Hay hijos que heredan apellidos y hay hijos que heredan leyendas. En el caso de Sean Hepburn Ferrer, el mayor de los dos que tuvo Audrey Hepburn, una de las figuras más icónicas del siglo XX, esa herencia se ha convertido en un búsqueda que ha ocupado más de tres décadas: la de intentar comprender quién era realmente su madre cuando las cámaras se apagaban. Nacido el 17 de junio de 1960 en Lucerna (Suiza), fruto del matrimonio de la protagonista de Desayuno con diamantes y el actor Mel Ferrer, creció en la intimidad de una mujer que el mundo creía conocer, pero que en casa era, ante todo, una madre.
Audrey Hepburn murió el 20 de enero de 1993 en su casa de Tolocheza (Suiza), a los 63 años, a causa de un cáncer de ápendice diagnosticado poco tiempo antes. Su fallecimiento dejó al mundo huérfano de una de las grandes leyendas del cine y de la elegancia, pero también abrió un vacío íntimo en su propia familia que, desde entonces, ha tratado de reconstruir su memoria más privada. Ahora, con la publicación de Audrey intima, escrita junto a la periodista Wendy Holden, Sean abre por primera vez esa puerta definitiva a la vida más personal de su madre: la niña marcada por la guerra, la actriz que redefinió la elegancia en Hollywood y la mujer que, en el punto más alto de su carrera, abandonó los platós para dedicarse a los campos de refugiados como embajadora de UNICEF. Más que un homenaje, el libro se plantea como un intento de desmontar el mito sin destruirlo, de devolver a la tierra a una figura que el mundo elevó a símbolo. Porque detrás de cada imagen de glamour, de cada vestido negro y de cada sonrisa eterna en la pantalla, había una mujer real, una madre y una historia que -según su propio hijo- aún no había sido contada del todo.
Con la publicación de esta biografía sobre su madre, Audrey Hepburn, ¿qué emociones le invaden al ver por fin su vida recogida de una forma tan completa, íntima y definitiva?
Es difícil hablar solo de emociones, porque en realidad este proyecto no empieza ahora, sino hace más de 30 años, justo después de que falleciera mi madre. En ese momento me senté a escribir lo que acabarían siendo unas 30 páginas muy personales, centradas en esos dos últimos meses tan importantes: conversaciones que sabes, de algún modo, que serán las últimas sobre muchos asuntos. Aquel texto tenía también forma de carta. Lo escribí pensando en los hijos que esperaba tener algún día, que crecerían sin conocer a su abuela, para que pudieran entender, aunque fuera un poco, cómo era y cómo es.
¿Qué ocurrió con ese primer texto?
Esas páginas llegaron a manos de quien hoy es un gran amigo y mi agente literario. Yo fui su primer cliente, cuando aún era asistente de un agente legendario, Swifty Lazar, una especie de Mister Magoo: pequeñito, pelón y con gafas muy espesas. Un personaje realmente especial. Fue él quien me dijo: “Tienes que hacer un libro con esto”. Y no era una tarea sencilla; era como intentar construir un traje a partir de un simple pañuelo. Pero lo hice. Así nació, hace 25 años, Un espíritu elegante, un libro que tuvo un recorrido extraordinario en todo el mundo y que, con el tiempo, ha alcanzado cerca de dos millones de copias. Desde entonces, año tras año, en ferias como las de Fráncfort o Londres, siempre surgía la misma pregunta: cuándo llegaría la biografía definitiva, la versión más completa y autorizada de su vida.
¿Y qué le hizo dar finalmente ese paso?
