La mayoría de desfiles son un repaso de las tendencias que, en los próximos meses, invadirán las tiendas; otros, mucho menos frecuentes, se sienten, en cambio, como un acto de recogimiento. La pasada noche, en Madrid, ciudad en la que reside desde hace casi una década, Jan Taminiau nos recordó que los suyos pertenecen a esta segunda categoría. Favorito de la reina Máxima de Países Bajos, entre otras mujeres elegantísimas de la élite europea, el diseñador neerlandés congregó a sus clientas y amigas cercanas (y también a algunas de sus hijas) para la presentación de una entrega que bautizó como What Remains. Poesía pura sobre el eco del tiempo.
En la era de la viralidad, el creador nacido en Goirle ha decidido pisar el freno y tomarse el tiempo para responder, a través de esta nueva propuesta, una cuestión que roza lo metafísico: ¿qué es lo que queda cuando todo cambia? Así surgió el nombre que lleva la colección. En un ejercicio de honestidad, se sumergió en los archivos de la casa que fundó en 2004 para desgranar aquellos elementos que constituyen la esencia de su trabajo y, por tanto, de sí mismo. “No me interesa lo nuevo; me interesa lo que permanece", afirma.
Asimismo, vincula este concepto con su obsesión por el tratamiento escultural de los tejidos y demás materiales para crear vestidos y trajes que bien podrían considerarse obras de arte. Durante años, la firma ha estado recolectando lonas y textiles expuestos a la intemperie, rescatando fragmentos de espacios habitados para integrarlos en sus diseños.
La pasarela se llenó de cortes arquitectónicos y proporciones de impacto, con abrigos y vestidos cuya quietud ceremonial evocaba el misticismo de los ropajes sagrados antiguos e impregnaba cada costura de una espiritualidad discreta y elegante. Lejos de disimular los estragos del tiempo, Jan Taminiau los ensalza; mediante bordados de altísima precisión, funde y reconvierte los materiales, dando vida a prendas cobran vida y mutan continuamente con el movimiento, sobre la piel de quien las lleva.
El colofón de la propuesta fue un abrigo esculpido a partir de una colcha que había conservado su familia durante décadas, pieza que representa el viaje desde la intimidad del hogar hacia el exterior, portando consigo un inmenso peso afectivo y generacional. Fue precisamente este diálogo entre elementos desgastados a la intemperie y tejidos rescatados de la esfera privada lo que insufló a la propuesta una dimensión conmovedora y extraordinaria.
Lejos de centrarse únicamente en el recorrido del diseñador, el desfile estuvo marcado por un gesto que emocionó a sus invitadas: prescindió del casting habitual de modelos profesionales y quienes defendieron sus creaciones sobre la pasarela en Madrid fueron hijas de amigas y clientas históricas. Estas son jóvenes que han crecido respirando el universo Jantaminiau desde muy pequeñas y que serán el relevo de las primeras compradoras que tuvo la firma, sus madres. Si hablamos de lo que permanece cuando todo lo contingente desaparece, es inevitable pensar que el verdadero legado que nos pueden dejar no reside en heredar un buen abrigo o un maravilloso vestido de gala, sino en transmitir un vínculo emocional que solo se haga más fuerte de generación en generación.
Para el modisto, ellas son, más que clientas, familia.
What Remains fue una celebración de la memoria, de las historias que llevamos puestas y, sobre todo, de la inmensa belleza de todo aquello que resiste. Frente al escrutinio de la pantalla que amenaza a la labor artesana, Jan Taminiau nos invita a acercarnos y reconciliarnos con la imperfección.

















