Joanna Habiak es autora, coach de madres y creadora de Proyecto Felicidad, una iniciativa que une libros, música y bienestar emocional para familias. En su segundo libro, Crecemos juntos (Ed. Proyecto Felicidad Publishing), ofrece nueve canciones en distintos estilos musicales y dos idiomas, que son la puerta de entrada a conversaciones, reflexiones y, lo más importante, una conexión profunda entre padres e hijos.
Hablamos con ella sobre cómo las familias pueden encontrar ese espacio común para cumplir el deseo de conectar mejor con sus hijos en una época en la que todo va demasiado deprisa.
Las grandes relaciones no se construyen a partir de grandes momentos. Se construyen a partir de cientos de pequeños momentos cotidianos que, con el tiempo, terminan creando confianza, complicidad y conexión emocional
En Crecemos juntos tratas de recuperar ese espacio de conexión entre padres e hijos dentro de casa a través de la lectura, pero basándote en canciones. ¿Cómo actúa la música como generadora de atención para luego trasladarla a los libros?
La primera canción que escribí fue Estés donde estés, y nació buscando un profundo anclaje emocional de mi hijo conmigo. Llegó después de un viaje que durante un tiempo pensé que quizá no iba a tener un buen final. Hasta entonces yo vivía muy proyectada hacia el futuro, como si siempre hubiera un mañana garantizado para decir, hacer o demostrar lo importante. Pero aquella experiencia me hizo entender algo muy profundo: el futuro es incierto y lo único que realmente tenemos es el presente.
A la mañana siguiente de aterrizar quise hacerle a Daniel un regalo sencillo, pero muy nuestro: llevarlo a ver amanecer en la playa. De ese momento nació Estés donde estés. Para mí esa canción es su conexión conmigo para siempre. Es una manera de decirle que, pase lo que pase y esté donde esté, siempre tendrá un lugar emocional al que volver.
Cuando escuché aquella canción terminada entendí algo muy importante. La música tenía una capacidad extraordinaria para llegar donde muchas veces las palabras no llegaban. Podía explicar emociones complejas, permanecer en la memoria durante años y acompañarnos en momentos concretos de nuestra vida. Comprendí que las canciones podían convertirse en auténticos anclajes emocionales.
A partir de aquella primera canción nacieron otras siete que acompañaron mi primer libro. Con el tiempo me di cuenta de que muchas personas leían el libro, pero no siempre escuchaban las canciones. Y para mí aquello era una oportunidad perdida, porque la música no era un complemento; era una parte esencial del mensaje. Fue entonces cuando decidí darle la vuelta al proceso. Si las canciones tenían tanto poder para emocionar, conectar y anclar aprendizajes, ¿por qué no convertirlas en protagonistas? Así nació Crecemos juntos. En esta ocasión fueron las canciones las que dieron origen a las reflexiones, los ejercicios y las experiencias familiares que forman parte del libro.
Mi objetivo nunca ha sido que un niño o una madre lean más páginas. Mi objetivo es que una familia encuentre más momentos para mirarse, escucharse y hablar de aquello que realmente importa. Crecemos juntos nace de una convicción muy sencilla: hay aprendizajes que se entienden con la cabeza, pero hay otros que solo se integran de verdad cuando pasan también por el corazón.
A través de las canciones propones ejercicios y experiencias pensados para vivirse en familia. ¿Cómo deben ser estas propuestas para que niños y adolescentes quieran participar?
Lo primero es entender que ni a los niños ni a los adolescentes les gusta sentirse evaluados constantemente. Y, sinceramente, a los adultos tampoco. Vivimos rodeados de obligaciones, expectativas y una sensación permanente de tener que hacerlo todo bien. Por eso las propuestas de Crecemos juntos no nacen desde la exigencia, sino desde la experiencia.
Una canción se escucha de manera completamente diferente a una lección. No impone. No obliga. No activa defensas. Invita. Y esa diferencia es enorme. Cuando una conversación nace a partir de una emoción compartida, la participación surge de forma mucho más natural. Nunca imaginé Crecemos juntos como un libro que los padres compran para entregárselo a sus hijos esperando que el cambio ocurra al otro lado de la mesa. Para mí el verdadero punto de partida son los propios padres. Son ellos quienes suelen buscar herramientas, hacerse preguntas y dar el primer paso.
