María Ana de Saboya

María Ana de Austria, la abnegación de una Emperatriz

por hola.com

La emperatriz de Austria, María Ana de Saboya (1803-1884), ejemplifica un modelo de Soberana que a lo largo del siglo XVIII y XIX se repetiría con frecuencia: el de una mujer abnegada y con innegable sentido de estado que lejos de dejarse llevar por intereses particulares, decidiría entregarse a la tarea de acompañar a su marido, en este caso Fernando I de Austria (1793-1875), en la tarea que a este le había sido asignada por su linaje, labor que, a causa del difícil contexto sociopolítico de la época, se caracterizaría por no pocos sinsabores. Al igual que otras mujeres en la misma tesitura, la emperatriz María Ana haría valer su fuerte carácter frente a la evidente debilidad de su marido, convirtiéndose así en una figura clave del discurrir histórico de Austria. Hoy, pues, repasamos la biografía de la emperatriz María Ana de Saboya.

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La futura Soberana austriaca nace, junto a su hermana gemela María Teresa (1803-1879) – quien en el futuro se convertiría en Duquesa de Parma a través de su matrimonio con Carlos Luis de Borbón y Parma (1799-1833) - el 19 de septiembre de 1803 en el Palacio Colonna en Roma, siendo la hija del Rey Víctor Manuel I de Piamonte-Cerdeña (1759-1824) y de la consorte de éste, la archiduquesa María Teresa de Austria-Este (1773-1832). Su nombre completo al nacer fue princesa Anna María Pía Ricarda Carlota Margarita de Saboya. La Princesa saboyana tuvo el honor de ser bautizada por el Papa Pío VII (1742-1823). La infancia de la Princesa discurre principalmente en Cerdeña, una vez que durante este período la Familia Real de Saboya había sido expulsada de Turín, sede de la dinastía de los Saboya, por las fuerzas invasoras francesas. Ya desde la más tierna infancia, María Ana destacó por su belleza, heredando además la personalidad conservadora de su padre, basada en un catolicismo ortodoxo, y sus ideas políticas contrarrevolucionarias.

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A pesar de su indudable atractivo físico, María Ana apenas tuvo vida sentimental hasta bien entrada la veintena, cuando, a través de un acuerdo entre las familias, la joven fue comprometida para casarse con el Heredero al trono de los Habsburgo, Fernando de Habsburgo-Lorena y Borbón-Dos Sicilias, quien en aquellos momentos ya ejercía como Rey de Hungría. Está constatado que la Princesa recibió esta noticia con gran tristeza. El rey Fernando era epiléptico, sufría de hidrocefalia y padecía varios trastornos de personalidad que le convertía en una persona con una discapacidad mental evidente. Pese a ello, la joven en ningún momento dudó de la elección hecha por sus padres y aceptó el compromiso con gran entereza. 

La pareja contrajo matrimonio por poderes en Turín el 12 de febrero 1831, para más tarde, reunirse en persona por primera vez para casarse, concretamente el 27 de febrero, en Viena. Cuando la Princesa conoció a su ya marido no pudo evitar echarse a llorar. Y es que la primera impresión no pudo ser peor. El Heredero, que había sufrido una grave crisis epiléptica días antes de la boda, tuvo que ser ayudado para andar y ni siquiera podía recordar el nombre de su esposa, a la que trató durante la ceremonia como si de una mera desconocida se tratara y no la mujer con la que iba a compartir el resto de su vida. La hermosa, elegante y joven María Ana se veía así inmersa en un dificilísimo matrimonio con un hombre que a todas luces estaba incapacitado para heredar un imperio. Sin embargo, la Princesa supo recomponerse, apelando a su férreo sentido del deber, se secó las lágrimas y dio el sí quiero, convencida de su responsabilidad.

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El matrimonio, como todos en la corte vienesa predecían, fue, ante todo, un vía crucis para María Ana. Nunca existió vida marital entre los dos cónyuges – los Príncipes vivían en habitaciones separadas, una vez que Fernando tenía que ser atendido prácticamente las veinticuatro horas del día -. La pareja nunca tuvo hijos, aunque algunos de los médicos de la corte intentaron, con determinados remedios, propiciarlo, si bien los casi diarios ataques epilépticos del Príncipe terminaron por descartar la posibilidad. No obstante, Fernando amaba a su esposa, tal y como siempre hacía saber en sus periodos de lucidez mental, mientras que la princesa María Ana llegó a quererlo, aunque desde el primer día ejerció más como enfermera, que como esposa. La Princesa, en la correspondencia que ha llegado a nuestros días, describe a su marido con cariño y respeto, si bien se muestra agotada.

El 2 de marzo 1835 Fernando subió al trono de Austria como emperador Fernando I de Austria. María Ana, en consecuencia, se convierte en Emperatriz de Austria. Al año siguiente, la pareja se convertiría igualmente en Reyes de Bohemia, siendo coronados en Praga. El Emperador necesita asistencia constante, por lo que la Emperatriz se funciona como su mano derecha, haciendo todo tipo de gestiones y discutiendo los asuntos de estado. Progresivamente, la emperatriz María Ana se convierte en una figura política de primer orden en Austria, algo que fue recibido con simpatía por sus súbditos, que eran conscientes de su drama personal y su enorme fortaleza física e intelectual. Pese a su energía y su convicción, pronto se hizo evidente que el Imperio austríaco se enfrentaba a desafíos políticos, miliares y geoestratégicos que estaban más allá de las capacidades de un Emperador maltrecho.

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LA REVOLUCIÓN DE 1848
La debilidad del Jefe de Estado se tradujo en rebeliones a lo largo y ancho del Imperio, hasta llegar a Viena. La Familia Imperial se vio obligada a huir de la capital en un episodio que ha pasado a la Historia como la Revolución de 1848. El Emperador, que prácticamente no fue consciente de la situación, se vio obligado a abdicar, en un patético discurso que apenas fue capaz de leer, en su sobrino el archiduque Francisco José (1830-1916). El regreso a Viena fue de un dramatismo terrible, con la ya antigua Emperatriz llorando, impotente y desesperada.

Los monarcas depuestos abandonan el Palacio Imperial y se trasladan discretamente a Praga, lugar predilecto de María Ana, donde la pareja pasarían los últimos años de sus vidas. La vida en Chequia discurre tranquila, la Emperatriz entregada a la religión a la atención de su marido, que, a sus muchas dolencias, había añadido una progresiva obesidad que terminaría por impedirle llevar una vida normal. Todas las personas de su entorno no dejaban de alabar la devoción de la Emperatriz por su cónyuge, y todo ello sin mostrar el más mínimo atisbo de abatimiento. Finalmente, el antiguo Emperador moriría en 1875. La Emperatriz lo lloraría desconsolada durante meses. Profundamente cansada, María Ana de Austria pasa los últimos años totalmente retirada de la vida pública, asistiendo diariamente a varias misas y haciendo innumerables obras de caridad.

La Emperatriz moriría con ochenta años el 4 de mayo de 1884 en la capital checa. Sus restos mortales descansan al lado de los de su marido en la Cripta Imperial de Viena. 

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