Lejos del bullicio de Mónaco, Camille Gottlieb ha decidido regalarse un viaje maravilloso a Isla Mauricio y de paso recordarnos por qué esta joya africana del tamaño de Tenerife es uno de los paraísos más irresistibles del mundo. No es la primera vez que la joven la visita, ya en abril de 2019 compartió una imagen tumbada sobre la arena de una playa de postal. Sin embargo, este regreso tiene un sabor especial. En sus redes sociales ha dejado claro el vínculo emocional que mantiene con este rincón del planeta con mensajes tan reveladores como “para siempre, mi isla del corazón” o “sol, amigos, agua turquesa, nuestra isla favorita en la tierra y mucho amor”. Unas palabras que resumen lo que siente ella o cualquier viajero que pone un pie en esta joya del Índico.
Durante su estancia, Camille se ha alojado en el hotel Paradis Beachcomber Golf Resort & Spa, un resort de arquitectura colonial a los pies de la montaña mítica de Le Morne, Patrimonio de la Humanidad. Rodeado de jardines tropicales con piscinas, sus villas y su spa, camuflados entre la vegetación, se sitúan frente a una playa de 5 kilómetros de arena de un blanco impoluto escoltada por cocoteros donde uno querría quedarse a vivir para siempre. Un verdadero santuario de lujo relajado en el que no solo se desconecta, también se viven mil experiencias.
Es precisamente esa combinación de relax y aventura lo que atrae de esta joya del Índico. Camille ha viajado acompañada de su novio y varios amigos, con quienes ha disfrutado de paseos por la playa y de unas aguas de una transparencia casi irreal que siempre están a una temperatura ideal para el baño. Sin ni siquiera ponerse gafas, en su fondo se ven peces de colores y estrellas de mar, pues los arrecifes de coral que rodean la isla albergan una biodiversidad fascinante.
En la bella laguna que rodea la península de Le Morne, un universo con todas las tonalidades del azul, se pueden hacer un sinfín de actividades: windsurf, esnórquel, esquí acuático, karts acuáticos o navegar en catamarán, como ha hecho la hija de Estefanía de Mónaco. Las excursiones en barco suelen incluir paradas para nadar, bucear o incluso avistar delfines, una experiencia que, sin duda, forma parte de ese “mucho amor” al que aludía Camille en sus publicaciones.
Pero Mauricio es mucho más que playas. La isla es un mosaico cultural donde conviven influencias africanas, europeas, indias y chinas y eso se traduce, entre otros muchos aspectos, en su gastronomía. Si en el restaurante La Ravanne del hotel Paradis, se disfruta de la cocina criolla en su máxima expresión bajo rústicos cenadores con cubierta de paja distribuidos sobre la arena y con los ritmos segá tradicionales de algún artista en vivo de fondo; los mercados llenos de vida de Port Louis, la capital, son el mejor escaparate de los productos locales, sean mariscos frescos o la base para elaborar platos típicos como el curry mauriciano o el dholl puri.
NATURALEZA MAURICIANA CON MAYÚSCULAS
Aunque con 300 kilómetros de costa, el azul turquesa sea el color predominante en las imágenes más icónicas de Mauricio —no hay que perderse playas como la más salvaje de Belle Mare o la más tranquila de Trou aux Biches—, la isla es también muy verde. Bosques frondosos, vergeles multicolor, cascadas, volcanes, picos, jardines botánicos… hay una infinidad de escenarios para disfrutar de la naturaleza sin necesidad de pisar la orilla. Tan solo hay que coger carretera y viajar por el interior.
El Parque Nacional de Black River Gorges es un paraíso para los amantes del senderismo, donde se encuentra el Pitón de la Petite Rivière Noire, que, con 828 metros de altitud, es la montaña más alta del país. Muy cerca, la Tierra de los Siete Colores muestra un fenómeno geológico único: dunas de arena en tonos rojizos, violetas y ocres que parecen sacadas de otro planeta. Y próxima a esta la cascada de Chamarel, una de las más hermosas del Mauricio.
Cerca de Curepipe, una de las principales ciudades del país está el volcán dormido Troux Aux Cerfs, con un impresionante cráter de más de 300 metros de diámetro, y próximo a la capital el Jardín botánico de Pamplemousses y sus nenúfares gigantes.
Pero hay una maravilla de la naturaleza que también es digna de ver y solo se contempla desde la ventanilla del avión, es la cascada submarina 'fantasma' que se forma en las aguas que rodean la silueta de la montaña Le Morne Brabant. En realidad, un efecto óptico creado por las corrientes marinas que hace que sus aguas parezcan caer al fondo del océano. Por si le faltaran maravillas a esta isla de la que Camille vive enamorada.