Siempre he creído que los hijos aprenden mucho menos de nuestros discursos que de nuestro ejemplo. Observan cómo hablamos, cómo reaccionamos ante las dificultades, cómo tratamos a los demás, cómo pedimos perdón o cómo expresamos cariño. Por eso, el objetivo del libro no es enseñar a los padres qué deben decir a sus hijos, sino ofrecer experiencias que ayuden a toda la familia a crecer junta.
Los ejercicios están pensados para generar conversaciones, recuerdos, preguntas, reflexiones y momentos de conexión que quizá llevaban tiempo esperando una oportunidad para aparecer. No buscan formar familias perfectas. Buscan crear espacios donde padres e hijos puedan volver a encontrarse. Porque muchas veces el problema no es la falta de amor. La mayoría de las familias se quieren profundamente. Lo que falta es tiempo, herramientas y momentos para expresar ese amor de una manera que el otro pueda sentirla. Y ahí es donde la música, las historias y las experiencias compartidas pueden convertirse en un puente extraordinario.
Cuentas que es un proyecto que nace de tu propia experiencia personal para motivar a tu hijo adolescente en la lectura. ¿Cuáles han sido los resultados?
Lo curioso es que el resultado más importante no tiene que ver con la lectura. Sí, Daniel leyó el libro y le gustó, algo que ya de por sí era bastante sorprendente porque nunca ha sido un gran lector. Pero lo verdaderamente valioso fue todo lo que ocurrió alrededor del libro: las conversaciones, las preguntas, las reflexiones y los aprendizajes que fueron apareciendo con el paso de los años.
La prueba más bonita llegó poco después de la publicación del primer libro. Cuando mi hijo tenía 15 años tuvo que hacer una presentación oral delante de toda la clase sobre la persona a la que más admiraba y dijo que su ídolo era su madre y que cuando fuera adulto quería ser como yo. Cuando la profesora me lo contó entendí algo muy importante: nuestros hijos no siempre hacen exactamente lo que les decimos, pero integran muchísimo más de lo que creemos. A veces pensamos que educar consiste en obtener resultados inmediatos y visibles, cuando en realidad muchas de las semillas que plantamos tardan años en florecer. Y cuando finalmente lo hacen, descubres que nada de lo que hiciste con amor fue en vano.
Hoy Daniel tiene 20 años, estudia en la universidad y vive a miles de kilómetros de casa. Sin embargo, cuando algo importante le ocurre, sigue llamándome. A veces suena el teléfono y escucho simplemente: “Mamá...”. Y sé perfectamente que necesita hablar. No porque yo haya sido una madre perfecta, ni mucho menos, sino porque durante años hemos construido una relación basada en la confianza, la conversación y la conexión emocional.
Si me preguntas cuál es el mayor resultado de todo este camino, no te diría que ha leído mis libros o escuchado mis canciones. Te diría que, a pesar de la distancia, seguimos teniendo una relación en la que existe confianza para compartir alegrías, dudas, miedos y decisiones importantes. Seguimos encontrando espacios para hablar de la vida, para pedir consejo y para sentir que estamos presentes el uno para el otro incluso cuando nos separan miles de kilómetros.
¿Qué beneficios tiene la lectura compartida con los hijos en un entorno en el que, como apuntas, hay mucho cansancio emocional en las familias?
La lectura compartida tiene un valor enorme porque obliga a detenerse. Y hoy detenerse se ha convertido casi en un acto revolucionario. Vivimos corriendo. Los padres llegan cansados. Los hijos viven rodeados de estímulos. Todos estamos permanentemente conectados y, paradójicamente, cada vez nos cuesta más conectar entre nosotros.
Cuando una familia comparte una lectura, una historia o incluso una canción, ocurre algo muy especial. Durante unos minutos desaparecen las pantallas, desaparecen las notificaciones y desaparecen las prisas. Y en su lugar aparece algo que escasea muchísimo: la presencia.
