Teresa Ouro, terapeuta de pareja: "El enamoramiento decae porque es un estado insostenible que tiende a transformarse, pero puede estar ocurriendo algo más interesante"


Nuestra experta nos explica cómo evolucionan las relaciones y qué hacer para que no se apaguen ni se pierda la chispa


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Paula MartínsColaboradora de Estar Bien
15 de septiembre de 2026 a las 18:27 CEST

Al inicio de casi cualquier relación sentimental sucede un fenómeno bastante común. El teléfono se convierte casi en una extensión de la mano, cualquier mensaje consigue alterar el ánimo y una conversación puede repasarse mentalmente varias veces antes de dormir. Queremos ver a esa persona, saber qué piensa, cuándo volveremos a encontrarnos y, de alguna manera, parece que el resto del mundo pierde un poco de protagonismo. Una intensidad propia de los inicios que, con el tiempo, no permanece siempre igual. 

A medida que la pareja se consolida y suma vivencias a sus espaldas, las mariposas pueden aparecer con menos frecuencia, dejamos de comprobar constantemente los mensajes,  y empezamos a vivir la relación desde un lugar más tranquilo. ¿Significa que nos hemos enamorado menos? No necesariamente. Lo que sucede durante el enamoramiento tiene también una explicación desde la neurociencia.

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 La psicóloga experta en relaciones de pareja y sexualidad en Psicopareja, Teresa Ouro (@psico.pareja), así lo explica: "Cuando nos enamoramos se activan distintos sistemas cerebrales relacionados con la motivación, la recompensa, la atención y el vínculo. La investigación de Helen Fisher, Arthur Aron y Lucy Brown ha mostrado, mediante neuroimagen, que al ver fotografías de la persona amada se activa el área tegmental ventral, vinculada a los circuitos dopaminérgicos de recompensa y motivación".

No es solo una cuestión de sentir "mariposas". "Hoy sabemos que durante el enamoramiento se genera una descarga neuroquímica intensa y descompensada (dopamina, serotonina, noradrenalina, adrenalina y feniletilamina), se activan zonas relacionadas con la motivación, la recompensa, la sociabilidad, la empatía, la energía, la atención y la memoria, y se produce una inhibición del juicio crítico: no vemos los defectos de esa persona", como señala la experta, quién además, explica: "Todo esto facilita el enganche con alguien todavía desconocido. Es el momento en que sientes con todo, quieres saber cuándo te escribirá, cuándo volverás a verle o qué pensará de ti".

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Quizá una de las claves para entender esa intensidad inicial está precisamente en que todavía conocemos poco a la persona que tenemos delante. Cuando faltan datos, la imaginación completa los espacios en blanco y puede convertir posibilidades en certezas. "La mayoría de las veces, enamorarse significa un 'me mueves mucho, pero te veo poco', es decir, veo poco lo que en realidad eres y mucho lo que deseo ver. Tendemos a idealizar a la persona porque aún no la conocemos", comenta la psicóloga. ¿A qué se refiere? Lo aclara: "Nos enamoramos de lo que nos muestra y de lo que esperamos que sea. Todo está lleno de novedad sexual, contacto corporal, primeras veces y conversaciones por descubrir, y todavía no hay problemas. Por eso es tan fácil querer darle recorrido a la relación".

El inicio de una relación tiene, por tanto, una particularidad: todavía no estamos relacionándonos únicamente con una persona real y conocida, sino también con la imagen que construimos de ella.  De hecho, es muy común que algunas personas construyan una imagen de su pareja que realmente no se corresponde con su personalidad y forma de ser: "Esto no significa que el enamoramiento sea falso —es una experiencia real e intensa—, pero sí que estamos conociendo a alguien sobre quien todavía tenemos mucha información incompleta", comenta Teresa Ouro.

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¿Cuánto dura el enamoramiento?

Una de las preguntas más habituales cuando empiezan a desaparecer las mariposas es cuánto debería durar exactamente esa primera fase. Sin embargo, no existe una fecha marcada en el calendario a partir de la cual el cerebro decida que ha llegado el momento de bajar la intensidad. Como explica la experta, "conviene desmontar el mito de que el enamoramiento dura un tiempo fijo, pues no existe un cronómetro biológico que marque exactamente cuándo termina. La ciencia sitúa el amor romántico intenso en una ventana que suele describirse en torno a 12-18 meses, aunque hay una enorme variabilidad individual y de pareja, y puede prolongarse más o durar menos".

El contexto de la relación también puede influir en cómo se experimenta esa intensidad. "En las relaciones a distancia, por ejemplo, los elementos que alimentan esa intensidad —la incertidumbre, la anticipación, el deseo de reencuentro, la ausencia de contacto cotidiano— suelen estar más presentes, por lo que el enamoramiento puede extenderse. En cambio, cuando se convive desde el inicio y se ve a la pareja cada día, aumenta la familiaridad y esa fase tiende a durar menos", señala.

