La eternidad que recae sobre Buckingham Palace se percibe en cada uno de los abrazos, recibimientos y festividades que el emblemático edificio ha acogido a lo largo de su historia. Una historia que —con el paso del tiempo— se ha ido entrelazando con nuestro presente y que, de la mano de Elizabeth II, terminó por establecerse a través de una profunda habitualidad. Es por ello que, hace ya catorce años, la residencia de la entonces reina británica acogió la celebración del Jubileo de Diamante de la monarca. Un gesto cargado de simbolismo por el que el edificio se vistió de gala, recibiendo a soberanos, reinas y mandatarios que hicieron de aquel lugar una auténtica cumbre 'royal'
Un recibimiento de honor
La reina Camilla —entonces duquesa de Cornualles y acompañada por el entonces príncipe de Gales— recorrió los salones de Buckingham Palace envuelta en el glamour más clásico del Reino Unido. Lució un vestido azul hielo de acabado satinado y brillo reflectante que, junto a las mangas transparentes bordadas con motivos florales, captó buena parte de las miradas de la velada. Un collar corto de diamantes y varias pulseras a juego completaron un estilismo del que también formaron parte los impresionantes zafiros de Margarita II, entonces Soberana de Dinamarca.
La reina danesa —el 18 de mayo de 2012— se enfundó en un vestido azul noche cuya parte superior, confeccionada en un delicado encaje, parecía rendir homenaje a la elegancia más clásica de los años cincuenta. No obstante, fue el sofisticado joyero de Dinamarca el que terminó por acaparar la atención de la velada. Sobre la clavícula, la monarca lució un impresionante conjunto de zafiros engastados en diamantes, perteneciente a un histórico parure compuesto por collar y pendientes cuya procedencia se remonta a la Rusia imperial. Heredado de la dinastía Romanov, el conjunto pasó a formar parte del joyero personal de las soberanas danesas a través de la reina Alejandrina —bisabuela de Margrethe II, esposa del rey Christian X de Dinamarca e hija de la gran duquesa Anastasia Nikoláyevna, nieta del zar Nicolás I—.
Un gesto que permitió a la reina Margarita lucir dichas piezas al tratarse —como ya hemos mencionado— de joyas pertenecientes a su colección personal, puesto que las piezas vinculadas al Estado danés no pueden abandonar el país bajo ningún concepto. Tras ella, la reina Camilla estrechó las manos de Rania de Jordania —quien acudió acompañada por el rey Abdalá II—, así como las de Albert II y Charlene, además de los reyes Constantine II y Anne-Marie.
Precisamente Ana María devolvió parte del esplendor a Buckingham Palace al lucir una de las piezas más emblemáticas de la dinastía griega: los célebres rubíes de la reina Olga. La joya, compuesta originalmente por rubíes engastados en diamantes de los que cuelgan grandes piedras en forma de lágrima, apareció en esta ocasión en una versión más sobria y ligera, probablemente adaptada a la ausencia de las imponentes tiaras de diamantes que tradicionalmente acompañaban el conjunto.
Asimismo, la cena protagonizada por los entonces príncipes de Cornualles —y concebida como homenaje al sesenta aniversario en el trono de la icónica soberana británica— reunió a algunas de las figuras más emblemáticas de las monarquías europeas y de Oriente Próximo. Entre los asistentes se encontraban los reyes de Noruega, los de Suecia y Enrique y María Teresa, entonces grandes duques de Luxemburgo, hoy sucedidos por el gran duque Guillermo y la gran duquesa Stéphanie.
Todo ello puso el broche final a unas celebraciones concebidas para rendir homenaje a una monarca que, años después, volvería a hacer historia con la celebración de su Jubileo de Platino. Con setenta años en el trono, Isabel II consolidó el reinado más longevo de la historia británica y el segundo más extenso registrado a nivel mundial










