Ana Peleteiro, sobre su papel de 'madrastra', y lo que dice la psicología: "Construir un vínculo de apego seguro con un menor que no es hijo biológico es un proceso de fondo"


La deportista reflexiona sobre el vínculo que tiene con las hijas de su pareja, Benjamin Compaoré


Ana Peleteiro, en un evento en Madrid en noviembre de 2025© Getty Images
6 de octubre de 2026 a las 11:24 CEST

Ana Peleteiro volvió a hacer gala de su habitual sinceridad al repasar en su reciente visita a La Revuelta su vertiente más personal. La atleta gallega reveló que ya son "familia numerosa", al sumar a sus hijos Lúa y León los cuatro hijos de su marido, y cerró en banda la puerta a tener más niños a corto plazo. Además, no dudó en romper tabúes sobre la gestación: "Me encanta la maternidad, pero el embarazo lo detesto; no lo romantizo en absoluto".

Detrás de esa "familia numerosa" que mencionó entre risas con David Broncano hay una realidad compleja: el reto de construir un hogar ensamblado y el papel que asume en la vida de los hijos de su pareja. "Nunca quise ocupar un lugar que no me correspondía, porque ese lugar siempre será de otra persona", reflexionaba ella misma recientemente en redes sociales. Acompañando una imagen de complicidad cotidiana, la medallista olímpica dedicaba un emotivo mensaje a la hija mayor de su pareja, Benjamin Compaoré. 

Una 'madrastra orgullosa'

En sus palabras, Peleteiro ponía voz a un sentimiento: "Contigo aprendí una forma de ser mamá que no sabía que existía (...) sin buscarlo, contigo aprendí lo que significa sentir y preocuparse como una mamá". Su testimonio rompe de lleno con el estigma histórico que arrastra la palabra "madrastra", visibilizando la complejidad y la belleza de construir un vínculo de afecto real desde el respeto, la paciencia y la plena conciencia de que sumar un nuevo referente nunca debe significar competir con la figura materna de origen.   

"Te he visto crecer y cambiar. Hemos vivido momentos preciosos y otros muy difíciles. Hemos estado a tu lado cuando más nos necesitabas, intentando ser siempre ese lugar seguro al que pudieras volver cuando las cosas no fueran bien.  Y después de tantos años, de tantas cosas vividas y de un camino que no siempre ha sido fácil, por fin podemos decir que somos una familia a tiempo completo", apuntaba la deportista. "No puedo sentirme más orgullosa de nuestra mayor. De cómo has madurado, de la fuerza que has demostrado y, por encima de todo, de la buena persona que eres. Verte crecer y convertirte en la persona que eres hoy es uno de esos regalos que la vida me ha dado sin esperarlo. Mañana comienza otro capítulo de nuestra historia. Tu primer día de colegio en España, el comienzo de una vida nueva, con nuevos compañeros, nuevos lugares y muchísimas experiencias por descubrir.  Sé que habrá nervios, incertidumbre y quizá algún miedo, pero también sé que vas a poder con todo. Y nosotros estaremos aquí, como hemos estado siempre, caminando a tu lado", reflexionaba Peleteiro, que concluía el texto con una etiqueta que resume muy bien lo que siente: #madrastraorgullosa.

Para analizar cómo se gestiona interiormente este rol, cómo se desactiva el conflicto de lealtades en los menores y cuáles son los pilares clave para construir un afecto sólido a fuego lento, hablamos con la psicóloga María Jesús Andrés, de Psicomaster.   

María Jesús Andrés Pérez, Directora Fundadora de Psicomaster© Limbo Agency
María Jesús Andrés Pérez, Directora Fundadora de Psicomaster

Al asumir una relación con alguien que ya tiene hijos, ¿cuál es el error de partida más común en el que suelen caer las mujeres al entrar en esta dinámica familiar?

El error más común es entrar en la nueva familia con el modelo mental de la familia nuclear tradicional, como si se pudiera, o debiera, ocupar inmediatamente el rol materno. Esto lleva a la mujer a asumir funciones de autoridad, disciplina o cuidado íntimo antes de haber construido ningún vínculo real con el menor. La consecuencia casi automática es el rechazo del niño y la frustración de ella, que interpreta esa resistencia como un fracaso personal cuando en realidad es una respuesta lógica: nadie acepta autoridad o intimidad emocional de alguien que todavía es, para él, una persona casi desconocida.
La investigación en familias reconstituidas es clara en esto: el vínculo afectivo tiene que preceder a cualquier intento de ejercer un rol parental activo, nunca al revés.