Durante mucho tiempo dudé, precisamente por la cercanía. Un poco como ocurre con un médico que no debería tratar a sus propios familiares, yo sabía que no podía ser del todo objetivo. Necesitaba a alguien que aportara distancia, otra mirada. Yo quería participar en el proceso, sí, pero como un filtro, casi como un hígado que ayudara a depurar todo ese material. Ahí es donde entra Wendy Holden, cuya experiencia como periodista —especialmente en contextos de guerra— resultó fundamental. La vida de mi madre comienza en la Segunda Guerra Mundial y, en cierto modo, se cierra con lo que ella misma consideraba su segunda y más importante carrera: su labor humanitaria. Porque, como sabemos bien —y también se sabía entonces—, las grandes tragedias humanitarias no las provocan los desastres naturales, sino los conflictos creados por el ser humano. En el 80% de los países que visitó, donde había crisis, había guerra. Por eso era tan importante contar con alguien que entendiera ese trasfondo. A partir de ahí, empezamos a construir el libro con una estructura muy clara: una primera parte dedicada a la infancia y la guerra, casi con una dimensión cinematográfica; una segunda centrada en su carrera en el cine, donde, en realidad, no hubo tanto drama como podría pensarse —mi madre era una gran profesional, disciplinada, respetuosa con todos—; y una tercera parte, sin duda la más conmovedora, dedicada a su trabajo humanitario. Esa última etapa es, de alguna manera, su forma de dar las gracias a la sociedad por lo que siempre consideró una gran suerte: haber tenido una carrera y haber podido ser una mujer independiente en los años 50 y 60.
¿Y cómo han querido contar esta historia al lector actual?
Una vez definido ese esqueleto, el siguiente paso fue decidir no solo qué contar, sino cómo hacerlo. Y ahí surgió una idea que me parecía importante: comenzar cada capítulo como si fuera una escena de guion, casi como si el lector entrara directamente en una película. Vivimos en una cultura muy visual, muy marcada por el lenguaje audiovisual y las redes sociales, y ese recurso permite tender un puente con el lector, atraparlo desde el principio y situarlo en medio de algo vivo, inmediato. Ese es, en el fondo, el punto de partida de todo el libro.
¿Qué ha significado para usted, como hijo, decidir que era el momento de abrir de nuevo su historia al mundo?
En realidad, para mí no es algo nuevo. Yo soy quien cuida y protege su imagen, quien ha gestionado varias iteraciones y esfuerzos humanitarios para seguir sus deseos y su legado. Lo he vivido y acompañado durante los últimos 33 años, día a día. Por eso no siento que sea una revelación ni un descubrimiento reciente. Creo que, cuando creas una leyenda, es un poco como un globo que se escapa en un cumpleaños y va subiendo al cielo. Lo que yo he querido hacer es traerla de nuevo a la tierra, darle raíces otra vez. Que la gente entienda que esta figura extraordinaria también tuvo una vida real, con complicaciones, con contradicciones, pero aun así logró dejar un legado muy importante y muy bello. Este libro es, en ese sentido, una confirmación más que una revelación.
¿Ha descubierto algo nuevo en el proceso de escritura o ha sido más bien una reafirmación de lo que ya sabía?
Mucha gente me dice ahora: “No sabía esto, no sabía aquello”, y no quiero tampoco arruinar la lectura. Pero, desde mi punto de vista, es más bien confirmar lo que ya se percibe cuando la ves en una película o cuando la escuchas hablar de su trabajo humanitario. Obviamente hay cosas que la gente no sabía y también partes difíciles que me hicieron dudar mucho. Una de las decisiones más complicadas fue incluir ciertos aspectos de su vida privada, incluso la infidelidad de su segundo esposo. Eso fue lo más difícil, porque la infidelidad siempre conlleva una cierta vergüenza y yo me debatía entre respetar su carácter profundamente privado y, al mismo tiempo, no ocultar una parte de su vida que también forma parte de la historia. Al final, decidí incluirlo precisamente por eso: porque esa vergüenza es universal. Si una mujer que representa la belleza, la bondad, el amor y la ternura puede atravesar algo así, entonces cualquiera puede experimentarlo también. Nos ayuda a entender que no es algo excepcional ni aislado. También ayuda a ver la infidelidad no solo como algo ligado al amor o al sexo, sino como un estado. La persona que la comete muchas veces no está realmente presente, está en otro lugar, arrastrada por ideas, condicionamientos o patrones que vienen incluso desde la infancia. No es tan distinto de una ideología cultura lo política: en el fondo, es también una construcción mental que condiciona el comportamiento.
