Un psicólogo analiza el potente mensaje de Isco Alarcón a sus hijos: "Intentaba enseñarles cómo afrontar las cosas. Que no hay que venirse abajo"


El futbolista ha atravesado una etapa compleja debido a las lesiones y ha intentado transmitir a sus hijos un mensaje de resiliencia


Isco Alarcón, durante un partido del Real Betis© Getty Images
7 de junio de 2026 a las 13:00 CEST

Los malos momentos que ha atravesado Isco Alarcón a causa de las lesiones no solo se han quedado en el vestuario, sino que inevitablemente se han dejado sentir en su casa. Recientemente, en unas declaraciones al periódico deportivo Marca, el jugador del Betis reconocía que el más pequeños de los hijos que tiene con Sara Sálamo ya no quiere jugar al fútbol. 

Tras el impacto emocional que causó su baja física en los más pequeños, el centrocampista malagueño ha querido transformar este bache en una valiosa escuela de resiliencia. "Intentaba enseñarles cómo afrontar las cosas. Que no hay que venirse abajo. Que, en cuanto pudiera, estaría otra vez en el campo a tope", confiesa el jugador, quien no ha dudado en inculcarles la fuerza para superar los malos momentos. Una lección que, sin duda, será importante en su vida, tal y como nos cuenta el psicólogo Marc Rodríguez, psicólogo especialista en Inteligencia Emocional (@rodriemocion).

Isco, con uno de sus hijos en brazos
Isco, con uno de sus hijos en brazos

¿Cómo se explica la resiliencia a nivel psicológico cuando hablamos de niños y adolescentes?

Cuando hablamos de resiliencia en niños y adolescentes hablamos de la capacidad que tienen para afrontar una situación difícil, adaptarse a ella y, poco a poco, recuperar cierto equilibrio. Pero me parece importante decir algo: un niño resiliente no es un niño que no llora, que no se enfada o que no se viene abajo nunca. Eso no sería resiliencia, sería más bien bloqueo emocional o una especie de “tengo que aguantar como sea”.

La resiliencia tiene más que ver con poder sentir lo que toca sentir, pero sin quedarse atrapado ahí para siempre. Un niño puede estar triste porque sus padres se separan, frustrado porque se lesiona, enfadado porque no le sale algo o asustado ante un cambio. Todo eso es normal. Lo importante es que, con ayuda, pueda ir entendiendo lo que pasa, expresarlo y encontrar maneras de seguir adelante.

Desde la psicología, podríamos decir que la resiliencia es como una mochila de recursos. Cuantos más recursos tenga el niño, como seguridad emocional, adultos que le acompañan, confianza en sí mismo o capacidad para pedir ayuda, mejor podrá caminar cuando el terreno se complique.

¿Por qué algunos niños parecen adaptarse mejor que otros a situaciones difíciles?

No todos los niños responden igual porque no todos parten del mismo lugar. Hay niños que, por temperamento, son más tranquilos, más flexibles o toleran mejor los cambios. Otros son más sensibles, más intensos o necesitan más tiempo para sentirse seguros. Y eso no significa que unos sean “mejores” que otros, simplemente tienen formas distintas de procesar lo que ocurre.

También influye muchísimo el entorno. Un niño que se siente querido, escuchado y acompañado suele tener más capacidad para afrontar una dificultad. No porque lo viva sin dolor, sino porque sabe que no está solo.

Por ejemplo, ante un cambio de colegio, un niño puede vivirlo como una aventura y otro como una amenaza enorme. La diferencia no siempre está en el cambio en sí, sino en cómo se le acompaña, cómo se le explica y qué herramientas tiene para gestionarlo.

El jugador malagueño, en uno de sus partidos con el Betis© GTRES
El jugador malagueño, en uno de sus partidos con el Betis

¿Qué papel juega que un padre o una madre verbalice mensajes como “No hay que venirse abajo”?

Puede ser un mensaje muy potente, pero depende mucho de cómo se diga y desde dónde se diga.

Si “no hay que venirse abajo” significa “no llores”, “no estés triste” o “no me muestres tu malestar”, entonces no ayuda. Porque el niño aprende que sentirse mal está mal, valga la redundancia.

