Cuenta la leyenda que, al amparo de la noche, una pareja de amantes se dedicaba a robar las deliciosas uvas del señor del castillo de Autol. Descubiertos un día por el guarda, mintieron para conservar el sabroso fruto, y como castigo fueron convertidos en piedra. Hoy, dos moles de arenisca se elevan a orillas del río Cidacos, en un parque de la localidad: el Picuezo, de unos 40 metros de altura, y la Picueza, algo más baja. Cuentan los autoleños que, en noches tranquilas, aún puede sentirse a los amantes susurrando palabras de amor… Un viejo refrán los une para siempre al verdadero protagonista de esta tierra: «Autol, vino y nobleza, y sus maravillas el Picuezo y la Picueza».
Y es que aquí, en La Rioja Oriental, hasta las leyendas saben a uva. Estamos en la más mediterránea de las tres zonas en que se divide la Denominación de Origen Calificada Rioja, y también en la más sosegada de todas ellas. Mientras muchos viajeros peregrinan a las bodegas de Haro o de la Rioja Alavesa, este territorio ha permanecido al margen de las rutas más concurridas. Pero tiene la suya propia: la Ruta del Vino de Rioja Oriental, una de las tres que vertebran la región, integrada en las Rutas del Vino de España. El territorio lo riega el Ebro y siete de sus afluentes, entre ellos el Cidacos; está protegido del frío atlántico y del rigor continental por las sierras que lo rodean; y en sus laderas las variedades tempranillo y garnacha encuentran uno de sus mejores hogares.
Aldeanueva de Ebro: 20 bodegas, un espumoso pionero de tempranillo blanco y un mar de cepas
El viaje empieza, como casi todo en La Rioja, entre cepas. En Aldeanueva de Ebro, un pueblo de apenas 2.500 habitantes y unas veinte bodegas, las viñas se pierden hasta donde alcanza la vista. Allí, la bodega Fincas de Azabache –buque insignia de la cooperativa Viñedos de Aldeanueva– resume una historia de décadas que nació en los años 50 del siglo pasado. En aquel tiempo, mal pagaban la uva a los agricultores, así que estos decidieron unirse para elaborar vino. La bodega conserva todavía su primera nave de hormigón, hoy una rareza que han tenido el acierto de preservar. De aquí salió, en 2019, un espumoso pionero: el primero elaborado solo con tempranillo blanco, variedad autóctona surgida de la mutación espontánea de un sarmiento en un viñedo de Murillo de Río Leza. La visita, que discurre entre barricas, termina, cómo no, con una cata de sus mejores vinos y un delicioso aperitivo.
Más allá del vino: el aceite arbequino de Almazara Riojana
A pocos metros, otra industria muy diferente se atreve a desafiar el monocultivo de la viña. «Por llevar la contraria», bromea Janire Ruiz, encargada de Almazara Riojana, donde se elabora aceite de oliva virgen extra en pleno reino del vino. Aquí la filosofía es la opuesta: si a la uva conviene concederle su tiempo, a la aceituna hay que tratarla con prisa, llevarla del árbol al molino en menos de dos horas para que no suba la acidez. El resultado son aceites premiados –de variedad arbequina– que se disfrutan en un sorprendente maridaje con sabrosos postres. Antes de decir adiós a Aldeanueva, hay que visitar el Mirador de las Viñas, una estructura de madera desde la que se contempla el mar de cepas en todo su esplendor.
Las cuevas de Arnedo: la Cueva de los Cien Pilares, las cuevas-vivienda y el wine bar El Cachimán
La siguiente visita es Arnedo, ciudad asentada junto a un farallón de arenisca que durante siglos ha permitido excavar cientos de cuevas en la roca. De camino al más asombroso de esos refugios rupestres, se pasa por la iglesia de Santo Tomás, templo del siglo XVI cuya bóveda estrellada justifica por sí sola una visita. Algunas calles más arriba aguarda la Cueva de los Cien Pilares, un laberinto de galerías y estancias horadado en el cerro de San Miguel durante más de un milenio: se cree que albergó un monasterio medieval, y sus paredes están salpicadas de nichos que sirvieron, con el transcurrir de los siglos, como columbario, botica monacal y, ya en el siglo XX, como palomar. La visita también permite descubrir las antiguas cuevas-vivienda de la ciudad, encaladas y con una temperatura constante, y que estuvieron ocupadas hasta los años 70. El recorrido finaliza en otro espacio singular: El Cachimán, un exótico wine bar donde se brinda con vinos de la bodega Vico, como Ormus, Ciencuevas o Mocete.
