Perder a un hijo es una herida que no cicatriza, y Belén Rueda lo sabe bien. La actriz ha hablado recientemente en una entrevista con el periodista Aimar Bretos sobre la muerte de su hija Lucía, que falleció con solo once meses por una cardiopatía congénita severa. Han pasado casi treinta años, pero el dolor, según ella misma reconoce, sigue acompañándola cada día.
Aun así, la actriz habla de un camino posible: transformar el recuerdo sin olvidar, permitir que quienes ya no están sigan viviendo en nosotros a través de la memoria y encontrar un sentido que haga habitable lo ocurrido. “Puedes estar enfadado con la vida todo el tiempo o intentar descubrir hacia dónde dirigir eso”, reflexionaba durante la entrevista. Sobre el duelo que se transita cuando se pierde a un hijo, aunque pasen décadas, hemos hablado con Neus Izaguirre, psicóloga clínica y psicoterapeuta.
¿Cómo evoluciona el duelo por un hijo cuando han pasado muchos años? ¿Puede hablarse realmente de "cerrar" esa herida?
La pérdida de un hijo no es una herida que se cierra en el sentido tradicional de olvidar o dejar atrás. La pérdida de un hijo es una experiencia que transforma profundamente la forma de estar en el mundo y de la persona que vive esa pérdida. La herida no desaparece, porque el vínculo y el amor hacia ese hijo tampoco desaparecen. Lo que suele ocurrir es que la persona aprende a relacionarse de otra manera con ese dolor, con el mundo y consigo mismo.
Con el paso de los años, el dolor suele cambiar de forma: deja de ser una presencia constante y desgarradora para convertirse en una ausencia que se integra en la historia personal.
¿El dolor se transforma, se suaviza, se integra... o simplemente se aprende a convivir con él?
Cada duelo es único, pero en muchos casos ocurre una combinación de todas esas cosas. El dolor suele evolucionar por diferentes estados emocionales.
Al principio puede sentirse como algo insoportable, caótico, imposible de sostener, puede sentirse insoportable, invadir cada aspecto de la vida y hacer imposible imaginar un futuro. La ausencia ocupa todo el espacio emocional y existencial de los padres. Pero el ser humano tiene una enorme capacidad de adaptación y de reconstrucción interna. Con el tiempo, muchas personas consiguen volver a conectar con momentos de bienestar, ilusión o calma sin sentir que están traicionando u olvidando a su hijo.
No significa que deje de doler, ya que hay fechas, etapas vitales o situaciones que pueden reactivar la tristeza incluso décadas después. Pero sí suele producirse una convivencia o integración distinta con el dolor y la ausencia: menos devastadora y más integrada en la propia biografía emocional.
Muchas madres y padres aprenden a vivir con esa pérdida sin que desaparezca el vínculo con su hijo. De hecho, en duelo hablamos más de integración que de superación. El amor hacia ese hijo sigue existiendo, y por lo tanto, también su lugar dentro de la familia.
El duelo no consiste en borrar la ausencia de esa persona que ya no está entre nosotros, sino en poder darle un lugar dentro de la propia vida de los padres, sin que lo invada todo constantemente, como suele ocurrir cuando acaba de fallecer el hijo.
No significa que deje de doler, ya que hay fechas, etapas vitales o situaciones que pueden reactivar la tristeza incluso décadas después
¿Cómo puede llegar a cambiar la identidad de una madre o un padre después de perder a un hijo? ¿Se reconstruye o se convive con una versión distinta de uno mismo?
La pérdida de un hijo lo rompe todo, el corazón, sueños, proyecciones de ese hijo, el círculo natural de la vida, certezas y transforma profundamente la identidad de los padres.
Muchas madres y padres explican que sienten que hay un "antes" y un "después" de esa experiencia. No vuelven a ser exactamente quienes eran.
El duelo confronta a las personas con grandes preguntas: el sentido de la vida, la injusticia, la fragilidad, la muerte, el amor. Y aunque no siempre haya respuestas claras, atravesar ese proceso puede llevar a una relación más profunda y auténtica con uno mismo y con la vida.
Con el tiempo, algunas personas logran reconstruirse incorporando esa vivencia a su identidad, a su nuevo Yo. Aprenden a convivir con una versión distinta de sí mismos: más vulnerable quizá, pero también, en ocasiones, más consciente de la vida, del amor y de la fragilidad de la existencia humana y también más conectados con lo esencial.
¿Es normal que cada persona intente encontrar algún motivo o una explicación para poder convivir con situaciones tan duras?
Sí, es completamente necesario y humano. El ser humano necesita encontrar sentido, especialmente cuando vive algo tan devastador y aparentemente incomprensible como la pérdida de un hijo. La gestión emocional implica dar significado para poder sostener lo vivido.
Algunas personas buscan respuestas médicas, otras espirituales, otras encuentran sentido ayudando a otras familias o transformando su experiencia en algo valioso. No existe una única manera correcta de hacerlo.
Lo importante es comprender que, aunque no siempre haya respuestas satisfactorias, la búsqueda de significado forma parte natural del proceso de duelo y que permite sostener emocionalmente la experiencia.
