Es este un viaje a través de las palabras que nos lleva de la mano por las calles de Palma de Mallorca. Una escapada con una mirada diferente: aquella que busca encontrar la verdadera esencia de las cosas. Porque, en un mundo globalizado en el que las ciudades tienden cada vez más a parecerse unas a otras, hay quienes defienden con esfuerzo y trabajo, con pasión y dedicación, el seguir haciendo aquello que las hace únicas. Aquello que las convierte, ante todo, en especiales.
Y no importa si se trata de artesanos del mimbre, arqueólogos de la gastronomía o diseñadores de larga tradición: escuchar sus historias y entender sus orígenes es descubrir una ciudad fantástica. El Palma de Mallorca que de verdad nos gusta. Aquí va la historia de cinco de ellos.
© ShutterstockFornet de la Soca, en defensa de la memoria y resistencia
Arrancamos a lo grande, con uno de esos proyectos que emocionan y fascinan a partes iguales. Porque hablar de Fornet de la Soca (Plaça de Weyler, 9), a pesar de que su origen sea relativamente reciente —abrieron su primer obrador allá por 2010—, es hablar de tradición y pasión por las raíces, de profesionalidad y, en definitiva, de arqueología del sabor. El alma del proyecto pertene e a Tome Abona y María José Orero, que han sabido transformar un pequeño horno en Palma en un auténtico bastión del recetario tradicional de la isla. En las entrañas de este universo en paralelo no hay espacio para las prisas ni la presión: las cosas hay que hacerlas bien, con mimo y cariño, dedicándoles el tiempo que se merecen. Por eso cada pan, cada ensaimada —¡ay!—,cada dulce de temporada o empanada es fruto de horas y horas de investigación y estudio recuperando las recetas de toda la vida. Siempre con fidelidad, dándole a la cocina popular mallorquina el lugar que se merece.
¿Para las elaboraciones? Por supuesto, siempre son usadas harinas de cereales locales, fermentaciones largas y hornos tradicionales que dan como resultado bocados deliciosos que conectan generaciones. Admira su escaparate, adéntrate en su tiendita y déjate aconsejar. Ya te lo advertimos: querrás probarlo todo.
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© @fornetdelasocaColmado Santo Domingo: a la rica sobrasada
Casi como si de la cueva de las maravillas se tratara, visitar este singular colmado en pleno corazón histórico de Palma (Carrer de Sant Domingo, 1) es embriagarse de incomparables aromas: saber que será imposible no caer en la tentación. Porque de sus paredes y techos cuelgan delicias caseras y artesanas que identifican, sin duda alguna, la vertiente gastronómica de la isla. Empezando por sus sobrasadas, que son ese pecado imposible de evitar: elaboradas con porc negre de la tierra, su sabor es espectacular. Pero la oferta es amplia, ya lo demuestran las cestas y cajas repletas de frutas —ahí están las naranjas y limones de Sóller cuando es temporada— y verduras de la huerta, quesos y embutidos que decoran la entrada. Una carta de presentación que ha sido inmortalizada hasta la saciedad: tantísimo llama la atención, que no son pocos los turistas que no dudan en fotografiarse frente a ella.
Fundada en 1886, y tras haber pasado por las manos de diversas generaciones, Colmado Santo Domingo continúa defendiendo el producto local por encima de todas las cosas y logrando que todo aquel que pisa el establecimiento no salga de él sin algún que otra butifarra o longaniza, un licor de hierbas, conserva o salchichón. Un rincón histórico que demuestra que la autenticidad no está reñida con la evolución y que el comercio tradicional, cuando se cuida, sigue teniendo mucho que decir.
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© ShutterstockSombrerería Casa Juliá, desde 1898 aportando elegancia
El tiempo parece detenerse cuando se traspasan las puertas de esta mítica sombrerería. Podría decirse que, al cruzar el umbral, uno viaja a una época que ya no existe. Haber sido fundada en 1898 y continuar en manos de la misma familia —ya va por la cuarta generación— tiene mucho que ver: la esencia, la historia, continúan vivas en su interior. Su propulsor fue Francesc Julià, que abrió este histórico establecimiento en la calle del Sindicat —entonces conocida como Sa Capelleria por la concentración de talleres y tiendas de sombreros—, sin saber que acabaría por ser el último testigo vivo de una tradición que marcó la vida comercial de la ciudad. Ya a comienzos del siglo XX, la calidad de su trabajo fue reconocida públicamente: en 1903, durante la Exposición Balear, recibió el diploma y la medalla de plata por la excelencia en la elaboración de sombreros. Un prestigio que se forjó a base de oficio, paciencia y saber hacer.
