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Ni París ni Burdeos: la ciudad de Francia que resurgió del fuego y enamora con su casco medieval, su mercado y sus 'galette'


Una capital que acumula siglos de historia y el segundo mercado de alimentación más grande del país convive con la elegancia clásica de su reconstrucción.


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30 de marzo de 2026 a las 14:30 CEST

La décima ciudad más grande de Francia está a solo una hora y media de la gran y luminosa capital del país. Asentada en la confluencia del río Vilaine y su afluente Ille —cuyos nombres bautizan el departamento en el que se encuentra—, la capital de la región de Bretaña es una mezcla de orgullo bretón, resiliencia y monumentalidad en un lugar tan histórico como cosmopolita. Nacida como capital de la tribu gala de los redones entre los siglos II y I a.C., tras la conquista romana se convirtió en un núcleo urbano importante que, según las excavaciones recientes, llegó a alcanzar casi las 100 hectáreas. 

Sin embargo, las murallas construidas a finales del siglo III atestiguan que la ciudad se despobló y redujo mucho su superficie, que se limitaba al actual barrio de la catedral. A su alrededor, en la actualidad, se puede ver cómo los siglos han ido dejando una gran e intrincada arquitectura de entramado de madera, vestigios medievales, catedrales y basílicas, mercados con historia y plazas cautivadoras, entre numerosos ejemplos de arte y una gastronomía a la que resulta fácil rendirse. Bienvenidos a Rennes.

El Gran Incendio destruyó 33 calles y 10 hectáreas del centro histórico.© Shutterstock
El Gran Incendio destruyó 33 calles y 10 hectáreas del centro histórico.

A poco más de una hora hacia el interior del mítico Mont-Saint-Michel, frontera entre Bretaña y Normandía, se encuentra una localidad que cambió drásticamente en la Edad Media. La llegada de los pueblos bretones y la consolidación del ducado hicieron de ella una de las ciudades más importantes de la región. El matrimonio de la joven Ana de Bretaña con Carlos VIII, celebrado en Rennes en 1491, preparó la anexión del ducado al reino de Francia, que se consumó en 1532, convirtiéndose así en una provincia francesa, aunque los bretones han conservado ese sentimiento independiente a través de los siglos. 

La catástrofe que más determinó la fisionomía actual de la ciudad fue el Gran Incendio, acontecido la noche del 22 al 23 de diciembre de 1720. Un fuego iniciado en la rue Tristin arrasó durante 6 días sin descanso casi un millar de casas, destruyendo 33 calles y 10 hectáreas del centro histórico. Varios edictos reales prohibieron a partir de entonces construir con madera, y la ciudad fue levantada de nuevo con edificios de piedra y calles paralelas que le han otorgado esa doble personalidad que la define hoy: la medieval de los barrios que se salvaron y la clasicista de los reconstruidos. 

Un patrimonio de madera

Vieux Rennes es como se conoce a la zona antigua de la localidad que no sucumbió ante las llamas. La capital bretona conserva más casas de entramado de madera que cualquier otra gran ciudad de Francia, unas 370, más del doble que Morlaix, Vitré, Dinan o Vannes. ¿Cuántas serían si no fuese por el incendio? Aquella técnica constructiva proliferó fundamentalmente durante los siglos XIV y XV, pues la madera era por entonces un material abundante y barato. 

Casas del casco antiguo.© Shutterstock
Casas con entramados del casco antiguo.

Para proteger ese patrimonio excepcional, Rennes fue una de las primeras ciudades que se inscribió en el programa de protección de edificios antiguos, gracias a la llamada ley Malraux, allá por el año 1966. El barrio que concentra la mayor densidad es Vieux Rennes, siendo las calles más ricas en este patrimonio la rue du Chapitre, en la que conviven edificios del siglo XV al XVIII, y también Saint-Guillaume o la animada rue Saint-Michel. Una de las joyas más singulares está en la rue de la Monnaie: la Maiso Ti-Koz —"casa vieja", en bretón—; fue construida en 1505 y tiene una fachada de entramado de tradición gótica decorada con pequeñas esculturas que revelan el talento de los carpinteros y escultores de la época. 