Pero si la frase quiere decir “esto es difícil, claro que duele, pero vamos a intentar seguir adelante”, entonces sí puede ser muy valiosa. Porque transmite esperanza, dirección y calma.

A mí me gusta entenderlo como un mensaje de sostén: “Puedes caerte, puedes tener un mal día, puedes sentir miedo, pero no vamos a quedarnos a vivir en ese miedo”. Esa es una idea muy sana para un niño o adolescente.

¿Qué impacto tiene que los hijos vean a sus padres afrontar una adversidad con actitud constructiva?

Tiene un impacto enorme. Los niños aprenden mucho más por observación que por discursos. Pueden escuchar mil veces “hay que ser fuerte”, pero si ven que ante cualquier problema en casa hay gritos, dramatismo o bloqueo, eso es lo que van a interiorizar.

En cambio, cuando ven que sus padres tienen un problema, lo reconocen, lo hablan y buscan soluciones, aprenden una forma mucho más sana de afrontar la vida.

Y ojo, no se trata de que los padres finjan estar siempre bien. Eso tampoco es realista. Un padre puede decir: “Hoy estoy preocupado”, “esto me ha dado rabia” o “necesito un rato para pensar”. Eso no debilita al adulto, al contrario, lo humaniza.

Lo importante es que el niño vea que una emoción difícil no tiene por qué convertirse en una catástrofe. Que se puede sentir, hablar y gestionar.

Cuando los niños ven que sus padres tienen un problema, lo reconocen, lo hablan y buscan soluciones, aprenden una forma mucho más sana de afrontar la vida

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Qué hacen muchos padres sin darse cuenta que dificulta la resiliencia de sus hijos?

Muchas veces, sin querer, les quitamos a los niños oportunidades para entrenar esa resiliencia. Una de las cosas más comunes es la sobreprotección. Por amor, intentamos evitarles cualquier frustración, cualquier mal rato, cualquier error. Pero claro, si nunca les dejamos enfrentarse a pequeñas dificultades, luego no tendrán práctica cuando llegue una dificultad más grande.

También pasa que algunos padres dramatizan mucho. Si el niño suspende un examen y en casa se vive como una tragedia, el niño aprende que fallar es peligrosísimo. Si pierde un partido y todos reaccionan como si fuera algo terrible, ese niño no aprende a perder, aprende a temer la derrota.

Y luego está el otro extremo: minimizar. Decir “no es para tanto”, “eso es una tontería”, “no llores por eso”. Quizá para el adulto no es para tanto, pero para el niño sí. Y si siente que sus emociones no importan, probablemente dejará de expresarlas o las expresará peor.

En resumen: ni sobreproteger, ni dramatizar, ni minimizar. Acompañar. Que se dice fácil, pero cuesta, claro.

¿Cómo se explica una lesión, una enfermedad, un despido o un cambio brusco sin alarmar pero sin mentir?

Con verdad, calma y palabras sencillas. Los niños no necesitan saber todos los detalles, pero sí necesitan una explicación honesta. Porque cuando los adultos callan, ellos muchas veces imaginan cosas peores. Y además captan perfectamente el ambiente: si hay tensión, si los padres hablan bajito, si todos están preocupados...

Por ejemplo, ante una lesión se puede decir: “Papá se ha lesionado y durante un tiempo tendrá que parar. Es una faena, claro, pero los médicos nos están ayudando y vamos a ir paso a paso”.

Ante un despido: “Ha habido un cambio en el trabajo y ahora mamá va a buscar otro empleo. No es culpa tuya ni tienes que preocuparte por resolverlo, eso lo vamos a gestionar los adultos”.

La idea es no mentir, pero tampoco cargar al niño con angustias adultas. Hay que darle información suficiente para que entienda, y seguridad suficiente para que no sienta que el mundo se le cae encima.

Isco Alarcón y Sara Sálamo llevan casados desde 2024 y son padres de dos niños
Isco Alarcón y Sara Sálamo llevan casados desde 2024 y son padres de dos niños

¿Por qué es tan potente que un padre deportista de élite diga públicamente que quiere enseñar a sus hijos a no venirse abajo?