A pesar de las dificultades —como el cierre de la fábrica tras la posguerra por la escasez de materiales— Casa Juliá nunca bajó la persiana. La sombrerería resistió, se adaptó y, en 1992, recuperó incluso el diseño y la fabricación de los auténticos sombreros mallorquines. Hoy son Daniel y Silvia Estela quienes mantienen vivo el legado, defendiendo un asesoramiento experto y discreto que ha convertido a Casa Juliá en un referente, no solo para los mallorquines, sino también para personalidades —y hablamos de escritores, actores y hasta políticos— de todo el mundo.
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© @sombrereriacasajulia1898Mimbrería Vidal, entre capachos y sombreros
En manos de la familia Vidal desde hace 70 años, esta mimbrería de la calle Cordería —no es casualidad que se le bautizara así, pues allá por el siglo XVI ya existían en esta misma vía más de 16 talleres censados dedicados a este menester— es uno de los últimos bastiones de un oficio que durante generaciones formó parte del pulso cotidiano de la ciudad: el trabajo con fibras vegetales fue, durante cientos de años, una necesidad más que una artesanía. Entre sus paredes continúan reposando rollos de mimbre, de palmito y esparto, pero también senalles, morrions y capazos hechos como se han elaborado siempre: con paciencia y a mano. Abierto a un turismo que es parte, en la actualidad, de su clientela, no faltan tampoco sombreros o bolsos de estética más moderna que sirven de recuerdo a los visitantes.
Al frente del negocio se halla actualmente Tomás Vidal, tercera generación de la familia y guardián de un saber que se extingue poco a poco. “Llevo 35 años trabajando aquí”, cuenta. “No tengo hijos, solo sobrinos pequeños, pero serán lo que quieran ser”, añade, siendo muy consciente de que la falta de relevo es la gran amenaza de estos comercios históricos. Aun así, y más allá de la nostalgia, Mimbrería Vidal sigue viva, demostrando que la artesanía no es solo una cuestión del pasado, sino una forma honesta de entender el presente. Y de continuar homenajeando a lo que un día significó.
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© @mimbreriavidalBordados Valldemosa, un símbolo de resistencia
Un rótulo en blanco con un fondo negro corona la entrada a Bordados Valldemosa. También pervive en su escaparate una reja de aluminio que cada jornada sus trabajadores se afanan en abrir y cerrar durante el horario comercial. Ubicado en plena calle de Sant Miquel, y rodeado hoy de franquicias y escaparates que a todos nos suenan, hace frente al paso del tiempo sabiendo que es el único negocio de bordado tradicional que continúa vivo en Palma. Fundado en 1968 por la familia Binimelis, este pequeño comercio nació con un objetivo tan sencillo como esencial: dar salida a los bordados que realizaba la señora de la casa y preservar una tradición textil profundamente ligada a la isla. Eran otros tiempos: en aquellos años, Joan Binimelis, hoy jubilado, recorría Mallorca en su Vespa, visitando hoteles en los que mostraba, cual comercial, sus mantelerías y piezas bordadas a mano. Pequeñas obras de arte que hablaban de paciencia, de detalle y de saber hacer.
Si su fachada no ha cambiado en décadas, el interior, intacto desde el día de su apertura, también conserva ese aire de antaño. En cada rincón, ya sea en los mostradores o colgados de las paredes, se aprecian desplegados bordados de punto mallorquín, cubremesas de ganchillo, sábanas, pañuelos y mantelerías. En los noventa decidieron ampliar la oferta con telas mallorquinas — como la popular roba de llengües— con las que confeccionan cojines y bolsos, monederos o llaveros, que contentan y surten a los turistas con los mejores recuerdos —y más estilosos— que llevarse a casa. Un refugio de memoria que incluir en una ruta por la Palma más verdadera. La que ojalá pudiese continuar por siempre jamás.
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