La reina Margarita de Dinamarca, de 86 años, ha recibido el alta médica esta mañana, apenas un día después de ausentarse del funeral de su querido amigo y familiar, el rey Harald de Noruega. Tras varios días ingresada en el Rigshospitalet, la Casa Real danesa ha confirmado que la soberana se encuentra "bien" y que ya ha regresado al Palacio de Fredensborg, donde deberá mantener un periodo de reposo y seguimiento. Su ausencia en Oslo, muy comentada en los círculos nórdicos, subrayó la estrecha relación entre ambas casas reales y el impacto emocional que la muerte de Harald ha tenido para las familias reales de Dinamarca y Suecia. Ahora, con su recuperación en marcha, la reina danesa retoma su vida en palacio con una agenda que dependerá estrictamente de su evolución médica.
El comunicado oficial, breve y preciso, insiste en que Margarita deberá "tomarlo con calma" en los próximos meses, un mensaje que confirma que la soberana encara una etapa de actividad limitada. Su regreso a Fredensborg marca el inicio de un periodo de transición en el que la reina combinará descanso con una presencia institucional reducida, mientras la Casa Real ajusta su calendario y prepara el retorno gradual de la monarca a sus funciones.
Dinamarca y Noruega compartieron durante siglos una misma Corona
Harald V de Noruega y Margarita II de Dinamarca, jefa de Estado hasta el 2024, eran primos segundos: sus abuelos, Haakon VII y Cristián X, eran hermanos, lo que los situaba en la misma familia real danesa y explicaba su cercanía personal e institucional. Además hay que recordar Dinamarca y Noruega compartieron durante siglos una misma Corona, una unión que integraba ambos reinos y todas sus posesiones, desde Islandia hasta Groenlandia, lo que explica que las casas reales actuales sigan siendo ramas de la misma familia: cuando Noruega recuperó su monarquía en 1905 eligió como rey a Haakon VII, nacido príncipe danés y hermano de Cristián X. Una historia tan reciente como fascinante que recuerda a algun capítulo de Juego de Tronos.
Es por eso que su ausencia en el funeral de Estado, que se celebró este miércoles 9 de septiembre en la Catedral de Oslo y al que acudieron los reyes Federico y Mary, el heredero Christian y la princesa Benedicta con su hija, fue llamativa y triste. Ya que sus vidas transcurrieron prácticamente en paralelo, se casaron solo con un año de diferencia y compartieron buena parte de su reinado, ambos sucedieron a padres y marcaron el inicio de una etapa de modernización en sus respectivas monarquías. Margarita se convirtió en reina en 1972, tras la muerte de su padre, Federico IX, inaugurando el primer reinado femenino en la historia moderna danesa. Harald, por su parte, ascendió en 1991 tras el fallecimiento de Olav V, y su reinado también simbolizó una transición hacia una monarquía más abierta y social.
Los vínculos familiares y de amistad se han ido fortaleciendo generación tras generación. La reina Margarita fue la madrina de bautismo del nuevo rey, Haakon VIII, y a su vez, el rey Federico fue el padrino de la princesa Ingrid, la nueva heredera y que, por cierto, también tiene como padrino al rey Felipe VI. Así mismo se conoce la amistad entre la reina Mary de Dinamarca y la nueva reina Mette-Marit, a la que ha brindado su apoyo en los momentos más complicados.
La unión entre las monarquías escandinavas. Suecia, Noruega y Dinamarca, no pierde fuerza, y el cortejo fúnebre en la cripta del Castillo de Akershus lo dejó claro con una imagen de enorme carga institucional. Tras el féretro del rey Harald avanzó en primer lugar su hijo, el rey Haakon, y justo detrás, cubriéndole las espaldas, caminaban el rey Carlos Gustavo de Suecia y el rey Federico de Dinamarca. No era una cuestión de protocolo, sino una declaración visual del bloque histórico que forman los tres soberanos, herederos de una tradición común que se remonta a la antigua unión y a siglos de cooperación dinástica.
Esa escena condensó el poder simbólico que aún conservan las monarquías escandinavas en el norte de Europa: tres casas reales que, pese a operar en Estados distintos, mantienen una cohesión política, institucional y familiar que trasciende fronteras y sigue siendo un eje central en la identidad de Escandinavia.










