Pepe Demi, entrenador y coach: "Si tus ganas de que tu hijo gane o entrene son mayores que las suyas, estás cruzando la línea y asfixiando su motivación"


Hablamos con el autor del libro "Mucho más que ganar", sobre la importancia de acompañar a los niños y adolescentes en momentos de frustración, inseguridad o presión, en el deporte y en la vida


Pepe Demi, entrenador de tenis y coach motivacional© Cedido
1 de octubre de 2026 a las 7:32 CEST

En un entorno donde a menudo solo se celebra al que queda primero, acompañar a un hijo deportista se ha vuelto un reto complejo para muchas familias. Se valora por encima de todo ganar un torneo, levantar un trofeo o ser el que más puntos o goles mete. Sin embargo, para Pepe Demi, el deporte esconde una lección mucho más profunda e importante. Tras una etapa de competición en el tenis donde llegó a quemarse, sufrir la presión desde dentro y tener que alejarse de la pista, este entrenador de tenis y coach motivacional volvió al deporte con una mirada completamente renovada. El autor, que acaba de publicar su libro Mucho más que ganar, transforma su experiencia en un salvavidas para familias con niños y adolescentes. 

Invita a los padres a dejar de actuar como jueces exigentes desde la grada para convertirse en un refugio seguro dentro de casa. Hablamos con él sobre cómo gestionar las derrotas, la trampa del éxito inmediato y el reto de acompañar a los hijos en el deporte sin asfixiar su motivación.

Pepe Demi, entrenador de tenis y coach motivacional© Cedida
Pepe Demi, entrenador de tenis y coach motivacional

Su trayectoria está marcada por haber vivido la presión desde dentro, haberse quemado y haber tenido que alejarse del circuito competitivo para regresar con otra mirada. ¿Qué mensaje le diría al Pepe niño o adolescente que sufría en la pista desde la experiencia y madurez que tiene hoy?

Le diría algo muy claro: "Tranquilo, Pepe. Tu valor como persona no sube ni baja un solo centímetro según la bola entre o salga". Le diría que no juegue para satisfacer el ego de los adultos de su entorno ni para buscar aplausos fáciles que se evaporan al día siguiente. Le recordaría aquel partido con once años en Santa Ponça, cuando remonté convirtiéndome en un "pasabolas" insoportable y renunciando a todo lo que estaba aprendiendo solo por llevarme un trofeo de plástico. Le diría que ganar así no sirve de nada, que es una victoria vacía que te engaña por dentro.

Al Pepe niño le diría que no le tenga tanto miedo al fallo, porque el error no es un defecto de su identidad, sino la moneda de cambio obligatoria para aprender a jugar de verdad. Le diría que disfrute de la batalla contra sí mismo, que juegue con valentía y soltura, y que recuerde que, al cruzar la valla de la pista, la vida es infinitamente más grande, más rica y más bonita que cualquier marcador.

Vivimos en una sociedad con una cultura del éxito inmediato bastante agresiva. ¿Cómo le explicamos a un niño (y a sus padres) que perder un partido o tener un mal día no invalida su esfuerzo ni su valía personal?

Se lo explicamos separando de forma radical la identidad del resultado. Vivimos en la cultura del titular y de la inmediatez, donde parece que si hoy pierdes eres un fracasado y si ganas eres un fenómeno. Esa es una mentira peligrosa. El esfuerzo es el compromiso y la moneda de cambio; el resultado es simplemente una circunstancia del juego en la que intervienen mil factores que no siempre controlas.

A los padres y a los chavales me gusta traerles datos reales que desmontan esa tiranía, como la estadística de Roger Federer: él ganó más del 80% de sus partidos en su carrera profesional, pero solo se llevó el 54% de los puntos que disputó. Perdió casi la mitad de los puntos que jugó en su vida y es una de las mayores leyendas de la historia del deporte. Si Federer pasaba casi la mitad de su tiempo en pista perdiendo puntos, ¿cómo va a invalidar tu esfuerzo o tu valía un mal día o un 6-0 en contra? Un mal día no es una sentencia sobre quién eres, es simplemente información útil para saber en qué tienes que trabajar el lunes.

niño jugando al tenis© Getty Images

En un mundo obsesionado con los resultados, la productividad y los trofeos, ¿cómo se le enseña a un niño a redefinir el concepto de "ganar"?

Enseñándole que ganar no es levantar una copa de plástico que terminará llena de polvo en una caja de cartón en el trastero. Ganar es la capacidad de vencer la batalla contra uno mismo. Si tú ganas un partido jugando con miedo, haciendo trampas, amarrando el resultado y renunciando a evolucionar como deportista, la realidad es que has perdido. En cambio, si pierdes un partido en el marcador, pero has tenido el valor de intentar aquello que entrenaste, has mantenido la cabeza fría en los momentos duros y has dado tu límite emocional, has ganado por goleada.