Porque un deportista de élite suele representar éxito, esfuerzo, disciplina y fortaleza. Pero al mismo tiempo, también sabe lo que es perder, lesionarse, recibir críticas o tener que empezar de nuevo.

Cuando una persona así dice públicamente que quiere enseñar a sus hijos a no venirse abajo, está dando un mensaje muy potente: que la vida no va solo de ganar. También va de saber perder, de parar cuando toca, de recuperarse y de volver a intentarlo.

Además, rompe con una idea muy extendida: que la fortaleza consiste en no sufrir. Y no. La fortaleza emocional consiste en poder sufrir sin destruirte, en aceptar que algo duele pero aun así buscar cómo seguir.

Para un niño, que su padre o madre diga esto puede ser muy importante, porque le enseña que no tiene que ser perfecto para ser valioso.

¿Cómo se enseña a un niño que fallar, lesionarse o equivocarse forma parte del camino?

Se enseña con la reacción del adulto. Si cada vez que el niño falla recibe enfado, decepción o crítica, asociará el error con peligro. Y entonces intentará evitarlo, esconderlo o se machacará por dentro.

Pero si cuando falla se le ayuda a entender qué ha pasado, el error se convierte en aprendizaje.

Una frase útil sería: “Esto no ha salido como querías, pero vamos a ver qué puedes aprender”. O también: “Equivocarte no significa que seas malo en esto, significa que estás aprendiendo”.

Con una lesión pasa algo parecido. Sobre todo en niños que hacen deporte, lesionarse puede sentirse como perder una parte de su identidad. Si no puedo jugar, ¿quién soy? Ahí es importante recordarles que valen mucho más que su rendimiento.

El mensaje debería ser: “Ahora toca cuidarte, tener paciencia y recuperarte. Esto también forma parte de tu camino”.

Cuando una persona conocida dice públicamente que quiere enseñar a sus hijos a no venirse abajo, está dando un mensaje muy potente: que la vida no va solo de ganar

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Qué habilidades se pueden entrenar en casa para que un niño sea más resiliente?

Hay muchas, y no hace falta hacer cosas muy complicadas. Una de las más importantes es ayudarles a poner nombre a lo que sienten. No es lo mismo decir “estoy mal” que poder decir “estoy frustrado”, “tengo miedo” o “me siento decepcionado”. Cuando una emoción tiene nombre, se vuelve más manejable.

También se puede entrenar la resolución de problemas. En vez de darles siempre la solución, podemos preguntar: “¿qué podrías hacer?”, “¿qué opciones tienes?”, “¿qué probarías la próxima vez?”. Esto les ayuda a pensar y no solo a depender del adulto.

Otra cosa muy importante es dejarles pequeñas responsabilidades. Preparar su mochila, ordenar algo, pedir perdón cuando toca, hablar con un profesor si ha habido un problema... pequeñas cosas que les enseñan “soy capaz”.

Y luego está la autocompasión, que me parece clave. Enseñarles a no hablarse fatal cuando se equivocan. Cambiar el “soy tonto” por “esto me ha salido mal, pero puedo intentarlo de otra manera”. Eso parece pequeño, pero es enorme.

¿Qué señales indican que un niño no está pudiendo gestionar una situación difícil?

Aquí hay que mirar cambios. No tanto un día malo, porque todos podemos tenerlo, sino cambios que se mantienen. Por ejemplo, un niño que empieza a estar mucho más irritable, que llora con facilidad, que se aísla, que deja de disfrutar de cosas que antes le gustaban o que empieza a tener miedo a situaciones que antes llevaba bien.

También puede notarse en el colegio: bajada de rendimiento, rechazo a ir, problemas de conducta o dificultad para concentrarse.

Y muchas veces aparece en el cuerpo. Dolores de barriga, dolor de cabeza, cansancio, problemas para dormir, pesadillas, cambios en el apetito... En niños, el cuerpo habla mucho.

En adolescentes, además, hay que estar atentos a frases como “me da igual todo”, “no puedo más”, “soy un fracaso” o “nadie me entiende”, sobre todo si vienen acompañadas de aislamiento.

No se trata de alarmarse a la primera, pero sí de observar. Si el malestar dura semanas, va a más o afecta claramente a su vida diaria, lo recomendable es pedir ayuda profesional.