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En este sentido, la distancia puede mantener determinados ingredientes de esa primera etapa, especialmente la anticipación y el deseo de reencuentro, aunque eso no significa que sea necesariamente más beneficiosa para una pareja. "Cuando no vemos a nuestra pareja a diario, cada encuentro conserva algo de novedad y el reencuentro se carga de expectativa. Pero eso no significa que la distancia sea mejor para una relación, sino que también puede dificultar la construcción de intimidad, convivencia, confianza y un proyecto compartido", explica la psicóloga.

Por eso, más que buscar una fecha exacta en la que el enamoramiento tenga que terminar, conviene entenderlo como un proceso.  Según la especialista, "sería más correcto hablar de una tendencia a que la intensidad disminuya progresivamente a medida que aumenta el conocimiento y la familiaridad, y no de una fecha de caducidad del enamoramiento".

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Cuando las mariposas dejan paso al vínculo

Que la intensidad disminuya no significa necesariamente que la relación esté perdiendo valor. Puede ser, de hecho, el momento en el que empieza a construirse algo diferente. "El enamoramiento decae porque es un estado insostenible que tiende a transformarse. De hecho, puede estar ocurriendo algo más interesante. Puede que la relación pase de la intensidad inicial a una forma de vínculo más estable y profundo. Empieza a significar algo así como 'ahora veo mejor quién eres, y ya no me mueves tanto, pero sí lo suficiente como para elegirte y seguir un camino común'", comenta Teresa Ouro. Aquí aparece una diferencia fundamental entre enamoramiento y amor, y "la relación deja de ser un deseo incontrolable y pasa a ser una elección. Y esto es importante, porque este estado sí puede prolongarse toda la vida".

La transición, eso sí, no siempre es sencilla. Precisamente porque empezamos a conocer de verdad al otro, también aparecen aspectos que durante los primeros meses podían quedar ocultos detrás de la novedad. La experta en parejas así lo sentencia: "Es una transición complicada, ya que la pareja empieza a verse de forma objetiva, normalmente se inicia la convivencia, llegan las responsabilidades, aparecen los primeros desacuerdos y las interacciones, al dejar de ser novedosas, ya no producen el mismo impacto. Es el momento de las primeras crisis, y salen las manías, las diferencias, las rutinas y también las vulnerabilidades de cada uno. En consulta es habitual que las parejas lleguen justo en este punto, asustadas porque creen que 'se ha acabado el amor', cuando en realidad la pareja deja de sostenerse únicamente en un sentimiento incontrolable y empieza a construirse desde la elección".

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El vínculo, bajo este contexto, va mucho más allá. En palabras de Teresa Ouro: "La pareja deja de sostenerse únicamente en un sentimiento incontrolable y empieza a construirse desde la elección. Pasamos del enamoramiento al amor. Y este último nos aporta algo que la fase de enamoramiento aún no tiene, una historia compartida, conocimiento mutuo y la posibilidad de construir seguridad, intimidad y apego a través de experiencias vividas juntos. Ahora el sentimiento hacia la otra persona no es innato construye y se mantiene con acciones concretas y compromiso".

¿Cómo saber si se ha acabado el enamoramiento o el amor?

Aquí aparece una de las dudas que más pueden inquietar a una pareja: si ya no existe aquella necesidad de estar constantemente juntos, ¿significa que se ha terminado el deseo o el amor? Para la psicóloga, la respuesta no está tanto en comparar el presente con los primeros meses como en observar qué queda cuando desaparece parte de aquella intensidad: "Una señal de que la relación evoluciona es que, aunque las mariposas disminuyan, permanecen la curiosidad por el otro, el afecto, la intimidad, la complicidad, el deseo de compartir y las ganas de cuidarse. Podemos hacer vida separados y, aun así, seguir sintiendo que esa persona es alguien a quien queremos acudir, contarle cosas y con quien compartir la vida".

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La tranquilidad puede confundirse fácilmente con falta de interés cuando hemos aprendido a identificar el amor con la intensidad. Sin embargo, son experiencias diferentes. Teresa Ouro lo aclara: "Más que preguntarnos '¿siento lo mismo que al principio?', quizá deberíamos preguntarnos si seguimos queriendo a acercarnos a la otra persona". Y la ciencia también deja espacio para pensar que pasión y estabilidad no tienen por qué ser incompatibles. "La neurociencia también ha confirmado que el amor de larga duración no implica que desaparezca por completo el sistema de recompensa. En investigaciones con personas que llevaban muchos años en pareja y seguían describiéndose como intensamente enamoradas, se observaron activaciones en regiones relacionadas con la recompensa y la motivación. Es decir, la pasión puede transformarse, pero no necesariamente desaparecer".