Para aterrizar esto en la práctica, los adultos tenemos que dejar de ponerles objetivos de resultado ("tienes que ganar" o "tienes que pasar de ronda") y empezar a ponerles objetivos de realización: metas concretas que dependan al cien por cien de ellos, como mantener una buena actitud tras el fallo, buscar tres saques valientes o no tirar la raqueta. Cuando un niño aprende a medir su éxito en función de sus propias decisiones e intenciones en lugar del marcador, su autoestima se vuelve indestructible.

¿Cuáles piensa que son los errores inconscientes más comunes que cometen los padres desde la grada o el banquillo sin darse cuenta del daño que generan?

El error más común y destructivo es no ser conscientes de su propio radar invisible. Los padres creen que por no gritar o por soltar de vez en cuando un "¡vamos, no pasa nada!" ya lo están haciendo bien. Pero los niños tienen un escáner periférico sintonizado al milímetro con sus padres. Si cuando el chaval falla una bola fácil tú desinflas los hombros, te cruzas de brazos, resoplas, miras al suelo o te paseas nervioso por la valla, tu cuerpo está gritando decepción mucho más alto que tus palabras impostadas de ánimo.

Otro error gigantesco es teledirigir el juego desde la grada. Dar instrucciones constantes ("¡sube!", "¡juega a la izquierda!", "¡ataca!") es robarle la autonomía al niño. Le estás convirtiendo en un marioneta que juega mirando a la valla para ver si el adulto aprueba su decisión, en lugar de aprender a leer el juego por sí mismo. El banquillo o la grada deben ser un espacio de presencia tranquila, no un puesto de mando táctico.

Si pierdes un partido en el marcador, pero has tenido el valor de intentar aquello que entrenaste, has mantenido la cabeza fría en los momentos duros y has dado tu límite emocional, has ganado por goleada

Pepe Demi, entrenador de tenis y coach motivacional

Por experiencia propia, el trayecto en coche tras una derrota o una mala competición suele ser un momento crítico. ¿Qué debemos hacer o decir los padres en esos minutos de silencio e inseguridad en el coche para no empeorar las cosas?

El coche tiene que ser un santuario de descompresión, jamás la extensión de la pista para jugar un "tercer set" de análisis táctico. Cuando el maletero hace clack al guardar la mochila, el deporte deja de existir durante al menos treinta minutos.

Lo que debemos hacer es practicar la economía del silencio y aplicar el menú del coche. En lugar de adivinar lo que siente o soltarle la típica "pregunta trampa" ("¿pero te has divertido?" cuando viene de perder 6-0), le ofrecemos el control de su recuperación emocional. Al subir, le dices con calma: "¿Quieres que hablemos del partido, prefieres charlar de otra cosa o ponemos música y nos callamos?". Si el chaval elige el silencio, se respeta ese silencio sagrado. La presencia tranquila de un padre que no juzga ni tiene prisa por corregir vale mil veces más que cualquier discurso de autoayuda en mitad del trayecto.

Portada del libro 'Mucho más que ganar', de Pepe Demi

Muchos padres proyectan sus propias frustraciones o sueños no cumplidos en sus hijos. ¿Dónde se dibuja la línea entre acompañar con exigencia saludable y asfixiar la motivación del menor?

La línea entre acompañar y asfixiar se dibuja con una regla muy clara: si tus ganas de que tu hijo gane o entrene son mayores que las suyas, estás cruzando la línea y asfixiando su motivación. La exigencia saludable es la que acompaña el compromiso que el propio niño ha decidido asumir; la asfixia es la que impone las expectativas frustradas del adulto sobre los hombros del menor.

Para mantener el equilibrio hay que aplicar la metáfora de la mesa de mezclas: el esfuerzo no se negocia, pero el afecto es incondicional. Tú puedes exigirle a tu hijo puntualidad, respeto a su entrenador, cuidado de su material y una actitud correcta de entrega, porque eso educativamente nos corresponde a los padres. Pero en el momento en que empiezas a medir su valor, tus demostraciones de cariño o tu estado de ánimo en función de si gana o pierde partidos, has pasado de exigir con salud a contaminar la relación familiar.

Nadal, Alcaraz, Cristiano… Hoy los niños consumen de forma masiva los éxitos de grandes estrellas en redes sociales. ¿Cómo afecta esta cultura del «superatleta impecable» a la salud mental de los chavales cuando descubren que el camino real está lleno de fallos y frustración?

