El río Aare abraza con sutileza la capital suiza, regalándonos esa deslumbrante estampa tan repetida en postales y fotografías. Qué le vamos a hacer, si Berna es bella a rabiar.
Lo comprobamos cuando damos los primeros pasos por sus calles de arquitectura medieval; tan pronto subimos a cualquiera de sus miradores. Aunque, en cuanto pasamos unas horas explorando sus bondades, entendemos que esa belleza va mucho más allá de lo puramente estético: la amabilidad de su gente, el animado ambiente que se respira en sus terrazas o su rica gastronomía, complementan las mil y una razones por las que cualquier viaje a Suiza, no importa la época del año, debe incluirla en el itinerario.
Casco histórico de Berna: torres, fuentes y osos
Nuestra ruta da inicio en el epicentro de todo: su casco histórico, declarado por la Unesco como Patrimonio Mundial —a pesar de que, tras un grave incendio, tuvo que ser reconstruido casi en su totalidad en el siglo XV—, reta a ser caminado de arriba abajo sin contemplaciones. Admirar los detalles de la Torre del Reloj —Zytglogge, para los suizos— tanto por fuera, como por dentro en una de sus visitas guiadas, y esperar pacientemente a que den las en punto para disfrutar de la puesta en escena de esta obra de arte de la ingeniería mecánica: la representación junto al reloj de marionetas medievales danzando al ritmo de las campanadas, acompañadas en el desfile por un oso bailarín, un bufón y un gallo, es digna de todas nuestras alabanzas.
Los soportales que sostienen los edificios de piedra arenisca y tejados rojizos acogen bajo sus coquetas arcadas pequeños negocios locales, desde teatros a cafeterías, tiendas o restaurantes, que nos entretienen mientras avanzamos por la arteria principal, Kramgasse. A lo largo del trayecto, nos topamos con hasta 11 de las 100 fuentes de agua potable repartidas por la ciudad. Alcanzamos entonces Münstergasse y la Catedral de St. Vinzenz, cuyo estilo gótico nos enamora a primera vista. Cuenta con la torre de iglesia más alta de toda Suiza, de 100 metros —o, dicho de otra manera, 344 escalones—, desde la cual es posible ver, en el horizonte, los picos nevados de las montañas alpinas. Habrá que hacer los honores también a su portada principal, donde maestros artesanos plasmaron su talento esculpiendo la escena del juicio final.
De nuevo a pie de calle, armonía, orden y belleza serena nos acompañan en el paseo hacia la zona verde junto al Aare donde aún conviven diversos osos, el BärenPark. Para los berneses, el oso encarna fuerza, protección y pertenencia, y es parte de su identidad fundacional. ¿La historia que da sentido a todo esto? Se habla de que el duque Bertoldo V de Zähringen prometió bautizar a la ciudad con un nombre que honraría al primer animal que cazara en la zona, siendo un oso —en alemán, Bär— el elegido. Bär acabó transformándose en Bern, o Berna para nosotros. Desde entonces, su silueta preside el escudo y la bandera de la capital suiza.
Tras saludar a los peculiares vecinos —aunque suelen ser bastante huidizos y es cuestión de suerte verlos— subimos por el sendero que lleva a la colina en la que se halla el Rosengarten, uno de los rincones más románticos de la ciudad. Con vistas al casco urbano de Berna rodeado por el meandro, se despliegan múltiples parterres rebosantes de rosas: hasta 220 tipos diferentes de esta flor, además de otras especies, colorean el paisaje. Una estampa que admiramos reponiendo energías en el restaurante del propio jardín, donde es posible disfrutar de la auténtica gastronomía suiza.
Berna creativa: de Einstein al arte contemporáneo
Pero si algo define a Berna —además de su belleza— es que se trata de una ciudad viva, universitaria y creativa, en la que el Parlamento convive con cafés contemporáneos y donde, llegado el buen tiempo, los locales se lanzan incluso a nadar por el Aare como si fuera la playa urbana más sofisticada de Europa. Esto mismo lo experimentó uno de los mayores genios de la historia de la ciencia, que también vivió en la ciudad durante unos años: Albert Einstein, que trabajó en la oficina de patentes de Berna, desarrolló algunas de las más importantes teorías sobre física, como la de la relatividad, desde su propio hogar, hoy convertido en museo. En la zona baja del edificio, una bonita cafetería en la que aprovechamos para saborear un rico dulce suizo.
Y si hay que hablar de museos, no se nos puede pasar por alto tomar el autobús número 12 para acercarnos, en tan solo 20 minutos, hasta el Zentrum Paul Klee, un edificio de corte vanguardista obra de Renzo Piano que lleva desde 2005 deleitando a propios y extraños con exposiciones temporales. Exhibiciones donde se muestran las creaciones más destacadas del artista. Hasta 4 mil piezas aguardan a ser compartidas con los visitantes que cada día llegan al museo y que, más allá de contemplar la obra, disfrutan de un agradable paseo por los jardines que rodean el centro, cuya estructura simula tres enormes olas de acero y cristal que quedan integradas, casi por completo, en la postal.
Sabores y rincones con estilo: la Berna más sofisticada
De regreso a centro de la ciudad, no nos olvidamos de ampliar la lista de maneras de recrearnos en deleite sensorial, también a través del gusto. La oferta de restaurantes repartidos por los diferentes escenarios berneses es amplia: para un almuerzo o cena algo más elegante, nada como optar por Restaurant, en el Casino de Berna (casinobern.ch), un edificio de estilo barroco desde donde el chef Bill Stooss dirige una propuesta inspirada en la alta cocina francesa. Algo más informal lo encontramos en Schewellenmätelli (schwellenmaetteli.ch), ubicado a los pies del río —literalmente— y al que llegamos tras cruzar el enorme puente junto al Parlamento.
Si apetece alimentar otro de los placeres más mundanos, el de dedicarnos un ratito de compras, nada como indagar un poco más en Münstergasse y las calles aledañas, donde las tiendas de recuerdos se alternan con boutiques de diseñadores locales y originales negocios. Quedamos atrapados por la originalidad de Romance Living (romanceliving.ch), una boutique con espacio, también, para el café de especialidad y sabrosos cócteles, o por el singular Eniline (eniline.ch), donde los trajes de chaqueta a medida se alternan, esta vez, con sofás Chester y una barra en la que se sirve cerveza suiza y whisky. Un guiño a esa otra Berna, la más transgresora, que nos confirma que estamos en una ciudad medieval, sí, pero también sofisticada, seductora y sorprendente.












