El hombre que marcó para siempre el destino de Marbella junto a su inolvidable primo, el príncipe Alfonso de Hohenlohe, celebra estos días su aniversario más especial. El Conde Rudi cumple 55 años de matrimonio con “la mujer de su vida”, la princesa María Luisa de Prusia. Más de medio siglo de un amor que se forjó a tercera vista.
Un amor a fuego lento
En su primer encuentro, la princesa -bisnieta del último Kaiser, Guillermo II, y prima de la reina Sofía-, no cayó rendida a sus pies. “La primera vez que vi a Rudi no me gustó nada, era bajito y nada guapo”, confesaba, entre risas, al diario ABC, “y fíjate ya toda una vida con él”.
Se habían conocido, en realidad, cuando ella apenas tenía cinco años y él, 18, pero, como es lógico, entonces ninguno reparó en el otro. Todo cambiaría mucho más tarde, cuando María Luisa trabajaba como enfermera en un hospital de Somalia y se encontraron en el aeropuerto de Mogadiscio. En ese preciso instante, él tuvo claro que estaban destinados a estar juntos –“supe que tenía que invitarla a Marbella y que sería mi mujer”-.
Por aquel entonces, Rudolf Graf von Schönburg -su nombre completo-, ya se encontraba en la Costa del Sol -donde llegó, en 1956, de la mano del príncipe Alfonso de Hohenlohe, quien lo había contratado como subdirector del Marbella Club Hotel-, pero le llevaría todavía un tiempo llevarse a su princesa al sur de España.
El segundo encuentro sería en un baile celebrado en el mes de mayo de 1967, con motivo del cumpleaños de la princesa… Sin embargo, tampoco tendría éxito. Como decía nuestra crónica de ¡HOLA!, María Luisa “lo encontró simpático, pero nada más”.
Lejos de desistir, el conde comenzó a mandarle grandes ramos de rosas y afectuosos telegramas; y en Londres, surgió el interés.
Dos bodas y un pequeño despiste
En mayo de 1971, al fin, unían sus caminos. Primero, en una ceremonia civil en el Registro Civil del municipio de Hechingen (Alemania).
La princesa, que tenía 25 años, escogía para la importante cita un vestido rojo carmín que combinó con un ancho sombrero en paja, negro; mientras que el novio, de 38, se presentaba impecable con su traje.
Pero los nervios jugaron una pequeña mala pasada a la novia, que, cumpliendo con la tradición, debía llevar las insignias de la Orden de María Luisa -como todas las princesas de Prusia-, en el lado derecho de su vestido. Sin darse cuenta, se lo colocó a la izquierda, aunque el error de protocolo, tal y como contaba nuestra revista, se rectificó en seguida, y después pudieron disfrutar de una fiesta en el castillo Hohenzollern, que aquel día cerró sus puertas a los visitantes.
Un día más tarde, llegaba la boda religiosa, oficiada por el abad del monasterio de Beuron, en la capilla del castillo de Donaueschingen, que había sido decorada para la ocasión con dalias y claveles blancos.
María Luisa se vistió de blanco, con un precioso conjunto nupcial, diseñado por el modisto neoyorquino Philippe Ferran, que contaba con una cola de más de tres metros de largo -de encaje de Württenberg-; y un ramo confeccionado con sus flores favoritas: muguetes y fresías blancas.
El conde Rudi, por su parte, lucía esta vez el uniforme de caballero de la Orden de Malta.
Hubertus y Cristóbal zu Hohenlohe, hijos del príncipe Alfonso e Ira de Fürstenberg, se encargaban de asistir al oficiante como monaguillos, bajo la atenta mirada de los 300 invitados que se habían reunido en el templo, todos ellos de la alta aristocracia europea.
El banquete nupcial, se sirvieron truchas de la Selva Negra ahumadas, costillas de venado con arándanos, y, como postre, una bomba de helado ‘María Luisa’, confeccionada de acuerdo con una receta de la casa de Hohenzollern.
Su refugio dorado
Tras su luna de miel, se instalaron en Marbella, donde el conde Rudi encontró su segunda patria. Aunque nació en el Castillo Wechselburg en Alemania y disfrutó su juventud en Sajonia, en mayo de 1945, él y su familia se vieron obligados a refugiarse en la parte occidental del país por el avance de las tropas rusas.
De ahí, viajó hasta Suiza, donde se formó como director de hoteles de la Sociedad Suiza de Hostelería, y llegaría a trabajar en los mejores hoteles del país alpino y su Alemania natal hasta llegar a su querida Costa del Sol, “la tierra que me verá morir un día y donde tanto estoy disfrutando en vida”.
Dedicó su vida al Marbella Club Hotel, donde ocupó desde 1961 a 1983, el cargo de director general, convirtiéndolo en el epítome del lujo en la costa malagueña. Una ‘adicción’ al trabajo que su mujer -reconocía recientemente- “siempre me ha reprochado (…) y tiene razón, he vivido mucho para el hotel”, pero juntos formaron una preciosa familia, con dos hijos: la condesa Sophie -ahijada de la reina Sofía- y el conde Federico, que se casará este verano.
Ahora, disfrutan, además, de sus tres nietos, que llenan de alegría su casa.
En los últimos tiempos, el conde sufrió un pequeño susto de salud que le llevó a estar ingresado, aunque, como su mujer confirmó a La Razón, volvió a casa y sigue siendo “un roble”. En septiembre cumplirá los 94, aspirando, como siempre ha dicho, a llegar a los cien. Con su princesa siempre a su lado.










