Las blusas blancas son, sin duda, un esencial indiscutible en nuestro armario. Nos fascinan especialmente aquellas de alma romántica y bohemia, dotadas de cuellos dramáticos, mangas con volantes en cascada y delicados bordados de encaje. Hoy en día, esta fórmula estilística nos resulta de lo más casual; la integramos en nuestro día a día con unos vaqueros o una falda midi, zapatos planos o de tacón... ¡todo vale! Sin embargo, hace siglos, lucir una camisa blanca impecable con un cuello más especial estaba estrictamente reservado para unos pocos privilegiados. Durante el Siglo de Oro, la alta sociedad desarrolló una auténtica obsesión por estas piezas, pero el precio a pagar por llevarlas trascendía lo económico.
El motivo por el que las blusas blancas que hoy son imprescindibles en el armario femenino eran el mayor símbolo de riqueza hace 500 años
Me vino a la mente durante un viaje a Albacete para ser testigo de la tercera edición de la pasarela Castilla - La Mancha es Moda, donde la firma de novias e invitadas Candelas y Felipa presentó una colección inspirada precisamente en la magnificencia del Siglo de Oro español. Y es que la máxima tendencia entre las mujeres por aquel entonces era la gorguera. Originalmente, este término definía a la pieza de la armadura medieval que protegía el cuello, pero con el tiempo evolucionó hasta convertirse en una elaborada prenda de tela.
De la gorguera nació la lechuguilla, pero no las confundamos: toda lechuguilla era una gorguera, no al revés. Mientras que las mujeres lucían gorgueras que llegaban a cubrir parte del escote y el pecho, y estas a veces incluso venían ya incorporadas a sus camisas, la lechuguilla era el cuello en sí que adornaba la indumentaria masculina, caracterizada por requerir grandes cantidades de almidón y moldes para mantener sus inconfundibles pliegues en forma de ocho.
La obsesión fue tal que, en la historia del arte, es posible fechar un cuadro con un margen de error de apenas cinco años basándose únicamente en las proporciones de este accesorio, que hacia el año 1600 alcanzó tamaños desaforados rozando las orejas, conociéndose entonces como "lechuguillas de plato". El diseñador Lorenzo Caprile, durante un recorrido guiado por el Museo del Prado, arrojaba luz sobre la verdadera tortura física que suponían: "Cuando los cuellos alcanzaron esas dimensiones debían sujetarse con una especie de arandela metálica en el cuello para aguantar el peso y eso te obligaba a tomar una posición erguida".
Como bien relata, esta postura forzada fue lo que dio fama al estereotipo del español soberbio y altanero. Además, evidenciaba la pertenencia a una élite que consideraba indigno el trabajo manual, ya que con semejantes artilugios era físicamente imposible realizar tareas como recoger la cosecha en el campo. El Imperio español marcó tendencia en toda Europa, siendo adoptada y exagerada en Inglaterra por figuras como Isabel I, pero irónicamente, hasta bien entrado el siglo XVIII los ingleses aún caricaturizaban a los españoles vistiéndolos de negro y con inmensas lechuguillas para evocar lo rancio y lo antiguo.
El mercado negro detrás de la blusa blanca: una prenda que solo las clases altas podían mantener limpia
Pero el verdadero símbolo de estatus no residía solo en las costosas puntas de encaje de bolillos con las que se elaboraban o en poder pagar a los "abridores de cuellos", que eran aquellos profesionales dedicados a almidonar y dar forma a la tela con tenacillas. La señal indiscutible de riqueza era, sorprendentemente, la limpieza. Mantener esos cuellos de un blanco nuclear requería el uso de unos polvos azules blanqueadores que monopolizaba la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Al ser Holanda el gran enemigo, se generó un intenso mercado negro en nuestro país para conseguir el producto. Solo la nobleza y el clero tenían el poder adquisitivo para acceder a estos polvos para sus "coladas".
Tras alcanzar su apogeo, comenzaron a disminuir hacia 1615 hasta desaparecer con la pragmática sanción de Felipe IV. Tal y como señala Caprile, al monarca "no le gustaban o no tenía suficiente cuello", y los sustituyó por las valonas y cuellos planos que inmortalizó Velázquez en sus retratos. Hoy, afortunadamente, podemos disfrutar de nuestras blusas blancas románticas con total libertad, sin arandelas metálicas ni contrabando de por medio, y añadir tantos volantes queramos para hacer de nuestros looks estivales mucho más especiales.