¿Cómo le gustaría que el lector, cuando lea el libro, entienda la dualidad de su madre entre la gran estrella de cine y la madre que usted conoció en casa?
Pues mira, yo siempre digo que es el segundo regalo más importante que nos dio. El primero es crecer en una casa sin ningún tipo de ideología y el segundo es que, en el momento más alto de su carrera—cuando yo ya tenía que ir a la escuela y no podía viajar con ella, cuando esos periodos de seis, ocho o diez semanas rodando una película nos separaban— decidió algo muy claro: “He querido una familia, ahora la voy a tener”. Y dejó su carrera para convertirse en una madre a tiempo completo.
¿Y cómo se traduce eso en su recuerdo de infancia?
La gente me pregunta a menudo cómo ha sido ser el hijo de una gran estrella y me encanta esa pregunta porque me encanta la respuesta: no tengo ni idea. Porque yo he crecido con una madre normal, que venía a recogerme al colegio, que me llevaba al centro a comprar libros y calcetines, que hacía el desayuno con el pelo aplastado por la mañana y preparaba pasteles para los cumpleaños de mis amigos. Era especial en muchos sentidos, pero dentro de una vida cotidiana absolutamente normal. Solo en algunos momentos, como cuando llegábamos a Roma rodeados de paparazzis, empezabas a preguntarte qué estaba pasando exactamente.
¿Qué lugar ocupan en su memoria películas como 'Vacaciones en Roma' o 'Desayuno con diamantes' cuando piensa en su madre como mujer y no solo como actriz?
Bueno, para ella, más que el contenido concreto de cada historia, cada película era el principio de una gran amistad que duraba toda la vida. Vacaciones en Roma con Gregory Peck, las películas con Billy Wilder, las de Stanley, cada una tiene su propia historia interesante. De hecho, en el libro hablamos un poco más de todo lo que había detrás que de la película en sí: cómo se preparaban, cómo trabajaban en una época en la que estaba naciendo el Actors Studio deLee Strasberg, que dio origen a ese tipo de interpretación que luego asociamos a Marlon Brando, De Niro o Pacino. Ella, sin embargo, lo hacía de forma instintiva, a su manera, con una búsqueda muy personal del personaje. Cada película era como vivir una “rebanada de vida”.
¿Tiene algún recuerdo reciente que le haya hecho ver esas películas de otra forma?
Sí, te voy a contar algo que me sorprendió. En el centenario de Gregory Peck, sus hijos organizaron un homenaje en Roma, al pie dela escalinata de la Plaza de España. Proyectaron Vacaciones en Roma en una pantalla de gran formato, al aire libre. Y fue la primera vez que yo vi la película, con más de 50 años, en una pantalla grande.Hasta que no la ves así, en un cine, no entiendes realmente por qué le dieron el Oscar. Porque cuando la ves en un ordenador o incluso en una pantalla de televisión, pierdes algo esencial: esas pequeñas huellas, esas ondulaciones sutiles, como cuando tiras una piedra en un lago y ves cómo se expanden las ondas. En pequeño no lo percibes.
Para ti era una madre, no una diva. Pero ¿cómo viviste que se convirtiera en un icono mundial de belleza y elegancia?
Yo creo que eso nace de una elegancia interior, de la mente, y después se expresa hacia fuera.Y en ese sentido, también hay una cercanía interesante con la mujer española, porque ha vivido un contexto histórico muy particular. Durante el periodo de Franco y la posterior reconstrucción social, la mujer española tuvo que esperar más tiempo que en otros países europeos para acceder a muchas cosas que en otros lugares ya se daban por hechas desde los años 50, tras la guerra. En cierto modo, era un periodo que en otros contextos se ha llamado incluso “periodo especial”: menos recursos, menos acceso a la moda, menos capacidad económica. Y aun así, la mujer tuvo que encontrar su propia manera de ser elegante. Es como hacer una receta con pocos ingredientes.