Entonces, ¿cómo se define esa pasión madura? Según la experta, "la diferencia es que esa recompensa puede coexistir con la seguridad, la intimidad, la historia compartida y el apego. Una pareja puede haber dejado atrás el enamoramiento y seguir teniendo curiosidad por el otro, afecto, admiración, deseo de compartir, intimidad, complicidad y ganas de cuidarse".

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Qué podemos hacer para cuidar una relación cuando pasa la fase inicial

Que el cerebro deje atrás el subidón del principio no significa que podamos dar por terminada la tarea. Al contrario, puede ser el momento en el que empieza otra parte del vínculo, menos impulsiva pero más consciente. A partir de ahí, la relación necesita algo más que sentimientos espontáneos. "El amor también se construye con lo que hacemos repetidamente a lo largo del tiempo. Que la relación gane seguridad no significa convertirla en una rutina completamente previsible, sino que también hace falta novedad, curiosidad, juego y experiencias compartidas. No hacen falta grandes aventuras. Puede ser viajar, aprender algo juntos, probar una actividad distinta, recuperar algo de los inicios o simplemente introducir pequeños cambios en la rutina. La seguridad nos da un lugar al que volver; la novedad mantiene viva la curiosidad por descubrir. Una relación necesita, en cierta medida, ambas cosas".

En ese mantenimiento cotidiano, los pequeños gestos pueden tener más importancia de la que solemos concederles. "Tras décadas estudiando parejas, Gottman puso el foco en algo mucho menos romántico que las grandes declaraciones de amor, esas pequeñas interacciones cotidianas. Una pareja no construye su vínculo solo en una cena romántica o un aniversario, sino cuando uno dice '¡mira lo que me ha pasado hoy!' y el otro levanta la mirada y escucha".

pareja playa© Getty Images

Teresa Ouro se refiere a estos gestos como "intentos de conexión", pequeños acercamientos que hacemos continuamente para buscar atención, afecto o apoyo. y que la pareja se mantenga.  Así los explica: "No hace falta que sean grandes gestos: preguntar cómo ha ido una reunión importante, dar un abrazo al llegar a casa, acordarse de las galletas que le gustan en el supermercado, el contacto físico como una caricia o escuchar una historia que ya hemos oído antes".

También importa lo que ocurre cuando llega el conflicto, porque una relación sana no es aquella en la que nunca existen desacuerdos, sino aquella en la que la pareja sabe qué hacer después de ellos, y "logra mantener el respeto y la regulación emocional durante el mismo y, sobre todo, reparar el vínculo tras una interacción negativa. Ya sea una disculpa, un gesto de cariño, reconocer parte de la responsabilidad, o intentar reformular lo que se ha dicho". Estos comportamientos, "son pequeños puentes que permiten recuperar la conexión después de una discusión. No significa no hacerse daño nunca —inevitablemente nos equivocaremos—, sino desarrollar la confianza de que cuando algo se rompe, podemos intentar repararlo. Seguimos siendo equipo, incluso durante el conflicto".

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Y hay una última transformación que llega cuando una pareja deja de ser solamente dos personas que sienten algo la una por la otra y empieza a convertirse en un proyecto compartido: "a construcción de una vida compartida". Teresa Ouro señala que, "el vínculo no se consolida solo porque nos queramos, sino porque empezamos a construir algo juntos. Es decir, tomamos decisiones, compartimos objetivos, organizamos la vida y nos apoyamos en los proyectos de cada uno".

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El amor después de las mariposas

Quizá una de las trampas del enamoramiento sea hacernos creer que el amor debería sentirse siempre como al principio. Pero una relación que evoluciona también cambia la forma en la que se experimenta el vínculo: hay menos incertidumbre, más conocimiento y, en el mejor de los casos, una intimidad que ya no depende únicamente de la novedad. Para la experta, "el amor de pareja no consiste en conseguir que el cerebro permanezca para siempre en el subidón del principio, sino en que, cuando la explosión inicial disminuya y empecemos a conocer al otro de verdad, sigamos teniendo ganas de acercarnos, cuidarnos, descubrirnos y elegirnos".

Y quizá por eso la pregunta más interesante no sea si seguimos sintiendo exactamente lo mismo que durante los primeros meses. "Quizá ahí esté una de las verdaderas transformaciones del amor: pasar de la necesidad de tener al otro constantemente en la cabeza a la tranquilidad de saber que lo tenemos en nuestra vida. La chispa puede cambiar, y el amor también, pero que cambie la intensidad no significa que se haya acabado el vínculo".

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Porque, al final, dejar atrás el enamoramiento no tiene por qué significar perder algo. Puede significar que la relación ha llegado a un lugar en el que ya no necesita sostenerse únicamente sobre la explosión inicial. Tal y como concluye la psicóloga, "a veces significa que la explosión ha dejado espacio para algo más difícil de construir, pero mucho más sólido... La profundidad".