La princesa real Ana sabía perfectamente lo que hacía cuando en 1981 decidió que su hija, Zara Anne Elizabeth, no recibiera el tratamiento de alteza real ni el título de princesa británica. Ya lo había hecho cuatro años antes con su primogénito, Peter Phillips, el que se casará en segundas nupcias el próximo mes de junio. Cuatro décadas después sigue siendo evidente que esa maniobra de despojar a sus hijos de los derechos que les pertenecía por nacimiento, como nietos de Isabel II, fue toda una audacia adelantada a su tiempo, muy propio de la princesa Ana. Ahora, Zara Tindall, su nombre de casada, cumple 45 años convertida en un pilar emocional para la familia real británica, una figura amable para los más tradicionalistas y popular para las nuevas generaciones, eso sin olvidar una capacidad única para entrar y salir de la vida oficial.
Princesa de cuna sin título real: una decisión audaz
La princesa Ana, pieza clave de la monarquía británica, nació siendo la tercera en la línea sucesoria y muy pronto asumió que su destino sería secundario. En lugar de lamentarlo, lo convirtió en una ventaja: se volcó en el trabajo institucional y, al mismo tiempo, reclamó para sí una libertad que otros miembros de la realeza jamás habrían podido permitirse. La mejor prueba fue su vida personal. Se divorció de su primer marido y, apenas ocho meses después, sabiéndo que la Iglesia de Inglaterra desaprobaría cualquier unión, se casó con su segundo marido en la Iglesia de Escocia, una decisión polémica que solo ella -por autoridad, por trayectoria y por convicción- podía tomar. La princesa Ana no pidió permiso: lo hizo.
Con la misma determinó que ella sí trabajaría para la Corona británica, para el reinado de Isabel II y para los que vinieran después, pero sus hijos serían libres. Después de todo, estaban condenados a ser desplazados en la línea sucesoria cada vez que uno de sus hermanos o de sus sobrinos tuviera un hijo. Así que la libertad que goza Zara Tindall dentro de un sistema tan jerárquizado y limiado no es casual: es una decisión estructural de su madre con un resultado exitoso, ya que ella tiene una influencia real que supera a muchos de la casa que sí tienen un rango real.
Zara, que nació el 15 de mayo de 1981 en hospital de St. Mary's de Londres, el centro de referencia de la realeza británica para dar a luz, estudió en los mejores colegios y pronto se dedicó a lo que más le gusta: la equitación. Se especializó en fisioterapia equina y se convirtió en una campeona, llegando a ser seleccionada para Olimpiadas y pudiendo dedicarse de forma profesional al mundo del caballo.
Las ventajas de ocupar siempre una segunda fila
Aunque sus primeros novios y algunos movimientos de juventud despertaron el interés de los tabloides, ese foco siempre quedó eclipsado por figuras mucho más mediáticas: desde Diana de Gales hasta Kate Middleton, desde los príncipes Guillermo y Harry hasta la irrupción de Camilla en la familia real. Ana nunca compitió en ese terreno, ni lo necesitó: su influencia no dependía de la popularidad, del brillo o de una presencia constante en los medios, sino del trabajo y el apoyo familiar que nadie veía y eso lo transmitió también a sus hijos, tanto a Peter como a Zara, que siempre se esmeraron en su faceta de nietos de la reina y del duque de Edimburgo, ahora hacen lo mismo como sobrinos del rey o primos de la nueva generación real.
Otro acierto en la biografía de la sobrina mayor del rey fue cruzarse con Mike Tindall, su marido y padre de sus tres hijos, un deportista de alto nivel y una figura clave en el mundo del rugby con el que consolidó esa imagen de activo totalmente inesperado para la monarquía británica. Mike Tindall, otro campeón a nivel mundial aportó a los Windsor algo que escaseaba: la cercanía y autenticidad de un tipo normal. Acostumbrado a los medios, con buen sentido del humor y ninguna ambición para la vida oficial, Mike Tindall encajó de maravilla en el universo de Zara y también en la realeza británica.
En la familia real británica suele ocurrir algo revelador: cuando todo va bien, nadie repara en los secundarios; pero cuando llega una crisis, una ruptura o un momento delicado, son ellos quienes sostienen la estructura. Ese es el caso de la princesa Ana y también de sus dos hijos, Peter y Zara. ¿Quién estuvo con Guillermo y Harry cuando el entonces príncipe Carlos se casó con Camilla? Un momento que, como se ha sabido con el tiempo, no fue fácil para los hermanos; fueron Peter y Zara los que les acompañaron en todo el recorrido público. ¿Quién fue la primera Windsor en dejarse ver con Kate Middleton para normalizar su noviazgo con el príncipe Guillermo? Zara.
¿Quién medió entre los príncipes Guillermo y Harry durante el funeral del duque de Edimburgo? Peter. ¿Quién ayudó a destensar el fugaz regreso de los Sussex a Londres? Peter y Zara. ¿Quién acompañó al príncipe Guillermo a Ascot cuando Kate Middleton estaba retirada por enfermedad? Zara. ¿Quién vela para que las princesas York no paguen por las decisiones tomadas por el príncipe Andres y Sarah Ferguson? Zara. Tanto por edad como forma de ser, también se nota en sus encuentros públicos, todo apunta a que el príncipe Guillermo se lleva muy bien con Zara y con Mike Tindall, mientras que el príncipe Harry pasó más tiempo durante su infancia con las princesas Beatriz y Eugenia de York, encajando mejor con esta última.
Zara Tindall aparece -y a menudo con un estilazo inconfundible, muy distinto al que tenía hace unos años y sumamente sofisticado- siempre donde hace falta, sin título, sin rango y sin pretensión, pero con una autoridad silenciosa que la convierte en la bisagra emocional de una familia dividida.
Las últimas noticias, según Daily Mail, es que fue Zara Tindall la que convenció a Eugenia de York para comunicara su tercer embarazo, antes que nada, a su tío, el rey Carlos III, una muestra de que Zara, menos en el título, en todo lo demás es princesa de cuna y opera bajos los patrones de respeto soberano y obendiencia dinástica que se exigen en las monarquías, nada debe pasar en la casa del rey sin que el rey lo sepa y mucho menos comunicarse de forma pública.
Así se revelaba el papel de Zara, mientras se apuntaba a la intención de mediar entre sus primas York y el núcleo duro de la realeza británica, que, según el citado artículo, podría ser partidiario de la exclusión total de las princesas Eugenia y Beatriz de la vida pública. Un papel oficial que, al contrario que la princesa Ana, el príncipe Andrés siempre reclamó para su estirpe, convirtiéndolas en princesas británicas desde la cuna, situándolas en primera línea de la vida oficial y reclamando para ellas un papel de representación similiar al que tenían los príncipe Guillermo y Harry como nietos de Isabel II.
Muestra de ello fue la presión que ejerció Andrés, todavía como príncipe e hijo favorito de Isabel II, para que la boda de Eugenia de York y Jack Brooksbank recibiera el mismo tratamiento que la de los duques de Sussex, incluida su retransmisión en directo. Quizá por esto, por esa vocación de llevar una vida pública, ahora las York se ven en una encrucijada que podrían haber esquivado si hubieran optado por la independencia. Mientras, Zara Tindall llega a los 45 años demostrando que no hace falta ser princesa para convertirse en la royal que mejor entiende el equilibrio entre la libertad personal y responsabilidad dinástica.


















