Los Juegos de Invierno han estado marcados por un desfile de moda de sesenta modelos —Vittoria Ceretti entre ellas— vestidas de Giorgio Armani con los colores de la bandera, el equipo nacional de EA7 y los embajadores de la paz. Pero, sin duda, lo que ha dejado huella son las imágenes de George y Amal Clooney paseando por la capital lombarda, escenario del evento.
De la mano de Omega —cronometrador oficial de este mastodonte deportivo desde 1932—, la firma fue la artífice de la llegada del matrimonio, con el actor como embajador de la casa, a Milán para inaugurar la Casa Omega en la Galleria Vittorio Emanuele, conectada mediante una red carpet con el Teatro alla Scala. El gran rey de las colinas de Hollywood —y de los viñedos de la Provenza— cumplió con la tradición de dar tres vueltas de talón sobre las partes salvadoras del toro dibujado en el pavimento bajo la majestuosa cúpula de cristal, mientras Amal volvía a dejar mudos a curiosos y paparazzi.
Nadie pasó por alto un solo detalle. Todas las miradas seguían con meticulosidad los conjuntos escogidos por la abogada de éxito. Primero, un vestido largo negro de escote corazón y aire old Hollywood, con el que recordaba que, si bien ha cumplido 48 años, lo ha hecho en otra dimensión donde el tiempo parece correr en sentido inverso. El look se completaba con un cabello frondoso y resplandeciente, un clutch de tamaño mínimo —sin intención alguna de robar protagonismo— y stilettos negros, tan precisos como infalibles.
George Clooney ya lo contaba en el Festival de Venecia, cuando le preguntaban por las fricciones en su matrimonio tras doce años de casados: "En casa, yo soy un desastre, pero Amal es como una atleta olímpica"
Por su parte, George se enfundó en un traje azul marino con camisa blanca ligeramente desabrochada por sus botones principales y su inconfundible cabello canoso como único —y suficiente— complemento. También su reloj; aunque no se captara con exactitud, la apuesta segura es que fuera un Omega.
Así, los Clooney se convirtieron en los protagonistas absolutos de la fiesta Omega Off Season 2026, celebrada en la House Omega de Milán. A la cita acudieron numerosos rostros conocidos, como el actor italiano Saul Nanni, el coreano Park Bo Gum y la oscarizada Marisa Tomei. Una de las convocatorias más exclusivas de los Juegos, en la que Omega celebraba su vínculo con el deporte y el espíritu olímpico. Esta es, además, la trigésimo segunda participación de la firma como cronometrador oficial de los Juegos Olímpicos, labor que desempeña desde 1932.
Menos de 24 horas después, la pareja se despedía de la ciudad y era captada en el aeropuerto. Los Clooney regresaban a su granja en Francia, su château, donde crían a sus mellizos de ocho años, Alexander y Ella, lejos del foco hollywoodiense. Los mellizos nacieron el 6 de junio de 2017 en Londres, y crecen mayormente alejados de esa estela famosa que persigue a sus padres. Ellos mismos, han reivindicado en multitud de ocasiones la importancia que le otorgan a la privacidad y a la tranquilidad de su vida familiar, a menudo viviendo en una granja en la Provenza, entre Niza y Marsella y cerca de la elitista Saint-Tropez.
Para esta ocasión, también dijeron adiós por todo lo alto. Fueron fotografiados en el exterior del aeropuerto —al más puro estilo Beckham—. Ella con vaqueros campana en denim azul muy lavado, una silueta que remite inevitablemente a la adolescencia de principios de los 2000, chaqueta negra de paño y jersey azul marino a juego con su marido, con quien se unió en matrimonio en 2014. Ambos cómplices, sonrientes y Clooney llevando una única mochila para una estancia exprés y Amal su bolso.
Para esta ocasión, también dijeron adiós por todo lo alto. Fueron fotografiados en el exterior del aeropuerto —al más puro estilo Beckham—, convertidos una vez más en una lección magistral de airport style. Amal optó por unos vaqueros campana en denim azul muy lavado, una silueta que remite inevitablemente a la adolescencia de principios de los 2000 y que ella reinterpreta naturalidad. Completó el conjunto con una chaqueta negra de paño, estructurada y sobria, y un jersey azul marino a juego con su marido, un gesto sutil que reforzaba la armonía estética de la pareja. Ambos caminaban cómplices y sonrientes, ajenos —o quizá perfectamente conscientes— a los objetivos que los seguían: George, práctico y relajado, llevaba una única mochila que delataba una estancia exprés; Amal, por su parte, sostenía su bolso con la elegancia despreocupada. Juntos, despedían Milán como solo ellos saben hacerlo: sin estridencias, pero dejando huella.