¿Diría entonces que la elegancia puede ser también una forma de ingenio o de supervivencia?
Si piensas en Desayuno con diamantes, en realidad es como un merengue: algo que parece sólido, pero que depende mucho del aire. O como un milkshake de McDonald’s, que si lo dejas media hora, pierde su textura y queda solo el fondo, porque el aire se ha escapado. Tuve además una conversación muy bonita con Lily Collins hace unos diez días sobre todo esto. La mujer española, en ese sentido, crea su propia moda, su propio lenguaje estético: con vestidos sencillos, pantalones de algodón, veranos sin acceso a las grandes marcas italianas o francesas, pero con una identidad muy fuerte. Y eso conecta mucho con mi madre, porque ella también venía de un extremo completamente distinto y fue capaz de construir una elegancia propia, sin artificio. Por eso creo que la mujer española tiene una relación muy natural con ella.
¿Qué significó para ti su decisión de alejarse de Hollywood en el punto más alto de su carrera?
Como acabo de decirte, fue un regalo. Un regalo tanto para ella como para mí, porque dejó su carrera para ser una madre full time.
¿Lo vivió entonces como una renuncia o como una elección plena?
Fue exactamente eso: una elección de vida, no una renuncia en el sentido negativo. Para nosotros significó poder tener una vida normal, cotidiana, lejos de todo ese mundo, y para ella fue la manera de centrarse en lo que realmente quería en ese momento.
¿Alguna vez has tenido la sensación de que el mundo veía una versión distinta de la mujer que tú conocías en casa?
No, no, en realidad no. Y creo que este libro es, en cierto modo, la confirmación de eso.
¿Confirmación en qué sentido?
Bueno, es como cuando en un evento deportivo hay distintas funciones. Está quien narra las jugadas principales y luego está el que aporta el contexto, el que en inglés llamamos el color commentator—no sé exactamente cómo se dice en español—, pero es el que rellena, el que añade matices. Cada uno tiene su papel: uno dibuja la estructura principal y el otro la colorea, la completa. Y lo que estamos haciendo aquí es precisamente eso: más que trazar una historia nueva, estamos aportando contexto, detalles, matices… haciendo el trabajo de “dar color” a lo ya conocido.
¿Cómo recuerdas la vida en Suiza ya con tu madre a tiempo completo?
Eso duró… bueno, yo empecé la escuela con cinco años, bastante temprano y con nueve ya mis padres se habían divorciado, así que nos fuimos a vivir a Roma.
¿Y qué recuerdos te quedan de esa etapa más temprana en Suiza?
Más que esos primeros años en sí, recuerdo sobre todo la etapa de la escuela infantil, los amigos del vecindario, incluso algún niño que se metía por debajo de la red para venir a jugar conmigo. Son recuerdos muy concretos, muy cotidianos. Pero la vida en Roma también fue muy bonita. Estudié en una escuela pública francesa, en un Liceo con niños de todos los niveles sociales, y fue una etapa muy rica en experiencias.
¿Qué cree que le dejó a ella su infancia marcada por la guerra en la forma de amar, de cuidar y de mirar el mundo?
Bueno, ante todo le dio una visión que la acompañó durante toda su vida y la llevó a hacer lo que ella misma llamaba su segunda y más importante carrera: su labor como embajadora de UNICEF.
¿Fue un compromiso adelantado a su tiempo dentro del mundo del cine?
Sí, en una época en la que no era habitual que los actores hicieran ese tipo de cosas. Ya había algunos precedentes, como Danny Kaye, que en los años 50 hacía en televisión un programa en el que hablaba de los niños en el mundo. Y unos meses antes que mi madre también hubo otras figuras del cine implicadas en causas similares. Pero ella fue de las primeras grandes estrellas que dio ese paso de forma muy visible, poniéndose delante de las cámaras no para hablar de sí misma, sino para dar voz a los niños y a las mujeres en el mundo.