Afecta generando una brecha tremenda entre la expectativa irreal y la realidad cotidiana. Las redes sociales son un escaparate que solo muestra el highlight reel: la copa levantada, el gol por la escuadra o el remate espectacular con música épica de fondo. Se invisibilizan miles de horas de aburrimiento, lesiones, dudas mentales, partidos pésimos e impotencia que hay detrás de cada éxito.

Caemos de lleno en el sesgo del superviviente. Cuando un chaval ve esa imagen del "superatleta impecable" y luego sale a la pista y falla tres reveses seguidos o siente ansiedad antes de competir, piensa que hay algo roto dentro de él. Por eso es vital mostrarles las tripas del proceso real: explicarles que Carlos Alcaraz sufre calambres por nervios, que Rafa Nadal ha jugado decenas de partidos con miedo e incertidumbre, y que la verdadera grandeza no consiste en no fallar jamás, sino en saber gestionar la frustración cuando las cosas salen rematadamente mal.

La línea entre acompañar y asfixiar se dibuja con una regla muy clara: si tus ganas de que tu hijo gane o entrene son mayores que las suyas, estás cruzando la línea y asfixiando su motivación

Pepe Demi, entrenador de tenis y coach motivacional

¿Cuál cree que es la clave para que un menor no se rinda al primer obstáculo?

La clave absoluta es dejar de hiperprotegerlos y permitirles experimentar la incomodidad sin correr a rescatarlos. Si cada vez que un niño se tropieza en el deporte los padres le echamos la culpa al árbitro, al entrenador, a la raqueta o a la mala suerte, le estamos robando la oportunidad de desarrollar tolerancia a la frustración. Si le limpiamos todas las piedras del camino, a la primera curva complicada se va a rendir porque no tiene musculatura emocional.

Hay que cambiarles la narrativa interna y enseñarles a sustituir el "no me sale" por el "aún no me sale". La frustración y el sufrimiento no son señales de que el deporte no sea para ellos; son simplemente los peajes obligatorios que hay que pagar cuando estás a punto de aprender algo nuevo. Cuando un chaval entiende que el obstáculo no es un muro que le frena, sino el peldaño que le hace crecer, deja de tenerle miedo a las dificultades.

Cuando un hijo entra en un bucle de desmotivación o dice la famosa frase “quiero dejarlo”, ¿cómo debemos actuar las familias para distinguir entre un cansancio pasajero y una necesidad real de parar?

Lo primero es aplicar la norma de nunca tomar decisiones en caliente. Cuando un chaval sale de un partido nefasto o de una semana dura y dice "quiero dejarlo", ahí no se decide nada. Se valida su emoción («entiendo que estés saturado hoy»), se deja enfriar la tormenta y se abre un periodo de calma, por ejemplo de dos o tres semanas.

Durante ese tiempo de enfriamiento, la labor de los padres es hacer un buen diagnóstico para averiguar qué es lo que realmente quiere dejar. Muchas veces el niño no quiere dejar el deporte que le apasiona; lo que quiere dejar es la presión de la grada, el miedo a decepcionar a sus padres, la mala relación con un entrenador o la sensación de ser evaluado a todas horas. Si el problema es la toxicidad del entorno, hay que cambiar las reglas del juego en casa y devolverle la libertad. Pero si tras un tiempo de descompresión real, en el que se le quita toda la presión, el chaval sigue sin sentir esa chispa por dentro, hay que acompañar la decisión de parar con madurez, sin hacerle sentir que ha fracasado o que os ha fallado.

Sus vídeos han alcanzado a millones de personas en redes sociales por su forma de conectar con los chavales. ¿Qué cree que ven en usted los niños y adolescentes que muchas veces les cuesta encontrar en sus propios padres o educadores?

Ven a alguien que les habla sin paternalismo, desde la trinchera y con cero juicio. Muchos educadores y padres les hablan desde una posición de superioridad, soltándoles discursos morales o pidiéndoles un rendimiento constante a cambio de aprobación.

Los chavales ven en mí a un aliado que ha estado en su mismo pellejo, que sabe perfectamente lo feo que se siente cuando se te encoge la mano en un punto de partido o la impotencia que da fallar cuando quieres hacerlo bien. No les vendo la moto de la motivación barata ni les pido que sean superatletas. Les doy permiso para sentirse frustrados, valida lo que les duele y les ofrezco herramientas concretas y reales que pueden usar ese mismo sábado en la pista. Cuando un adolescente siente que no le juzgas y que entiendes de verdad su mundo, la conexión es automática.