En la última década los príncipes de Gales, Guillermo y Kate, han consolidado una estética visual propia que se ha convertido en uno de los elementos más reconocibles de su comunicación pública. Sus retratos familiares y sus imágenes institucionales comparten una serie de rasgos constantes: escenarios naturales, tonos tierra, estilismos coordinados y una atmósfera que conecta con el Reino Unido y con la forma de entender su papel dentro de la monarquía británica. Esta estética, cuidada y en ocasiones casi cinematográfica forma parte de una estrategia que busca proyectar una imagen de familia moderna pero arraigada, cercana pero conectada con la historia y en plena transición generacional. La sorpresa ha llegado cuando otra familia, evidentemente fascinada con la realeza británica, ha repetido el plan.
En los últimos días, una serie de imágenes tomadas en Islandia llamó la atención de los seguidores de la realeza británica. En ellas aparece una familia estadounidense posando en plena naturaleza, vestida en tonos tierra, con estilismos coordinados y una composición visual que recuerda de forma sorprendente a los retratos de los príncipes de Gales. La escena es casi una reproducción perfecta: dos adultos, dos niños y una niña, paisajes amplios y una paleta cromática que podría haber salido directamente de la cuenta oficial de los Gales.
Un lenguaje fotográfico propio: naturaleza, tonos tierra y familia
La familia protagonista de esas imágenes es la de Ivanka Trump, hija del magnate recovertido en Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y su marido, también empresario, político y asesor a todos los niveles, Jared Kushner, acompañados de sus tres hijos: Arabella, Joseph y Theodore. Las fotos reflejan un viaje familiar durante estas vacaciones en Islandia de vacaciones.
Del lujo explícito a la conexión con la naturaleza
Las fotos de Islandia no son un homenaje ni una coincidencia: son la prueba de que la estética creada por Guillermo y Kate ha trascendido la institución y se ha convertido en un lenguaje visual propio. Los príncipes de Gales han logrado crear una identidad tan poderosa que otros, que llevan toda una vida pública apostando por el exceso, el lujo explícito y una estética construida para transmitir poder y riqueza, la reproducen. Por otro lado, la familia Trump ha mostrado durante años una fascinación constante por la realeza británica, especialmente por el rey Carlos III y por los príncipes de Gales. El propio Donald Trump, que también ha sido innecesariamente crítico con los duques de Sussex, no ha escatimado elogios hacia los Windsor y ha sido recibido en dos viajes de Estado al Reino Unido, un privilegio diplomático excepcional que él mismo interpretó como una señal de cercanía.
El tropiezo de la foto manipulada y el giro hacia la autenticidad
A lo largo de las décadas, los Windsor han cultivado un imaginario visual poderosísimo, capaz de generar iconos culturales que trascienden la institución: desde los retratos de Isabel II con Annie Leibovitz hasta los recordados sketches con Paddington o las producciones en las que Carlos III da vida a animales en clave simbólica. Sin olvidar de las imágenes que Diana de Gales dejaba ante los fotógrafos, parecían totalmente casuales pero válidas para construir un icono. Pero en los últimos años, los Gales han ido más allá.
Tras el tropiezo de la foto manipulada que despertó sospechas justo antes de comunicarse la enfermedad de la princesa, Guillermo y Kate, que durante el reinado anterior estaban mucho más pegados a las normas visuales tradicionales, han cimentado un estilo propio, reconocible y coherente. No buscan grandes fotógrafos: la mayoría de sus imágenes las firman ellos mismos y han descubierto que la naturaleza, la luz real y la intimidad familiar conectan mucho más con el público que las tradicionales fotos palaciegas rodeadas de joyas y símbolos de una monarquía que hoy parece pertenecer a otra época. Su universo visual, construido desde la autenticidad y la cercanía, se ha convertido en el nuevo lenguaje totalmente inspiracional.