En la sociedad sigue pesando cierto estigma con la palabra "madrastra". ¿Cómo influyen las expectativas externas y los clichés sociales en la presión que se pone una mujer a sí misma?

El imaginario cultural (Cenicienta, Blancanieves, el cuento popular) ha instalado durante generaciones la figura de la madrastra como sinónimo de maldad, rivalidad o desamor. Aunque conscientemente nadie crea en esos cuentos, el estigma actúa de forma subterránea: genera en muchas mujeres una hipervigilancia constante sobre cómo se las va a juzgar, un miedo a "hacer algo mal" que las lleva a dos extremos igual de dañinos —la sobreexigencia perfeccionista (intentar demostrar constantemente que "no son la mala") o la evitación (no poner límites nunca, por miedo a parecer la villana). Ambas posturas son agotadoras y, paradójicamente, dificultan la construcción de un vínculo auténtico, porque la mujer está actuando desde el miedo a una etiqueta y no desde su relación real con el niño. 

El imaginario cultural ha instalado durante generaciones la figura de la madrastra como sinónimo de maldad, rivalidad o desamor

María Jesús Andrés, psicóloga de Psicomaster

El camino no siempre es fácil. ¿Por qué es crucial entender que construir este vínculo es un proceso de fondo y qué trampas emocionales genera la prisa por querer ser una familia perfecta desde el primer día?

Construir un vínculo de apego seguro con un menor que no es hijo biológico es un proceso de fondo, no un evento. Los estudios sobre estabilización de familias reconstituidas hablan de plazos que van de los cuatro a los siete años hasta que el sistema familiar se siente "normal" para todos sus miembros. Cuando se busca la foto de familia feliz desde el primer año, aparecen varias trampas. Una de ellas es la decepción crónica: cada pequeño roce se vive como una prueba de que "esto no funciona".

Otro es el conflicto de lealtades del niño: si se le empuja a querer rápido, puede sentir que quererla es traicionar a su madre biológica.

Otro error común es la actuación forzada, que se da cuando se generan momentos de cariño impostado que el niño detecta perfectamente y que erosionan la confianza en lugar de construirla. Aceptar que se trata de una carrera de fondo, con avances y retrocesos, libera a todos de una presión que solo entorpece el proceso.

Las madres que se encuentran en esta situación saben que no deben ocupar un lugar que no les corresponde. ¿Cómo se gestiona interiormente el deseo de cuidar y proteger a un niño sin cruzar la línea ni competir con la figura de la madre biológica?

Aquí la clave psicológica es distinguir entre función de cuidado e identidad materna. Una mujer puede desplegar toda su capacidad de proteger, acompañar y querer a un menor sin necesidad de ocupar el lugar simbólico de "madre", porque ese lugar, en la mente del niño, ya está ocupado (esté la madre biológica presente, ausente o incluso si ha fallecido). Interiormente esto se gestiona de varias maneras.

Una de ellas es redefiniendo el propio valor. Su vínculo con el niño no vale menos por ser diferente al de la madre. Otra vía fundamental es permitir sentir emociones incómodas (celos, sensación de invisibilidad, agotamiento) sin actuar sobre ellas ni convertirlas en competencia; hablarlas con la pareja o, si hace falta, en terapia. Por último se debe evitar cualquier comentario o gesto, por sutil que sea, que desautorice a la madre biológica delante del niño. Eso, más que cualquier otra cosa, es lo que un niño no perdona con facilidad.

Ana Peleteiro y Benjamin Compaoré, unos días antes de convertirse de nuevo en padres© apeleteirob

¿Qué importancia tiene verbalizar y dejarle claro al propio menor que uno no viene a sustituir a nadie, sino a sumar un afecto diferente?

Decírselo explícitamente al menor, con palabras adaptadas a su edad, tiene un efecto protector enorme porque desactiva el conflicto de lealtades antes de que se instale. Un niño que escucha con claridad que puede seguir queriendo a su madre exactamente igual, y que lo que se le ofrece es "otro cariño, no un reemplazo", se siente libre para vincularse sin culpa. Eso sí: las palabras solo abren la puerta, no construyen la relación. Lo que la sostiene en el tiempo es la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, mes tras mes. 