Empezar por el mercado

La mayor suerte es acudir a Rennes en día de mercado. En la place des Lices está la Halles Martenot, de 1871, cuya traza original se remonta cuatro siglos atrás. Hoy en día es monumento histórico y sigue el modelo de los pabellones Baltard de París en hierro fundido y ladrillo.

Mercado de la plaza des Lices.© Shutterstock
Mercado de la plaza des Lices.

Cada sábado hasta el mediodía, unos 10.000 compradores convergen en este lugar al encuentro de cerca de 250 productores, artesanos y comerciantes, configurando el segundo mercado de alimentación más grande de Francia. Los vendedores, que vienen mayoritariamente de la región, se establecen con una organización gremial precisa: carniceros y charcuteros al oeste; queseros, panaderos y artesanos al este; pescaderos en la losa del antiguo pabellón demolido y fruticultores a lo largo de toda la plaza, un espectáculo que vale la pena vivir después de un buen café en las terrazas del lugar.

Callejeando entre monumentos

Saliendo del mercado, el recorrido natural lleva primero a las Portes Mordelaises, el vestigio medieval más reconocible de la localidad. Construidas alrededor de 1440, constituían la principal entrada de las diez que tenía la ciudad amurallada. Por ellas pasaron los duques de Bretaña en sus entradas solemnes y, según la tradición local, Ana de Bretaña las cruzó antes de su matrimonio. 

 Portes Mordelaises © Shutterstock
Portes Mordelaises

Muy cerca se encuentra la catedral de Saint-Pierre, en la rue de la Monnaie. Es la tercera iglesia que se levanta en este emplazamiento, y su fachada actual, con sus dos torres de granito de 48 metros, data de la primera mitad del siglo XVIII, aunque la nave y el presbiterio no se terminaron hasta un siglo después. En el interior destaca un retablo flamenco, el altar construido con piedras traídas del Foro romano y una decoración del Segundo Imperio que incluye pinturas de Ana de Bretaña y el condestable Bertrand du Guesclin.

Cathédrale Saint-Pierre© Shutterstock
Catedral de Saint-Pierre

En el mismo entorno del casco medieval hay que visitar la basílica de Saint-Sauveur, cuya construcción se vio interrumpida por el Gran Incendio. En su interior se conserva un exvoto ofrecido a la Virgen en acción de gracias por la protección del barrio durante ese mismo episodio. Antes de llegar a las grandes plazas, merece la pena detenerse en la pequeña y triangular de Champ-Jacquet, que también escapó de las llamas y conserva su atmósfera medieval. 

Basílica de Saint-Sauveur© Shutterstock
Basílica de Saint-Sauveur

Antiguo mercado de hortalizas hasta el siglo XIX, en su centro se alza la estatua del alcalde Jean Leperdit (1892) rompiendo una lista de condenados a la guillotina durante la Revolución Francesa, un gesto que se convirtió en un acto de desobediencia civil en la época. A partir de aquí, el recorrido desemboca en las dos grandes plazas clásicas que conforman el corazón del Rennes reconstruido. 

Estatua en Rennes de Jean Leperdit © Shutterstock
Estatua de Jean Leperdit

La plaza du Parlament de Bretagne está dominada por el edificio más emblemático de la ciudad, el Palacio del Parlamento, finalizado en 1655 y ahora sede del tribunal de apelaciones del Tribunal de Justicia. Dañado gravemente en 1994 en una protesta de los pescadores bretones, su restauración se puede admirar en visitas guiadas a través de la Oficina de Turismo. 

Vale la pena, pues en su interior alberga obras maestras: los techos de la Grand’Chambre, con su artesonado tallado y dorado, son considerados uno de los conjuntos pictóricos más importantes del arte francés del siglo XVII. Sus lienzos alegóricos fueron pintados por Noël Coypel y el diseño conjunto se debe a Charles Errard, pintor de Luis XIV.

