Carlota Casiraghi es una de las mujeres más enigmáticas de la alta sociedad europea. Filósofa, escritora, y nieta de una de las princesas más admiradas a nivel internacional —Grace Kelly— la hija de Carolina de Mónaco suele mantener su lado más personal alejado del foco mediático, demostrando desde una temprana edad lo especialmente celosa que es de su intimidad. Son contadas las ocasiones en las que la sobrina del príncipe Alberto II de Mónaco se ha mostrado vulnerable ante el público, optando siempre por un perfil bajo; aunque, desde la publicación el pasado mes de enero de su primer libro La fêlure —traducido al castellano, La grieta (o fisura)—, el cual "afirma quien soy", Carlota ha ido mostrando esas grietas que conforman su día a día, marcado desde su infancia por una incesante presión debido a su apellido.
Es muy complicado buscar quién eres cuando el resto del mundo parece haber decidido por ti, incluso antes de que tú te plantearas esa búsqueda. También cuesta intentar abrir tu propio camino cuando sientes que estás en la sombra de aquellos que te precedieron, con el constante martirio en tus pensamientos de que no serás reconocida por tu trabajo y no podrás cargar con el orgullo o estar a la altura de aquellos a los que admiras.
"Me costó muchísimo sentirme legítima", ha desvelado la filósofa respecto a su carrera como escritora, indicando que "con el tiempo, finalmente comprendí que, para algunos, mi estatus social, mi familia, mi nombre... siempre serán primordiales y los usarán para denigrarme".
Estas sensaciones han acompañado a Carlota Casiraghi durante gran parte de su vida debido a la presión social de no llegar a ser como su madre, a quien describe como una mujer extraordinariamente inteligente, de amplia formación cultural y muy rigurosa en el plano intelectual. "Crecí con una madre brillante y muy culta, con estándares intelectuales muy altos", confesaba la escritora, deshaciéndose en halagos al hablar de Carolina de Mónaco.
El gran miedo de Carlota Casiraghi
Unas palabras otorgadas a la revista francesa Psychologies con las que la filósofa evidencia su profunda admiración por su madre, aunque dejando también constante del pánico al que dirá un público para el que parece que siempre ha performado y del que sus padres han sido los jueces. "Cuando eres niño, también luchas con los deseos de tus padres", desvelaba, apostillando que, "mejor dicho, con lo que crees que esperan de ti".
Durante la entrevista, Carlota baila entre la veneración y la presión, entre el agradecimiento y el eterno miedo a no llegar, reflejando así un conflicto interno que parece haber marcado su percepción de la realidad durante sus años más vulnerables —su infancia y adolescencia—. La excepcionalidad de Carolina de Mónaco y sus aparentemente inquebrantables expectativas formaron la personalidad de la filósofa, algo de lo que ella, a día de hoy, se muestra muy orgullosa: "Por su puesto, esos altos estándares me moldearon, me dieron una base sólida y una experiencia invaluable".
Sin embargo, y a pesar de lo evidente, la presión académica hizo estragos en algunas de sus pasiones que ha recuperado con la edad, como la lectura. Así lo ha confirmado ella misma, lamentando que, "poco a poco, perdí el placer de leer", explicando que esto se debía, una vez más, a su miedo a no decepcionar, subrayando que "estaba tan ansiosa por dar la respuesta correcta que me desconecté de mis propios sentimientos".
Para Carlota no solo existía la presión de su madre, también estaba el profundo vacío tras la muerte de su padre, Stefano Casiraghi —que fallecía en octubre de 1990, cuando ella tenía cuatro años—, la cual "fue un momento decisivo en ese sentido; tenía cuatro años cuando, de repente, algo se derrumbó". Además, la escritora ha apostillado que "su muerte, su dolor, su ausencia, me sumieron en una ansiedad constante".
La presión social por ser 'princesa' y mujer
Añadido a esto, se debía tener en cuenta la opinión de las miles de miradas que se posaron en ella desde el minuto uno. La filósofa ha expresado que tanto su infancia como su juventud estuvieron condicionadas por la tumultuosa exposición pública que su 'cargo' como hija de una princesa conllevaba. Durante su conversación con la mencionada revista, la escritora ha indicado que siempre se ha sentido observada, subrayando que esta mirada no la permitía relajarse.
"Es mucho más cómodo reducir al otro a una imagen, a un símbolo, que dejarlo existir en su singularidad", ha sentenciado al respecto. Ademas, la filósofa ha subrayado que "al proyectarse tantas cosas sobre ti, dejas de ser una persona y te conviertes en objeto de fantasía o envidia", lo que la llevó a ser especialmente reservada con su verdadera personalidad, según ha desvelado durante su conversación. "Nos encogemos sobre nosotros mismos, nos hacemos pequeños para sentirnos aceptados, para estar a la altura de lo que representamos", indica, haciendo referencia a cómo fueron sus años de la infancia y adolescencia sin poder mostrarse tal y como era ante el mundo.
Carlota también ha subrayado durante su conversación que esta presión no fue la misma a la que estuvieron sometidos sus hermanos, Andrea y Pierre Casiraghi, debido a un importante factor: ella es mujer. Si bien indica que los tres siguieron las mismas exigentes normas de Carolina de Mónaco, más allá de los muros de su hogar la crítica se modificaba: "Siempre se espera que las chicas hagan más". La filósofa ha denunciado a lo largo de la entrevista que a las mujeres —independientemente de su edad— "se les exige con mayor facilidad que se ajusten a ciertas expectativas", subrayando que "sus vidas amorosas, sus decisiones y su apariencia son examinadas con mucha más atención", concluyendo que "la atención de los medios siempre ha sido mucho mayor sobre mí que sobre mis hermanos".












