Descalzos, en bañador y remojados. Así es como se entiende el verano que está a punto de empezar. Lejos de las piscinas con cloro y de los balnearios de albornoz y tumbona, existe toda una red de pozas, badinas y gorgas donde los requisitos se basan en el respeto a la naturaleza, las normas y, por supuesto, la diversión. Porque es imposible no encontrarle el disfrute a estos lugares que el agua y el tiempo han labrado para conseguir estas piscinas entre paisajes de roca caliza y cañones imposibles.
El viaje arranca en las gargantas de la frontera, donde los ríos Vero, Cinca, Bellós, Yaga y Formiga descienden tallando paredes y bañeras. Más al sur, las tierras de secano sorprenden con escenarios distintos donde el agua también es la protagonista. En definitiva, siete lugares que apuntar en el mapa para descubrir el Aragón más veraniego.
Pozas del río Vero: baño turquesa entre el arte rupestre de Alquézar y el Parque Cultural
© ShutterstockDespués de haber excavado durante milenios uno de los cañones más célebres de la Sierra de Guara, el río llega a Alquézar cargado de historia. El paisaje calizo no solo fue moldeado por las aguas, sino también por la mano del hombre, que dejó tres estilos clásicos de arte rupestre en un mismo enclave, convirtiendo así este lugar en casi único en Europa. Más de 60 abrigos cuelgan de las paredes de este desfiladero y convierten el Parque Cultural del Río Vero en un museo al aire libre.
En este mismo parque se desciende hoy por el río a través de una ruta de pasarelas en un recorrido circular que arranca a los pies de la colegiata de Santa María y desciende hasta el fondo del cañón. El premio acuático espera en el entorno del antiguo molino, alimentado por un azud de época medieval que se reconvirtió para alimentar una minicentral hidroeléctrica hoy en desuso. Bajo el salto de agua se ha formado una gran poza donde el agua turquesa invita al baño, a pesar de su temperatura. Muy cerca, en Pozán de Vero, se encuentra el Azud de Abajo, una poza nacida tras las obras de una acequia y accesible a través de la Ruta de los Azudes.
Charcos encadenados del Cinca: las Gorgas de Puértolas y las pozas de deshielo de Pineta
© ShutterstockNacido en el circo de Marboré, bajo las paredes del macizo de Monte Perdido, el río Cinca va dejando una sucesión de remansos esmeralda en su descenso hacia Aínsa, conocidos por los locales como badinas o gorgas. Ya en su cabecera, la badina de Pineta forma pozas cristalinas con las paredes de la montaña como telón de fondo, pero para conocer el tramo que mejor encarna la idea de charcos encadenados hay que descender algo más hasta las Gorgas de Puértolas.
Estos siete lugares de baño consecutivos en el Cinca tienen accesos acondicionados y señalizados mediante paneles informativos, por lo que es fácil encontrarlos. Sus aguas proceden del deshielo, de ahí su transparencia y su gelidez incluso en pleno agosto, y se reparten en remansos de distinto tamaño donde siempre es posible encontrar alguna zona más vacía pese a la afluencia. Aguas abajo se celebra cada año el descenso de las nabatas, que recrea el oficio de los nabateros que, durante siglos, bajaron la madera del Pirineo amarrada en almadías.
Piscinas naturales de Calmarza: el cañón del río Mesa y el Pozo Redondo en pleno secano
© jarabaturismoAlejado de la exuberancia del Pirineo, en el extremo suroccidental de Zaragoza, el río Mesa entra en Aragón desde Guadalajara, abriéndose paso por una garganta caliza que sorprende en este lugar de secano. Calmarza aparece encajada en el centro de este cañón, junto a la Sierra de Solorio, y el contraste es parte del espectáculo. El salto más célebre del lugar es el del Pozo Redondo, junto al casco urbano. Una plataforma de madera, escaleras y bancos permiten acercarse al agua o darse un baño en la zona acondicionada junto al puente.
Pero aún hay más. Declarado Espacio de Interés Turístico de Aragón, el valle entero es un conjunto de cañones de paredes verticales que superan los cien metros. El sendero GR-24 enlaza Calmarza con Jaraba y su trío de balnearios decimonónicos siguiendo el curso del río, con el Barranco de la Hoz Seca como desvío imprescindible, un desfiladero sin agua donde se esconden las pinturas rupestres de Roca Benedí.
