados sobre la hierba y paseos en kayak, patines a pedales o pequeños veleros para surcar las aguas transparentes y contemplar el castillo desde el agua. No hay mejor perspectiva de la fortaleza que la que se obtiene desde una barca, a media distancia, cuando el edificio se recorta contra el verde oscuro de los bosques de pino y el cielo azul del verano lituano.
Para quienes prefieren tierra firme, las orillas del Galvė y de los lagos vecinos –Totoriškių, Akmenos, Gilušio– ofrecen rutas ciclistas y senderos que serpentean entre bosques de abedul y pinar, con vistas que en las mañanas de niebla adquieren una textura casi nórdica. Cerca de la ciudad, el lago Akmena tiene una pequeña playa de arena donde bañarse en las tardes de verano. Y para quienes buscan la máxima comodidad, el Spa Trasalis, uno de los resorts más grandes del país, ofrece jacuzzis, baños de hierbas, masajes y un hammam que hubiera dejado perplejo al mismísimo Vytautas.
Uno de los espacios más evocadores de la ciudad es el paseo ribereño conocido como la Orilla de Vytautas el Grande. Desde aquí se abre una vista espléndida sobre el castillo y sobre la mansión Užutrakis, levantada en la orilla opuesta por el conde Tyszkiewicz a finales del siglo XIX. La villa, con jardines trazados por el paisajista francés Édouard François André, es otro capítulo imprescindible de Trakai: una fantasía de estanques, esculturas de mármol y parterres geométricos que en verano acoge exposiciones y conciertos de música clásica.
La tradición caraíta atribuye a esta orilla un origen mágico. Cuenta que una primavera, cuando los lagos crecieron hasta inundar la localidad y la desesperación se apoderó de los habitantes, Vytautas salió al galope desde el castillo montado en su caballo mágico y lo hizo beber en la orilla. Milagrosamente, el nivel del agua comenzó a descender. Las casas emergieron una a una, y la población se salvó. El caballo desapareció entre los bosques, pero la leyenda quedó para siempre.
Una ciudad que celebra la vida
Trakai no es solo paisaje y leyendas. Es también una ciudad viva que celebra su herencia con una energía contagiosa. Cada año, a finales de mayo o principios de junio, la ciudad entera se convierte en un escenario para el Festival de Verano de Trakai, que combina conciertos, representaciones teatrales, fuegos artificiales y un mercado artesanal con iluminaciones láser que proyectan sobre las murallas del castillo imágenes de su historia. Poco después, el 23 de junio, la noche de San Juan –la festividad del solsticio de verano–, la región se llena de hogueras en torno a las que la gente salta, teje coronas de flores silvestres, canta canciones tradicionales y prepara cerveza casera según recetas centenarias. En esa noche, entre el crepitar del fuego y el reflejo de las llamas en el lago, Trakai recupera algo de la magia primitiva que debió de sentir Gediminas cuando descubrió este lugar por primera vez.
El Parque Nacional Histórico de Trakai –único en su categoría en toda Europa–, protege todo este universo: los castillos, los lagos, los bosques, el barrio caraíta, la mansión Užutrakis y los montículos defensivos que vigilaban los accesos a la ciudad desde la Edad Media. Son 82 kilómetros cuadrados de historia viva y de naturaleza integrada en el patrimonio.
Al caer la tarde, cuando los últimos visitantes cruzan el puente de madera de vuelta a la orilla y el castillo queda en silencio sobre el lago encendido en destellos de naranja y oro, es fácil entender por qué los lituanos consideran Trakai un símbolo de su nación. En muy pocos kilómetros cuadrados concentra todo lo que le define como pueblo: su origen, sus batallas, su mestizaje y su relación con la naturaleza. Gediminas, cuenta la leyenda, lo comprendió de un único vistazo. Quien llega hoy a Trakai entiende, sin esfuerzo, que no se equivocaba.













