Vivió el esplendor de una dinastía reinante hasta que tuvo que dejar todo atrás: "su familia, su casa, su país". Pero más allá del duro exilio, "vagando de un país a otro", el destino de Farah Diba, la última emperatriz de Irán -Shahbanou-, también ha estado marcado por la tragedia. Este miércoles, 10 de junio, se cumplen 25 años del fallecimiento de su hija Leila Pahlavi, un golpe del que "nunca te recuperas", como ella misma confesaba en sus memorias.
La princesa iraní se fue de forma inesperada y demasiado pronto. Acababa de cumplir 31 años cuando la encontraron, sin vida, en la habitación del hotel Leonard de Londres donde se alojaba. La noticia de su muerte no sólo dejó un inmenso vacío en la familia real: conmocionó al mundo y, también, a los iraníes que se vieron abocados a abandonar su tierra tras el estallido de la revolución.
El exilio de la familia Pahlavi tras la Revolución: cómo marcó la infancia y juventud de Leila
La joven princesa, que había heredado la extraordinaria belleza de su madre, sufría desde hacía tiempo. Nunca pudo recuperarse del fallecimiento de su padre, el Shah Mohammad Reza Pahlavi -el 27 de julio de 1980-, que la sumió en un profundo estado de preocupación por la muerte. Tampoco de los difíciles años del exilio, esos "años de lutos y de hundimiento", en los que la vida que había conocido se derrumbó por completo.
Tenía nueve años y sus sueños de niña quedaron encerrados en maletas. La familia recaló primero en Asuán, después en Marrakech, en Las Bahamas, en Cuernavaca (México)… y Estados Unidos, donde Leila estudió en el Colegio Rye Country Day y, después, en la Universidad de Brown, aunque no terminaba de encontrar su camino.
"Se quejaba mucho de jaquecas", y, en cuanto llegó a la Universidad, comenzó a sufrir fatiga. "No conseguía seguir el ritmo de las clases (…) y encontrábamos medios, de acuerdo a sus profesores, para aliviarle el trabajo", relataba Farah Diba. Sin embargo, nada parecía surtir efecto.
Animó a su hija a dar un giro radical en su carrera y enfocarse a las artes, porque a Leila le apasionaban la poesía, la literatura y la música, pero tampoco hubo suerte. Nada parecía aliviar su sufrimiento.
"¡Era tan penoso verla luchar sola contra un mal que ningún médico lograba identificar! Todos esos males, todo aquel dolor, era su desgracia de niña que acarreaba como un fardo… Yo lo adivinaba, pero ella no soportaba que se lo dijeran, que se atrevieran a insinuar que aquella enfermedad podía ser psicosomática".
La frágil salud de la princesa
Ninguno de los tratamientos fue efectivo, y Leila terminó asumiendo que nadie sería capaz de curarla. "Como siempre en semejante situación, recurrió a sus conocidos, a sus amigos, que le aconsejaron somníferos y calmantes. Sabía perfectamente que eso le hacía daño, pero, cuando no podía más, los tomaba. Dormía, ya no sufría".
Comenzó a tomarlos con cada vez más frecuencia, y todos a su alrededor eran conscientes del peligro. Especialmente su hermano pequeño, Ali Reza, al que estaba muy unida -apenas se llevaban cuatro años-, y que trató de advertirla.
"Leila le respondió que amaba la vida, que no quería morir, que todos aquellos tranquilizantes sólo le permitían olvidar, durante unas horas, la enfermedad que la corroía".
La semana más difícil en Londres
Cuando Leila comunicó a su madre que se iba de viaje a Londres, a Farah se le encogió el corazón. Su médico psicólogo, normalmente les recomendaba que no la dejaran sola, pero, en esta ocasión, le aconsejó que la dejase partir, que lo necesitaba.
Farah estaba afligida porque temía que en Inglaterra pudiera conseguir tranquilizantes mucho más fácil que en Francia.
Cuando Leila la llamó desde Londres: "se encontraba muy mal, agotada, con el cuerpo lleno de dolores (…) Intenté encontrar las palabras para apaciguarla, para aliviar su angustia", y le dijo que al final de esa semana iría a la capital británica y regresarían juntas a París. No quería que ninguna de sus amigas la viese, "en situación de debilidad, había adelgazado mucho los últimos meses".
Aun así, pese a su negativa, Farah llamó a una amiga de su hija para que estuviera atenta. Al principio, accedió a verla, pero después cambió de opinión. Decidió no insistir porque no quería molestar a la princesa, y le comentó a Farah que su hija le había dicho que no la llamase porque "iba a dormir".
Al final de la semana, todavía no había podido encontrarse con Leila, que no respondía sus llamadas, así que Farah se puso en contacto con un médico de Londres, que se acercó hasta el hotel donde se encontraba Leila.
Sin embargo, no pudo entrar a su habitación porque, de la puerta, colgaba un cartel de no molestar. Finalmente, logró subir. Farah y su hija Farahnaz -que había llamado para saber de su hermana- contenían la respiración al otro lado de la línea. Tras unos minutos, recibieron la devastadora noticia: Leila había fallecido.
El duelo de una emperatriz
Farah quiso que Leila descansara para siempre en París, en el cementerio Passy, situado en el XVI Distrito de la ciudad, donde también se encuentra su madre. Más de un millar de personas les acompañaron en el último adiós, y, en los siguientes días casi 7.000 cartas llegaron para Farah Diba. "Todas rezumaban pesadumbre y emoción. Desde aquel terrible luto, recibo sin cesar nuevos testimonios de simpatía hacia Leila y su tumba es visitada cada día por personas anónimas que la cubren de flores y de notas".
El corazón de Farah nunca se ha recuperado. "No te sobrepones a la muerte de un hijo, y desde aquel 10 de junio de 2001, lloro en silencio a mi pequeña Leila". Su desaparición "me sumió en una desesperación insondable, inconsolable". "Yo, que puedo, en unas pocas palabras, consolar a un viejo general, devolver la esperanza a los jóvenes iraníes desarraigados. Yo, que soy capaz, según dicen, de ayudar a una comunidad expulsada de su tierra, no conseguí ayudar a mi propia hija. Esta impotencia me atormenta cada día".












