Está en Zagreb y casi nadie lo conoce: así es el museo dedicado a los amores que terminaron


Un lugar donde las historias de amor rotas encuentran su último recuerdo


Museum of Broken Relationships. Zagreb. Croatia © Gonzalo Azumendi
Gonzalo AzumendiFotógrafo de viajes
12 de marzo de 2026 a las 14:31 CET

Dedicado a los amores que nunca se usaron del todo, o tal vez al revés, a los que se usaron demasiado y acabaron por perder el sentido. La elegante ciudad croata de Zagreb siempre invita a una escapada en la que podrás visitar uno de los museos más curiosos de Europa. ¿Imaginas una galería dedicada a relaciones sentimentales que han acabado? Pues existe. Entre infidelidades, amores imposibles, historias pasadas..., algo así como un refugio emocional que te removerá por dentro. Te contamos cómo es. 

Calle de Tkalciceva en la ciudad de Zagreb© Gonzalo Azumendi

Zagreb tiene esa elegancia centroeuropea que no alardea, pero que se adivina en cada fachada pastel, en los tranvías azules y en las parejas que pasean sin prisa por la Ciudad Alta. Es una ciudad perfecta para enamorarse… o para recordar que el amor también se rompe. Para ello, entre sus calles empedradas se esconde un lugar tan insólito como irresistible: el Museo de las Relaciones Rotas (Museum of Broken Relationships:brokenships.com/). Un refugio donde regalos y objetos de amores malogrados hablan más que las palabras, celebrando pasiones que no terminaron bien. Un museo liberador, lleno de humor, ternura y humanidad, donde las rupturas se convierten en historias que fácilmente reconocemos.

Museo de las Relaciones Rotas en Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

La entrada del museo aparece como un umbral a otro Zagreb: una ciudad que, detrás de su aire romántico, guarda un guiño travieso para los viajeros curiosos. Bajo su rótulo luminoso empieza un recorrido íntimo y sorprendente, donde los recuerdos perdidos se transforman en historias que invitan a detenerse, sonreír y mirar el amor desde un ángulo inesperado. 

 
Museo de las Relaciones Rotas en Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Ante este muro de palabras, el visitante entiende que no está en un museo al uso, sino ante un refugio emocional. Entre estanterías con botas, recuerdos mínimos y objetos que parecen anodinos, se revela la verdadera magia del lugar: cada pieza es una historia suspendida, un pedazo de vida que alguien decidió compartir para cerrar una herida… o para reírse un poco de ella. Leyendo los relatos de sus protagonistas, cada objeto recupera su voz: una memoria íntima, absurda o tierna que solo ellos entendían…, hasta ahora.

Museo de las Relaciones Rotas en Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Al entrar, recibimos el primer impacto:  aparece un hacha entre cartas rotas y recuerdos sentimentales. Cuando él aceptó una oferta para viajar a Estados Unidos, su novia juró que no sobreviviría sola esas tres semanas en Berlín… pero al volver, el muchacho se encontró con que ella llevaba cuatro días perdidamente enamorada de otra chica. Desbordado y sin manual de instrucciones para el desamor, encontró en el hacha una forma peculiar de ordenar emociones: convertir en leña los armarios de su apartamento resultó más barato que terapia. Cuando ella regresó, recogió sus cosas en versión 'puzzle'.

Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

La crónica del 'oso malayo' es la prueba de que algunas relaciones tampoco sobreviven gracias a los peluches. Ella, china; él, malayo; y dos ositos Ralph Lauren repartidos estratégicamente para recordarse. Como sus padres no aprobaban la relación, el pobre oso era el único testigo oficial de aquel romance clandestino en Singapur. Cuando rompieron, igual que el mono Punch, ella lloró abrazada al peluche…, y al final lo guardó sin que nadie en casa notara su desaparición. Ni el amor ni el oso dejaron rastro.

 
Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

La historia de Danica y Tree es el típico romance berlinés que empieza con lluvia, cine alternativo y manzanas… muchas manzanas en un mes que vivieron lo suficiente para escribir una novela corta, hasta que él decidió desaparecer como si fuera parte del arte conceptual de la ciudad. Ella se quedó con tres objetos, tres promesas incumplidas y la sospecha de que quizá se enamoró…, ¡de un espejismo que late como un suspiro que todavía busca respuesta!

 
Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Esta foto de boda podría ser un anuncio de amor si no fuera porque él, un vividor de la noche, exigía lealtad mientras hacía horas extras en el departamento de infidelidades. Ella, promotora de música dance en Estados Unidos, cruzó el Atlántico por amor y acabó descubriendo que el monógamo del cuento tenía más vidas paralelas que un DJ en gira. Cuatro años después, de la boda solo quedó la foto… con ellos, en el museo. Junto a la 'plancha' de aquella relación.

 
Museo de las Relaciones Rotas, Croacia, Zagreb© Gonzalo Azumendi

El abrigo rojo sugiere que algunas relaciones empiezan en rebajas y acaban en liquidación total. Lo compraron juntos, era barato y él lo pagó, pero a ella el rojo nunca le convenció y la prenda quedó virgen, a estrenar. Tras la ruptura, se lo pasó a su compañera de piso en Zagreb, que también se cansó rápido. Al final, el pobre abrigo encontró su destino lógico: no un armario, sino un museo dedicado a los amores que tampoco llegaron a usarse del todo.

Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Tres años de relación y el gran regalo sorpresa fue…, un par de pechos postizos, cuidadosamente esculpidos y, por supuesto, bastante más generosos que los suyos. Él insistía en que se los pusiera en la intimidad, convencido de que aquello mejoraría su unión. Es cuando ella entendió que lo único realmente artificial era la relación. Y así, por un par de senos postizos, decidió dejarlo para siempre. Museo 1 – Matrimonio 0.

Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Las vitrinas del museo siguen sorprendiendo con reliquias sentimentales que van de lo tierno a lo surrealista. Pocas cosas superan este mechón de pelo guardado como si fuera una joya de familia. La relación duró menos de dos meses en Skopje, Macedonia, y el drama fue tan intenso y disparatado, que ella terminó rapándose la cabeza en un arrebato épico. Vivió sin cabello, nadie la quería y, paradójicamente, ella estaba encantada. A veces romperse sienta de maravilla.

Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Entre vitrinas aparece Valentín, un tigre de peluche con más vida social que muchos humanos: viajaba, veía la tele, adoraba que le rascaran detrás de las orejas y solo tenía un trauma: una lavadora traicionera. Fue regalo de San Valentín y acabó ocupando la cama como tercer inquilino oficial. Tras la ruptura, ella se lo llevó a Berlín para que la siguiera 'protegiendo'. Al final, el que salió mejor parado de la relación fue el tigre.

Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

El antiguo dueño de este abrigo supuestamente hecho a mano era Ali Salem Mutlag, de Jordania, que estudió en Liubliana y más tarde en Italia. Se conocieron en Perugia. Antes de mudarse a Bolonia, él lo dejó olvidado en casa de su pareja en Eslovenia y ella, que no era precisamente una trotamundos, decidió que tanto viaje no era su pasión. El abrigo tenía más kilómetros que la propia relación y al final terminó donde menos lo esperaba: en un museo dedicado a relaciones, que, como él, también se marcharon sin recoger sus cosas.

Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

En una sola vitrina conviven tres amores. Él, yugoslavo de nacimiento, fue enlazando pasiones: croata, bosnia y serbia..., como si hiciera un máster sentimental en la región. Cada una dejó un objeto y alguna que otra cicatriz estética: Un collar-tótem tallado, una escultura Zsolnay de gusto discutible y un impermeable hecho a medida. Con los años, la vida le llevó de vuelta a la bosnia, con la que vive un afectuoso 'matrimonio de fines de semana' que funciona sin prisas ni exigencias. Pero con regalos mucho más acertados.

Museum of Broken Relationships. Zagreb. Croatia © Gonzalo Azumendi
Museum of Broken Relationships. Zagreb. Croatia

El álbum de boda descansa en su vitrina como recuerdo de una historia que empezó a los 24 en Rijeka, Croacia, con pasión desbordada y terminó con un mensaje que decía: “¿Cómo estás, mi cachorrita?”. El detalle menor es que ella no era la cachorrita. Él llevaba años aplazando lo de tener hijos mientras adelantaba capítulos (ensayaba) con su novia del instituto. Ella cerró el álbum, lo mandó a paseo y siguió su camino. Hoy tiene a Matej y un marido que sí sabe escribir mensajes a la persona correcta.

Iglesia de an Marcos, en Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Llegados a este punto, no hay que desanimarse ante los fracasos. Es hora de abandonar el museo y recorrer las calles de Zagreb. Mientras el visitante está inmerso entre episodios cotidianos de desamor, una pareja pedalea sin prisa, ajena a dramas sentimentales y objetos con pasado, frente a la iglesia de San Marcos. Brillante, con su tejado heráldico que parece un mosaico de cuentos, como un recordatorio amable de que, mientras unas historias acaban en vitrinas, otras siguen rodando por la ciudad de Zagreb, como si nada pudiera romperse jamás.

Restaurante Agava, en Zagreb, Croacia© Gonzalo Azumendi

Con el apetito despierto tras tantas historias, en Zagreb (y en todo el mundo) siempre habrá una mesa que alguien prepara, incluso antes de que exista la pareja que la ocupe. El camarero coloca los cubiertos como quien abre un pequeño escenario donde, quizá esta noche, dos desconocidos empezarán a inventarse un futuro. Porque mientras unas historias se apagan, otras se encienden sin hacer ruido: un gesto tímido, un vino compartido, una mirada que promete algo que aún no tiene nombre. Y que ojalá llene estanterías y paredes de objetos felices, recuerdos domésticos que nunca necesiten una vitrina. Pero si un día se quiebra —como tantos otros antes— siempre quedará el museo de las relaciones rotas, dispuesto a guardar el pequeño tesoro que lo cuente. Aquí, incluso lo que termina encuentra una forma de quedarse para siempre.  Aquí, el amor, aunque roto, no desaparece: se vuelve eterno.

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