Pozas del Bellós: el río más vertical de Aragón, de Añisclo a Puyarruego
© ShutterstockEste es, probablemente, el río con la biografía más vertical de Aragón. Nace a más de 2.500 metros, en el corazón del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en el collado de Añisclo, y se despeña durante 20 km por una de las gargantas más profundas de Europa antes de entregarse al Cinca. En ese tramo final, el valle se abre y el río se remansa a la altura de Puyarruego, formando piscinas naturales esculpidas en la roca. La zona de baño comienza en el puente del pueblo y se extiende unos 600 metros río arriba hasta una catarata.
Kilómetro y medio más allá brota la Fuente de los Baños, un manantial de aguas consideradas curativas por sus propiedades minero-medicinales, al que se desciende por una escalera de 278 peldaños excavada en el desfiladero. Cañón arriba, donde el Bellós recibe las aguas del Aso, el puente medieval de San Úrbez salva un estrecho suspendido 30 metros sobre las aguas del Bellós. Este santo, que se dice que vivió en una cueva del cañón, tiene su propio santuario en esta garganta y lleva siglos recibiendo los rezos de los pueblos de alrededor para pedir lluvia en tiempos de sequía.
Pozo Pígalo: saltos, trampolines naturales y por qué hay que reservar para entrar

En el Prepirineo zaragozano, donde las Altas Cinco Villas tocan ya la provincia de Huesca, la Sierra de Santo Domingo —Paisaje Protegido dentro de la Red Natural de Aragón— marca la frontera entre el clima mediterráneo más seco y las humedades atlánticas más orientales. En ella nace el río Arba de Luesia, y en estas alturas es donde labra las bañeras naturales, siendo la más espectacular el Pozo Pigalo, una gran poza rodeada de enormes pliegues de roca estratificada que forman auténticas paredes naturales por las que trepan los bañistas para lanzarse al agua desde lo alto. El acceso está acondicionado con escaleras de piedra y junto a la poza se extiende un pinar habilitado como merendero. Además, hay que reservar en el aparcamiento para poder acceder, durante la temporada de verano.
Sin embargo, el Pígalo es solo una parte, pues remontando el cauce se estira una pequeña ruta de tres kilómetros jalonada por otras pozas, como la de Santa María —de unos 25 metros de ancho por 15 de largo— o la del Trampolín, con una losa natural asomada al agua. La masificación hizo del acceso al lugar algo insostenible, por lo que actualmente hay que reservar en la web del ayuntamiento de Luesia.
Gargantas de Escuaín: el valle más salvaje de Ordesa donde el agua desaparece bajo tierra
© ShutterstockEl menos visitado de los cuatro valles del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es el más fiel a la idea de naturaleza intacta. El río Yaga ha tallado en Escuaín una garganta caliza donde el baño está permitido en las pozas y badinas, aunque el agua se mantiene gélida todo el año. Hay que tener en cuenta que el caudal puede descender bastante en verano, cuando el agua puede llegar a desaparecer en algunos tramos, circulando bajo tierra. Sin embargo, el vértigo sí que está garantizado.
Desde la aldea semiabandonada de Escuaín, la ruta de los miradores o Proas de O Castiello, de menos de un kilómetro, asoma a la profunda garganta del Yaga. Desde Revilla, en la otra orilla, el sendero de los miradores ofrece vistas de la confluencia del barranco de Angonés con el desfiladero y de la cascada de la Fuente de Escuaín, un lugar privilegiado para observar el vuelo del quebrantahuesos y otras rapaces pirenaicas. Bajo los pies del caminante se esconden las cuevas verticales más profundas de Europa y un mundo subterráneo que explica adónde se va el agua del Yaga los meses de más calor.
Barranco de Formiga: el descenso de iniciación de Guara con agua todo el año
© ShutterstockPuerta de entrada al barranquismo en Guara, el Formiga es un caso poco habitual en esta sierra, pues se puede disfrutar de su caudal durante todo el año, lo que garantiza toboganes, saltos y pozas sin interrupción. Esa fiabilidad explica que se haya convertido en el descenso de iniciación por excelencia del Prepirineo, pero también en una de las zonas de baño a pie más agradecidas de la provincia. Para el caminante, la excursión clásica es la que une las pozas del Formiga con la Cueva de las Polvorosas, una ida y vuelta de unos 4,7 km.
Partiendo del aparcamiento habilitado junto al puente sobre el río, se cruza el barranco y se continúa en paralelo al cauce hasta una poza luminosa. El río se va ensanchando y formando pequeñas piscinas naturales, y el barranco invita a remontar. Desde aquí se puede seguir a pie por el propio río hasta una zona donde el agua queda encañonada entre rocas bajo una cascada. Luego las paredes se van cerrando hasta que aparece un sorprendente salto de agua que cae por un agujero. Si se salva su altura, es posible ver dos piscinas más escondidas bajo un pequeño salto de agua, mucho más tranquilas.