¿Es normal que haya quienes se mantengan enfadados con la vida después de vivir la pérdida de un hijo?
Sí, es absolutamente normal. La rabia forma parte natural del duelo, especialmente cuando sentimos que la vida ha roto algo profundamente injusto, especialmente cuando se pierde a un hijo, porque se percibe como algo profundamente doloroso y antinatural. Muchas personas sienten enfado hacia la vida, hacia el destino, hacia Dios, hacia los médicos, o hacia ellas mismas.
El problema no es sentir rabia, sino quedarse atrapado en ella sin poder elaborar el dolor que hay debajo. A veces esa rabia es una forma de protegerse de una tristeza inmensa. En el espacio de Terapia entendemos que la emoción necesita ser reconocida y expresada para no quedarse enquistada. La rabia no es el problema; el sufrimiento aparece cuando la emoción no encuentra espacio y queda congelada dentro de la persona.
Perder a un hijo confronta directamente con la sensación de falta de control y con la injusticia de la vida. Y aceptar eso no es sencillo. Por eso el enfado puede mantenerse durante años si no ha podido ser acompañado y elaborado. Por eso es tan importante validar todas las emociones del duelo sin juzgarlas. No hay una manera correcta de sufrir una pérdida así.
¿Cómo afecta esta pérdida a la pareja y a los otros hijos, si los hay? ¿Qué dinámicas suelen aparecer con el paso de los años?
La pérdida de un hijo impacta profundamente a todo el sistema familiar. En muchas parejas aparece una gran sensación de soledad, no porque falte amor, sino porque cada persona vive el duelo de forma distinta.
En la pareja, una de las mayores dificultades es que cada persona suele vivir el duelo de manera distinta: uno puede necesitar hablar constantemente y el otro refugiarse en el silencio o en la actividad. Esa diferencia, si no se comprende o no la pueden hablar y acordar entre ellos, puede generar mucha distancia.
También puede ocurrir que ambos intenten protegerse mutuamente y terminen dejando de compartir lo que sienten. Muchas parejas se distancian precisamente porque intentan no hacerse más daño mutuamente.
En relación con los otros hijos, a veces aparecen dinámicas de sobreprotección, miedo a nuevas pérdidas o dificultades para hablar abiertamente del hijo que murió. Algunos niños pueden sentir miedo a perder a otros seres queridos o percibir una tristeza permanente en casa que no saben cómo interpretar. Cuando el duelo queda silenciado, los niños suelen percibir el dolor igualmente, aunque no se nombre.
Con los años, si el duelo no se elabora, pueden aparecer silencios familiares, sobreprotección, dificultades para celebrar o una sensación de culpa asociada al bienestar.
Con el tiempo, las familias que logran integrar la pérdida suelen ser aquellas que pueden recordar al hijo desde el amor, hablar de él con naturalidad y permitir que siga teniendo un lugar emocional dentro de la familia, sin que toda la vida quede detenida en el dolor.
Algunas personas buscan respuestas médicas, otras espirituales, otras encuentran sentido ayudando a otras familias o transformando su experiencia en algo valioso
¿Cómo se aprende a vivir, a trabajar, a amar y a proyectar futuro después de una pérdida tan devastadora?
Al principio, muchas personas sienten que sobrevivir al día ya es suficiente. Muchas personas sienten que simplemente están sobreviviendo. La pérdida de un hijo rompe profundamente la sensación de seguridad y de sentido de vida.
Aprender a vivir después de algo significa, poco a poco, volver a conectar con la vida. Volver a reír, a amar, a disfrutar o a hacer planes puede generar ambivalencia al principio, como si hacerlo implicara dejar atrás al hijo perdido.
Pero con el tiempo, muchas personas descubren que el amor por ese hijo no desaparece cuando recuperan la capacidad de vivir. El duelo no consiste en elegir entre recordar o seguir adelante, sino en encontrar una manera de hacer ambas cosas a la vez.
Con la Psicoterapia, desde el enfoque humanista, acompañamos a la persona a reconectar poco a poco con sus necesidades, emociones y recursos internos, respetando profundamente su ritmo. No se trata de volver a ser feliz rápidamente ni de forzar procesos.
Con el tiempo, algunas personas descubren que pueden volver a amar, disfrutar o hacer planes sin dejar de amar a su hijo. Y eso suele ser uno de los aprendizajes más difíciles: comprender que seguir viviendo no significa olvidar o dejar de querer.
¿Puede ser útil la ayuda profesional, incluso muchos años después?
Sí, absolutamente. El duelo no entiende de calendarios. Hay personas que buscan ayuda muchos años después porque sienten que nunca pudieron expresar realmente lo que vivieron, porque determinados momentos reactivan el dolor o porque aprendieron a seguir funcionando, pero no a elaborar emocionalmente la pérdida.
A veces, en este tipo de duelos, lo más reparador no es encontrar respuestas, sino sentirse profundamente acompañado en aquello que durante años quizá se vivió en soledad.
La terapia puede ofrecer un espacio para poner palabras a emociones que durante años quizá quedaron silenciadas. Nunca es demasiado tarde para cuidar una herida emocional tan profunda.