Aunque parezca lo contrario, el vino no es la única seña de Arnedo. De su larga tradición alpargatera nació una pujante industria del calzado, hoy una de las principales del país. Para conocerla, conviene visitar el Museo del Calzado, que recorre desde la humilde alpargata hasta el diseño más actual. La viña no tarda en reclamar su sitio, así que hay que poner rumbo a las afueras, hasta la bodega Faustino Rivero Ulecia. Sus orígenes se remontan a 1899, cuando Olegario Rivero, tatarabuelo de los actuales propietarios, empezó a hacer vino; hoy la bodega suma cinco generaciones y exporta a más de cuarenta países. Su tienda y zona de catas abrió sus puertas en marzo de 2020, coincidiendo con el confinamiento: podría parecer un estreno a contrapié, pero fue el inicio de un espacio plagado de éxitos, donde hoy se disfruta de tintos redondos como Nostalgia, todo un homenaje al terruño elaborado con las tradicionales tempranillo y garnacha.
La hora del almuerzo nos lleva hasta uno de los restaurantes más singulares de la región: Sopitas, distinguido con un Sol Repsol, ocupa una sucesión de antiguas cuevas y lagares reconvertidos en una docena de grutas-comedor. En su carta despuntan los pimientos del cristal, los espárragos, las alcachofas o el cabrito lechal de Préjano asado a baja temperatura; en lo que a vinos respecta, el local reúne más de doscientas cincuenta referencias, muchas de ellas de Rioja Oriental. «Hacemos mucho hincapié en las pequeñas bodegas de la ruta», explica Alberto Eguizabal, uno de los rostros visibles de Sopitas.
Garnacha de altura en Finca Vistahermosa: por qué el valle de Ocón produce una de las mejores del país
Camino del valle de Ocón, el paisaje adquiere tintes aún más hermosos, sobre todo al atardecer. Allí, apartada de los rincones más turísticos, se esconde Finca Vistahermosa. «Aquí destacamos en calidad, en primer lugar por la edad de las viñas», explica David Inchaurraga, responsable de comunicación de la finca, encaramada en una de las dos zonas de altura que considera las de mejor garnacha de toda Rioja Oriental. Sus viñas crecen sin riego, en suelos pobres, expuestas a un contraste térmico que en una sola jornada salta del calor abrasador del mediodía a los doce grados de la noche. «Eso hace que la piel de la uva quede crujiente», explica, y en esa piel reside buena parte de la calidad del vino. La experiencia que ofrecen arranca a mediodía, a la sombra de un bosquecillo entre viñas, con una cata y un aperitivo; sigue con un paseo por el viñedo y la pequeña bodega artesanal, y culmina, si se desea, con una comida tradicional –alubias con conejo, perdiz escabechada…–. La magia del lugar ayuda a que los visitantes, explica Inchaurraga, «no se quieran ir». Contemplando la belleza del entorno, es fácil entender por qué.
Muy cerca, en lo alto de un cerro, destaca la réplica de un molino de viento harinero del siglo XIV, levantado por artesanos navarros con el mismo modelo y la misma madera de arce de los del Baztán; desde su mirador se abarca buena parte de la comarca, y el próximo 12 de agosto el paraje –que cuenta con certificación Starlight y un mirador de estrellas– acogerá un gran evento para contemplar el eclipse solar.
Los calados centenarios de Quel: el barrio de bodegas apilado 'como un castillo de naipes' en cuatro niveles
El recorrido enológico alcanza uno de sus escenarios más singulares en Quel, un pueblo agazapado bajo un gigantesco muro de roca sobre el que se alza un castillo del siglo XV que dio nombre a la localidad –Quel procede del árabe Qalat, «castillo»–. A orillas del Cidacos se despliega otro de sus hitos: el barrio de bodegas, uno de los conjuntos de calados más extensos de La Rioja: decenas de cavidades abiertas en la arenisca, dispuestas en cuatro niveles que, como explica la enóloga Ana Pérez Velilla, se apilan igual que un castillo de naipes: cada bodega desplazada respecto a la inferior para repartir el peso de los siglos. En el XIX llegó a haber aquí trescientas cincuenta bodegas, tantas que el poeta y dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros –natural de la localidad– dejó escrito que había tantas como vecinos. Hoy quedan unas ciento cincuenta, en su mayoría convertidas en merenderos familiares. «Tenemos una cultura vitivinícola tan importante como desconocida», explica Ana mientras guía la visita, que se corona con una cata y un sabroso aperitivo.
