Lejos del foco constante de Mónaco, Charlotte Casiraghi tiene un lugar en la Provenza francesa al que regresar siempre que necesita parar: Saint-Rémy-de-Provence. Un pequeño enclave de calles empedradas, fachadas de piedra y luz dorada que parece haberse detenido en el tiempo. Allí, entre olivares y mercados locales, la hija de Carolina de Mónaco se refugia con frecuencia para reconectar consigo misma, recuperar recuerdos de infancia y disfrutar de momentos de calma.
Saint-Rémy-de-Provence es un pueblo muy chic de apenas 10.000 habitantes que seduce hoy a quienes buscan tranquilidad, por sus callejuelas estrechas con flores, sus plazas adornadas con fuentes, sus tiendas, sus galerías de arte y cafés llenos de encanto. Su belleza ya conmovió a personalidades como Vincent van Gogh, que se inspiró en estos mismos paisajes que hoy siguen cautivando a los que los visitan, para pintar algunas de sus obras más conocidas. Esa mezcla de arte, naturaleza y tradición ha consolidado al pueblo como uno de los secretos mejor guardados de la Provenza.
Para Carlota y la familia Grimaldi, este lugar del sur de Francia tiene, además, un componente emocional, está lleno de recuerdos que cuentan la historia de su vida. Un rincón ligado a momentos vividos en familia y a una forma de entender el tiempo y el descanso que va más allá del lujo convencional. Fue en Saint-Rémy-de-Provence donde Carolina de Mónaco y sus tres hijos, Andrea, Carlota y Pierre, fijaron su residencia tras la trágica muerte de Stéfano Casiraghi en 1990 y donde lograron sobreponerse a uno de los capítulos más duros de su vida. Por aquel entonces mereció el título del "pequeño Mónaco".
Dicen las crónicas de siglos que en 1643 el rey Luis XIII hizo donación de la jurisdicción real de Saint-Rémy-de-Provence a Honorato II Grimaldi, señor de Mónaco. Allí, en la raíz de su árbol genealógico, Carolina dejó de ser princesa para ser la "dama de Saint-Rémy” y criar sola a sus pequeños. Con la discreción que siempre la ha caracterizado, en aquellos días de silencio y huida, fue una lugareña más. Se la veía con frecuencia paseando en bicicleta o por la peatonal rue Victor Hugo llena de tiendas artesanales, o las rues du Château y Carnot. También cruzando la plaza de la République, la principal, o la más tranquila place Favier, y comprando en su mercado de los miércoles por la mañana —uno de los más famosos de la Provenza— quesos, aceitunas o artesanía. Así, recobrando día a día la alegría de vivir, recompuso su corazón roto en mil pedazos. Porque la vida siempre continúa.
En Saint-Rémy-de-Provence fueron crecieron los pequeños príncipes monegascos. Era habitual verlos hacer una vida normal y tranquila en el campo, incluso participando de la fiesta de la Trashumancia. Tanto marcó a la familia este rincón de la Costa Azul que fue elegido por Carlota Casiraghi y Dimitri Rassam para celebrar en verano de 2019 su romántica boda religiosa. Una celebración en la abadía de Sainte‑Marie de Pierredon que estuvo llena de guiños a su infancia, como el sencillo ramo de lavanda que portaba la novia, símbolo de la Provenza.
Para un pueblo del tamaño de Saint-Rémy-de-Provence, tener dos restaurantes con estrellas Michelin da una idea de su nivel gastronómico. L’Auberge (aubergesaintremy.com) se ubica en un edificio clasificado como monumento histórico que data de 1690; el otro es La Table del Hôtel de Tourrel (detourrel.com), que ofrece alta cocina en un entorno elegante. Pero luego hay otros bistrós y pequeños y populares locales para disfrutar de la cocina tradicional provenzal con productos de temporada, como Le Bistrot de Saint-Rémy (lebistrotdesaintremy.fr).
Siguiendo desde el pueblo por un camino muy agradable entre campos y olivares se llega en unos 20 minutos al monasterio de Saint-Paul-de-Mausole, famoso porque allí estuvo ingresado Vincent van Gogh. La visita permite ver su habitación, reproducciones de sus obras más conocidas —como La noche estrellada, Los Lirios o Campo de trigo con cipreses, que se encuentran en museos como el MoMA o el Van Gogh— y pasear por los jardines que le sirvieron de inspiración.
A muy poca distancia, prácticamente al lado, se encuentra el Glanum, un impresionante yacimiento arqueológico donde puedes recorrer los restos de una antigua ciudad romana, con templos, termas y monumentos bien conservados.
Como Saint-Rémy-de-Provence está rodeado por el Parque Natural de los Alpilles, hay muchas otras opciones para disfrutar de la naturaleza, como caminatas o paseos en bicicleta tranquilos entre bosques, campos de olivos y almendros o pequeños ríos y manantiales. Más larga es la ruta desde Crêtes, que recorre miradores espectaculares sobre la llanura de la Provenza o acerca al pueblo medieval de Les Baux-de-Provence, encaramado sobre un peñasco. Muchos encantos que sumar a este rincón lleno de autenticidad de la Provenza que encaja perfectamente con la personalidad de Carlota, siempre discreta y alejada de lo ostentoso, y que le permite respirar y reencontrarse con lo esencial.