A pocos pasos, la place de la Mairie reúne dos de los edificios más representativos de la reconstrucción postincendio: el ayuntamiento, que combina el estilo clásico con formas barrocas; y la Ópera, con su peculiar forma de rotonda, construida en el siglo XIX. Sin embargo, más allá de las grandes plazas hay edificios que también llaman la atención. El palacio Saint-Georges —antigua abadía benedictina a orillas del Vilaine—, el Palais du Commerce —hoy alberga la oficina de correos— o el Musée des Beaux-Arts, instalado en el antiguo palacio universitario, con obras de Picasso y Rubens.

Palacio Saint-Georges© Shutterstock
Palacio Saint-Georges

La Rennes contemporánea

La ciudad bretona también se asoma a la actualidad en lugares para descansar, conectar con la cultura o probar la gastronomía excelente de la región. Después de un recorrido en un día soleado, no hay nada mejor que visitar el Parc du Thabor, un antiguo huerto de los frailes benedictinos de Saint-Melaine, transformado en un jardín público en el siglo XIX. Diez hectáreas con jardines botánicos, invernaderos, fuentes y numerosas zonas de césped para tumbarse a leer y charlar ofrecen algunos fines de semana espectáculos para amenizar la velada. 

 Parc du Thabor© Shutterstock
Parc du Thabor

Pero si se prefiere sumergirse en un bombardeo de conocimiento, el complejo cultural Les Champs Libres es tu lugar. Diseñado por el arquitecto Christian de Portzamparc, ganador de un Pritzker, reúne bajo una misma cubierta el Museo de Bretaña, el Espacio de las Ciencias (con un planetario) y la Biblioteca de la Metrópoli, con una pirámide invertida que ofrece desde su sexta planta una vista panorámica de la ciudad. 

Pero pensar da mucha hambre, y la cocina bretona es irresistible. La especialidad que marca el territorio en la ciudad es la galette-saucisse, una salchicha de cerdo envuelta en una torta de trigo sarraceno con mostaza y cebolla confitada. Y aún hay más: la galette de sarrasin en su versión salada es la gran especialidad regional, aunque no queda atrás la crêpe en su versión dulce (prueba la de caramelo de mantequilla salada y no podrás olvidarla jamás). 

Prueba también las ostras y las bandejas de marisco de La Taverne de la Marine (latavernedelamarine.com) con un vaso de sidra de la zona. No falla. Y si te ha quedado sitio para el postre (si no, compra para llevar), no te olvides de buscar la joya de la corona, el kouign-amann, un pastel de mantequilla (es la traducción literal más acertada del mundo) con una cantidad ingente de la misma, pero con una masa de levadura y azúcar caramelizada al horno que extasia.

La Taverne de la Marine, Rennes, Francia© @tavernedelamarine
Bandeja de marisco de La Taverne de la Marine.
La Taverne de la Marine, Rennes, Francia© @tavernedelamarine
La Taverne de la Marine.

La rue Saint-Michel, conocida como la rue de la soif (la calle de la sed), concentra 13 bares en apenas 87 metros, el récord de Francia por densidad de locales, por delante de la rue des Cordeliers de Bayona y la rue de Lappe en París. En la antigua prisión de Saint-Michel, que data de 1455, las celdas medievales se han convertido en bares cuyo patio forma uno de los ambientes nocturnos más peculiares de la ciudad. Imperdible para una noche de marcha. 

La rue Saint-Michel© Shutterstock
La rue Saint-Michel

DORMIR EN RENNES

Para quien quiera que la experiencia de dormir en Rennes forme parte del relato del viaje, la opción más singular es Marnie et Mister H, también conocido como La Demeure de Marnie), un bed and breakfast instalado en un edificio del siglo XVI en la rue du Chapitre, en pleno corazón del Vieux Rennes. Las habitaciones, con suelos de parqué, vigas de madera originales, lámparas de araña y alguna con balcón privado, permiten la experiencia de dormir literalmente dentro del patrimonio histórico de la ciudad.

Marnie et Mister H © Marnie et Mister H
Marnie et Mister H
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