Además, los libros tienen una capacidad extraordinaria para abrir conversaciones que muchas veces no sabemos cómo iniciar. Resulta mucho más sencillo hablar de un personaje que hablar directamente de uno mismo. Pero a través de ese personaje terminamos hablando de nuestros propios miedos, sueños, inseguridades, frustraciones o heridas. Sin darnos cuenta, aquello que parecía una simple lectura se convierte en una oportunidad para conocernos mejor.
Por eso nunca he visto la lectura únicamente como una herramienta educativa. La veo como una herramienta de conexión. De hecho, creo que el verdadero valor no está en terminar un capítulo o completar un ejercicio, sino en la conversación que surge después, en esa pregunta que alguien se atreve a hacer o en esa reflexión que probablemente no habría aparecido de otra manera.
Precisamente por eso mi sueño va mucho más allá de los libros. Creo que debemos aprender a utilizar la tecnología a nuestro favor y no en nuestra contra. Las nuevas generaciones se relacionan con el mundo de una manera diferente y tenemos que ser capaces de llegar a ellas en los formatos que utilizan sin renunciar a la profundidad de los mensajes. Pero, independientemente del formato, el objetivo sigue siendo exactamente el mismo: crear momentos de conexión auténtica. Porque, sinceramente, creo que hoy muchas familias no necesitan más información. Lo que necesitan son más momentos compartidos.
¿Cuáles son los factores que, a tu juicio, están provocando esa desconexión entre padres e hijos y qué podemos hacer para revertir la situación?
Si tuviera que resumirlo en una sola frase, diría algo muy sencillo: no nos falta amor. Nos falta tiempo de calidad, congruencia y herramientas. Creo que una de las mayores dificultades de nuestra época es que hemos aprendido a responder constantemente a lo urgente, pero muy pocas veces nos han enseñado a proteger lo importante. Pasamos el día apagando fuegos, resolviendo problemas, atendiendo obligaciones y corriendo de una tarea a otra. Y cuando por fin terminamos, muchas veces ya no nos queda energía para aquello que más valor tiene: nuestra pareja, nuestros hijos, nuestras relaciones y nuestra propia vida emocional.
También nos falta congruencia. Los hijos escuchan menos lo que decimos y observan muchísimo más lo que hacemos. Nos esforzamos por transmitirles valores, pero ellos aprenden sobre todo de nuestro ejemplo. Aprenden viendo cómo tratamos a los demás, cómo gestionamos nuestros errores, cómo reaccionamos ante las dificultades o cómo expresamos el cariño dentro de casa.
Y nos faltan herramientas. Nadie nos enseñó realmente a comunicarnos emocionalmente dentro de una familia. Nos enseñaron matemáticas, historia, idiomas y muchas otras materias importantes, pero muy pocas veces nos enseñaron a escuchar de verdad, a validar emociones, a gestionar conflictos o a construir vínculos sólidos.
Hoy se habla mucho de los lenguajes del amor, pero la realidad es que muchos padres ni siquiera conocen los suyos propios. No saben qué les hace sentirse queridos, comprendidos o valorados. Y si no conocemos nuestro propio lenguaje emocional, resulta mucho más difícil reconocer el de nuestra pareja o el de nuestros hijos.
Por eso creo que la solución no pasa por hacer cosas extraordinarias. Empieza con pequeños gestos cotidianos que parecen insignificantes, pero que terminan construyendo relaciones sólidas. Escuchar sin interrumpir. Mirar a los ojos. Guardar el móvil durante una conversación. Compartir una canción. Leer una página juntos. Preguntar sinceramente cómo está la otra persona y quedarse para escuchar la respuesta. Las grandes relaciones no se construyen a partir de grandes momentos. Se construyen a partir de cientos de pequeños momentos cotidianos que, con el tiempo, terminan creando confianza, complicidad y conexión emocional.
Y quizá esa sea la reflexión más importante de todo este proyecto. No necesitamos familias perfectas. Necesitamos familias más presentes. Porque al final los hijos no recuerdan todo lo que les compramos ni todo lo que les dijimos. Lo que recuerdan es cómo se sintieron cuando estaban con nosotros.