¿Qué sentías tú al verla viajar a zonas de conflicto y con esa entrega constante a los niños necesitados?
Al principio, un enorme respeto, y también mucha admiración por su compasión y por lo seriamente que se tomaba ese trabajo. Igual que se preparaba para cada papel, se preparaba también para su labor con UNICEF. Mucha gente me dijo años después de su fallecimiento que mi madre no era solo una embajadora, era como una de ellos. Sabía todos los datos, las cifras, los porcentajes, los problemas y las posibles soluciones. Se implicaba de una forma total. Con el tiempo, sin embargo, la vimos cansada, tanto emocional como físicamente. Como familia nos reuníamos siempre en Navidad, y, en los últimos años, empezamos a percibirlo con más claridad. Le pedíamos que no hiciera el siguiente viaje, que se tomara un tiempo para descansar. En ese momento ya había una enfermedad que avanzaba lentamente, un cáncer muy raro, que afecta a una persona entre un millón. Y nosotros veíamos cómo se iba debilitando, como si se estuviera “derritiendo”, aunque en aquel momento pensábamos que era el desgaste de los viajes, las horas y su agenda tan intensa.
¿Cómo se refleja en el libro su lado más frágil, el de las pérdidas personales y los momentos de dolor?
No voy a arruinarlo para el lector, porque son partes importantes del libro y, de algún modo, son las que hacen que, como te decía antes, volvamos a ese globo y lo traigamos a tierra, dándole raíces, convirtiéndola en una persona real. Creo que eso es esencial para entenderla en su totalidad: una persona humilde, real, buena, inclusiva, con mucho cariño hacia la sociedad. Y es bonito ver cómo, a pesar de todas las complicaciones, las dificultades y lo que tuvo que vivir como niña, como adulta y al final de su vida, logró dejar un legado tan importante. Yo creo que ahí está la clave.
¿Qué crees que le dio a ella ser madre?
Era su sueño. Siempre quiso ser madre y adoraba a los niños desde que era muy, muy pequeña.
¿Recuerdas algún gesto de esa vocación temprana?
Sí, mi abuela siempre intentaba frenarla porque, cuando veía bebés en un carrito, se acercaba y quería levantarlos para besarlos. Era algo que hacía desde muy niña. Así que para ella ser madre fue algo muy, muy importante y profundamente deseado.
Si pudieras resumir lo que más te emociona de tu madre, más allá dela fama, ¿qué era esencial en ella y qué solías hacer con ella?
Es difícil encapsular todo en pequeños momentos, porque es algo mucho más orgánico. Es una imagen completa que va a permanecer para siempre. Yo la considero una figura histórica y eso también meda una responsabilidad. De hecho, creo que con este libro ya no voy a escribir nada más sobre ella. No es necesario. Hay más de mil libros escritos: sobre los sombreros que llevaba, las portadas, su estilo… es una lista infinita de interpretaciones sobre lo que hacía, cómo se vestía, quién era. Pero para mí lo importante es devolverla a la gente, porque ella pertenece a la gente. Aunque a Diana de Gales la llamaban la “princesa del pueblo”, una de las razones por las que mi madre sigue siendo tan querida es que, en un mundo dominado por ese firmamento de Hollywood —donde figuras como Elizabeth Taylor eran casi intocables— ella era distinta. Era, en cierto modo, la mujer de la puerta de enfrente, la que sale al mundo con un vestidito negro, pero que seguimos sintiendo como una de los nuestros. Y creo que eso es muy importante.
Y por último, como hijo, ¿qué le gustaría que el lector sienta al cerrar esta biografía sobre su madre?
Que lo lean sin preconceptos y que lo disfruten. Y que se den cuenta de que es posible llegar a hacer algo importante sin ser presuntuoso, al contrario: siendo humilde, siendo una buena persona. Ese es, creo, el mensaje más importante de este libro y de todo lo que ha sido su vida y lo que hizo mi madre..












