Estamos acostumbrados a verla en actos oficiales con una compostura impecable y una serenidad casi litúrgica, pero quienes tratan de cerca a doña Sofía, madre del Rey Felipe, describen una realidad muy distinta a la rigidez que impone el protocolo. En las distancias cortas es una mujer divertida, espontánea y con una enorme sensibilidad, siempre dispuesta a escuchar y a tender una mano.
Conviven en ella, sin embargo, dos facetas complementarias: esa generosidad cercana y un fondo tímido e introvertido que nunca ha intentado camuflar. Lejos de tomarse a sí misma demasiado en serio, tiene la virtud de reírse de sus propios tropiezos y practica una autoironía muy saludable. Además, vive con una máxima personal muy clara: proponerse aprender algo nuevo cada día. Eso sí, tiene líneas rojas bien definidas: detesta frontalmente las tensiones innecesarias, los conflictos, la falta de sinceridad y cualquier forma de engaño.
Esa inquietud por seguir descubriendo cosas nuevas explica por qué no se ha quedado atrás frente a los cambios de época. Doña Sofía no renuncia a sus costumbres de siempre y sigue disfrutando del tacto del periódico en papel a primera hora de la mañana para repasar la actualidad. Pero, al mismo tiempo, ha incorporado la tecnología a su rutina con absoluta normalidad. Maneja el teléfono inteligente con soltura: utiliza WhatsApp con frecuencia para mantenerse en contacto ágil con sus allegados, navega por Internet para informarse de los temas que le interesan y se conecta a reuniones y encuentros virtuales sin ninguna dificultad técnica ni intermediarios, adaptándose al ritmo digital como cualquier usuario actual.
En sus horas de descanso, sus gustos reflejan esa misma curiosidad intelectual. Disfruta de la lectura sosegada, va al cine y sigue series de televisión con el mismo interés que el público general. Sin embargo, si hay una pasión que articula su vida por encima de todas las demás, es la música. Suele referirse a ella como 'la poesía del alma', porque es la manifestación artística que de verdad le proporciona serenidad interior y le conecta de inmediato con sus recuerdos más felices. Lejos de acomodarse en sus preferencias clásicas de siempre, doña Sofía mantiene el entusiasmo de quien todavía espera sorprenderse. Un ejemplo claro de esa actitud abierta ocurrió durante su estancia en Nueva Orleans, adonde viajó para participar en el simposio cultural America&Spain250: lejos de limitarse a los actos oficiales del programa, aprovechó para asistir por primera vez a un concierto de 'jazz' en directo y disfrutó enormemente de la improvisación y los ritmos del género.
Con todo, el verdadero motor de su cotidianidad sigue siendo el vínculo ininterrumpido con los suyos. Doña Sofía es muy aficionada a las conversaciones telefónicas largas, y reserva las últimas horas de la tarde para descolgar el teléfono y ponerse al día con tranquilidad. Es entonces cuando inicia una ronda casi diaria de llamadas con la que acorta cualquier distancia física. Habla muy a menudo con la infanta Margarita; mantiene un contacto estrechísimo con su cuñada, la reina Ana María de Grecia, y sigue con interés la vida de sus sobrinos, sin importar en qué país o ciudad se encuentren.
El centro de esas conversaciones vespertinas lo ocupan, como es natural, sus tres hijos -el rey Felipe VI y las infantas Elena y Cristina- y sus nietos. Doña Sofía está al corriente de cada detalle, de sus exámenes, viajes, proyectos profesionales y preocupaciones personales, ofreciendo siempre un consejo discreto o simplemente una escucha atenta. Al final, más allá de los honores, la agenda pública y las obligaciones que han marcado su biografía, su día a día íntimo se parece mucho al de cualquier madre y abuela que encuentra su mayor bienestar en escuchar las voces de su familia reunidas al otro lado de la línea.










