Hijo del barón Claus von Amsberg y la baronesa Gösta von Amsberg, la historia del marido de la entonces reina Beatriz alcanzó la solemnidad de un trono envuelto en la polémica, que giraba en torno al rechazo y a una historia que causó gran revuelo. Nacido en Alemania, sería en este momento cuando el peso de la historia recaería sobre la figura del padre del actual rey de Holanda; sin embargo, su fallecimiento ahora se traduce en un homenaje de ausencia pero basado en el eterno legado. Los próximos días estarán marcados, precisamente, por un aire de melancolía que recorrerá cada uno de los entornos palaciegos de la dinastía Orange-Nassau, y en los que Beatriz será la protagonista del gesto más romántico de los últimos años.
El cien aniversario del príncipe eterno
El amor entre Beatriz de los Países Bajos y el aristócrata alemán nació de una carta escrita por el destino. Una historia que tuvo como precursora un ramo de flores, una catedral y un vestido de novia. Estando ambos en el enlace de la princesa Tatiana —cuyo hermano era uno de los pretendientes a contraer matrimonio con la futura reina neerlandesa—, surgió una de las historias llamadas a cambiar la memoria de una dinastía. Claus se enamoró perdidamente de una entonces princesa; su destino estaba a punto de cambiar. Y así fue. Tras finalizar una estricta formación militar, seguida de sus estudios, así como de su trabajo —pertenecía entonces al cuerpo diplomático—, logró conquistar a la heredera al trono del Reino de los Países Bajos. No obstante, aunque el amor fue la base de una historia que aún perdura, la polémica rodeó al trono neerlandés: los orígenes del aristócrata pusieron en pie de guerra a una ciudadanía que protagonizó destacadas protestas.
Todo ello no a causa de un simple amor, sino porque quien se convirtió en príncipe de los Países Bajos protagonizó una juventud marcada por los conflictos de la Segunda Guerra Mundial, época en la que perteneció de lleno a las tropas hitlerianas. Fue ese el punto de inflexión entre la Corona y la sociedad neerlandesa cuando, el 28 de junio de 1965 –al anunciar Beatriz su compromiso–, los ciudadanos salieron a las calles para intentar frenar ese idilio. No obstante, todo fue distinto cuando ambos supieron mostrarse con una cercanía excepcional, lo que les valió para ganarse poco a poco el corazón de los neerlandeses. Supo hacer de consorte desde el momento en que la reina Juliana abdicó a favor de su hija el 30 de abril de 1980; se interesó con una pasión sorprendente por todo cuanto tuviera que ver con el mundo cultural de su patria adoptiva y se convirtió en padre ejemplar de sus tres hijos: el príncipe Guillermo, el príncipe Friso y el príncipe Constantino.
No obstante, tras casi cuatro décadas de amor –del que la sociedad neerlandesa fue testigo–, la muerte separó los caminos de la reina y el príncipe. Un adiós que se produjo en la Clínica Universitaria de Ámsterdam, a los 76 años de edad, a causa de una pulmonía. A esta pérdida se sumaría años después la tragedia familiar con la trágica muerte del príncipe Friso en 2013, tras el accidente de esquí que sufrió en Austria, y que llevó a la reina Beatriz abdicar en favor de su hijo Guillermo. Ahora, su recuerdo vuelve a estar presente en un evento nacido desde el amor y la nostalgia, en el que la princesa Beatriz, junto a sus dos hijos, el rey Guillermo y el príncipe Constantino, se trasladará hasta Hitzacker, ciudad donde nació el príncipe Claus y donde los miembros de la familia real tratarán de devolver el brillo a una memoria que aún perdura. Allí recorrerán las calles donde creció el príncipe, plantará un árbol y conocerá la historia más desconocida de los orígenes de la actual familia real.
Todo ello para recordar –con motivo del primer centenario del nacimiento del príncipe– a una figura que, con amor, paciencia y soltura, supo ganarse el corazón de quienes un día rechazaron su presencia. Un gesto que, el próximo 6 de septiembre, reivindicará la memoria de quien ya no está presente, pero que ha dejado un legado que continúa bajo un halo de eternidad.