¿Dónde está la línea entre "querer ejercer de madre" y entender que se ocupa un lugar diferente pero igualmente importante en la vida del menor?

La línea está en la función, no en la intensidad del cariño. Se puede querer a un niño con la misma hondura que a un hijo biológico, y aun así entender que el rol que se ocupa es cualitativamente distinto: no es la autoridad última en decisiones importantes, no es la referencia de origen o identidad, no compite en la jerarquía familiar con la madre. Papernow lo llama la posición de "adulto cercano" o "tío/tía especial" en las primeras fases, que con el tiempo, si el vínculo lo permite, puede evolucionar hacia algo más parecido a lo parental, pero siempre por invitación del propio vínculo y nunca por autoimposición. Es un lugar diferente, no un lugar menor. 

Construir a través de lo cotidiano compartido en vez de grandes gestos también es importante. Una rutina, un juego, un trayecto en coche, hacer algo juntos sin la presión de "tener una conversación profunda"

María Jesús Andrés, psicóloga de Psicomaster

El rechazo inicial o la resistencia del niño es un temor frecuente. ¿De qué manera se puede construir un vínculo de confianza sin forzar el afecto ni las situaciones?

La clave es no tomárselo como algo personal. La resistencia inicial suele hablar del proceso de adaptación del niño (edad, conflicto de lealtades, duelo por la familia anterior), no de un juicio sobre el valor de la mujer. También se debe bajar la exigencia de cercanía física o emocional. Hay que dejar que sea el niño quien marque la distancia y el ritmo, sin insistir en abrazos, besos o declaraciones de cariño. Construir a través de lo cotidiano compartido en vez de grandes gestos también es importante. Una rutina, un juego, un trayecto en coche, hacer algo juntos sin la presión de "tener una conversación profunda".

Es igual de útil el validar las emociones negativas, incluso si incluyen rechazo hacia ella ("entiendo que esto sea raro para ti", "no pasa nada si todavía no me tienes confianza"), en lugar de intentar convencerlo de que sienta otra cosa. No se debe olvidar el apoyo activo de la pareja: el padre biológico debe sostener el proceso, poner algunos límites de respeto básico (no significa cariño forzado, sino educación mínima) y no dejar a la mujer sola gestionando la relación con el hijo. La confianza no se fuerza, se acumula, gesto pequeño a gesto pequeño, en un terreno donde el niño sienta que no hay ninguna exigencia oculta.

Si tuvieras que resumir tres pilares fundamentales para que la figura de la madrastra aporte equilibrio y armonía a una familia reconstruida, ¿cuáles serían? 

Si tuviera que resumir en un solo bloque los pilares que sostienen a una madrastra en la construcción de una familia reconstituida en equilibrio, diría que todo descansa en tres actitudes que se entrelazan entre sí y se refuerzan mutuamente. La primera es la paciencia radical con los tiempos: aceptar, desde el principio, que el vínculo con el menor se construye a lo largo de años y no de meses, que habrá avances y también retrocesos, y que ninguno de esos retrocesos es una señal de fracaso sino una parte natural del proceso.

Esa paciencia solo se sostiene, sin embargo, si va acompañada de una comunicación clara y honesta en dos direcciones: con la pareja, para definir juntos los roles, los límites y el modo en que se van a apoyar mutuamente en los momentos difíciles; y con el propio niño, a quien conviene nombrarle con palabras sencillas lo que una es y, sobre todo, lo que no pretende ser, dejando claro que no viene a ocupar el lugar de nadie.

Y finalmente, sosteniendo todo lo anterior, está la legitimidad de un vínculo propio: entender que la relación que se construye con el menor no tiene que compararse ni competir con ningún otro vínculo familiar, porque no busca replicar lo materno sino crear algo distinto, auténtico y valioso por sí mismo. Cuando estas tres actitudes conviven —tiempo, palabra clara y un vínculo que se acepta como propio y singular—, la figura de la madrastra deja de definirse desde el miedo al estigma y empieza a habitarse desde una identidad serena, genuina y verdaderamente significativa para el niño.