Las perlas se han convertido, en el ámbito de la moda, en sinónimo de elegancia y feminidad, alcanzando —para quienes las portan— el protagonismo de un rostro iluminado a través de estas gemas brillantes. Una simbología que trasciende la gracia de las mismas, desvelándose en la mitología clásica una estrecha relación entre la diosa del amor y la belleza —Afrodita para los griegos y Venus para los romanos— y las perlas, descritas de forma habitual como el resultado de sus lágrimas.
Afrodita y el origen de la elegancia eterna
La leyenda narra que Afrodita nace de la espuma del mar, en el momento en el que las partes íntimas del dios Urano fueron arrojadas al océano por Cronos, emergiendo de esta forma a través de una concha. Las perlas, entonces, se atribuyen a las lágrimas de la diosa al nacer, incluso a las que derramó por amor, que cayeron al mar y se convirtieron en estas gemas que hoy posan sobre las testas de las elegantes mujeres de la realeza europea.
Es por ello que, a través de la historia, son ellas las que logran compartir —de forma similar— piezas que salen a la luz en los momentos más destacados, formando parte de las tiaras más emblemáticas de las monarquías, como la tiara de la reina María Cristina —que ahora luce doña Letizia—, o la tiara Lover’s Knot, que la princesa Kate lució por primera vez en el año 2015.
La elegancia de Mónaco en clave de perlas
Alejada de la sofisticación de las monarquías más reconocidas del mundo, la princesa Carolina de Mónaco ha convertido sus perlas en uno de los sellos más reconocibles de su estilo. Ha sido en los momentos en los que ha lucido la tiara Cartier —con gotas de perlas— en los que la princesa ha deslumbrado como nunca. Una pieza que mantiene su origen en 1920, momento en el que la princesa Carlota—duquesa de Valentinois— alzó su 'sí, quiero' más romántico con el conde Pierre Polignac. Elaborada en oro y platino, así como con grandes perlas con forma de gotas, fue lucida por la icónica princesa, hasta legarla a su único hijo, Rainiero III.
Tras la muerte de la princesa, la pieza pasó a formar parte de la "Colección del Palacio del Príncipe", aunque sin ser una de las joyas vinculadas directamente a la princesa Grace, dada la escasa conexión entre Grace Kelly y Carlota. Tras el fallecimiento de la reconocida actriz de Hollywood, ha sido la princesa Carolina quien ha lucido la pieza de forma principal, otorgándole el protagonismo de una historia contada a través de una histórica joya.
Dos estilos, una misma tradición
Mary de Dinamarca y la princesa de Gales comparten un legado histórico a través de dos piezas en las que las perlas son parte esencial. Dos tiaras de gran similitud con las que, de una forma indirecta, comparten una elegancia atemporal. En el caso de Kate, ha hecho de la tiara Lover’s Knot —Nudo de los Amantes— una de sus habituales, desde diciembre de 2015, momento en el que Middleton la lució por primera vez. Una tiara de gran recorrido histórico que también fue una de las favoritas de la princesa Diana, a quien le fue cedida por Isabel II, permaneciendo guardada tras su fallecimiento hasta reaparecer años después sobre la testa de Kate. Un origen que se remonta a 1913, tras el encargo de la reina María de Teck a la Casa Garrard.
Por su parte, la reina Mary de Dinamarca comparte esta pieza, una de las pocas que pueden salir del país al no ser propiedad del Estado, perteneciendo al joyero privado de las reinas de Dinamarca. Una pieza —la tiara Pearl Poire— que mantiene su origen en 1820, momento en el que fue fabricada con motivo de la boda de la princesa Luisa de Prusia con el príncipe Federico de Holanda, pasando al joyero danés tras la unión de Lovisa de Suecia —nieta de Luisa y Federico— y el futuro Federico VIII, siendo —años más tarde— una de las piezas favoritas de la reina Margarita II.
La herencia de María Cristina en la reina Letizia
Por su parte, la reina Letizia ha sido la encargada de lucir en diversas ocasiones la emblemática tiara que, un día, perteneció a la reina María Cristina. Una diadema de perlas y brillantes que recuerda a las aparatosas tiaras de la corte rusa, conocidas como kokoshnik, que originalmente fue propiedad de la madre de don Alfonso XIII y, posteriormente, tras pasar a Victoria Eugenia, en 1935 pasó a formar parte del ajuar de la princesa María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias y Orleans al contraer matrimonio con don Juan, conde de Barcelona.
Antes de la boda de la condesa de Barcelona, el rey entregó las alhajas más preciadas a quien se convirtió en la esposa de Juan de Borbón. Una pieza que después llevaron en su boda su hija Pilar y su nieta Simoneta. Más tarde, pasó a manos de doña Sofía —como un préstamo— y, aunque no existe confirmación por parte del Palacio de la Zarzuela, tras el fallecimiento de la condesa de Barcelona, habría pasado a manos de don Juan Carlos. Un hecho que provoca que la reina deslumbre en las ocasiones más solemnes con las perlas más preciadas del joyero real.
Cuando las perlas alcanzan su "Máxima" expresión
Máxima se consolida —a través de su joyero— como uno de los emblemas más míticos de las cenas de gala. Máxima no decepciona, potenciando, a través de las perlas, los estilismos que la han consolidado como una de las reinas más influyentes del mundo. En su caso, son varias las piezas en las que las perlas adquieren un mayor protagonismo, aunque es la tiara de Württemberg la que destaca en un imponente joyero formado por históricas piezas. La tiara, de la reina Guillermina, ha sido utilizada en los momentos más destacados de los Orange.
Una diadema que debe su nombre al hecho de que se suponía que había pertenecido a la reina Sofía, la primera esposa del rey Guillermo III de los Países Bajos, nacida princesa de Württemberg, y que la recibió como regalo de bodas de su padre en 1839. Una imponente pieza formada por diamantes antiguos, con un especial diseño de volutas, así como flores de lis que quedan coronadas por cinco perlas naturales, dejando un legado que ahora recoge la reina Máxima. Un testigo que precisamente entre el conjunto de la realeza se transmite a través de la elegancia, poniendo de relieve —ahora más que nunca— una mitología clásica en la que las perlas son el símbolo de la tristeza y del amor.










