Desde que Carlos III dio su primer discurso como rey reprimiéndose el dolor por la muerte de su madre, Isabel II, para ponerse ante las cámaras y despedirse de ella con una frase del escritor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal, William Shakespeare, era evidente que comenzaba un reinado de otro estilo. "Más libros y menos caballos", dijeron algunos comentaristas del Reino Unido, ante lo que ya se conocía de las aficiones del rey, posiblemente uno de los hombres que más tiempo ha dedicado a estudiar la literatura británica de todas las épocas. Esa afición, unida con una vocación muy adelantada a su tiempo, con la protección medioambiental, se convierten ahora en un regalo único. El rey felicita el 100º cumpleaños al científico naturalista, Sir David Attenborough, con una fábula al más puro estilo del cuento infantil británico y que se ha estrenado por sorpresa en un evento en el Royal Albert Hall de Londres.
En una atmósfera fría y humeda, típicamente escocesa, emerge el Castillo de Balmoral, la residencia de la monarquía británica en el corazón de las Tierras Altas y que es donde Isabel II falleció. Allí comienza una historia en la que Carlos III se convierte en un rey narrador. Desde su despacho, cálido y privado, con una chimenea apagada, cortinas de cuadros escoceses y un buho de piedra, el jefe del Estado escribe una carta al tiempo que mira por la ventana.
Un emotivo y creativo homenaje a Sir David Attenborough con motivo de su centenario, en el que escribe personalmente una carta acompañado por Moley, el perro de la Reina, y un conjunto de animales que simbolizan el recorrido del mensaje. "¿Lista? Venga, buena chica", le dice al animal antes de sentarse a redactar: "Querido David… Mi esposa y yo estamos encantados de saber que celebrarás tu centenario el 8 de mayo y queríamos enviarte nuestras más sinceras felicitaciones en una ocasión tan especial". En el texto, el monarca recuerda su larga relación con el naturalista: "Es asombroso pensar que nos conocemos desde hace más de 60 años… creo que nos conocimos en 1958", subrayando décadas de encuentros y admiración mutua.
El Rey ha continuado su mensaje destacando la contribución del divulgador: "A lo largo de estas décadas, usted ha revelado la belleza y las maravillas de la naturaleza a audiencias de todo el mundo de maneras nuevas y maravillosas", añadiendo que ha compartido "mi determinación de destacar la urgente necesidad de proteger y preservar este precioso planeta nuestro y toda la vida en la Tierra para las generaciones futuras". Finalmente, concluye con un mensaje institucional. "Gracias entonces por todo lo que ha hecho y, en nombre de toda la nación, le deseo un muy feliz centenario". La carta inicia entonces un simbólico viaje a través de animales salvajes hasta llegar a su destino final, en una cuidada producción que combina humor, ternura y homenaje.
El gesto es de tranquilidad y de satisfacción, pronto se descubre que esa carta (con la inconfundible letra de Carlos III, que algúnos dicen que tiene forma de tela de araña) es para Sir David Attenborough, el célebre científico británico y uno de los divulgadores naturalistas más conocidos de la televisión. Considerado uno de los pioneros en documentales sobre la naturaleza, su voz es de sobra conocida y ha sido un histórico aliado en todos los proyectos que han emprendido, tanto Carlos III como el príncipe Guillermo, para la protección de la naturaleza. Es más, ha sido el propio príncipe Guillermo el que ha querido tomar la palabra en el teatro londinense durante una celebración televisada, hay que recordar que Attenborough fue uno de los principales apoyos de los premios Earthshot que están posicionando al príncipe de Gales como una referencia en conservacionismo a nivel global.
La carta, que sale del castillo en bandeja de plata y con todos los honores, reaparece en la boca de un perro y no es uno cualquiera: es un border collie, una raza que surgió en la frontera entre Escocia e Inglaterra como perro pastor por su inteligencia y obediencia. Al fondo, un icónico Land Rover verde bronce oscuro, el que utiliza la realeza británica para moverse en estos terrenos.
Entonces, como en un cuento de Beatrix Potter, fabulista de literatura infantil y naturalista británica del siglo XX, o del propio escocés Kenneth Grahame, célebre por el El viento en los sauces (1908), un cuento que escribió para su hijo y terminó convertido en un clásico mundial, comienzan a desfilar una serie de animales -zorros, patos, ardillas,...- que transportan la carta real que tiene que llegar a manos de David Attenborough, un hombre que ha recibido en vida todos los reconocimientos y condecoraciones posibles, incluido el ser elevado a la categoría de Caballero por la monarquía británica hasta en dos ocasiones.
La sensibilidad que Carlos III demuestra ahora, en un registro amable y desconocido, perfecto para conectar con distintas generaciones y conseguir que se siga hablando de la realeza y la cultura británica, más allá de los temas más polémicos o de los últimas tensiones diplomáticas, demuestran que hace tiempo que, como representante de una monarquía que tiene una imagen global, hace tiempo que escapó de la alargada sombra del reinado anterior para imprimir un estilo propio.
Una imagen muy cálida y literaria que, en cierto modo, recuerda también al vídeo de tres minutos en el que la propia Kate Middleton comunicó que se había recuperado de la enfermedad. En él, los príncipes de Gales con sus tres hijos, George, Charlotte y Louis, dedicándose de lleno a diversiones que podrían haber salido de las páginas de un libro de Enid Blyton. Los cinco frente a la aventura, los cinco junto al mar, los cinco se divierten...
Esta producción se recordará cuando se hable de David Attenborough y de su legado, y también cuando se analice la forma de comunicar del reinado de Carlos III. En materia de "espectáculo", algo que dominan muy bien los Windsor y lo saben desde que en los años sesenta comenzaron a retransmitir en televisión los grandes eventos relacionados con su vida, esta producción pasa a la historia como lo han hecho los vídeos más divertidos de la reina Isabel II.
Su conversación con el osito Paddington, mientras tomaban el té y sacaban sándwiches de mermelada de los lugares más insospechados, con motivo de su Jubileo de Plátino de junio de 2022, tres meses antes de morir, forma parte del imaginario colectivo. También por la estupenda manera (con la reina haciendo música con la cucharilla del té, algo del todo inesperado) que se enlazó con el espectáculo que estaba teniendo lugar en ese momento por fuera del Palacio de Buckingham. Lo mismo sucedió con motivo de las Olimpiadas de Londres 2012, cuando ficcionó saltar de un helicóptero acompañada por James Bond, un "sketch" en el que también participaron sus corgies y que también es de lo que más se recuerda de esos Juegos Olímpicos, junto con la actuación de las Spice Girls, que estaban separadas por aquel entonces y salieron montadas en los clásicos taxis británicos a toda velocidad. Al final, todo, de Paddington a James Bond, de Attenborough a las Spice Girls, forma parte de la imagen que el Reino Unido exporta al mundo, siempre con su monarquía como hilo conductor.


