La devoción de Quel por sus tradiciones culmina cada 6 de agosto en la Fiesta del Pan y Queso: en recuerdo de una peste de 1479, se lanzan desde la balconada de la ermita 2.500 bollos de pan y 50 kilos de queso del Roncal al gentío congregado.
Vino y hongo: cómo Pradejón convirtió sus calados en la capital del champiñón de España
Otros calados similares a los de Quel explican un 'fenómeno' gastronómico insospechado. En la localidad de Pradejón, cuando las cooperativas vaciaron a mediados del siglo XX las viejas bodegas excavadas, los vecinos reaprovecharon aquellos espacios frescos y húmedos para un experimento: cultivar champiñón. El éxito fue tal que La Rioja es hoy la principal región productora de España, y Pradejón, su capital indiscutible. Su centro de interpretación –el único del país dedicado a los hongos cultivados– invita a ver, oler, tocar y catar el champiñón y las setas antes de adentrarse en los espacios de cultivo. Vino y hongos, dos cosechas que aquí comparten una misma penumbra.
Calahorra, la Calagurris romana: legado bimilenario, catedral y la 'Ciudad de la Verdura'
El viaje por la Ruta de Rioja Oriental se cierra en Calahorracuyo legado romano está en el ADN de la localidad. Sus huellas pueden rastrearse en el Museo de la Romanización y en yacimientos como el existente en el centro histórico, donde se descubrieron restos de la muralla original. Tampoco puede faltar una visita a la espectacular catedral de Santa María, un templo de estilo gótico y barroco donde se custodian los restos de los patronos san Emeterio y san Celedonio. Pero si algo distingue a Calahorra es su huerta: la llaman Ciudad de la Verdura, tiene museo propio, y su menestra de verduras protagoniza la mesa del Parador de la ciudad, que se riega –cómo no– con los magníficos vinos de Rioja Oriental.
GUÍA PRÁCTICA
Dónde está y cómo llegar
La Rioja Oriental ocupa el extremo este de La Rioja, en el valle del Ebro y los valles del Cidacos, Ocón, Leza, Jubera y Alhama-Linares. El coche es la mejor forma para moverse entre pueblos, bodegas y miradores. Calahorra dispone de estación de tren que conecta con Bilbao, Logroño, Zaragoza y Barcelona y Madrid (vía Tudela y Zaragoza).
Mejor época para viajar
La primavera (mayo y junio), con el viñedo en pleno verde, y el otoño (de finales de septiembre a octubre), coincidiendo con la vendimia y con fiestas como las de San Cosme y San Damián, en Arnedo.
3 imprescindibles
- El barrio de bodegas de Quel, con sus calados excavados en la arenisca a orillas del Cidacos.
- La Cueva de los Cien Pilares, en Arnedo, un laberinto rupestre habitado durante más de un milenio.
- Una cata en alguna de las bodegas de la ruta –Fincas de Azabache, Finca Vistahermosa o Faustino Rivero Ulecia–, y parada en el Mirador de las Viñas de Aldeanueva.
Dónde alojarse en La Rioja Alta
En Arnedo, el Ibis Styles Arnedo y el Hotel Virrey combinan alojamiento y dos de los restaurantes de referencia de la zona. En Calahorra, el Parador es ideal para maridar descanso y gastronomía riojana.
Y a la hora de comer...
Sopitas (Arnedo), con un Sol Repsol, en una sucesión de cuevas y lagares centenarios; Casa Javi (Rincón de Soto), producto de cercanía y huerta con casi tres décadas de trayectoria; y el restaurante del Hotel Virrey (Arnedo).
Qué probar
Cualquiera de los vinos de Rioja Oriental acompañado de chuletillas al sarmiento, patatas a la riojana, pimientos del cristal, espárragos y alcachofas, y el champiñón de Pradejón, deliciosos preparados al ajillo. De postre, los fardelejos arnedanos, dulce de herencia árabe.
Ideal para…
Parejas y grupos de amigos amantes del vino y la buena mesa. También en familia: las cuevas de Arnedo, el centro del champiñón de Pradejón y el Museo de la Verdura de Calahorra entusiasman a los más pequeños.
El consejo del experto viajero
Reserva las visitas a las bodegas con antelación –muchas, como Finca Vistahermosa, solo abren con cita previa– y, si puedes, organízalas consultando con la Ruta del Vino de Rioja Oriental. Y un apunte de fotógrafo: reserva el atardecer para el Mirador de las Viñas o los Picuezos de Autol, cuando la arenisca se enciende de tonos dorados.


















