Hay frases que resumen, en pocas palabras, una de las grandes preguntas que nos hacemos a lo largo de la vida: ¿para qué estamos aquí? Una de las más conocidas se atribuye a Mark Twain: "Los dos días más importantes de tu vida son el día que naces y el día que averiguas por qué". Una reflexión que habla de algo mucho más allá que encontrar una profesión, alcanzar una meta o descubrir una vocación: encontrar aquello que da sentido a nuestra vida.
Y no siempre es fácil. Podemos pasar años cumpliendo obligaciones, trabajando, cuidando de otros y alcanzando objetivos sin preguntarnos si aquello que hacemos coincide realmente con lo que nos importa. De hecho, hay momentos en los que podemos sentir que vivimos en "piloto automático", sin saber, realmente, hacia donde vamos o qué hacemos aquí.
¿Quién fue Mark Twain?
Mark Twain fue el seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, escritor, periodista y humorista estadounidense nacido en 1835 y considerado una de las grandes figuras de la literatura norteamericana. Es autor de obras tan conocidas como Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn y destacó por una escritura cargada de ironía, observación social y reflexiones sobre la naturaleza humana.
A Twain se le atribuyen numerosas frases que han llegado hasta nuestros días. Entre ellas, esta a la que nos referimos hoy. Aunque no hay constancia documental suficiente para asegurar que realmente fuera suya.
Sea quien sea su autor, lo interesante está en la pregunta que plantea: nacemos sin elegirlo, pero a lo largo de la vida podemos descubrir qué queremos hacer con el tiempo que tenemos.
¿Qué quiere decir esta frase?
Encontrar un "porqué" no significa tener una revelación y descubrir de repente nuestra gran misión en la vida. Puede ser algo bastante más sencillo: saber qué nos importa, hacia dónde queremos dirigirnos y qué queremos preservar incluso cuando las circunstancias cambian.
Y ese sentido de dirección puede tener también implicaciones psicológicas. "El propósito da estructura, dirección y sentido de identidad. Las personas que sienten que su vida tiene un sentido suelen tener más motivación, más esperanza y mayor capacidad para integrar las dificultades", explica Juan Nieto, psicólogo y director académico del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP).
Ahora bien, encontrar ese "porqué" no convierte la vida en un camino sin dificultades. "Esto no significa que tener propósito nos inmunice frente a la ansiedad, la tristeza o el estrés. Una persona con propósito también puede sufrir. Pero suele disponer de una narrativa más amplia que le permite no quedarse atrapada únicamente en el síntoma o en el problema", puntualiza Nieto.
Encontrar un sentido o vivir de una pasión
Esta diferencia resulta importante. Ana Brito autora del libro El lado bueno de las cosas (Ed. Temas de Hoy) señala que tendemos a confundir propósito y pasión, cuando son conceptos relacionados pero distintos.
Podemos apasionarnos por leer, viajar, pintar, cocinar o practicar un deporte porque nos proporciona placer, energía o hace que perdamos la noción del tiempo. El propósito va un poco más allá: tiene que ver con nuestros valores, con aquello que se nos da bien y con la forma en la que queremos utilizarlo.
Y aquí aparece un concepto que seguramente hemos escuchado muchas veces: el ikigai. Esta palabra japonesa suele traducirse como "razón de ser" o aquello que hace que sintamos que nuestra vida merece la pena. En Occidente se ha popularizado mediante un esquema que cruza lo que amamos, aquello en lo que somos buenos, lo que el mundo necesita y aquello por lo que nos pueden pagar, aunque esta representación no corresponde exactamente al significado tradicional japonés.
La idea, en cualquier caso, puede servirnos para hacernos una pregunta: ¿qué cosas hacen que nuestra vida tenga valor para nosotros? Sin embargo, no siempre es fácil encontrarlo eso que da sentido a nuestra existencia.
¿Es posible vivir sin propósito?
Sí. Y tampoco significa necesariamente que algo vaya mal. "Es más común de lo que parece. Hay etapas en las que una persona siente que ha perdido el rumbo, que vive en automático o que aquello que antes le motivaba ya no le representa", explica Juan Nieto.
Puede ocurrir después de una ruptura, una pérdida, una jubilación, un cambio profesional, una enfermedad o cualquier transformación importante. De repente, aquello alrededor de lo que habíamos construido nuestra vida desaparece o deja de tener el mismo significado.
"A veces no es que la persona no tenga propósito, sino que el propósito que tenía ya no encaja con quien es ahora. Y eso, aunque desorienta, también puede ser una oportunidad para revisar valores, necesidades y prioridades", señala el psicólogo.
Pero hay otra razón mucho con la que cualquiera de nosotros nos podemos sentir identificados. Nieto recuerda que podemos vivir durante años pendientes de lo que "deberíamos" hacer: estudiar esto, trabajar en aquello, cuidar de todos, demostrar que podemos con todo... Hasta que un día resulta difícil distinguir qué hemos elegido nosotros y qué hemos hecho simplemente porque era lo esperado.
Cómo encontrar tu ikigai
Encontrar aquello que da sentido a nuestra vida no siempre ocurre de la misma manera. Hay personas que parecen saber desde muy jóvenes qué quieren hacer y otras que necesitan buscarlo durante años. Para Francesc Miralles, escritor y uno de los grandes divulgadores del concepto de ikigai, el primer camino para descubrirlo pasa precisamente por conocernos mejor: identificar nuestros talentos, aquello que se nos da bien y las actividades con las que sentimos que todo fluye.
"Puedes encontrar tu ikigai explorando quién eres, cuáles son tus talentos, qué se te da bien hacer", explica. Otra pista consiste en observar, entre todas las cosas que nos gustan, cuál consigue que perdamos por completo la noción del tiempo. Es ese momento en el que estamos tan concentrados y disfrutamos tanto de lo que hacemos que apenas somos conscientes de que las horas pasan.
Miralles propone también mirar hacia atrás. "Quizás es volver a la infancia y recordar qué es lo que te gustaba hacer entonces, cuáles eran tus sueños, tu lista de deseos". Según explica, puede ocurrir que de niños estuviéramos mucho más conectados con determinados intereses y que, con los años, "la educación, los compromisos, las obligaciones" los hayan ido dejando en un segundo plano.
Pero si ninguna de estas preguntas nos da una respuesta clara, queda otra posibilidad: probar cosas nuevas. Salir de la rutina, conocer a personas diferentes, leer otros libros, hacer un curso o ver documentales amplía nuestro mundo y puede hacer que algo despierte nuestro interés. Miralles lo compara con una pequeña "campanilla" que suena dentro de nosotros y nos hace pensar: "Este podría ser mi ikigai, esta podría ser mi misión en la vida".









